تسجيل الدخولLenis sintió una leve decepción, quiso evitarla, pero sabía que era imposible. Entendía mejor la situación: «todo se trata de a quién estaré denunciando, de dónde vengo, los intereses de ser quién soy. Si George me defiende, su bufete ganará renombre. Si Maximiliano se pone de mi lado, tal vez le vaya bien en los negocios. Si Peter me cuida, su agencia podrá usar mi caso como buen currículum…» Ella no era la importante, lo que valía era su historial.
Peter comenzó a dar coordenadas de seguridad sin darse cuenta del remalazo de tristeza que sintió la mujer.
—No es bueno que vayas todos los días a trabajar. Smith puede tener gente en todos lados, así que lo mejor es cambiar los días de asistencia. Si una semana fuiste miércoles, jueves y viernes, la semana siguiente irás otros días, incluyendo los fines de semana, si se requiere. Si no deseas que yo mismo te busque y te lleve, está bien, pondré a uno de mis mejores hombres para que haga la tarea; solo debes comunicarle todo y no escapar en las madrugadas, como hoy estabas haciendo. Suerte que George no estaba, porque me gustaría ver su rostro al levantarse y no encontrarte. —Lenis abrió los ojos como platos. Estuvo a punto de preguntarle cómo es que George no estaba, pero Peter siguió dando indicaciones—. Como todos los jueves hay junta en el consorcio, no es necesario que estés presente en todas, ya te coordinarás con Max, podrás trabajar desde casa. Esto debemos mantenerlo durante un tiempo, mientras Smith recibe los documentos y vemos cómo lo toma. No podemos confiarnos del hecho de que él no reside en la ciudad.
Asintió a todo, casi callada, con pocas palabras. Peter retomó el camino y al llegar al consorcio, ella conversó con Maximiliano, quien le dio la bienvenida confesándole estar sorprendido por querer regresar pronto a laborar.
Él la actualizó, ella se adaptó y nadó en medio de documentos y de la apretada agenda de su jefe. Trabajó en la venidera reunión, la misma a la que —por supuesto— ya no estaría convocado el asesor del gobernador, siempre informándole a Peter que al día siguiente asistiría a laborar.
Supo durante el viaje de regreso al apartamento, que el abogado había tenido que salir de la ciudad por solicitud de un cliente y que volvería el viernes.
Cuando entró, ya en la tarde, Lenis vio la nota que le había dejado a él en la mesilla del corto pasillo principal, arrugando el papel y botándolo en la papelera de la cocina. Ella se había dado a la tarea de avisarle, a diferencia de George.
Miró a su alrededor… «De nuevo sola», pensó, recordando las circunstancias que la llevaron hasta allí.
Decidió organizar su propia agenda para no abrumarse por la soledad de aquel gran apartamento. Faltaban tan solo horas para la reunión habitual en el consorcio y sentía necesidad de ocuparse en ello, o en lo que fuese.
En medio de sus actividades, las cuales realizaba en la gran y acogedora sala, no pudo dejar de pensar en su casa, en su alquiler, en volver. Llamó a su casera de inmediato y se disculpó con ella por la ausencia, pero lo hizo con mucho tacto, tenía que comprobar si la señora sabía o no de lo sucedido.
—Me alegra mucho escucharte, muchacha. Me dijo tu novio que tuviste una emergencia familiar. ¿Cómo estás? No pensé que me llamarías hoy mismo.
Lenis quedó en blanco por unos segundos.
—¿Cómo… Cómo dijo?
—Tan amable él… Y tan galante. No sabía que tenías pareja, te lo tenías bien guardado —le dijo la señora con esa voz dulce de abuelita que le daban ganas a Lenis de abrazarla y quererla.
Sin embargo, en ese momento la palabra «novio» rebotaba contra todas las paredes de su cráneo.
—Disculpe, señora Grace. ¿De qué me está hablando? —se aventuró a preguntar.
—Mmmmm, de tu novio, querida.
Lenis no sabía cómo tomar lo que escuchaba. Para despistar o desviar un poco su estupor (y tal vez, algo que su mente hacía por sí sola como un mecanismo de defensa), prefirió analizar el murmuro que la señora Grace utilizó antes de responderle.
Según su análisis, aquel murmuro parecía el mismo que hacen las personas cuando tienen la boca ocupada con bebida o comida.
«La señora Grace debe estarse bebiendo algo», pensó.
Lenis miró su reloj. «Su café de las tardes», se respondió a sí misma.
La secretaria quería no abrumarse por lo que acababa de escuchar, pero era un imposible. La fulana palabra, junto a todo lo que la señora le decía, seguía rebotando y volando sin cesar. No sabía si era bueno desmentirla, así que prefirió seguirle la corriente para ver qué más le decía. Algo no le olía bien y sintió un poco de aprehensión.
«¿Será que Smith…?»
