LOGINDIEGO
—¿Qué carajo quieres decir con que se ha ido?
Apreté el teléfono con tanta fuerza que creí que la pantalla se rompería. El silencio vacilante de Óscar solo echó gasolina al fuego que rugía en mis venas.
Estábamos a pocos minutos de la mansión, con Carmen acurrucada a mi lado, destrozada, y ahora esto: una mujer aterrada se había escurrido entre todo mi equipo de seguridad como si fueran unos malditos aficionados.
—Repítemelo otra vez, Óscar. Despacio.
—Señor, Marta le llevó comida hace un rato. Cuando volvió, la puerta estaba abierta. Hemos registrado todas las habitaciones y el terreno dos veces. Javier creyó ver movimiento cerca de la propiedad contigua, pero…
—Si estás a punto de culpar a Marta, te mostraré exactamente cómo trato a los cobardes que señalan culpables en vez de hacer su puto trabajo. —Mi voz bajó a un gruñido peligroso—. Ella no comete errores así. Lo que significa que una mujer asustada burló a un equipo de hombres armados y entrenados. Explícame eso.
Óscar masculló una maldición en italiano.
—Estaban vigilando por si entraban invasores, no por alguien que intentara escapar.
—Eso no lo mejora. Lo empeora. —Cambié por completo al italiano, cada palabra afilada por la furia—. ¿De qué sirve un perímetro de seguridad si cualquiera puede salir caminando? Esas propiedades de alrededor se supone que son zonas de amortiguación. Si están vacías o descuidadas, todo el sistema es inútil. Van a rodar cabezas por esto, Óscar.
—Señor…
—Contigo hablaré luego. Ahora, encuéntrala.
Colgué antes de que pudiera decir una palabra más.
Carmen se estremeció a mi lado, con los ojos hinchados y apagados por el shock. Parecía el fantasma de la chica vibrante con la que había crecido: hecha un ovillo, en silencio, con lágrimas aún resbalando por sus mejillas magulladas. La imagen me retorció un cuchillo en el fondo del pecho.
Podría incendiar el mundo entero por ella. Podría matar a cada bastardo involucrado en esa masacre. Pero no podía borrar su dolor. Esa verdad ardía peor que cualquier otra cosa.
Me desabroché el cinturón, me deslicé más cerca y le rodeé los hombros helados con el brazo, en un intento inútil de darle calor.
—Todo va a salir bien, Ángel.
Se movió apenas.
—¿Quién es… la mujer que se fue?
—Alguien que quedó atrapada en el ataque. Estaba allí contigo; una amiga de Pablo.
Carmen soltó un gemido quebrado al oír su nombre. Me maldije en silencio por el desliz.
Cuando por fin llegamos a la mansión, ignoré a todos los demás y la llevé en brazos directo arriba, a su antigua habitación. Las paredes rosa pálido, los pósteres desteñidos de bandas y la colección de muñecas y osos de peluche de su infancia esperaban exactamente como ella los había dejado.
Llamé a Marta para que la ayudara a cambiarse y esperé fuera. Cuando Marta salió, negó con la cabeza.
—No quiere quitarse el vestido.
Vicente apareció con una botella de su coñac favorito y una copa.
—Estaré justo afuera por si me necesita.
Volví a entrar. Carmen yacía acurrucada en la cama con dosel como una muñeca rota. Le eché el edredón encima y me subí a su lado, rodeando su cuerpo con el mío para compartir el calor y el consuelo que pudiera darle.
Le besé la frente y cambié al italiano.
—Ángel… por favor, háblame. Grita. Llora. Odíame si lo necesitas. Solo déjame saber que sigues ahí dentro.
Durante un largo rato guardó silencio. Luego se volvió hacia mí. La devastación en carne viva de su rostro casi me destripó.
—No estoy bien —susurró—. Puede que nunca vuelva a estarlo.
—Me tienes a mí. Siempre. —Le aparté de la frente unos mechones húmedos—. Me quedaré si quieres.
—No. —Negó débilmente con la cabeza—. Quien hizo esto… mató a Pablo. Él intentó protegerme. Ve a buscar a esa mujer. Ella intentó ayudarme. Podrían ir tras ella también. Tiene un niño pequeño.
Un escalofrío helado me recorrió la espalda.
El pánico de Luzette al verme, su desesperada resistencia: de pronto cobraban un sentido aterrador.
—¿Cuántos años tiene el niño, Carmen?
Ella solo se encogió de hombros y se volvió, con nuevos sollozos sacudiendo su esbelto cuerpo.
