INICIAR SESIÓNLenis sacó la cabeza para checar los alrededores de la casa. No vio nada anormal ni agentes con actitudes atrevidas a la vista.
—¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste a la ciudad? —Lenis miró la gorra unicolor que Sias cargaba puesta y con la que, nerviosamente, intentaba esconderse.
—Déjame entrar —exigió él, mirando para todos lados.
Ella se apartó rápidamente del umbral y cerró la puerta luego de verlo a él estamparse en uno de los sillones de la sala, quitarse la gorra y pasarse una mano por la cabeza.
—Tu cabello…
—También me lo cambié —respondió él. Él era de cabello negro, como su padre, pero se lo había aclarado un poco. Estiró su pierna izquierda y del bolsillo de su jean sacó un sobre rectangular un poco alargado que sobresalía—. Toma. —Lanzó el sobre sobre la mesa baja—. Ve por tus cosas que nos vamos.
—¿Qué? —Ella por fin movió su cuerpo, se había quedado estática viendo a su hermanastro aparecer de la nada, desesperado, con cara angustiosa, otro aspecto, otro color de cabello e intentando esconderse. Pensaba que no lo volvería a ver y ahí lo tenía de frente.
Lenis abrió el sobre y sacó de él un pasaje de avión.
—¿Qué es esto? —preguntó ella.
—Nos tenemos que ir, te he comprado un pasaje.
—Pero… ¿por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así?
—Te va a encontrar —le interrumpió. La mujer sintió que su corazón se detenía—. Él está aquí. Jefferson tiene días aquí, ya debe saber dónde vives. Y a mí me está buscando hasta por debajo de las piedras, debemos irnos.
Ella no podía creerlo.
—¿Cómo supo que estaba aquí? Siempre le dije que odiaba este lugar, él sabe que yo para acá no me vendría.
—Tu disfraz no ha sido de mucha ayuda. —Él la miró fijo, con los ojos llorosos y la respiración agitada—. Lo siento, Lisa. Hice todo lo posible, pero no tengo tantas influencias y las que tengo ya no desean ayudarme, no puedo pagarles. Me he cambiado el nombre y manipulé algunas cosas para poder salir del país, pero no pude hacer nada más.
—No, no, espera… —Ella se estampó de cuclillas frente a él y tomó sus manos—. Cálmate, Sias. ¿Quién te está buscando? ¿Jefferson? ¿Por qué? Tu padre fue exiliado, eso se acabó. ¿Para qué te estaría buscando Jefferson…? —«Supo que me ayudaste», interrumpió ella sus palabras, respondiéndose mentalmente.
Lenis apretó la mandíbula y se puso seria. No sabía qué decir, qué pensar. Eras muchas las cosas que imaginaba, pensaba, deducía, tenía un ocho en su cerebro.
Ella debía contactar a Jefferson Smith, su peor pesadilla, para una reunión con su jefe, pero esperaba contarle todo a Bastidas y no tener que hacerlo, y pensaba lograr echar el cuento a su jefe con la ayuda de George, sin embargo y al parecer, Smith se había adelantado.
La mujer se dejó caer en el suelo.
—¿Cómo dio conmigo? ¡¿Cómo dio conmigo?! ¿Tú…? —Lo miró—. ¿A caso no habías creado una carta de defunción para Lisa Díaz? Se suponía que él, de buscarme aquí, me encontraría muerta, con fecha de defunción. ¿Cómo me encontró?
—Yo… —Sias restregó su cara con las manos sintiéndose terrible con lo que le diría— nunca hice eso, Lisa, perdóname —confesó en un hilo de voz.
El mundo de la secretaria se detuvo, como si el propio planeta tuviese pulmones y literalmente contuviese la respiración.
«Jefferson me encontró», susurró su mente.
***
—Sias se ha reunido con la señorita Díaz.
Smith detuvo todo lo que estaba haciendo al escuchar la información que Carl le estaba dando.
Luego sonrió y disfrutó darle su nueva orden.
—Interviene. —Y colgó la llamada.
***
Un Aston Martin color gris se aproximó a la camioneta negra de Peter. Ambos choferes bajaron los vidrios de sus ventanas. El del Aston, la ventana del copiloto. Peter por su parte, bajó el mismo vidrio que había deslizado para hablar con la secretaria.
—¿No te ha llamado? —preguntó el agente.
George negó.
—¿Qué sucedió? ¿Por qué me convocaste aquí?
—No quiere vigilancia —respondió Peter—. Tuve que retirarme de la acera. ¿Pongo a uno de mis hombres?