Batuqueó de inmediato la cabeza, como espantando todo mal pensamiento. Quiso cortar la llamada para avisarle de inmediato a Peter de esa “visita” que recibió su casera, pero se calmó, no podía adelantarse a tales movimientos sin tener más información.
Fingió reírse.
—Disculpe, es que estoy tan atareada en el trabajo y con todo… Estoy un poco perdida, señora Grace. ¿Usted habló con mi novio? —Tragó grueso al decir la frase “mi novio”. También por mentir—. ¿Cuándo fue eso?
—Hoy mismo, querida.
Lenis palideció.
—Hoy… ¿Hoy? ¿A qué hora?
La señora Grace tardó unos segundos en responder. Lenis escuchó un sonidito que aquella emitió con su voz, parecía que la anciana sentía extraña la pregunta.
—Vino temprano. Me dio tu dinero y se fue. Se veía apurado. —«¡¿Mi dinero?!»— También… Ay, es que no sé si deba decírtelo.
Lenis sentía el pecho apretado.
—Bueno, si usted considera pertinente contármelo…
—He metido la pata. Ay, por Dios, yo y mi cabeza loca.
Lenis necesitó con urgencia esa información.
—Si me cuenta, prometo no decir nada. Que quede entre nosotras.
—Es que él me dijo que era una sorpresa. Creo que la he arruinado por completo.
—Prometo fingir sorprenderme cuando me la de. —Pretendió sentirse alegremente ansiosa por escucharle.
—Tu novio es abogado, ¿cierto?
Lenis quedó en absoluto silencio.
Su boca se abrió automática.
Su garganta estaba cerrada casi al completo y sus oídos parecieron taparse.
No lo podía creer.
—Abogado… —susurró. Carraspeó con la garganta y volvió en sí—. Ehh, sí, claro. Él es abogado. —Frunció el ceño y le preguntó—: ¿Qué le dijo «mi novio», señora Grace?
—Pues… Ay, Dios. Espero no haberla arruinado de verdad. Me dijo que te pediría vivir juntos, por eso me pidió el contrato de alquiler porque, cuando me preguntó la fecha de término, no la recordé. Él quería saberla para terminar con el contrato, parece que está muy seguro que dirás que sí. Debe estar bien enamorado de ti para lanzarse a hacer algo así, ¿no crees? Vio la fecha y me canceló por transferencia el resto del tiempo…
Lenis no escuchó nada más. Al menos, no con precisión. Fueron solo murmullos los que intentaron entrar a su sistema.
Su corazón latía veloz, su boca estaba seca… Su mente, como hiena, corría sobre un prado espinoso, buscando presas qué atrapar, deshuesar, despellejar…
—Disculpe, señora Grace, debo colgarle. Prometo escribirle pronto.
—Sí, mi niña. Que el hecho de mudarte no te haga olvidarte de mí. Mientras tenga vida, aquí estaré con mi café, esperando para que conversemos.
«El hecho de mudarte…», otra frase que rebotaba, haciendo sonidos huecos y molestos en su cabeza.
Dejó el celular sobre la mesa baja con un golpe seco y exhaló todo el aire de golpe.
«¿Pero qué…?», comenzó a preguntarse. «¡¿Pero qué rayos fue eso?!»
Cubrió su boca con las manos y se quedó quieta, así mismo, lo que ella supuso fue bastante rato, intentando calmarse y responderse la estampida de preguntas que atormentaron su cerebro.
«George… Tiene que ser George»,
pensó.Por un buen pedazo de tiempo en la llamada, ella había sentido terror por haber creído que Jefferson o alguno de sus hombres le habían hecho una visita a la señora Grace. Aún podía seguir pensando así, pero no tenía sentido, ya que el único rumbo que sus pensamientos encausaban, las únicas piezas que cuadraban, eran las que le gritaban: “GEORGE CANCELÓ TU CONTRATO DE ALQUILER y de paso, se hizo pasar por tu novio.”
—¡Canceló mi contrato de alquiler! Pero, ¿por qué? ¿Y por qué lo hizo sin decirme?
Abrió y cerró las manos varias veces, así como solía hacer para calmar cualquier angustia o ansiedad.
«Tranquila, tranquila… Estás a salvo, esto no es igual. Nada podrá igualar a Jefferson», se dijo mentalmente.
Inhaló y exhaló. Era difícil no relacionar las partes. Estaba a salvo, pero nuevamente, una persona se imponía sobre ella y tomaba acciones a sus espaldas, sobre todo acciones al “estilo trampa”, como ella solía describir algunas decisiones que parecían mantenerla atrapada, violentando su libre albedrío.
Estuvo a punto de llamarle, quería gritarle, reclamarle a George por su falta, pero lo pensó mejor. Serenidad, ecuanimidad y consciencia, tres palabras que agarró, como velas, y enlazó con una misma mecha que luego ayudaría a iluminar sus caminos. No acababa de conocer la paciencia, no era su primera vez tomando la opción del respiro.
«El viernes ya está cerca», se dijo.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