Dejé una caja de pañuelos a su lado y le besé la coronilla.
—Descansa, Ángel. Hay un guardia afuera. Una palabra y vuelvo.
Me obligué a dejarla allí, aunque sus llantos rotos me siguieron por el pasillo.
Abajo, Óscar ya me esperaba.
—Mantén a mi hermana a salvo. Si le pasa algo mientras no estoy, tu muerte será lenta y dolorosa. ¿Entendido?
Agarré más armas y me dirigí a mi coche.
En cuanto estuve en la carretera, llamé a Vicente.
—Averigua todo sobre Luzette Castillo. Dirección, amigos, empleos, cada hombre con el que haya hablado en los últimos tres años, su coche, su familia… todo. Ya.
—Jefe… su coche sigue en el lugar de la boda. Pero tengo algo. Pidieron un Uber desde su casa hace un par de horas. Fue a casa de una amiga: Inés Romero. Rastreé el GPS de ese coche. Está en un motel a una hora de la ciudad. Te envío la dirección.
En cuanto apareció el pin, pisé el freno, di la vuelta con el coche y aceleré en sentido contrario.
Su coche era fácil de ver en el aparcamiento. Una sillita infantil era visible en la parte trasera. El pulso me golpeó más fuerte.
No me molesté con la recepción. Fui directo a la habitación donde el tenue resplandor de una tele parpadeaba tras las cortinas. Un sonido suave se filtraba por la puerta: la respiración tranquila de un niño.
Golpeé una vez.
La luz se apagó. Silencio.
Luego, el inconfundible sonido de un niño pequeño removiéndose.
La furia explotó en mi interior como fuego líquido.
Pateé la puerta con fuerza. La madera se astilló cuando el marco cedió. Encendí la luz de un manotazo.
Luzette estaba medio caída en el suelo, con los ojos desorbitados de terror puro, tratando frenéticamente de proteger al niño entre sus brazos.
No necesité un ADN.
Su pánico me lo dijo todo.
El niño levantó la cabeza: rizos oscuros, ojos azul hielo pálido que reflejaban los míos exactamente.
Era mío.
Un gruñido grave me desgarró la garganta antes de que pudiera evitarlo.
El niño hundió la cara contra el pecho de su madre y se echó a llorar.
—Skye, shh, tranquilo —susurró Luzette con desesperación—. El hombre malo ya se va.
Hombre malo.
Las palabras me golpearon como una bofetada, pero obligué a la rabia a bajar. No iba a asustar a mi hijo más de lo que ya lo había hecho.
—Luzette, por favor, empaca lo que necesites para Skye. Me preocupa que quienes atacaron la boda vayan tras ustedes dos. Te explicaré todo en el camino, y si no te sientes segura viniendo conmigo, llamaremos a Inés y organizaremos otro lugar seguro.
Soltó un sonido quebrado y herido que debió destrozarme.
En cambio, solo alimentó la tormenta que rugía dentro de mí.
Santo Dios.
Tenía un hijo.
DIEGODios, joder, el niño era pequeñísimo.Era regordete y, aun así, tan jodidamente frágil que casi vomito.¿Cómo demonios se impedía que algo así se hiciera daño? ¿Que lo aplastaran? ¿Que lo mataran? Y no hablaba de las grandes amenazas del mundo. Hablaba del día a día. Los golpes con los muebles, las caídas, que alguien lo pisara sin querer.Y el bebé era… precioso.Me froté un punto del pecho que ardía y helaba a la vez. Imposiblemente lleno y vacío. No lo entendía. Yo no era un tipo de bebés. Ni siquiera pensaba en ellos.Y sin embargo…Ahí estaba, joder.Mi hijo.Se parecía a mí, sí, pero también a ella.¿Cu&a
LUZETTELa mansión era tan hermosa como la primera vez, y había más hombres en los terrenos. Esta vez, aunque era Diego quien iba al volante, los guardias dirigieron una linterna hacia el interior del coche, hacia mí, hacia Skye, que dormía.Seguía siendo hermosa, pero para mí había perdido todo el encanto que pudiera haber tenido. Todo, los jardines, los guardias, la mansión entera, me resultaba de algún modo más opresivo que antes.Porque esta vez no creía que fuera a haber una salida.Redujo la velocidad hasta un ritmo normal, el de quien sube por un camino largo hacia una casa enorme asentada sobre unos terrenos aún más enormes. Pero a mí aquella lentitud me parecía exasperante, como si fuera una especie de sádico explorando un nuevo territorio de su pasatiempo favorito… torturarme.Que la parte delantera estuviera despejada de vegetación y los jardines principales quedaran atrás, flanqueados por otras propiedades, algunas con alambres eléctricos en las vallas, me hizo estremecer
