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La puerta de la SUV se cerró con la rotundidad de la tapa de un ataúd y me sacó el aire de los pulmones.
Estaba atrapada.
Diego se sentó frente a mí como un rey que ya hubiera dictado sentencia. Sereno. Inquebrantable. Aterrador. Soltaba órdenes en rápido italiano, con voz baja y letal, y el chofer armado respondía con el mismo tono seco. Cada sílaba sonaba como el deslizar de la corredera de una pistola.
Este era el hombre que me había arruinado hacía tres años en una noche imprudente y sucia. El hombre al que mi medio hermano Nicolás me había suplicado que olvidara. El hombre que aún no tenía idea de que tenía un hijo.
Las manos me temblaban violentamente. Las apreté entre los muslos, desesperada por ocultar mi debilidad. El rostro de Skye cruzó detrás de mis ojos: rizos oscuros, ojos azul hielo que reflejaban los que me observaban ahora, el diminuto quejido que soltaba cuando las pesadillas lo encontraban. Tragué la bilis que me quemaba la garganta.
Mantén la calma. No te delates. No digas su nombre.
Diego terminó la llamada y se recostó. Esos ojos azules penetrantes se posaron en mí. El silencio se alargó hasta que pareció que iba a romperse.
Alcanzó un compartimento oculto, sacó una botella de agua y me la ofreció sin una palabra. La tomé con dedos inseguros. El plástico frío me escoció la piel.
—Gracias —susurré.
Se sirvió un vaso de whisky. El aroma ahumado serpenteó por la cabina. A mí no me ofreció. Solo me observaba, desprendiendo capas que yo no podía permitirme perder.
—Intenté ayudarla —dije en voz baja—. A Carmen. Cuando empezaron los disparos… intenté alcanzarla.
Dio un sorbo lento, sin apartar los ojos de los míos.
—Y aun así huiste.
—¡Estaba aterrada! —Las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía—. La gente se estaba muriendo. Pablo… —Se me quebró la voz.
A Diego se le tensó la mandíbula.
—Pablo está muerto.
El mundo se inclinó.
—No. —Negué con la cabeza con fuerza, como si pudiera borrar esas palabras de la existencia—. No puede ser…
—Tres balas en el pecho —dijo sin inflexión—. Ya se había ido cuando llegué a él.
Un sollozo trepó por mi garganta. Me tapé la boca con la mano para atraparlo. El dulce y risueño Pablo, que me había hecho bromas por teléfono apenas anoche. Muerto. Así, sin más.
El silencio regresó, más pesado que antes. Diego seguía estudiándome como a un rompecabezas que pensaba resolver pieza a sanguinolenta pieza.
Cuando la SUV por fin redujo la marcha y cruzó unas enormes puertas de hierro, se me hundió el estómago. Guardias armados patrullaban los altos muros de ladrillo. La mansión que se alzaba al frente era imponente —piedra elegante, jardines impecables, luces doradas y suaves—, pero gritaba una sola cosa.
Prisión.
Una jaula dorada.
El vehículo se detuvo. Diego se inclinó y me desabrochó el cinturón, con su brazo rozando el mío. Ese aroma devastador —whisky, cuero y peligro puro— inundó mis sentidos y arrastró cada recuerdo enterrado de vuelta a la superficie.
—Bájate.
Mis piernas apenas me sostuvieron al pisar el camino de entrada. Me guio adentro sin mirar atrás. Mármol pulido, arte invaluable, silencio frío. La clase de riqueza que se traga a la gente entera.
Subimos dos tramos de escaleras. En el tercero, tecleó un código y abrió una amplia suite. Se detuvo en el umbral en lugar de empujarme dentro.
La habitación era lujosa. Cama king, diván de terciopelo, gruesas cortinas. Pero detrás de las ventanas brillaban barrotes de acero. Sin teléfono. Sin escapatoria.
Me giré en seco.
—No puedes retenerme aquí. Esto es un secuestro. Tengo una vida. Hay gente que me buscará…
—Te pido que te quedes aquí esta noche —dijo, con voz firme pero ya no absoluta—. El ataque puede no haber terminado. Tendrás un teléfono y la puerta no estará cerrada con llave. Si quieres irte, dime adónde vas para asegurarme de que no te metes en peligro.
