FAZER LOGINUna semana después…
El asesor del gobernador junto a su jefe, se encontraban reunidos en un restaurante de lujo de la ciudad, con todos los inversionistas de las nuevas obras en construcción, sobre todo, las que se llevarían a cabo justo al comenzar el tercer trimestre del año.
Debían regresar pronto a la capital del país, pero Jefferson Smith se las había arreglado —como siempre— para influenciar las decisiones de su jefe, por lo tanto, la estadía en aquella metrópolis se había alargado más de lo planificado en un principio.
Ese era el trabajo de Smith, y con ello se había independizado económicamente, siendo incluso, en ocasiones, más solicitado que el propio gobernador del estado.
Aquella reunión no era a puerta abierta, por ese hecho, la prensa no había sido convocada. Se firmarían documentos, se trazarían planes a futuro y se terminaría en un brindis y una cena en honor a los nuevos proyectos.
Mujeres y hombres, empresarios todos, se encontraban relajados ya, celebrando por fin las firmas y tratados de acuerdo mutuo. Banquetes, postres de todo tipo, licores desde los más autóctonos hasta los internacionales y costosos… Muchas de esas personas se encontraban en su elemento, Jefferson Smith era uno de ellos, conversando con una mujer joven y bella llamada Fedora Lugano, dama de cabellos caoba, pantalón de vestir blanco y blusa de seda del mismo color, con un estilizado lazo en el cuello. Ella se había convertido en la compañía de Smith para esa cena desde el minuto uno que él puso sus ojos en ella, quien era la hija del dueño de una de las más grandes y millonarias contratistas del país. El rubio ya la tenía en la mira desde hace meses, claro estaba, y siendo representante de la compañía de su padre en esa reunión, no perdió la oportunidad de cortejarla y estar a su lado en todo momento.
En plena conversación —y mientras Fedora y Jefferson recibían una recarga de sus bebidas con música de piano al fondo, choque de copas, prendas de lujo y risas por doquier—, un hombre vestido con un traje de tres piezas color gris plomo se encontraba en otra área del restaurante, en uno de los sillones de una pequeña salita de estar cercana a la gran mesa donde se ubicaban los empresarios.
El sujeto también recibió una recarga de su whiskey, la misma bebida que Smith compartía con su nueva conquista. Pero existía una clara diferencia, Smith la disfrutaba en compañía, en cambio, el hombre de traje bebía en soledad.
Dicho individuo no podía dejar de observar la gran algarabía; sereno, calculador, esperando el momento perfecto para accionar sus motivos de estar allí. Era testigo de las risas desaforadas, de las voces altas, las caricias en la espalda baja del asesor a la mujer, lascivas, con toda la intención de calentarla. Pensó en los lugares donde habían estado esas manos antes y sintió repulsión, una que provocó que se bebiera su licor casi de un solo trago.
Algunos invitados iban y venían bien sea al baño, o tal vez al lobby o al estacionamiento, así que esperó que todos estuviesen en la mesa.
Constatando que por fin estaban completos, se levantó, se acomodó la chaqueta de su traje, se inclinó hacia la mesa baja que tenía de frente y tomó de ella una carpeta negra.
Entonces, caminó hasta el gran mesón.
Con la carpeta en una mano y la otra metida en uno de los bolsillos de su pantalón, bien seguro de sí mismo, llegó hasta ellos.
—Buenas noches, caballeros. Señoras… —saludó, mirando a unos y a otros, también a las damas presentes. Luego, miró a la conquista de Smith—. Señorita…
Fedora alzó las cejas ligeramente, impresionada por la espectacular apariencia de ese hombre misterioso que acababa de saludarla.
El político, a quien le habían interrumpido el pervertido secreto que le regalaba a Lugano en su oído, giró su cabeza y miró hacia la cara del sujeto que les había saludado.
—Mucho gusto, señor Smith —se presentó el recién llegado—. Mi nombre es George J. Miller, el abogado de su esposa. Supongo que no tenía que haberme presentado, ya que me conoce muy bien.
La cara de Fedora cambió automáticamente, pero Smith no le prestó atención a eso. Había clavado su aguda mirada en el rostro del abogado. Y la palabra «esposa» retumbaba en su cabeza.