Ambos carros se encontraban detenidos a unos pasos más adelante de la acera que bordeaba la casa de Lenis, un poco más lejos de donde Peter estuvo al principio, pero fuera del alcance de la vista de la secretaria.
George miró la propiedad, la cual podía ver casi al frente desde su asiento.
—Aún no se ha hecho la denuncia oficial, lo de la vigilancia puede esperar… —Las palabras de George quedaron en vilo. No podía creer lo que sus ojos veían.
Peter volteó su cuello al percatarse del mutismo del abogado y vio lo mismo que él: a Sias Turgut bajándose de un taxi frente a la casa de la secretaria.
—No te muevas, no ha notado los carros —le dijo Peter mientras el taxi se alejaba de donde había venido, y sabiendo que el reflejo de George era moverse de allí para esconderse del hijo de Ferit.
El abogado obedeció y desde allí pudo ver a la hermosa Lenis abrir su puerta en ropa de casa, asombrada, dejando entrar a su hermanastro.
«¿Qué hace Sias en su casa, por qué no la llama?», se preguntó George.
—¿Qué haces? —preguntó luego, al ver que Peter se bajaba de su camioneta.
El alocado agente hizo silencio con un dedo sobre sus labios y le hizo señas con la cabeza a George para que —ahora sí— moviera el carro.
George movió el Aston y lo estacionó delante de la camioneta. Se bajó inmediatamente del vehículo.
—¿Qué haces? Vete. Solo quiero averiguar…
—Iré contigo —zanjó George—. Esto es muy extraño, no te dejaré ir solo.
—Sí, no me gusta nada esa visita.
Peter mudó su arma de un costado de su cuerpo a su espalda. Quitó el seguro y la acomodó, cubriéndola con su chaqueta negra.
***
—No puedo irme. No de esa manera… —susurró Lenis para sí, pero Sias la escuchó.
—No te quedarás aquí, ¡ese hombre te matará! Nos va a matar. Estamos condenados aquí.
—Tengo un trabajo, una denuncia, se tiene que hacer justicia… —decía, autómata, sentada aún en el suelo con la mirada perdida.
—Lisa… ¡Lisa! —Sias se arrodilló y la tomó de los hombros—. Tienes que reaccionar. Levántate y busca ropa, tus cosas, tenemos que irnos ya…
—¡No! ¿Cómo me pides eso? Ya me liberé de él, no me pidas eso, no otra vez, no puedo seguir corriendo.
La mujer se levantó y comenzó a caminar de un lado al otro, de la cocina a la sala y de vuelta.
George se despegó de la ventana de la cocina de la casa de Lenis, con las manos en la cabeza y desesperado, justo después de escuchar la petición de Sias de llevársela con él.
—Se irá, se va escapar otra vez, y todo por ese maldito…
—Shhh, ¡cállate! Échate para atrás, George, habla bajo… —pedía el agente.
—Voy a tocar su puerta, Peter. Ella no puede seguir corriendo.
—¡No! —El agente tomó al abogado de la chaqueta del traje y lo apartó lo más que pudo de la casa de la secretaria. Entonces, ya en terreno seguro, dejó de susurrar—. ¿Vas a dejar que Sias nos vea? ¿Dejarás que ella se entere de esa manera quiénes somos? —George arrugó la cara y pasó las manos por su cabeza—. Ella confía en él y él, si sabe de nuestra existencia, debe pensar que somos sus enemigos. Es obvio que no le ha dicho a ella nada de nosotros, y no creo que no nos conozca, pero mientras él no encuentre motivos para hacerlo, no se lo dirá. No vas a hacerlo tú apareciéndote de la nada.
—¿No crees que ella ya le ha dijo dónde trabaja?
—Sabes que no se lo ha dicho —aclaró Peter con mueca de obviedad. Ellos monitoreaban las llamadas y mensajes de Lenis—. Y si se lo dice ahora mismo, es el peor momento para aparecerte en su casa y confirmárselo frente a él.
—¿Entonces, para qué me convocaste aquí? ¡¿Para qué?!
—¿Te has vuelto tonto de repente? ¡Para que hables con ella y la convenzas «a tu manera» que debemos ponerle seguridad! Así se le bajan las molestias y me deja hacer mi trabajo y también de tratarme como un a**o de una buena vez, pero no con Sias allí, pedazo de idiota.
—No puedo dejar que se vaya, la va a convencer de irse del país. Eso será peor para ella. Manda a investigar a Sias, investiga si compró un boleto, ¡tienes que hacer algo!
