INICIAR SESIÓN—¡Lenis!
Temblaba. Lenis miraba el techo, congelada, y no paraba de temblar.
Se sintió liberada del hombre que había caído como saco encima de ella. Después, percibió, como lejanos, unos fuertes brazos elevándola y sacándola de allí.
Sus lágrimas, el temblor, el dolor en el cuello, el cansancio emocional y físico, más los recientes recuerdos presentándose frente a ella, no la dejaban divisar quién era la persona que la rescataba.
«Mira su rostro», se exigió mentalmente. «Solo un poco más arriba…»
—¿Peter? —preguntó, al darse cuenta que era él. Ella percibió, en sus ojos, concentración. La miró fijo segundos antes de ser removida de su agarre.
—Llévala —le escuchó decirle a alguien más.
Lenis sintió que otra persona la cargaba y la sacaba de la casa.
Sentía mareo, dolor de cabeza.
Cerró los ojos.
El frescor del día la golpeó como si se tratase de hielo seco.
Se dejó hacer, se dejó arrullar por alguien que ya no era el agente de seguridad Peter Embert.
Corrieron con ella en brazos.
Se metieron en la parte trasera de un auto con ella en brazos.
Alguien cerró la puerta desde afuera, luego sintió que se movían a gran velocidad y antes de no recordar nada más, miró de nuevo arriba.
—Toda va a estar bien —pareció escuchar a través de una mirada intensa y de color miel que había visto ese mismo día temprano en la mañana.
Cerró los ojos sintiendo un fuerte alivio recorrerle el cuerpo.
Lenis no divisó a Peter frente al volante, mucho menos su voz al teléfono ordenándole a alguien «despejar» el penoso panorama que habían dejado atrás. Solo pudo ver, antes de dejarse arropar por un profundo cansancio, el hermoso rostro del hombre que más le había encantado en toda su vida.
***
«No despiertes todavía», decía una voz en su interior. Lenis no estaba segura si esa voz era ella misma evitando más estrés, más sufrimiento.
Le había disparado a Carl, a la mano derecha de su horrible esposo, a un hombre con un nivel de espanto, que tal vez podría rivalizar con el de Smith.
Sabía que ambos sujetos eran de mutua confianza uno con el otro, que Carl cumplía todo tipo de órdenes, pero jamás pensó en la violación o en maltrato como una de esas órdenes.
«No te despiertes, no lo hagas, todavía no lo hagas», volvía a escuchar en su mente.
El olor de ese hombre se mezclaba con los recuerdos de hace dos años, con las memorias de todo el dolor que su cuerpo aguantó, con el maltrato emocional que sufrió, pero por increíble que pareciera, también se mezclaba con nuevos aromas, esencias que parecían agradables, como la de un té. ¿Algo de comida, tal vez? Otro aroma se colaba por allí. Un perfume… Un perfume masculino que ya había percibido antes.
Lenis abrió los ojos y lo primero que vio fue un techo pintado de color verde agua. Pestañó y poco a poco fue moviendo otras partes de su cuerpo, como el cuello, brazos, las muñecas, los pies… Se incorporó con un poco de dolor, aunque nada tan grande como pensaba que sentiría, y pudo divisar dónde se encontraba. Ella estaba arropada hasta la cintura con un blanco y grueso edredón, sábanas blancas también, todo lujo y sedoso. Una habitación de paredes color perla, largas cortinas verde agua y el mobiliario era blanco con algunos detalles nacarados. Era de día. A pesar de no ver ninguna ventana que le dejara divisar el exterior, una puerta frente a ella estaba abierta. Desde allí podía ver un espejo, imaginó que era el baño, y precisamente desde aquel lugar era que se colaba un poco de la claridad diurna.
No estaba asustada por no saber dónde estaba, eran otros sentimientos los cuales la envolvían en una gran incertidumbre. Era lógico preguntarse de quién era aquella cama.
Miró su cuerpo. Cargaba puesta una ligera bata de seda color dorado claro. Era preciosa. Tocó la tela… «¿Quién me habrá vestido?», se preguntó mentalmente.
A su izquierda había una bandeja con un té, un pequeño pan redondo que parecía dulce, algo en una taza de porcelana, no podía definir qué era, y una nota, la cual leyó:
“Todo lo que está sobre esa bandeja se come y se bebe frío. Que lo disfrutes, J. Miller.”
—¿George? —susurró.
