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Capítulo 15

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-01-18 11:51:48

La secretaria de Maximiliano Bastidas había entrado al gran edificio donde se encontraba el bufete de uno de los mejores abogados de la ciudad. Y había salido ya, con otro semblante en todo su bello rostro.

Lenis botó algo en una de las papeleras ubicadas en la acera y se fue caminando, alejándose a pasos agigantados de allí.

Una mano masculina acarició la pequeña fotografía de la misma dama que caminaba alejándose de la construcción, la misma que había sido observada entrar y salir por el dueño de esa palma.

Al lado de aquella imagen, aparecía el nombre «Lenis Evans» escrito a computadora, aquello se trataba de una planilla de currículum.

El dueño de la mano sonrió. Su celular sonó y respondió:

—Dime.

—Señor, ya tengo la dirección de la señorita Díaz —escuchó al teléfono.

Intentando no destruir la pequeña foto por los arranques de rabia que de repente sentía, el receptor de la llamada escuchó bien la información que persona de mayor confianza le suministraba.

—¿Sigues allí? —el hombre le preguntó a Carl, su mano derecha.

—Así es, señor.

Jefferson Smith se había tomado un momento libre entre reunión y reunión para seguir en su búsqueda. Tenía gente trabajando para él desde que tomó el cargo de asesor político, pero cuando se trataba de Lisa, prefería hacer las cosas por sí mismo; en la mayoría de los casos. Ya que esta vez para él era distinto, actuaría diferente…, o eso quería.

Ella había logrado por primera vez separarse de él definitivamente, lo había conseguido de veras. No como las otras veces donde él, con un chasquido de dedos, la atrajo hasta sí.

Le daba gracias a toda deidad por su cambio de look. «Ella tan inventora, como siempre», pensaba. Pero le gustaba, debía confesarse a sí mismo que se veía hermosa. La había visto en persona hace dos días saliendo de su lugar de trabajo, el consorcio de uno de los hijastros de Ferit. Necesitó hacerlo, necesitó verla lo más cerca que pudo, ya que la pequeña foto, esa imagen tipo carnet dentro de aquella falsa hoja de vida, no le hacía justicia para contemplar mejor ese hermoso cabello largo, negro y ondulado que ahora ella se gastaba.

Le había pedido a Carl que le consiguiera la dirección de su domicilio. No sabía muy bien si la visitaría él mismo, si le daría ese rol a su hombre de confianza en primera instancia, tampoco sabía en qué momento intentaría convencerla de volver con él, con su esposo. Smith estaba determinado a no perderla esta vez, la amaba. Se portaría muy bien y le daría todo lo que ella pidiese. 

—¿Qué sabes de Sias? —le preguntó a Carl.

—Está en la ciudad, Señor. También cambió de aspecto y compró un pasaje para otro país con un pasaporte distinto. ¿Lo interceptamos?

—¿Sabes qué fecha tiene el vuelo?

—Dentro de una semana.

Jefferson asintió, sobándose el labio con las yemas de sus dedos, pensativo.

—Algo me dice que la contactará. Interviene las líneas telefónicas de la propiedad de Lisa.

—Por ahora, no tiene línea telefónica instalada en la casa, señor. Solo posee un celular a nombre de Lenis Evans. Es el mismo que le mencioné que ya está intervenido y codificado para no dejar rastro ni grabación de llamadas o mensajes.

«Maldito Sias», pensó Smith, descubriendo que la ha estado ayudando todo este tiempo.

—Ok. —El rubio exhaló aire, cansado de todo ese protocolo. Se preguntaba una y otra vez por qué aquella mujer era tan difícil—. Si descubres que el imbécil de Sias se comunica con ella, interviene. Lo quiero a él. Tráemelo vivo o muerto. Y si está con ella, trámela también. Pensaba hacer las cosas diferentes, pero si eso ocurre, no esperaré.

—Como usted diga, señor. —Y la llamada se cortó.

El hombre de cabellos amarillos, un poco largos y lisos, Jefferson Smith, vestido de traje oscuro, sin ningún rastrojo de barba, siguió mirando el edificio a través de la ventana trasera de su auto. Su chofer esperaba instrucciones para moverse.

De verdad, con muchas ganas, él deseaba hacerle una visita a esa tal Lenis Evans, pero también le divertía su disfraz. Tenía unas extrañas ganas de dejar a Lisa viviendo un poco más en su mundo de fantasía. Tan solo por unos días más.

Siguió dudando de si visitarla ese mismo día o no. Continuó sonriendo, riendo casi, por la imagen de su hermosa esposa con el cabello negro y con otro nombre.