Peter no había querido darle un golpe a alguien en su vida más que ahora.
—¡Cálmate! Tienes que actuar con cabeza fría, ¿qué pasa contigo, George?
Ambos hombres se sobresaltaron de repente. El ruido que escucharon fue indiscutible para ambos.
—¿De dónde vino ese disparo? —preguntó el abogado.
Ambos se miraron confirmando sus sospechas. Y sabiendo perfectamente lo que habían escuchado, echaron a correr hacia la casa de la secretaria.
Aquel disparo no solo había paralizado el curso natural de la tarde, sino que había puesto a correr el alma y la sangre de aquellos hombres.
—¡Ten! —Peter le dio el arma a George y rápidamente sacó otra que guardaba en su tobillo.
No estaban tan alejados de la casa, pero con aquel apuro, sintieron haber estado discutiendo a cuadras de allí. Corrían, no llegaban, la vivienda de Lenis se sentía cada vez más lejana.
Pero al llegar y ver la puerta trasera abierta, peor aún, al poner un solo pie dentro de la vivienda, un segundo disparo los volvió locos.
***
—Es mejor que venga conmigo, señor Turgut.
Sias alzó las manos lentamente al sentir que le apuntaban en la cabeza con un arma.
Miró fijamente a Lenis, quien tenía la respiración acelerada. Ella le rogó con la mirada que no hiciera una locura y observó a Carl con susto y rabia a la vez.
—Carl, déjalo —le dijo ella—. ¿Para qué lo quieres a él? Soy yo quien debe irse contigo.
—Solo sigo órdenes, señorita Díaz. Muévase, Turgut.
—Está bien, está bien —dijo Sias.
«¡No, Sias, no!», le dijo ella mentalmente. Rogaba que la entendiese de esa manera.
El hermanastro de Lenis, el único hijo consanguíneo de Ferit Turgut, mayor que ella por algunos años y la única persona que la había ayudado, penetró en aquellos ojos grises y llorosos de la mujer para dejarle claros mensajes de lo que haría.
De nuevo, ella emitió un silencioso ruego que ya él había decidido no atender.
—¿Sias? —susurró—. ¡Sias!
Su hermanastro se volteó abruptamente, empujando a Carl hacia la cocina, chocando contra la mesa y creando un desastre al tumbarlo todo al suelo.
—¡Carl! —Lenis vio que forcejeaban con el arma—. ¡Déjalo! ¡Suéltalo!
La mesa se detuvo chocando con la encimera, pero el agarre de ambos hombres estaba a punto de partirla en dos.
—¡De aquí me sacas muerto! —gruñó Sias intentando vencer a Carl, quien sonrió, desquiciado, y disparó.
—¡NO!
El hijo de Ferit dejó de moverse abruptamente. Sus brazos cayeron y su peso casi hace caer a Carl al caer inerte encima de él.
El hombre de mayor confianza del esposo de Lisa empujó rápidamente el cuerpo de Sias al ver cómo ella corría hacia una de las habitaciones.
Carl no permitió que cerrara la puerta, ya él había entrado y en un dos por tres, la lanzó a la cama.
La mujer se arrastró sobre el colchón escapando de la nauseabunda mirada de aquel hombre, quien, antes de llevársela a su jefe, ya había decidido qué hacer con ella.
Lenis forcejeó como pudo, combatiendo contra la fuerza de Carl, quien se había tirado encima de ella, sosteniendo sus extremidades y metiéndose entre sus piernas. Carl era un hombre de unos cincuenta años, alto, cara dura y bien entrenado para cumplir con las órdenes de Smith.
Él presionó su cuello, se metió en su mirada llena de terror y apuro, disfrutando cómo el aire se le iba de los pulmones poco a poco.
De repente algo pasó. Ella sintió renovadas fuerzas, agarradas, como garras, de la poderosa rabia que sentía al verse de nuevo en aquella situación. Sobre todo, al sentir la entrepierna de aquel sujeto restregarse contra sus partes más íntimas.
—Ahora entiendo por qué le gustas tanto al jefe —él soltó aquello, mientras apuntaba su barbilla con el arma y la mantenía bien sujeta bajo su cuerpo.
Lenis mostró sus dientes por el esfuerzo. Cómo pudo, encajó sus uñas en la mano que sostenía el arma y tomó fuerzas de donde pensaba ya no tenía.
—En el cielo o el infierno, donde sea —dijo ella con dificultad— veré con gusto lo que Jefferson te hará al enterarse de lo que me estás haciendo.
Y el arma se disparó.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