LUZETTE—¡Tú no eres su padre!Mi grito desgarró la barata habitación del motel mientras apretaba a Skye aún más contra mi pecho.Diego llenaba el umbral como una tormenta a punto de estallar, con los ojos ardiendo de una furia fría y posesiva.Miró a nuestro hijo, su hijo, y algo peligroso cambió en su expresión. Un depredador que acababa de descubrir que poseía algo precioso.—Soy su padre —dijo, y el impacto en su voz se impuso a su ira—. Pero entiendo por qué no confías en mí. No voy a quitártelo.—Diego…—Tenemos que llevarlos a ti y a Skye a un lugar más seguro —dijo Diego, manteniendo las manos quietas—. Dime qué necesitas llevar. Nos iremos cuando estés lista.—No voy a ir contigo.—Sí tienes opción —dijo tras una pausa tensa—. Pero, por favor, escúchame antes de decidir. Podrían ir tras ustedes por mi culpa.Alargó la mano hacia Skye. Me giré para esquivarlo.—Necesita su sillita y su mantita…Recogió la sillita y la manta y las dejó junto al bolso; luego se agachó a unos pas
DIEGO—¿Qué carajo quieres decir con que se ha ido?Apreté el teléfono con tanta fuerza que creí que la pantalla se rompería. El silencio vacilante de Óscar solo echó gasolina al fuego que rugía en mis venas.Estábamos a pocos minutos de la mansión, con Carmen acurrucada a mi lado, destrozada, y ahora esto: una mujer aterrada se había escurrido entre todo mi equipo de seguridad como si fueran unos malditos aficionados.—Repítemelo otra vez, Óscar. Despacio.—Señor, Marta le llevó comida hace un rato. Cuando volvió, la puerta estaba abierta. Hemos registrado todas las habitaciones y el terreno dos veces. Javier creyó ver movimiento cerca de la propiedad contigua, pero…—Si estás a punto de culpar a Marta, te mostraré exactamente cómo trato a los cobardes que señalan culpables en vez de hacer su puto trabajo. —Mi voz bajó a un gruñido peligroso—. Ella no comete errores así. Lo que significa que una mujer asustada burló a un equipo de hombres armados y entrenados. Explícame eso.Óscar ma
DIEGOMi hermana estaba desaparecida, probablemente aterrada y sangrando en algún rincón de esta maldita ciudad, y todo en lo que yo podía pensar era en inclinar a Luzette sobre mi escritorio y sacarle la verdad a polvos hasta que gritara.El pensamiento me repugnó.También me puso duro como una piedra.Estampé la botella de whisky contra la mesa y obligué a mi mente a volver al portátil. Carmen primero.Siempre.Las señales de rastreo seguían siendo un desastre inútil. Quien se había llevado a Carmen no la quería muerta. La quería a ella. Esto no era una masacre al azar. Era un mensaje.Y quienes envían mensajes tan descarados suelen creer que sobrevivirán a lo que yo les devuelva.La voz de mi padre se rio al fondo de mi cabeza, fría y burlona.Dejaste que se llevaran a mi dulce niña. Inepto.—Que te jodan —murmuré.Abrí los expedientes de todos los cabrones con motivos. La cara engreída de Gabriel Fuentes apareció primero. Nuestra disputa por el territorio llevaba meses pudriéndose
LUZETTELa puerta de la SUV se cerró con la rotundidad de la tapa de un ataúd y me sacó el aire de los pulmones.Estaba atrapada.Diego se sentó frente a mí como un rey que ya hubiera dictado sentencia. Sereno. Inquebrantable. Aterrador. Soltaba órdenes en rápido italiano, con voz baja y letal, y el chofer armado respondía con el mismo tono seco. Cada sílaba sonaba como el deslizar de la corredera de una pistola.Este era el hombre que me había arruinado hacía tres años en una noche imprudente y sucia. El hombre al que mi medio hermano Nicolás me había suplicado que olvidara. El hombre que aún no tenía idea de que tenía un hijo.Las manos me temblaban violentamente. Las apreté entre los muslos, desesperada por ocultar mi debilidad. El rostro de Skye cruzó detrás de mis ojos: rizos oscuros, ojos azul hielo que reflejaban los que me observaban ahora, el diminuto quejido que soltaba cuando las pesadillas lo encontraban. Tragué la bilis que me quemaba la garganta.Mantén la calma. No te d