Precisamente Carl fue quien le informó de toda la ayuda que ella había tenido. «Maldito Sias», volvió a pensar. «¿Desde cuándo la estabas ayudando ese imbécil?»,

se preguntó mentalmente. A partir de su regreso de trotar, ya hace dos años, y no haberla encontrado en el apartamento, se preguntó quién la había ayudado a separarse de él, pero al mismo tiempo aplaudía su ingenio, ella lo había logrado prácticamente sola al convencerlo de amarlo con locura y compromiso, una táctica maestra, de hecho, confusa para él. Smith le creyó en su debido momento.

Luego de volverse un poco loco al no tenerla a su lado, la buscó, por supuesto que la buscó, obviando esa ciudad en donde se encontraba ella viviendo, porque se suponía que ella la odiaba. Según los cuentos que la misma Lisa le contaba, ella hablaba sobre una supuesta terrible infancia vivida allí mismo, con Francis, su madre, cuando Lisa tenía tan solo siete años de edad. Él se convenció de ese repudio que tenía por aquella metrópolis. Jamás se imaginó que aquella historia se trataba de una táctica de desviación. Al buscarla, no pensó de inmediato que era precisamente allí a donde Lisa intentaría seguir con su vida.

«Astuta», pensó cuando Carl le informó que la había encontrado. «¿Todo ha sido mentira?», se preguntó Smith hace dos años y se seguía preguntando ahora. «Claro que fue mentira, cuentos para despistarme», se respondió hace ese par de años y también ahora. Para el asesor político, era cierto que Lisa había vivido un lapso corto tiempo en esa ciudad, pero ya se había percatado, por supuesto, que los recuerdos oscuros eran falsos, esa parte de la historia nunca había existido.

A pesar de todo lo que había descubierto, él no podía creer que ella no lo amase. Smith intentaba convencerse de que algo de verdad debía guardar ella dentro de su cabeza y de su corazón para con él.

«No se puede fingir tan bien», se decía a sí mismo.

Miró al frente, a su chofer.

—Vámonos —le dijo.

El vehículo fue encendido, despegándose luego de una de las aceras cercanas del bufete de George J. Miller.

***

Lenis se bajó del metro, caminó unos pocos kilómetros calle arriba y por fin llegó a la cuadra donde se encontraba su vivienda. Esa vez no tuvo otra opción que llegar desde otra dirección, al parecer, ejecutaban unas “rápidas” obras de construcción en la calle de siempre.

Antes de transitar el corto sendero de piedra que conectaba la acera con su puerta, divisó una camioneta negra que ya conocía.

«No puede ser», pensó. La rabia comenzó a bullir desde su interior.

Se enderezó, acomodó su cartera sobre su hombro y caminó con pasos decididos hacia el vehículo.

Peter escuchaba de nuevo la grabación de la conversación entre Lenis y George. Pensando en todo lo que ella había dicho, comprendiendo mejor las razones que la llevaron a ser quien era en esos momentos, quiso seguir la orden inmediata del abogado de colocarle vigilancia permanente, ya que la demanda sería ruda, ella estaría en peligro.

Lo haría en unos minutos, pero la empatía que sintió por ella, más sus propios recuerdos con su madre y Ferit Turgut, lo llevaron, como marioneta, hacia la casa de la señorita Evans, estacionándose frente a su vivienda de forma automática y esperándola llegar por la vía de siempre.

No se percató que ella ya había llegado. Él miraba a la nada, ensimismado, y se sobresaltó con un fuerte toque en la ventana de su carro.

—¡Joder! ¿Por dónde vino? —se quejó, al ver el bello rostro de aquella mujer, furioso, esperando que él respondiera.

Inmediatamente, apagó el celular y con disimulo, se quitó los audífonos y lanzó todo al asiento del copiloto.

Bajó el vidrio de su ventana.

—¿Qué se supone que está haciendo usted aquí? —preguntó ella con ese tono de molestia indiscutible.

A él le causó gracia que ella no lo tuteara, a pesar de haberlo cachado “espiando” su casa.

—A ver, todo tiene explicación. —«Piensa rápido, idiota», se dijo mentalmente. Decidió contarle un poco la verdad. Esperaba que ella no se molestase más de lo que ya estaba y que a él le diera tiempo comentárselo a George también—. Miller me pidió que te cuidara.

Ella se detuvo en seco y abrió los ojos de par en par.

«¿George le habrá contado a él…?» Ella interrumpió sus propios pensamientos con ganas de interrogar al agente de seguridad de su jefe con todo tipo de preguntas.

—Pensaba que usted trabajaba para el señor Bastidas, no para el señor Miller. —Ella no desenvainaría delante de Peter ninguna espada en defensa, sin asegurar primero que él no estaba enterado de su verdadera identidad.