—¿Protección? —Una risa amarga se me escapó—. ¿O interrogatorio? ¿Crees que tuve algo que ver con lo de esta noche?
Sostuvo mi mirada, con el conflicto visible en su rostro.
—Todavía no sé qué pensar. Pero no te encerraré para obtener respuestas. Necesito la verdad, y tú mereces sentirte segura mientras la resolvemos.
Empezó a cerrar la puerta.
El pánico detonó en mi pecho.
—¡Espera, por favor! —Me lancé y planté la palma contra la madera para detenerla—. Tengo que volver a casa. Hay alguien esperándome. No puedo simplemente desaparecer.
Por un breve instante, algo oscuro y peligroso titiló en sus ojos —sospecha, curiosidad, quizá ambas—, y luego se desvaneció tras esa máscara fría.
—Por favor, no desaparezcas sin avisarme —dijo en voz baja—. Sé que no me he ganado tu confianza. Intento mantenerte a salvo, no hacer que me tengas miedo.
La puerta se cerró.
—¡Déjame salir! —Golpeé la puerta con ambos puños hasta que los nudillos me gritaron—. ¡No puedes hacer esto!
Ninguna respuesta. Solo un silencio espeso y asfixiante.
Las piernas me fallaron. Me deslicé por la puerta hasta el suelo, con lágrimas que dejaban surcos ardientes en mis mejillas.
Por Pablo.
Por Carmen.
Por mi pequeño que me esperaba en casa, sin saber que su madre acababa de ser llevada por el demonio que podía destruirnos a los dos si algún día descubría la verdad.
Lloré hasta quedarme sin voz.
Luego me obligué a ponerme de pie, secándome la cara con el dorso de la mano. Escapar era imposible por ahora.
Pero en cuanto esa puerta volviera a abrirse, mentiría. Pelearía. Sonreiría y le seguiría el juego al mismísimo diablo si hacía falta.
Iba a volver con Skye.
Costara lo que costara.
DIEGODios, joder, el niño era pequeñísimo.Era regordete y, aun así, tan jodidamente frágil que casi vomito.¿Cómo demonios se impedía que algo así se hiciera daño? ¿Que lo aplastaran? ¿Que lo mataran? Y no hablaba de las grandes amenazas del mundo. Hablaba del día a día. Los golpes con los muebles, las caídas, que alguien lo pisara sin querer.Y el bebé era… precioso.Me froté un punto del pecho que ardía y helaba a la vez. Imposiblemente lleno y vacío. No lo entendía. Yo no era un tipo de bebés. Ni siquiera pensaba en ellos.Y sin embargo…Ahí estaba, joder.Mi hijo.Se parecía a mí, sí, pero también a ella.¿Cu&a
LUZETTELa mansión era tan hermosa como la primera vez, y había más hombres en los terrenos. Esta vez, aunque era Diego quien iba al volante, los guardias dirigieron una linterna hacia el interior del coche, hacia mí, hacia Skye, que dormía.Seguía siendo hermosa, pero para mí había perdido todo el encanto que pudiera haber tenido. Todo, los jardines, los guardias, la mansión entera, me resultaba de algún modo más opresivo que antes.Porque esta vez no creía que fuera a haber una salida.Redujo la velocidad hasta un ritmo normal, el de quien sube por un camino largo hacia una casa enorme asentada sobre unos terrenos aún más enormes. Pero a mí aquella lentitud me parecía exasperante, como si fuera una especie de sádico explorando un nuevo territorio de su pasatiempo favorito… torturarme.Que la parte delantera estuviera despejada de vegetación y los jardines principales quedaran atrás, flanqueados por otras propiedades, algunas con alambres eléctricos en las vallas, me hizo estremecer
