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Déjame y cría a su bebé
Déjame y cría a su bebé
Penulis: Lía Vallejo

Capítulo 1

Penulis: Lía Vallejo
—Giulia, ¿pero de qué diablos estás hablando?

Cesare me gritó con la mirada encendida de rabia, como si él fuera la víctima en todo esto.

—¡Bianca es tu hermana! Está criando a un niño sola y no puede con todo. ¿Qué tiene de malo que le dé una mano? Yo mismo le doy el biberón y le canto para que se duerma. Estoy aprendiendo, practicando para cuando tengamos a los nuestros. ¡Duda de lo que quieras, pero jamás de lo que siento por ti!

No respondí. En cambio, saqué los papeles del divorcio de mi bolso y los puse frente a él.

—Aquí los tienes. Fírmalos.

La habitación quedó en silencio. Toda mi familia me miraba atónita.

A sus ojos, Cesare y yo éramos la pareja perfecta, la última en el mundo que se separaría.

Recordé cuando teníamos dieciocho años: un chico me siguió hasta casa después de clases. A la mañana siguiente, su padre apareció en mi puerta con los dedos rotos, suplicando perdón. Sabía que había sido Cesare.

El día de nuestra boda, Cesare paralizó media ciudad. Frente a todos los invitados, besó el anillo en mi dedo y lo dejó claro: "Giulia es mía. Cualquiera que le ponga un dedo encima, se muere."

Durante diez años, por más peligrosas que fueran las negociaciones o sangrientos sus negocios, él siempre volvía a casa al caer la noche. Se aflojaba el nudo de la corbata y me rodeaba con sus brazos, como si yo fuera lo único tierno que le quedaba en la vida.

Todos decían que yo era su única debilidad. Nadie se imaginó que yo sería la primera en irme.

La cara de Cesare se quedó de piedra. Era evidente que no se esperaba que yo ya tuviera listos los papeles.

Mamma se los arrebató de las manos y, al revisarlos, se puso pálida.

—Giulia, ¿pero qué te pasa? ¿Diez años de matrimonio y piensas tirarlos a la basura así como así? La vida de Bianca ya es bastante difícil. Es madre soltera y cría a un niño sola. ¡Es lo mínimo que Cesare puede hacer por ella!

El resto de la familia intervino uno tras otro.

—Entendemos que pasaste un susto cuando esos desgraciados te sacaron de la carretera, pero estás bien, ¿no? El Don ya se disculpó por no haber contestado. ¿No te parece que hablar de divorcio es una exageración?

—Los niños son el futuro de esta familia, es apenas lógico que se les dé su lugar. No seas egoísta.

—Además, el Don Ferrante arriesga su vida todos los días por los negocios. Tú vives tranquila gracias a que él te protege. Aunque a veces te descuide un poco, ¿no puedes ser más comprensiva?

Todos a mi alrededor me atacaban, señalándome como si yo fuera la que estaba mal. Esbocé una pequeña sonrisa y volví a empujar los papeles hacia él.

—Nos divorciamos esta noche. Esto no es una negociación.

Papa se acercó hecho una furia y me cruzó la cara de un bofetón.

Me zumbaron los oídos. Me señaló con el dedo, hirviéndole la sangre, y gritó:

—Giulia, ¿ahora te sientes muy importante? Cesare Ferrante es el Don más poderoso de toda Sicilia. ¿De verdad piensas dejar a un hombre como él? ¿Quién te crees que eres?

—¡Si no te hubiera protegido todos estos años, estarías muerta! ¡No seas malagradecida!

Mamma apartó a Papa de un tirón y me tomó de la mano, con los ojos empañados.

—Cariño, ¿qué te pasa? Hablemos, por favor. ¿Por qué tienes que llegar al divorcio? Todos hemos visto cómo te trata Cesare... pero si es que tienes a otro por ahí... te juro que seré la primera en no permitírtelo.

Levanté la cabeza lentamente. Sentí el sabor de la sangre en mi boca.

En ese momento Cesare se acercó. Me limpió la cara con delicadeza, poniéndose entre Papa y yo. Ante los ojos de los demás, era el esposo ejemplar. Solo yo conocía su verdadera cara.

—Giulia, ¿de verdad... me estás engañando? —su voz bajó, cargada de dolor—. Crecimos juntos. Entiendo que tal vez te sentiste atrapada, que buscabas algo de aventura... pero no me importa. Si te quedas a mi lado, haré de cuenta que no pasó nada.

En un par de frases, me había convertido en la mala del cuento. Sentí cómo las miradas de todos se clavaban en mí como puñales.

Papa estaba tan fuera de sí que casi echa mano a su arma.

—¡Con que eso era! ¡Me sales con el divorcio porque tienes a otro! —gritó, rojo de la rabia—. ¡Qué descaro! ¡Pídele perdón a Cesare ahora mismo! ¡Como vuelvas a mencionar esa palabra, te juro que dejas de ser mi hija!

Todos me caían encima, presionándome para que lo pensara mejor. Incluso Cesare me suplicaba.

Bajé la mirada hacia su mano, esa que me sujetaba la muñeca con fuerza. El anillo de bodas brillaba por su ausencia.

Me solté de su agarre. Mi voz salió suave.

—Quiero el divorcio. Ya no te amo.

Cada noche que me dejó sola, cada una de las cincuenta y cinco llamadas que ignoraste mientras perdías el tiempo tomándole fotos al bebé de Bianca Moretti... todo eso fue matando lo que sentía. Mi corazón ya había muerto.

Cesare se quedó helado, perdió el color de la cara. Era como si no me hubiera escuchado bien.

—Tú... ¿Qué fue lo que dijiste?

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