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7 - OJOS EN LOS OJOS

Author: Mavi
last update publish date: 2026-09-21 04:30:47

Dante salió de la empresa más temprano ese día.

No avisó a nadie. Simplemente cerró el maletín, tomó su abrigo y abandonó el edificio antes de que el ajetreo del final de la tarde inundara los pasillos.

En el camino hacia el hospital, pensó en muchas cosas.

Pensó en empezar pidiendo disculpas, en decirle que se haría cargo de todo, incluida una indemnización. Pero, aun así, tal vez no fuera suficiente. Y no sabía qué más decir.

Cuando estacionó, permaneció unos segundos dentro del auto, con las manos apoyadas en el volante. No había ensayo posible para esa conversación.

Entró al hospital y se dirigió directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos. La enfermera lo reconoció.

—Señor Owen —dijo en tono profesional—. ¿Vino a hablar con el doctor Richard?

—Sí. ¿Dónde se encuentra?

—Está allí mismo. Vamos, lo acompaño —la enfermera dudó un instante antes de preguntar—: ¿Pretende ver a la paciente también?

—Sí. Quiero saber el informe médico y, a continuación, iré a verla.

La enfermera ya sabía que Melissa no quería verlo, por lo que le informó a Dante que, mientras él hablaba con el médico, ella iría a preguntarle a la paciente si aceptaba recibirlo.

Dante asintió, sin entender del todo. Él estaba allí para verla.

Mientras esperaba que el doctor Richard terminara una evaluación, la enfermera fue a avisar a Melissa de que Dante estaba en el hospital.

Entró a la habitación.

Melissa estaba despierta. Los ojos, atentos a pesar del dolor. La enfermera la miró con cierta tensión, y Melissa comprendió de inmediato.

—El hombre que me atropelló está aquí, ¿verdad?

—Sí —respondió la enfermera—. Está con el doctor Richard en este momento y pretende venir a verte.

Melissa cerró los ojos por un instante.

La imagen volvió completa. El faro. La calle. El impacto.

—No —dijo con firmeza; esta vez, la voz no le salió débil—. Ahora no. No quiero verlo.

La enfermera no insistió.

En ese mismo instante, el doctor Richard se acercó a Dante en el pasillo.

—Señor Owen —llamó, con la historia clínica en las manos—. Necesitamos hablar.

—Sí. Estoy aquí para eso. ¿Cómo está la paciente?

—Está consciente —explicó el médico—. Despertó durante la madrugada y nuevamente por la mañana. Tuvo episodios de dolor intenso, pero la respuesta neurológica es buena. Está lúcida, orientada, sin signos de déficit cognitivo o motor hasta el momento.

—¿Va a quedar con secuelas? —preguntó Dante, directo.

—Aún es pronto para afirmar cualquier cosa —respondió el médico—. Pero el cuadro evoluciona mejor de lo esperado. Las costillas exigirán reposo. La recuperación será lenta, pero, hasta el momento, no hay indicios de secuelas. Necesitamos evaluarla en pleno funcionamiento para confirmarlo.

Dante respiró profundo.

—Entiendo —hizo una pausa—. Pero qué excelente noticia. Ojalá se recupere pronto. Voy a verla ahora.

Mientras caminaba en dirección a la habitación de Melissa, la enfermera lo interceptó en el pasillo.

—Señor Owen… —dijo con cautela—. Pidió un tiempo. Dijo que no está lista y que no quiere verlo.

La frase lo tomó por sorpresa.

Dante frunció levemente el ceño.

—¿Ella… lo pidió?

—Lo pidió —confirmó la enfermera—. De forma clara.

Hubo un segundo de silencio.

Dante no estaba acostumbrado a eso. No a la negativa. No a la idea de que esa joven, a la que mentalmente venía llamando «pobre muchacha», tuviera una determinación tan firme.

—Entiendo —dijo finalmente, aunque sin entenderlo del todo.

—Le recomiendo respetarlo —añadió la enfermera.

—Por supuesto —respondió Dante—. Dígale que volveré después.

Caminó hacia el ascensor sin prisa. Bajó hasta el estacionamiento y subió al auto. Cerró la puerta, encendió el motor… y se quedó inmóvil.

El silencio se impuso.

Pensó en marcharse. Pensó que tal vez fuera mejor así. Que cada uno siguiera su camino. Que la indemnización, los abogados y los acuerdos resolvieran lo que debía resolverse.

Pero había algo allí que no se saldaba con la distancia.

Apagó el motor.

Salió del auto.

Entró nuevamente al hospital.

No pidió autorización. No dio explicaciones. Simplemente avanzó por el pasillo hasta la habitación donde Melissa estaba internada.

Abrió la puerta con cuidado.

Melissa estaba despierta.

Al verlo, el corazón se le aceleró antes de que pudiera razonarlo.

Él no se acercó de inmediato. Se detuvo a unos pasos de la cama.

Y fue allí donde Dante la vio de verdad.

Ya no en blanco y negro.

Ahora había color.