LUZETTE—¡Tú no eres su padre!Mi grito desgarró la barata habitación del motel mientras apretaba a Skye aún más contra mi pecho.Diego llenaba el umbral como una tormenta a punto de estallar, con los ojos ardiendo de una furia fría y posesiva.Miró a nuestro hijo, su hijo, y algo peligroso cambió en su expresión. Un depredador que acababa de descubrir que poseía algo precioso.—Soy su padre —dijo, y el impacto en su voz se impuso a su ira—. Pero entiendo por qué no confías en mí. No voy a quitártelo.—Diego…—Tenemos que llevarlos a ti y a Skye a un lugar más seguro —dijo Diego, manteniendo las manos quietas—. Dime qué necesitas llevar. Nos iremos cuando estés lista.—No voy a ir contigo.—Sí tienes opción —dijo tras una pausa tensa—. Pero, por favor, escúchame antes de decidir. Podrían ir tras ustedes por mi culpa.Alargó la mano hacia Skye. Me giré para esquivarlo.—Necesita su sillita y su mantita…Recogió la sillita y la manta y las dejó junto al bolso; luego se agachó a unos pas
DIEGO—¿Qué carajo quieres decir con que se ha ido?Apreté el teléfono con tanta fuerza que creí que la pantalla se rompería. El silencio vacilante de Óscar solo echó gasolina al fuego que rugía en mis venas.Estábamos a pocos minutos de la mansión, con Carmen acurrucada a mi lado, destrozada, y ahora esto: una mujer aterrada se había escurrido entre todo mi equipo de seguridad como si fueran unos malditos aficionados.—Repítemelo otra vez, Óscar. Despacio.—Señor, Marta le llevó comida hace un rato. Cuando volvió, la puerta estaba abierta. Hemos registrado todas las habitaciones y el terreno dos veces. Javier creyó ver movimiento cerca de la propiedad contigua, pero…—Si estás a punto de culpar a Marta, te mostraré exactamente cómo trato a los cobardes que señalan culpables en vez de hacer su puto trabajo. —Mi voz bajó a un gruñido peligroso—. Ella no comete errores así. Lo que significa que una mujer asustada burló a un equipo de hombres armados y entrenados. Explícame eso.Óscar ma
DIEGOMi hermana estaba desaparecida, probablemente aterrada y sangrando en algún rincón de esta maldita ciudad, y todo en lo que yo podía pensar era en inclinar a Luzette sobre mi escritorio y sacarle la verdad a polvos hasta que gritara.El pensamiento me repugnó.También me puso duro como una piedra.Estampé la botella de whisky contra la mesa y obligué a mi mente a volver al portátil. Carmen primero.Siempre.Las señales de rastreo seguían siendo un desastre inútil. Quien se había llevado a Carmen no la quería muerta. La quería a ella. Esto no era una masacre al azar. Era un mensaje.Y quienes envían mensajes tan descarados suelen creer que sobrevivirán a lo que yo les devuelva.La voz de mi padre se rio al fondo de mi cabeza, fría y burlona.Dejaste que se llevaran a mi dulce niña. Inepto.—Que te jodan —murmuré.Abrí los expedientes de todos los cabrones con motivos. La cara engreída de Gabriel Fuentes apareció primero. Nuestra disputa por el territorio llevaba meses pudriéndose
LUZETTELa puerta de la SUV se cerró con la rotundidad de la tapa de un ataúd y me sacó el aire de los pulmones.Estaba atrapada.Diego se sentó frente a mí como un rey que ya hubiera dictado sentencia. Sereno. Inquebrantable. Aterrador. Soltaba órdenes en rápido italiano, con voz baja y letal, y el chofer armado respondía con el mismo tono seco. Cada sílaba sonaba como el deslizar de la corredera de una pistola.Este era el hombre que me había arruinado hacía tres años en una noche imprudente y sucia. El hombre al que mi medio hermano Nicolás me había suplicado que olvidara. El hombre que aún no tenía idea de que tenía un hijo.Las manos me temblaban violentamente. Las apreté entre los muslos, desesperada por ocultar mi debilidad. El rostro de Skye cruzó detrás de mis ojos: rizos oscuros, ojos azul hielo que reflejaban los que me observaban ahora, el diminuto quejido que soltaba cuando las pesadillas lo encontraban. Tragué la bilis que me quemaba la garganta.Mantén la calma. No te d







