Mag-log inLenis no se había dado cuenta que George estaba al lado suyo, mucho menos pudo percatarse de la batalla interna que él tenía consigo mismo. El abogado estaba allí cumpliendo una función, siendo su confesor de ley, la escuchaba como clienta, pero estaba consciente de sus ganas de tocarla, abrazarla fuerte y también (y sobre todo), de no poder hacerlo. Además, estaba seguro que si la tocaba, se volvería loco.
Lenis no pudo evitar que George viera sus lágrimas, las que por fin cayeron. El abogado le acercó una caja con pañuelos de papel. Ella había secado su cara con las manos, pero aceptó y agradeció el ofrecimiento.
—¿Cómo lograste escapar?
Lenis absorbió por la nariz y secó mejor su rostro con el papel.
—Esperé —respondió ella. Él hizo de nuevo esa mueca de curiosidad—. Sí, esperé que él confiara que yo no me escaparía. Fingí. Esperé que él pensara que en verdad lo amaba, que deseaba estar con él, que me gustaba esa vida que me daba. Esperé que llegara el momento de dejarme sola, forjé días y días de confianza, hasta que me fui.
George estaba asombrado por lo que escuchaba.
—¿Cuánto tiempo esperaste?
Ella apretó la mandíbula.
—Todo el tiempo que viví con él. Un año.
—Lenis…
Ella negó con la cabeza y miró sus ojos. Vio comprensión en ellos.
Ambos quedaron contemplándose uno al otro por un par de segundos, hasta que Lenis retiró la mirada y se acomodó en su silla.
—La foto de las heridas fue la única denuncia que emití, la cual, por supuesto, tuve que retirar. Guardé esa evidencia como a un salvavidas, y creo que ahora lo voy a necesitar.
Él asintió. Algo que no podía contarle a ella, era que Peter le había adelantado ese dato: la denuncia había sido retirada, pero quedaba guardada en una base de datos que la agencia de seguridad había encontrado.
—George, no tengo a nadie en este mundo —continuó ella—. Mi madre me abandonó, se fue con el hombre que le dio un giro terrible a mi vida. —Ella bajó la mirada y él se preguntó por el hijo de Ferit, quien al parecer, la había ayudado con el cambio de identidad, pero por supuesto, aún no era tiempo de mencionarlo en ese contexto—. Todavía existen mis miedos, no sé hasta cuándo estarán arraigados a mí. Creo que aún no es muy fácil dejar entrar alguien en mi mundo, ¿sabes?
George tragó grueso, sintiendo pesado el dato que ella lanzaba.
—Quieres denunciar a Smith —resolvió el abogado luego de toda la historia contada.
Ella levantó la mirada y regresó esa determinación que la había llevado hasta allí.
—Quiero denunciar al asesor del gobernador. Y de alguna manera sentirme apoyada por alguien.
Él asintió de nuevo. No hacía falta que ambos conversaran de lo que aquello significaba. Denunciar a alguien con poder no era una tarea sencilla, pero él no era un abogado como cualquier otro, además, nunca estaba solo.
Entonces, pesó en decirle algunas cosas importantes...
«No, mejor no. Todavía no», pensó.
—Lenis, mírame. —Ella obedeció—. Agradezco que me hayas confiado esta verdad. No suelo defender casos de violencia de género, pero sí estoy acostumbrado a enfrentarme ante personas como el asesor. También debo decirte que, a pesar de no ser mi área, eres una sobreviviente y quiero que acudas a un centro de ayuda, donde te puedas reunir con personas que han pasado por situaciones parecidas. —Ella arrugó un poco el rostro—. Sé que quizás no quieras mezclarte con gente extraña, que tal vez hagas demasiado con trabajar en el consorcio; te felicito por hacerlo, por cierto; pero es indispensable que estés recibiendo este tipo de ayudas. El jurado te lo va a pedir de todos modos. Adelantémoslo.
Ella asintió, no muy convencida. Él continuó:
—Si no quieres ir sola al centro de ayuda, puedo acompañarte. —Ella se extrañó al oír eso—. Sé que sientes confianza en mí de alguna forma, pero me gustaría que fuese plena —explicó, acompañado de una sonrisa.
Hubo un momento de silencio.
—El señor Bastidas me pidió contactar a Jefferson para una reunión sobre su más reciente proyecto —informó ella casi en un hilo de voz—. ¿Cómo haré tal cosa? No puedo contarle todo esto al señor Bastidas. Bueno, él… él sabe de quién soy hijastra, pero nada más. No puedo contarle que ese tal Jefferson casi me mata…
—¿Prefieres traer hacia ti a ese sujeto? ¿Solo porque no puedes decírselo a Max?
—El señor Bastidas sabe que soy hijastra de Ferit, yo misma se lo conté, no pude ocultárselo. Y agradezco que no me despidiera, pero debo conservar el trabajo, decirle todo esto me convertirá en una empleada conflictiva, además, ¿cómo confiará en mí si le digo que estuve casada con ese hombre? Me da vergüenza que sepa de… —Ella suspiró—. Él pensará que tengo algo que ver con todos los actos de corrupción de mi padrastro. Estaré despedida en un dos por tres.
—Lenis, Max te dejó trabajar en su consorcio luego de contarle quien es tu padrastro, ¿por qué ahora desconfiaría de ti? Estoy seguro que no te despedirá.
