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6 - LAS BUROCRACIAS

Author: Mavi
last update publish date: 2026-09-21 03:21:55

Esa misma mañana.

Dante apenas había cruzado la puerta de la planta cuando oyó su nombre.

—Dante.

Se detuvo en medio del pasillo.

Leon caminaba hacia él con paso firme y una expresión demasiado seria para tratarse de simple curiosidad. Trabajaban juntos desde hacía años; Leon sabía reconocer cuándo algo andaba mal.

—Desapareciste —dijo—. Cancelaste reuniones, te fuiste a mitad de nuestra última sesión, no respondiste a los mensajes. ¿Qué pasó?

Dante respiró profundo, midiendo sus palabras.

—Pasó algo —respondió—. Y no fue poca cosa.

Leon se cruzó de brazos.

—¿Puedes ser más específico?

Dante miró a su alrededor. La gente iba y venía, las voces se mezclaban y la empresa funcionaba como siempre.

—Entremos —dijo—. Es mejor hablar en mi oficina.

Entraron. Dante cerró la puerta y apoyó las manos sobre el escritorio por un instante, como si ordenara lo que iba a decir.

—Me vi involucrado en un accidente —comenzó—. Atropellé a una persona.

Leon abrió los ojos ligeramente, sorprendido.

—¿Cómo que atropellaste a alguien?

—Fue la noche del pasado lunes. Llovía mucho y el tráfico estaba paralizado. Cuando el tráfico dio un margen, aceleré. Por una distracción de segundos, no frené a tiempo —explicó Dante, sin rodeos.

—¿Está viva? —preguntó Leon, directo.

—Sí. Estuvo en estado grave, pero ahora está estable.

Leon soltó el aire despacio.

—Dios mío…

—Permanecí en el hospital desde el principio —continuó Dante—. Me hice cargo de todo. Tratamiento, gastos, lo que hizo falta.

—¿Y jurídicamente? —preguntó Leon.

—Todo quedó registrado. No me di a la fuga ni hubo negligencia comprobada —respondió Dante—. Aun así, voy a llamar al abogado. Quiero formalizar una indemnización.

Leon volvió a cruzarse de brazos.

—Tú no sueles actuar por impulso.

—Esto no es un impulso —dijo Dante—. Es responsabilidad.

Hubo un breve silencio.

—Se llama Melissa Cross —añadió Dante—. Estuvo inconsciente hasta ayer. Parece que todavía lo está, no lo sé con certeza. Desde ayer no he tenido más noticias.

—¿Cómo te sientes respecto a esto, Dante? —preguntó Leon.

—Cansado. Puesto a prueba. Siento que la vida me está poniendo a prueba —respondió—. Ojalá no hubiera pasado, pero pasó. Ahora tengo que asumir las consecuencias.

Leon asintió.

—Hablaré con Jonas, el abogado —dijo—. Para pensar en el monto de la indemnización.

—Hazlo, Leon. Te lo agradezco. Tengo la cabeza demasiado saturada y sigo preocupado, deseando que esta chica no se quede con secuelas. Por lo que vi, es una pobre muchacha con un padre enfermo. Probablemente vino a buscar trabajo a la gran ciudad, como hace tanta gente del interior con pocos recursos. Encontré papeles mojados en su mochila; parecían currículums, pero estaban tan arruinados que no pude ver ni su nombre ni sus datos.

—Siendo así —dijo Leon—, apenas debe conocer sus propios derechos. Es capaz de agradecerte por haber pagado la cuenta del hospital, aun siendo el responsable del atropello. La gente de bajos recursos agradece todo, incluso cuando se trata de sus derechos.

—Leon, no seas malintencionado —respondió Dante—. Pero tienes razón. Solo me faltaría que esta pobre chica me diera las gracias. Ahí sí me corroería el remordimiento.

Hizo una pausa y completó:

—En cuanto sea posible, trae a Jonas a mi oficina. Quiero que me oriente legalmente sobre los pasos que debo seguir para ser justo y no quedar en deuda con la justicia. Pídele que venga tan pronto como pueda. Pretendo ir al hospital a visitar a la joven hoy mismo.

En el hospital, al atardecer, Melissa le preguntó a la enfermera si podía levantarse. A pesar del intenso dolor, la prisa por recuperarse le daba fuerzas para enfrentar el malestar físico.

—Mel… ¿puedo llamarte así? —preguntó la enfermera—. Fue el primer nombre que pronunciaste cuando el equipo te preguntó cómo te llamabas.

—Claro. Mel es mi apodo desde la infancia.

—Un apodo que te hace justicia. Tus ojos color miel son hermosos, muy intensos. Hacía tiempo que no veía una tonalidad así, mezclando miel con un poco de ocre —añadió la enfermera—. Además, pareces ser un encanto de persona.

Melissa sonrió levemente.

—Muchas gracias. Hace tiempo que no oía un elogio tan bien elaborado. Te lo agradezco de verdad. Pero dime… ¿puedo levantarme?

—No puedes, Mel. Por ahora, no. Además del golpe en la cabeza, te fracturaste tres costillas. Por eso sientes dolor al respirar, toser o llorar. Necesitas reposo absoluto para que los huesos vuelvan a soldar. El ortopedista ya los acomodó durante las cirugías, pero ahora hay que esperar.

—¿Cirugías? ¿Cuántas cirugías me hicieron?

—Dos cirugías mayores. Una en la cabeza, para controlar la presión y el sangrado, y otra en las costillas. Además, perdiste mucha sangre y necesitaste una transfusión.

Melissa abrió los ojos de par en par.

—¿Había de mi tipo de sangre en las reservas? Siempre me dio miedo que pasara algo así, porque sé que mi tipo es difícil de encontrar.

