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EL DIABLO NO SABE QUE TIENE UN HIJO
EL DIABLO NO SABE QUE TIENE UN HIJO
Author: Manuel

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Author: Manuel
last update publish date: 2026-10-13 03:25:12

LUZETTE

—Tienes agallas para presentarte aquí.

La voz áspera me envolvió como el humo. Grave. Familiar. Peligrosa.

Me giré de golpe, y el vino blanco estuvo a punto de derramarse sobre mi vestido. El corazón me golpeó las costillas con tanta fuerza que la sala entera se inclinó.

Ahí estaba.

Más grande de lo que recordaba. Más duro. El traje negro a medida se ceñía a su poderosa figura, y las hebras plateadas entre su cabello oscuro solo afilaban los rasgos brutales de su rostro. Esos ojos azul hielo se clavaron en los míos y me robaron el aire de los pulmones.

Mi aventura de una noche de hacía tres años.

El hombre que me había destrozado tan por completo que ningún otro se le había acercado siquiera.

Se movió antes de que yo pudiera pensar. Un segundo estaba paralizada y al siguiente su brazo me rodeaba la cintura y me pegaba a su cuerpo. Su calor me envolvió. El pulso se me desbocó.

—Cuidado —murmuró, rozándome la oreja con los labios—. No quisiera que volvieras a enamorarte de mí.

No pude hablar. Apenas podía respirar. Olía exactamente igual: whisky, cuero y algo más oscuro que aún habitaba mis sueños. Su mano se deslizó hasta mi brazo, firme y autoritaria, y me guio lejos del salón abarrotado hacia un rincón apartado, oculto tras unos altos rosales.

Debí zafarme. No lo hice.

Al llegar a la pared, me giró y apoyó mi espalda contra ella, acercándose tanto que su cuerpo me encerró. Su mirada recorrió despacio mi figura, posesiva y sin prisa, como si aún tuviera derecho a mirarme. Mi piel ardía allí donde sus ojos la tocaban.

—Qué coincidencia —dijo con suavidad—. Tú, en la boda de mi hermana… cuando soy la única persona que conoces aquí.

Alcé la barbilla, ignorando el temblor de mis piernas.

—¿Coincidencia? ¿O simplemente eres un paranoico?

Su sonrisa fue lenta y afilada como una navaja.

—Si el zapato te queda…

La ira me recorrió.

—¿De verdad crees que vine buscándote? Tuvimos una noche hace tres años. El sexo estuvo bien, sí, pero no tan bien como para andar persiguiéndote.

Mentía descaradamente. Esa noche me había destruido. Y la prueba viviente de ella, nuestro hijo de dos años, estaba a salvo en casa en ese mismo instante, sin saber que su padre era un hombre peligroso al que yo jamás debía volver a ver.

Me observó con esos ojos fríos e indescifrables.

—Entonces, ¿por qué estás aquí, Luzette?

El sonido de mi nombre en su lengua me recorrió la espalda con un escalofrío. Tragué saliva.

—No es asunto tuyo. Suéltame.

No se movió. Lo empujé en el pecho. Era como empujar una roca.

—Sí me importa —dijo en voz baja.

—Por favor —susurré, odiando lo pequeña que sonó mi voz.

Por una fracción de segundo, algo titiló en su expresión. Luego desapareció.

—Una noche hace mucho tiempo —dije, obligando a las palabras a salir—. Ni siquiera te recuerdo.

Se inclinó hasta que su boca quedó suspendida sobre la mía.

—¿En serio? —Su voz bajó, oscura e íntima—. Entonces dime, cariño… ¿por qué estás aquí? ¿Qué quieres? ¿Quién te envió?

Eso fue todo. Estallé.

—Soy una invitada. Soy amiga de Pablo. Lamento decepcionarte, pero no te estoy acosando y nadie me envió. Estoy aquí por el novio. Eso es todo.

Sus ojos se entornaron.

—Hiciste bien tu tarea.

—Invitación de boda —le espeté—. No tarea.

—Mientes fatal.

—Ay, joder. —Lo empujé con fuerza y me escurrí a un lado—. Quítate de mi camino.

Solo logré dar tres pasos.

Su mano se cerró en mi brazo como un torno y me jaló hacia atrás. Mi columna chocó contra la pared con una sacudida.

Antes de que pudiera tomar aire, me encerró por completo, su poderoso cuerpo pegado al mío. Una mano me atrapó la mandíbula y me obligó a mirarlo.

Hizo ademán de tocarme, pero se detuvo al ver la advertencia en mis ojos.

—Sobre todo tú no, mia amata —murmuró, y el viejo apelativo sonó más vulnerable que posesivo.

Su pulgar rozó mi labio inferior, lento y posesivo.

Su mirada cayó a mi boca, pero no cerró la distancia. La decisión quedó suspendida entre nosotros, cargada y exasperante. Odiaba que una parte de mí aún quisiera besarlo; odiaba más que él pareciera saberlo.

Por un estúpido instante, le devolví el beso. Tres años de deseo enterrado estallaron entre nosotros. Hasta que la realidad se estrelló contra mí.

Le mordí el labio con la fuerza suficiente para hacerlo sangrar.

Se apartó con una risa baja y peligrosa, lamiéndose la sangre de la boca, con los ojos brillantes de oscura diversión.

—Corre si quieres, Luzette —dijo, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Pero no hemos terminado de hablar.

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