«¿Cómo que el abogado de mi esposa?», se preguntó mentalmente.
Miró a su nuevo jefe de seguridad, quien se encontraba sentado en una de las mesas cercanas, acompañado por dos hombres más. Con un ligero movimiento de cabeza, los tres sujetos vestidos de negro de pies a cabeza, se levantaron y se acercaron, colocándose estratégicamente detrás del abogado.
—¿Cree usted en las casualidades, señor Smith? —le preguntó George—. Porque esta no es una de ellas…
—¿Qué se le ofrece, abogado? —interrumpió—. ¿Tal vez un trago? Le invito. Siéntese con nosotros. Esta reunión tal vez podría ser fructífera para usted.
George sonrió.
—No se equivoca, señor Smith, sí es fructífera. Y lo seguirá siendo cuando lea estos documentos. —Lanzó sobre la mesa la carpeta negra que llevaba consigo.
—¿Qué sucede, Jefferson? —susurró Fedora.
—Donald… —Smith llamó ente dientes a uno de sus hombres, quien entendió la petición de su jefe. El tal Donald, un hombre corpulento con cabello rapado y bastante alto, le hizo señas a uno de los dos hombres que le acompañaban, quien tomó del brazo a la señorita Lugano y la ayudó a retirarse de la mesa.
—Pero, ¿qué…? —preguntó la mujer, callada luego por las palabras del sujeto que le “pedía, por favor” le acompañase “un momento” al recibidor del restaurante.
El rubio de cabellos lisos, con cara de fastidio (ocultando lo que le hizo sentir aquel despropósito encuentro en medio de aquellas personas), abrió el folio y leyó su contenido.
Poco a poco fue sintiendo algo oscuro caer sobre su consciencia. No esperaba que, después de fallar traer consigo a su mujer con el problema de Carl, ella le demandara. No esperó nunca que ella le demandara por ninguna razón. Y menos, tampoco esperó que luego de cambiarse el nombre, mudarse de ciudad y esconderse de él, ella le pidiera el divorcio, documento que encontró debajo de la denuncia oficial por acoso y maltrato.
—No sé por qué un abogado de esta ciudad viene a enseñarme semejante tontería. ¿A caso ella está aquí, señor Miller? Ni siquiera sé dónde está ella.
—Agradezca que mi clienta no desea que lleguemos a la corte, señor Smith. Si ese deseo es compartido, lo espero con su abogado en dos semanas en mi despacho. Ya usted sabe dónde queda.
—¿Qué está pasando aquí, Smith? —gruñó el gobernador.
Jefferson lo miró por un segundo, tocando la cúspide de la incomodidad al mirar las caras de los demás, quienes se habían quedado en absoluto silencio. Luego rascó su barbilla en señal de molestia. Su semblante había cambiado, la seriedad y el enojo le habían invadido por completo.
—Con permiso… —dijo George tanto a él como a los comensales, girándose para retirarse y pasar entre los hombres de seguridad, alertas ante cualquier eventualidad.
Smith le detuvo con sus palabras:
—Envíele saludos de mi parte a su clienta, señor Miller. —El mencionado apretó la mandíbula. Giró para mirarle—. No, mejor dígale que yo mismo le daré mis saludos personalmente. —Levantó su vaso a modo de brindis y se lo llevó a la boca.
—«George, detente. ¡George!» —El abogado escuchó la voz de Peter a través de un audífono escondido en su oído derecho.
No le prestó atención. En dos zancadas se acercó al asesor. Los hombres de Smith dieron sus respectivos pasos, pero el rubio los detuvo con una señal de su mano.
George se acercó al oído izquierdo de Smith, quien nunca se levantó de su asiento, y le dijo en un susurro:
—Limítate a estar frente a ella con un abogado presente. Si te acercas a Lisa de otra forma que no sea esa, me aseguraré de que recibas algo más que una orden de alejamiento.
Dicho eso, caminó hacia la salida, pero el asesor no se quedó así.
—No se puede estar en todos lados, señor Miller. Tenga eso en cuenta.
Al abogado casi se le parten los dientes de lo fuerte que los apretó.
—«¡Sal de allí ahora mismo!» —comandó la voz de Peter a través del audífono.