La enfermera dudó un segundo.

—Mel… el hombre que te atropelló fue quien donó sangre para ti. No tiene el mismo tipo sanguíneo, pero su sangre era compatible con la tuya. Eso te salvó la vida.

Melissa permaneció en silencio unos instantes.

—¿Cómo entender los designios de Dios, no? —murmuró—. No sé si sentir rabia o gratitud hacia él por no haberme dejado muerta en el suelo.

—Es probable que venga a verte hoy —dijo la enfermera.

Melissa frunció el ceño.

—No sé si estoy preparada para verlo. En realidad, ni quisiera. Él me atropelló. Recuerdo haber cruzado la calle con el semáforo en verde para mí y en rojo para él. ¿No estaría ebrio?

—No, Mel. No estaba ebrio. Dante Owen fue el hombre que te atropelló. Es un empresario influyente en la industria automotriz. Es el CEO de D.O.W.

—Aja… —refunfuñó Melissa—. Ya me lo imagino. Debe ser otro de esos ricachones engreídos que se creen los dueños del mundo. Ya he tratado con gente así.

—No saques conclusiones apresuradas —respondió la enfermera—. Me parece un buen hombre. Estaba realmente preocupado. Y con mucha culpa también.

Melissa suspiró.

—Disculpa que hable así. Tengo mucha rabia acumulada. Solo faltaría que quiera que le agradezca por haberme atropellado y luego haberme auxiliado… —hizo una pausa—. Pero tal vez sea eso. Esta gente rica quiere que nos conformemos con cualquier gesto noble.

Giró el rostro hacia la ventana.

—En fin… haré lo que mis padres siempre me enseñaron: no enfrentarme a quien puede más que yo.

Melissa se quedó en silencio tras decir aquello.

La enfermera lo notó, pero no insistió. Solo le acomodó la sábana con cuidado, como quien comprende que ciertas heridas no están en el cuerpo.

—Necesitas descansar —dijo finalmente—. Tu cuerpo ha pasado por demasiado.

Melissa asintió con la cabeza.

Las lágrimas volvieron a brotar, silenciosas esta vez. Se mordió el labio para no gemir, respirando de forma entrecortada y reteniendo el llanto como quien aprende a sobrevivir en silencio.

A esa misma hora, a kilómetros de allí, Dante intentaba concentrarse en números que carecían de sentido en ese preciso instante.

Un suave toque en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—Adelante —dijo Dante, sin levantar la vista.

Jonas apareció en el umbral segundos después. Traje oscuro, maletín delgado bajo el brazo y una expresión pragmática. Era el tipo de hombre que no perdía el tiempo con rodeos ni ofrecía consuelo donde no correspondía.

—Leon me llamó —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Me dijo que querías hablar sobre un accidente.

Dante asintió y le señaló la silla frente al escritorio.

—Atropellé a una mujer —dijo de forma directa—. Quedó en estado grave. Se está recuperando ahora.

Jonas abrió el maletín con calma, como si aquello fuera simplemente un trámite más que organizar.

—¿Se hizo un informe policial?

—Sí. Me quedé en el lugar. Presté auxilio. Todo quedó registrado.

—¿Prueba de alcoholemia?

—Dio negativo —respondió Dante.

Jonas anotó algo.

—Excelente. Eso descarta muchas cosas —dijo—. Desde el punto de vista penal, el asunto tiende a tratarse como un accidente de tránsito, más aún considerando las condiciones climáticas.

—No me preocupa solo eso —respondió Dante—. Quiero hacer lo correcto.

Jonas levantó la mirada por primera vez.

—La justicia y las indemnizaciones no siempre van de la mano —dijo—. Pero vayamos a los hechos. ¿Ella tuvo gastos médicos?

—Todos. Cirugías, UCI, transfusión de sangre. Me hice cargo de todo desde el principio.

—Eso juega a tu favor —afirmó Jonas—. Demuestra buena fe.

—Todavía sigue hospitalizada —continuó Dante—. Y existe la posibilidad de que le queden secuelas. Aún no lo sabemos.

Jonas cerró el maletín despacio.

—En ese caso, lo más prudente es esperar el informe médico definitivo antes de hablar de montos. Una indemnización no es solo por lo que ocurrió, sino por lo que deja de ser posible después.

Dante se inclinó ligeramente hacia adelante.

—No parece tener muchos recursos —dijo—. Por lo que vi, estaba buscando trabajo. Su padre está enfermo.

Jonas frunció el ceño.

—Eso explica su vulnerabilidad, pero debemos ser cautelosos —advirtió—. Las personas en esa situación, muchas veces, no saben lo que pueden exigir. No es raro que acepten menos de lo que les corresponde por miedo o ignorancia.

—No quiero eso —dijo Dante con firmeza—. No quiero que acepte nada por gratitud o compromiso.

Jonas lo observó durante unos segundos antes de responder.

—Entonces el mejor camino es formalizar todo con total claridad. Cuando esté en condiciones, le ofrecemos un acuerdo justo y documentado. Incluso con la opción de que cuente con su propio abogado.

—Haz eso —dijo Dante—. Quiero que tenga asesoría.

—Hay otro punto —añadió Jonas—. Si hay una incapacidad temporal o permanente para trabajar, la indemnización debe considerar sus ingresos futuros.

Dante suspiró profundamente.

—Lo sé.

—¿Piensas hablar con ella personalmente? —preguntó Jonas.

—Sí. Iré al hospital hoy.

Jonas se levantó, organizando sus papeles.

—Prepararé los distintos escenarios. En cuanto tengamos los informes médicos, avanzamos.

—Gracias, Jonas.

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