Un repentino asombro de saber dónde se encontraba cayó sobre sí. No recordaba haberlo visto a él en el momento que la sacaron de su casa. Solo podía recordar a Peter con otro semblante, uno muy distinto al que le conocía. Ella vio concentración, como siempre, pero también verdadera preocupación. Fue el agente de seguridad Peter Embert, alguien que pensó ella no caerle bien, quien había retirado de encima suyo el asqueroso cuerpo de Carl sin vida. Lenis estaba segura de eso, de verlo a él. Entonces, ¿por qué esa nota la había escrito su abogado y no Peter?
Cerró los ojos y suspiró.
«¿A caso me he convertido en una asesina? Sí, soy una vil asesina.»
No le extrañaba demasiado, sentía resignación por su nuevo rol en la vida, la misma que la llevó a ello. No fueron pocas veces estando al lado de Smith las que pensó que algún día algo terrible podía ocurrir. Y había llegado ese día.
Las lágrimas se precipitaron en su rostro y como estaba sola, se permitió llorar.
Podría haber cambiado su ruta de vida, pero no su forma de ser. No lloraba ante nadie, lo hacía pocas veces, solo en soledad se lo permitía.
Además, a su esposo no le gustaba que llorara y eso lo tenía bien grabado en su memoria.
Pensó en él, en el rubio y desagradable Jefferson Smith.
—De seguro me está buscando. —Miró el techo, tan impoluto e inocente—. Y de seguro esta vez no falla.
«Porque soy una asesina…», afirmaba en su interior.
Carl era un ser humano después de todo. No le conocía familia alguna, se había divorciado desde muy joven. Se preguntó si esa ex esposa suya podría ser otra de las personas que la buscase para dar venganza.
—¿Cómo logré disparar, Dios mío? ¿Cómo fue que lo hice? —Se cubrió de pies a cabeza con el edredón para, tal vez, ocultarse un poco del mundo, de un nuevo día, permitiendo a su mente hacer todo tipo de preguntas—. ¿Qué voy a hacer? Dios santo, ¿qué voy a hacer?
Se sentó, suspiró, miró a la nada. Intentaba psicoanalizarse en medio de preguntas sin respuesta. ¿Se sentía culpable? Sí. ¿Sentía miedo? Sí, pero sobre todo, porque tal vez, a pesar de sentir un profundo lamento porque las cosas sucedieron de esa manera, esperaba que el nivel de su culpa fuese más alto.
Secó su cara, se quitó la cobija de encima y se levantó. Entró al tocador… Los mismos colores de la habitación: blanco perla, nácar, verde agua, hermoso, impoluto. Le recordó un poco la oficina del bufete de George, solo que allí, en ese baño y en aquel cuarto, más los ricos olores, como el del jabón o aquel eterno perfume masculino, hacían más personal ese sitio, combatiendo la cuadriculada vida que aparentaba vivir George J. Miller en su despacho.
«¿Todo esto es de él? ¿Y dónde estará?»,
se preguntó.Se quitó la bata y se metió en la ducha. El agua tibia le agradó muchísimo, tanto, que terminó por llenar la bañera, verter jabón, cerrar la regadera y sumergirse en aquella agua perfumada.
Lenis cerró los ojos, abrazó sus rodillas y se fue deslizando poco a poco hasta quedar en posición fetal completamente bajo el agua.
Aguantaría la respiración todo lo que pudiese, pero necesitaba darle un frenazo al mundo, borrarse del mapa un instante. Intentó dejar la mente en blanco, pero no podía, las imágenes se estampaban contra sus retinas: Carl disparándole a Sias, ella corriendo, él atrapándola, su aliento tétrico a tabaco o alguna esencia rara, sus palabras, su cuerpo restregándose contra el suyo, el ahorcamiento, su respiración amainando, el terror, la rabia que la empoderó, el clavado de uñas, ¡el disparo!
—¡Lenis! —Unos fuertes brazos la sacaron inmediatamente de allí y la envolvieron en un abrazo. Una toalla voló encima de sus hombros, batuqueados por recuperar la respiración, por un llanto que ni ella misma sabía que había aflorado—. Ya, ya, Lenis… —decía George, abrazándola fuerte, ambos sentados en el suelo al lado de la tina—. Por Dios… —susurró él, mirando el techo—. Nena, mírame. Mírame, estamos bien, todo está bien.
Ella no podía emitir palabra, solo llorar todo lo que no había llorado hasta ese momento.