—Ay, por favor, George. —Ella se levantó—. Le dije a mi jefe en la entrevista que mi padrastro había fallecido. Le mentí. Cuando le conté que así no habían sido las cosas, que ese señor seguía vivo, le dije que deseaba no ser mezclada con todos sus asuntos turbios. Entiende, mi madre solo tenía de casada meses cuando explotó el escándalo, pero eso no es de dominio público. ¿Cómo va a saber él que no estoy implicada?
—Con pruebas. —George también se levantó—. Maximiliano es un hombre inteligente, comprenderá todo. Si vas a juicio, él se va a enterar, no lo vas a poder evitar. Cuando comiencen las denuncias, así será. Para eso, yo me encargaré que nada de este asunto lo toquen a él ni a su consorcio. Usaremos todos los niveles de discreción que existen para estos casos. ¿Me contactaste para que fuese tu abogado? Pues, déjame hacer mi trabajo. Y si mi trabajo también es protegerte, así lo haré. Si no se hace de ese modo, no trabajaremos juntos. —Ella negaba con la cabeza, la angustia era evidente—. Si no quieres contarle tú, lo haré yo en tu representación. ¿Él sabe tu nombre verdadero? —Lenis hizo un gesto en negación—. Debes decirle. —Ella arrugó el rostro y él se acercó un poco más—. No pasará nada malo con eso, Lenis, confía en mí. De hecho, posiblemente él quiera que metan preso a Smith. —Ella se alarmó—. ¿Qué pasa? ¿No es eso lo que tú quieres?
—Sí… No… Sí, sí, claro que sí. Quiero que pague.
—Muy bien. Cuando Max se entere de todo esto, al menos de los detalles importantes, como tu nombre y tu historia con tu ex esposo, él va a querer hacer algo para ayudarte, lo conozco. Y apuesto que querrá ponerlo preso de inmediato.
—Dios… No deseo que él se meta en problemas por mi culpa.
George, al escucharla decir eso, sintió una punzada extraña, algo parecido a celos dentro de su pecho, pero echó a un lado ese sentimiento, uno que ya había sentido antes.
Acomodó a Lenis de tal forma, que tuvo que mirarlo fijamente.
—El único que se meterá en problemas, o está en problemas, es Smith. Para nosotros, hacer justicia no es un conflicto, sino un logro.
Ambos se quedaron mirando. De pronto, ella sintió las manos de George sobre sus hombros. Se preguntó desde cuándo estaban puestas allí.
Ella tragó grueso y él bajó las manos, carraspeando con la garganta. Sin embargo, George no hizo esfuerzo por alejarse.
—Yo… —ella rompió el breve silencio que se había formado entre los dos— no tengo dinero de inmediato, pero lo tendré. Todo lo que me pertenecía lo dejé atrás, con mi nombre antiguo. Te gradezco mucho la ayuda, te pagaré cada centavo…
—¿Qué? No, esto lo haré gratis.
Ella frunció el ceño.
—¿Y por qué lo harías gratis? Mira George, no me gusta dar lástima, déjame pagarte.
—Lenis, no te cobraré. Para que te quedes tranquila, este caso vendría siendo uno de los más importantes del bufete, quizás, de mi carrera. Y en cuánto a lo de sentir lástima por ti… —él miró fijo sus hermosos ojos grises—, lo que menos siento por ti, es lástima.
Lenis quedó sin aliento de repente. Hablar de nuevo fue difícil.
—Muchas… Muchas gracias por todo, George.
—No hay de qué, Lenis. Estaremos en contacto, ¿está bien?
Ella asintió. Se devolvió a su asiento, tomó su bolso y salió de la oficina acompañada por él hasta los ascensores. Ella le había dejado ambas carpetas sobre el escritorio.
Al regresar, George cerró la puerta y se dejó caer sobre su silla. Luego se levantó y se aflojó la corbata, caminó hasta un pequeño bar escondido tras una lujosa gaveta y se sirvió un whisky. Se devolvió a su escritorio y tomó la segunda carpeta que ella le había dado.
—Santo Dios… —exhaló con aprehensión.
La imagen era horrenda y en un resumido contexto, tal vez describiría lo que ella había sufrido en su matrimonio, «tal vez», pensó él. Lógicamente, él sabía que ella no le había contado todo.
Miró de nuevo la foto. El rostro ensangrentado de la mujer, hinchado, con moretones y con parte de su cabello arrancado, cortes que milagrosamente habían sanado…, era el de una Lisa Díaz maltratada, vejada. Aquel rostro rellenaba las cuatro esquinas de la imagen, la cual tenía una leyenda en la parte trasera donde, completando líneas computarizadas, narraban de forma robótica parte de la denuncia.
George acarició con tristeza los ojos de esa mujer allí… Tocó el papel, a tientas, con delicadeza…
—George, ¿me escuchas? —oyó la voz camuflada desde un altavoz encendido.
El abogado regresó a tierra y exhaló, cansado.
—¿Todo está grabado? —le preguntó él a Peter, quien escuchaba a través de un teléfono.
—Sí, hermano —respondió cabizbajo el agente de seguridad—. Hemos escuchado todo y ha quedado grabado.
El abogado estiró la mano y apagó el altavoz del teléfono fijo.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