Un tenue tono rosado en las mejillas. Los ojos color miel estaban abiertos y atentos, aportando equilibrio y armonía a la piel clara y al cabello negro. Los labios, naturalmente rojos, delataban que la vida empezaba a retornar.

Estaba frágil.

Pero viva. Y bella, de una manera que lo tomó desprevenido.

Del otro lado, Melissa lo observaba con una confusión creciente.

Antes de perder el conocimiento en el accidente, había visto algo.

Una presencia.

En aquel instante entre el dolor y la penumbra, había creído ver a un ángel. Cabello castaño claro. Ojos verdes. Una imagen tan hermosa e irreal que su mente herida la había transformado en algo celestial.

Y ahora, allí, ante ella, estaba el mismo rostro.

No era un ángel.

Era un hombre.

Alto. Sereno. De mirada firme.

La constatación la desarmó.

—Sé que dijiste que no querías verme —dijo Dante con la voz baja—. Y lo respeto.

Melissa no respondió.

—Pero pensé que debía venir de todos modos —continuó—. No para justificar nada. Tampoco para pedir nada.

Ella lo observaba en silencio.

—Solo para decir que estoy aquí —concluyó—. Y que me haré cargo de todo lo que sea necesario.

El silencio volvió a adueñarse de la habitación.

Melissa respiró con cautela. El dolor estaba allí, constante, pero había algo mayor ocupando espacio en su interior en ese momento.

Rabia. Confusión. Miedo.

—Yo no pedí esto —dijo al fin—. No pedí que me atropellaran. No pedí estar aquí.

—Lo sé —respondió Dante—. Y nada de lo que diga va a cambiar eso.

Ella desvió la mirada por un segundo.

—¿Entonces por qué volviste? —preguntó—. Si te dije que no quería verte.

Dante respiró profundo.

—Porque fingir que esto no pasó no va a borrar nada —respondió—. Y porque no soy el tipo de hombre que se marcha cuando las cosas se ponen difíciles.

Melissa lo miró fijamente de nuevo.

No había una petición de perdón exagerada. No había una explicación defensiva. No había un discurso ensayado.

Solo presencia.

Y eso la desarmó más de lo que le habría gustado.

El encuentro no trajo alivio.

Pero trajo algo inevitable: ahora, ninguno de los dos podía fingir que el otro no existía.

La rabia que ella esperaba sentir no afloró por completo. La voz se le apagó.

Dante se acercó un poco más.

—Escucha —dijo—. Puedes sentir rabia. Estás en tu derecho. De hecho, tienes muchos derechos en esta situación. Tal vez aún no te des cuenta de ello. Por eso estoy poniendo a tu disposición a una abogada para que te lo explique todo y, así, lleguemos a un acuerdo justo. Tienes derecho a una indemnización, además de que todos los gastos médicos corren por mi cuenta. Y, si quedan secuelas, te pagaré una indemnización vitalicia.

Melissa bajó la cabeza, pensativa.

—¿Quieres que te dé las gracias? —dijo con ironía—. No voy a necesitar tu indemnización vitalicia. ¿Sabes por qué? Porque no me va a quedar ninguna secuela.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Lo siento mucho —respondió Dante—. No quise decir eso. Hablé de forma práctica para que entendieras que asumo mis responsabilidades. No me di cuenta de que podía sonar pesado escucharlo.

—Estás perdonado —respondió ella—. Por eso y por lo demás —hizo una pausa—. No voy a querer a la abogada.

—¿No? —Dante se sorprendió—. Pero es tu derecho.

—Lo sé. Quiero proponerte algo.

—¿Qué cosa? —preguntó.

—No tengo idea del monto de esa indemnización ni quiero saber si tengo derecho a más o a menos. Pero necesito que hagas algo con ese derecho mío.

—¿Qué? —repitió Dante.

—Cubre los gastos médicos del hospital donde está internado mi padre. Nada más me importa ahora. Solo eso.

Ella respiró con esfuerzo.

—Muy pronto me levantaré de esta cama. Después de eso, yo sola me las arreglaré. ¿Puedes hacer eso por mí?

Dante se quedó sin palabras.

Asintió de inmediato.

Ella, aun en esa situación, estaba más preocupada por su padre que por sí misma.

—Dame el nombre del hospital y sus datos —dijo—. Yo me encargo.

Melissa se los dio. Dante los anotó.

—No hace falta que vuelvas aquí —dijo ella—. Voy a salir de esta cama. No voy a necesitar nada más. Puedes seguir con tu vida sin remordimientos.

Dante asintió. Caminó hacia la puerta, pensativo, pero aliviado al saber que aquel cuerpo en el suelo ahora estaba vivo, con color en el rostro y capaz de defenderse con argumentos.

Antes de que saliera, Melissa lo llamó:

—Dante… ¡gracias!

Él recordó lo que había dicho Leon.

—¿Gracias por qué?

—Por cruzarte en mi camino. Si este era el precio para salvar a mi padre, lo pago con gusto.

Dante salió sin responder.

No sabía si sentía lástima… o admiración por la mujer que acababa de conocer.

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