Además, tosía y luchaba por que el aire en sus pulmones entrara y saliera de la mejor manera.
Poco a poco fue calmándose y de ese modo, fue dándose cuenta de lo que estaba sucediendo: George J. Miller la abrazaba, le decía palabras de aliento y había cubierto su desnudez con una toalla. Sabía que debía apartarse de él, no era correcto, pero no quería.
Se aferró a ese hombre, calmó su desesperación con él, para poder oler también ese espectacular perfume, algo artificial, industrial, pero mezclado con el deseo de no moverse de allí nunca más.
Sintió una de sus masculinas manos sobre el cabello mojado. Sintió que sobaba la parte trasera de su cráneo, luego su nuca…
Lenis apretó más fuerte el abrazo y recogió sus piernas, colocándose mejor sobre los muslos de ese hombre que la estaba consolando.
Luego, la mano de George fue bajando y bajando… Ella despegó el rostro del pecho y lo miró.
El gris y el ámbar se cruzaron.
Ella pudo ver de cerca, como nunca antes, la magnificencia del color de ojos de él: miel indescriptible, miel atrayente.
Él tenía el corazón acelerado. Tocó la puerta de la habitación y al no escuchar respuesta, se atrevió a entrar. Vio la cama vacía y de inmediato escuchó un ruido en el baño que lo estampó dentro, encontrando a la hermosa Lenis bajo el agua y al parecer, se ahogaba. Él creyó que tal vez, eso quería ella conseguir.
No lo pensó dos veces. Se metió en la tina llena de agua, no le importó que estuviese vestido aún con su camisa y pantalón de oficina. El abrazo y el consuelo fueron automáticos, sobre todo cuando supo lo que le pasaba: ella aún seguía consternada por todo lo sucedido y era normal que se sintiera así, lo esperaba, pero no esperó que ella se aferrase a él de esa manera y mucho menos lo que sintió al sostenerla.
Su mano se deslizó automática desde su cuello hasta su espalda y fue llegando, tocando, tanteando, arrastrando con calor y deseo la parte baja de su espalda, su trasero, un pedazo de su pierna descubierta…
Los ojos de Lenis eran muy grises, pero si le preguntaban en ese momento, él diría que los veía rojos, como fuego, como acero ardiente.
Lenis sintió un empujón en su consciencia y sin poder evitarlo, sus labios cayeron en picada hacia la boca de George.
Entonces él, con sus dos manos, la tomó de la nuca y apretó ese choque sensual entre labios, emocionante, sin vientos cercas ni deidades, sin interrupciones sagradas… Se besaban arrebatadoramente, como si se quisieran conocer por completo a través de sus bocas.
Lenis movió su cuerpo, él la ayudó. Las hermosas piernas mojadas y llenas de jabón rodearon la cintura del abogado, quien con una mano presionó el trasero, la atrajo hasta la parte baja de su cuerpo todo lo que pudo, dándole a entender a ella, claramente, cómo él se sentía en esa zona y cómo esa misma zona intentaba explicar lo que el resto del cuerpo anhelaba.
—No… —Lenis intentó decir, lo intentó de veras. Detenerse era primordial, muy en el fondo aquello no lo sentía correcto.
Pero nada pasaba, los labios seguían unidos, las lenguas danzando, sin embargo, las palabras se atravesaban entre ellos.
—No hables… —decía él—. No pienses, Lenis.
Y con esa demanda, la secretaria de su gran amigo, se dejó abrazar, tocar, acariciar, sobar, besar de él. Su cabello, bien mojado, se estaba secando; no era más que el calor que ambos generaban culpa de aquel beso arrebatador.
George la había visto dormir la noche anterior, preocupado por el estado en el que él la había acostado, teniendo que llamar a su doctor de cabecera, y ya luego de haber explicado el trauma por el que pasó y escuchar que pronto se recuperaría, la llevó en sus brazos hasta su cama y mandó a la señora de servicio, quien era de entera confianza, a que la vistiera.
La miró, la contempló, y sintió mil cosas más allá de la preocupación.
Quería ver de nuevo esos ojos grises brillar por la vida y por la lucha, pero allí entre sus brazos, tocando con su lengua la suya, no podía describir lo que sentía. Era impresionante, increíble, no podía creerlo, estaba besando a Lenis Evans, a la mujer más preciosa que había visto, a una mujer increíblemente fuerte. La situación le comía la cabeza y ahora el corazón. ¡No la quería soltar!
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







