로그인DIEGO
Mi hermana estaba desaparecida, probablemente aterrada y sangrando en algún rincón de esta maldita ciudad, y todo en lo que yo podía pensar era en inclinar a Luzette sobre mi escritorio y sacarle la verdad a polvos hasta que gritara.
El pensamiento me repugnó.
También me puso duro como una piedra.
Estampé la botella de whisky contra la mesa y obligué a mi mente a volver al portátil. Carmen primero.
Siempre.
Las señales de rastreo seguían siendo un desastre inútil. Quien se había llevado a Carmen no la quería muerta. La quería a ella. Esto no era una masacre al azar. Era un mensaje.
Y quienes envían mensajes tan descarados suelen creer que sobrevivirán a lo que yo les devuelva.
La voz de mi padre se rio al fondo de mi cabeza, fría y burlona.
Dejaste que se llevaran a mi dulce niña. Inepto.
—Que te jodan —murmuré.
Abrí los expedientes de todos los cabrones con motivos. La cara engreída de Gabriel Fuentes apareció primero. Nuestra disputa por el territorio llevaba meses pudriéndose. A él le gustaba la sangre y la violencia a la vieja usanza. A mí, los resultados.
Si estaba detrás de esto, acababa de firmar la sentencia de muerte de todos a quienes alguna vez había querido.
—Jefe.
Vicente entró en el despacho con gesto sombrío. Solo me llamaba así cuando todo estaba a punto de teñirse de sangre.
Me enderecé.
—Dime que tienes algo.
Me tendió una tableta.
—Posible ubicación. El vehículo y el equipo coinciden. Julián, el yonqui, jura que vio a la novia.
—Julián juraría que su propia madre es virgen por cincuenta dólares.
—Cierto. Pero si lo ignoramos…
Solo había una respuesta.
—Nos movemos. Ya.
El convoy salió como sombras con colmillos.
Llegamos a los almacenes abandonados a las afueras de la ciudad en completo silencio. Un edificio destacaba de inmediato: huellas de neumáticos recientes, mejor conservado que los podridos de alrededor.
Vicente me pasó cargadores extra. La voz de Andrés crepitó en mi auricular.
—Cuatro coches ocultos. Seis hostiles a la vista. Ni rastro de Ángel.
Ángel. El antiguo nombre en clave que mi padre usaba para Carmen.
Las balas desgarraron el almacén en cuanto irrumpimos. Los hombres gritaban y caían mientras mi equipo los abatía con fría precisión. El olor metálico y penetrante de la sangre llenó el aire. Cuando el último cuerpo tocó el suelo, el silencio cayó con fuerza.
Me agaché junto a uno de los muertos y lo registré. Sin documentos. Sin teléfono. Profesionales.
Abrí mi cuchillo, le corté el dedo índice de un solo tajo limpio y lo envolví para las huellas. Alguien hablaría.
Un golpe sordo y suave llegó desde la pared del fondo.
Avanzamos juntos.
A una cuenta silenciosa, derribé la puerta de una patada. Reventó hacia dentro.
Un disparo me pasó rozando la cabeza. Me agaché, me alcé y disparé. La bala le dio al hombre justo entre los ojos. Cayó.
El grito ahogado de Carmen atravesó el zumbido en mis oídos.
Estaba acurrucada en la esquina, con el vestido de novia roto y sucio, las manos atadas, el rostro amoratado entre púrpura y negro. Una huella sucia de mano marcaba su pecho izquierdo. Sus ojos azul verano estaban muy abiertos de terror.
Si el hombre que la tocó no estuviera ya muerto, lo habría traído de vuelta solo para hacerlo sufrir.
Me dejé caer sobre una rodilla y le arranqué con suavidad la cinta de la boca. Sin señales de violación. Una pequeña y jodida misericordia.
Se aferró a mí, temblando violentamente.
—Carmen… ¿te hicieron…?
—No —susurró, con la voz quebrada, agarrándome de las solapas—. No lo hicieron. Estoy… bien.
Tropezó cuando la ayudé a ponerse de pie y se quedó helada en el umbral.
—Pablo… ¿Pablo está bien?
Se me encogió el pecho. Negué con la cabeza y la estreché entre mis brazos. Nuevos sollozos sacudieron su cuerpo.
—Yo hice que lo mataran… Es mi culpa.
—No —mentí suavemente contra su cabello, mientras la culpa me quemaba más que la rabia. Yo era la razón de su muerte. Solo por existir.
—Voy a encontrar a quien hizo esto, Ángel. —Le besé la frente—. Los haré suplicar la muerte antes de acabar con ellos. Te lo juro sobre la tumba de nuestros padres.
Ella solo lloró más fuerte.
Mi teléfono sonó en el peor momento posible. Contesté de todos modos.
—¿Qué?
—Tenemos un problema, jefe —dijo la voz—. La mujer… se ha ido. No la encontramos por ningún lado.