—Por si no lo sabías, Max es mi cliente, no al revés. Soy dueño de la agencia de seguridad que cuida el consorcio, así que George también es mi cliente.

Ella mantuvo las cejas levantadas e hizo silencio por un instante, intentando recomponer su molestia para no mostrar mayor asombro.

—De igual forma, eso no me responde qué hace usted aquí.

—Ya te dije, Lenis. Cumplo con una orden de mi cliente, quien es tu abogado ahora. —Ella se puso blanca como el papel. «Lo sabe todo, Peter lo sabe todo»—. Mira, Lenis. George no romperá su código de ética, no me ha contado nada de lo que ustedes dos han hablado en su oficina, puedes quedarte tranquila. Solo me dijo que trabajaría en un caso contigo, que era un tanto arriesgado y que por si acaso era mejor cuidarte, eso es todo. Por eso estoy aquí.

Ella no sabía qué pensar ni qué sentir al respecto, pero le pediría explicaciones a George en cuanto alejara a Peter de su propiedad.

—No conocía esa información de que usted me… ¿cuidaría? Mire, señor Embert, disculpe, pero no me gusta que me vigilen, no lo veo apropiado. Además, ¿descuidará la vigilancia y el trabajo en el consorcio solo por mí? Espero no lo malinterprete, pero es mejor que se vaya.

Él la miró por un momento en silencio.

«Tiene miedo de que yo descubra todo», pensó él. «Si ella supiera…»

El rubio y fornido agente de seguridad, Peter Embert, suspiró profundo y exhaló profuso aire.

—No puedo desarticular una orden de seguridad así como así, “señorita” Lenis.

—Evans. Llámeme por mi apellido —le aclaró, molesta, extrañándose ella misma por su tardía exigencia. Ya la había llamado por su nombre, ¿por qué ser ahora tan antipática?

«Grrrg, es que no lo quiero aquí, me cae pésimo», se aclaró ella misma en su cabeza.

—Está bien, «señorita Evans» —afincó él—. Si desea que me retire, lo haré, pero hable con su abogado, porque si no soy yo, uno de mis hombres estará al frente…

—Por supuesto que hablaré con el señor Miller —le interrumpió—. Y esto no es una trinchera de guerra, señor Embert. No tiene que poner a nadie “en el frente” de ninguna batalla. Yo estoy bien, George al parecer ha exagerado la situación.

Él ladeó imperceptiblemente su cabeza y de la misma manera entrecerró la mirada. A ella se le había escapado el tuteo que había utilizado al mencionar a George.

—No se diga más —zanjó él. Encendió la camioneta con movimientos toscos y mientras arrancaba, subió el vidrio de su ventana, alejándose de allí.

Lenis lo vio arrancar y tuvo que exhalar bastante aire.

«¿Qué ha sido eso?», se preguntó mientras caminaba a su casa.

Luego de un par de horas, se había colocado un short color crema, una camiseta blanca de algodón y engullía su almuerzo, un almuerzo en casa invaluable para ella: el señor Bastidas le había dado la tarde libre, ya que él no estaría todo el día en la oficina.

Mientras terminaba su comida, pensó en lo que hizo esa mañana. Le había contado toda la verdad a George J. Miller convirtiéndolo en su abogado. ¡Increíble! Para ella, aquella fue una estupenda terapia, casi una liberación. A pesar de mantener miedos y dudas con respecto a todo, sentía profundo una sólida confianza con —ahora— su abogado.

«Miller…», repitió ella en su mente.

Lenis cerró los ojos y negó con la cabeza. ¿Por qué pensaba en él? ¿Por qué se sentía nerviosa al estar cerca de él? Era un hombre estupendamente guapo. Con su gran altura y porte, quiso revelar lo que él escondía bajo toda esa cantidad de trajes de tres piezas que siempre usaba. Algo le decía que su seriedad se mantenía a raya con los negocios, pero en las contadas veces que había compartido con él, pudo ver ápices de un hombre jovial, divertido y risueño. Hasta bromista. Quería saber si él era así, atento, ameno. Quería conocerlo mejor, dejarlo entrar…

Un toque en su puerta principal interrumpió sus ensoñaciones.

Lenis frunció el ceño y sintió una aprehensión cubrirle el cuerpo. Nadie la visitaba, no era posible que un conocido estuviese frente a su puerta, a excepción de su casera, y no creía que ella fuese quien tocaba la puerta. No le gustaba que la sorprendieran.

Miró a través de la mirilla central de la madera y quedó de piedra al ver quien era.

Abrió la puerta de inmediato.

—¿Sias?

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