Reuniendo fuerzas para no regresar y demostrarle a Jefferson lo que estaba sintiendo, George se dio la vuelta y obedeció a su jefe de seguridad, quien pendiente de todo, monitoreaba aquella corta reunión en la distancia.
También había dispuesto algunos hombres estratégicamente dentro y fuera del restaurante, por lo que la cercanía de la gente de Smith no le intimidó en ningún momento.
Como en piloto automático, Miller tomó las llaves de su carro de las manos de un Valet Parking, quien ya le tenía preparado su Aston Martin en la acera frente a las puertas principales del lugar. Entró al vehículo y arrancó rumbo a su departamento. La Vans negra que iba escoltándolo arrancó tras él. Dentro de ella iba Peter.
Su celular vibró y George activó el manoslibres, colocando el dispositivo frente a la consola de sonido del automóvil.
—¡¿En qué estabas pensando?! —regañó Peter a través del altavoz. A George solo le faltó botar fuego por la nariz. Manejaba tenso, con ambas manos en el volante—. No puedes dejar que te provoque. Esperemos que tu amenaza no la haya escuchado nadie más.
—Lo hecho, hecho está —ladró el abogado.
—¿Te aseguraste que todos entendieran que Smith recibía una demanda desde tu despacho?
—Sí.
—Muy bien. Voy detrás de ti. Vamos directo a tu apartamento, ¿no?
—Sí. ¿Lenis quedó sola?
Peter pensó en la persona con quién había dejado a Lenis cuando salió del edificio.
Rememoró haber mirado la terraza antes de salir, y sonrió.
—El edificio sigue siendo seguro, George. Además, a Lenis la dejé conversando con Max en la terraza —le informó. El agente de seguridad estaba seguro que si prestaba verdadera atención, podría escuchar cómo algunas neuronas explotaban en el cerebro del abogado—. ¿George? ¿Sigues allí? —Peter, mientras manejaba la Vans, miró la pantalla de su celular dándose cuenta que le había colgado y se echó a reír.
***
—¿Qué está pasando, Smith? —indagó el gobernador en privado, de pie, apartados un poco de la cena que aún continuaba—. ¿Por qué ese abogado apareció en medio de esta reunión privada? ¿Y qué te entregó?
—No es nada, solo es un asunto personal.
El hombre mayor de cincuenta años, alto, canoso, un poco doble en contextura, le estaba hablando cerca y en susurros para que nadie oyese, y con una sonrisa afable en el rostro para que nadie pudiese notar que discutían. Las muecas decían: “todo está bien, la celebración debe continuar”.
—No creo que tenga que decirle a mi asesor político lo que tiene que hacer en estos casos. Si se trata de una demanda, muévete rápido. De lo contrario, te despides del puesto. Que no te extrañe que me quiera desligar de algún asunto tuyo. He dejado pasar varios y por lo que escuché, Lisa está involucrada en éste y con uno de los mejores abogados del país. ¿No me habías dicho que ya estabas en proceso de divorcio? ¿Qué ustedes dos ya no vivían juntos? Mi campaña no será manchada por tus mierdas. —Se iba a retirar para volverse a sentar en la mesa y vio a Fedora venir del pasillo de los servicios, cosa que le hizo girarse de nuevo hacia él—. Pórtate bien —le aconsejó, haciéndole señas de cabeza hacia la hija del contratista.
Smith no dejó de sonreír, una falsa sonrisa. Tampoco le dijo nada a su jefe y recibió a la hermosa criatura que venía a su encuentro.
—¿Todo bien? —preguntó ella, preocupada por cómo habían ocurrido las cosas.
—Todo perfecto —aseguró él, haciéndole señas hacia la mesa—. Adelántate tú. Ya te sigo para que sigamos… conversando.
El sonrojo en las mejillas de la chica fue la muestra de haberle entendido el doble sentido.
Smith esperó que ella estuviese alejada.
—Donald…
—Dígame, señor —respondió el jefe de seguridad, ya estando de pie a tan solo unos pasos del rubio.
—Quiero que te encargues de ese condenado abogado. Asústalo. Y si esa perra de Lisa está con él, que el susto se lo lleve ella también.
Donald asintió y se retiró a cumplir con la orden de Jefferson.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