DIEGODios, joder, el niño era pequeñísimo.Era regordete y, aun así, tan jodidamente frágil que casi vomito.¿Cómo demonios se impedía que algo así se hiciera daño? ¿Que lo aplastaran? ¿Que lo mataran? Y no hablaba de las grandes amenazas del mundo. Hablaba del día a día. Los golpes con los muebles, las caídas, que alguien lo pisara sin querer.Y el bebé era… precioso.Me froté un punto del pecho que ardía y helaba a la vez. Imposiblemente lleno y vacío. No lo entendía. Yo no era un tipo de bebés. Ni siquiera pensaba en ellos.Y sin embargo…Ahí estaba, joder.Mi hijo.Se parecía a mí, sí, pero también a ella.¿Cu&a
LUZETTELa mansión era tan hermosa como la primera vez, y había más hombres en los terrenos. Esta vez, aunque era Diego quien iba al volante, los guardias dirigieron una linterna hacia el interior del coche, hacia mí, hacia Skye, que dormía.Seguía siendo hermosa, pero para mí había perdido todo el encanto que pudiera haber tenido. Todo, los jardines, los guardias, la mansión entera, me resultaba de algún modo más opresivo que antes.Porque esta vez no creía que fuera a haber una salida.Redujo la velocidad hasta un ritmo normal, el de quien sube por un camino largo hacia una casa enorme asentada sobre unos terrenos aún más enormes. Pero a mí aquella lentitud me parecía exasperante, como si fuera una especie de sádico explorando un nuevo territorio de su pasatiempo favorito… torturarme.Que la parte delantera estuviera despejada de vegetación y los jardines principales quedaran atrás, flanqueados por otras propiedades, algunas con alambres eléctricos en las vallas, me hizo estremecer
LUZETTE—¡Tú no eres su padre!Mi grito desgarró la barata habitación del motel mientras apretaba a Skye aún más contra mi pecho.Diego llenaba el umbral como una tormenta a punto de estallar, con los ojos ardiendo de una furia fría y posesiva.Miró a nuestro hijo, su hijo, y algo peligroso cambió en su expresión. Un depredador que acababa de descubrir que poseía algo precioso.—Soy su padre —dijo, y el impacto en su voz se impuso a su ira—. Pero entiendo por qué no confías en mí. No voy a quitártelo.—Diego…—Tenemos que llevarlos a ti y a Skye a un lugar más seguro —dijo Diego, manteniendo las manos quietas—. Dime qué necesitas llevar. Nos iremos cuando estés lista.—No voy a ir contigo.—Sí tienes opción —dijo tras una pausa tensa—. Pero, por favor, escúchame antes de decidir. Podrían ir tras ustedes por mi culpa.Alargó la mano hacia Skye. Me giré para esquivarlo.—Necesita su sillita y su mantita…Recogió la sillita y la manta y las dejó junto al bolso; luego se agachó a unos pas
DIEGO—¿Qué carajo quieres decir con que se ha ido?Apreté el teléfono con tanta fuerza que creí que la pantalla se rompería. El silencio vacilante de Óscar solo echó gasolina al fuego que rugía en mis venas.Estábamos a pocos minutos de la mansión, con Carmen acurrucada a mi lado, destrozada, y ahora esto: una mujer aterrada se había escurrido entre todo mi equipo de seguridad como si fueran unos malditos aficionados.—Repítemelo otra vez, Óscar. Despacio.—Señor, Marta le llevó comida hace un rato. Cuando volvió, la puerta estaba abierta. Hemos registrado todas las habitaciones y el terreno dos veces. Javier creyó ver movimiento cerca de la propiedad contigua, pero…—Si estás a punto de culpar a Marta, te mostraré exactamente cómo trato a los cobardes que señalan culpables en vez de hacer su puto trabajo. —Mi voz bajó a un gruñido peligroso—. Ella no comete errores así. Lo que significa que una mujer asustada burló a un equipo de hombres armados y entrenados. Explícame eso.Óscar ma
DIEGOMi hermana estaba desaparecida, probablemente aterrada y sangrando en algún rincón de esta maldita ciudad, y todo en lo que yo podía pensar era en inclinar a Luzette sobre mi escritorio y sacarle la verdad a polvos hasta que gritara.El pensamiento me repugnó.También me puso duro como una piedra.Estampé la botella de whisky contra la mesa y obligué a mi mente a volver al portátil. Carmen primero.Siempre.Las señales de rastreo seguían siendo un desastre inútil. Quien se había llevado a Carmen no la quería muerta. La quería a ella. Esto no era una masacre al azar. Era un mensaje.Y quienes envían mensajes tan descarados suelen creer que sobrevivirán a lo que yo les devuelva.La voz de mi padre se rio al fondo de mi cabeza, fría y burlona.Dejaste que se llevaran a mi dulce niña. Inepto.—Que te jodan —murmuré.Abrí los expedientes de todos los cabrones con motivos. La cara engreída de Gabriel Fuentes apareció primero. Nuestra disputa por el territorio llevaba meses pudriéndose
LUZETTELa puerta de la SUV se cerró con la rotundidad de la tapa de un ataúd y me sacó el aire de los pulmones.Estaba atrapada.Diego se sentó frente a mí como un rey que ya hubiera dictado sentencia. Sereno. Inquebrantable. Aterrador. Soltaba órdenes en rápido italiano, con voz baja y letal, y el chofer armado respondía con el mismo tono seco. Cada sílaba sonaba como el deslizar de la corredera de una pistola.Este era el hombre que me había arruinado hacía tres años en una noche imprudente y sucia. El hombre al que mi medio hermano Nicolás me había suplicado que olvidara. El hombre que aún no tenía idea de que tenía un hijo.Las manos me temblaban violentamente. Las apreté entre los muslos, desesperada por ocultar mi debilidad. El rostro de Skye cruzó detrás de mis ojos: rizos oscuros, ojos azul hielo que reflejaban los que me observaban ahora, el diminuto quejido que soltaba cuando las pesadillas lo encontraban. Tragué la bilis que me quemaba la garganta.Mantén la calma. No te d







