INICIAR SESIÓNÉl la besó de nuevo, más lento, acariciando y dejándose acariciar. Se miraron por unos largos segundos sin separarse. George sobó la cara de Lenis, acomodó algunos rizos que querían entrometerse entre su contemplación.
Su corazón estaba repleto de una seguridad apabullante: se había enamorado de ella. Y era su primer amor, porque a esas alturas, él no había amado a nadie más.
—¿Estás bien? —preguntó él. Ella asintió, cerró los ojos y sonrió al sentir de nuevo sus labios acariciándola—. Te pido perdón. —Lenis abrió los ojos—. No debí haber hecho nada sin consultarte. —Suspiró, sin dejar de acariciar lentamente su mejilla—. Sé a lo que nos enfrentamos, esto no será nada fácil, Lenis, temo por tu seguridad. En verdad, no creo haberle temido a nada tanto como ahora. —Tragó grueso.
Por un breve momento, Lenis se quedó sin palabras.
—Acepto las disculpas. —Era difícil para ella mantener los ojos abiertos, pero debía decírselo a plena consciencia.
Aceró sus labios a los de él y lo besó tierno pero venerante, dándole —con ese gesto— las gracias por cómo la estaba haciendo sentir.
El beso comenzó a calentarlos de nuevo. El miembro de George, sin haber salido, volvió a endurecerse. Responsablemente, el abogado se salió completamente para reemplazar el preservativo.
Durante la noche se entregaron varias veces. Desordenaron las sábanas, jadearon desinhibidos, disfrutaron a placer hasta que los cuerpos y las emociones fueron una sola cosa, se convirtieron en sudor y humo.
Cansados, se arroparon, se abrazaron y se quedaron dormidos. Mañana sería otro día, lo mejor era seguir conectados entre ellos, pero desenchufados del planeta.
***
George abrió los ojos y suspiró, estirándose un poco. Ya era de día. La gran ventana, con una cortina entreabierta, que ayudó a no tener que encender la luz de su cuarto la noche anterior, así lo indicaba.
Miró a su lado izquierdo y sonrió.
Soñoliento, ubicó su celular y vio la hora. Las siete de la mañana. Cualquier otro día hubiese saltado para irse a vestir. No solía trabajar los fines de semana, pero le gustaba aprovechar los días libres para ejercitar. Con un trabajo como el suyo, cualquier momento libre, valía. Por eso, también los sábados se levantaba temprano y las siete de la mañana ya era muy tarde.
Esta vez haría una excepción, no se regañaría, estaba bien acompañado. De hecho, a pesar de haberlo deseado, no imaginó que aquello sucediera. Con todos los traumas que Lenis debía tener, después de aquel rechazo por un simple toque dentro de su carro, después de lo nerviosa que la había visto luego del episodio con Carl y Sias, no pensó lograr con ella nada más allá de besos y algunas caricias.
Pero estaba allí, a su lado, desnudo, ella desnuda… La había amado toda la noche y estaba seguro que en unos minutos la amaría también, le haría el amor toda la mañana, no deseaba nada más.
Él se colocó de lado, levantando el torso y apoyándose en su codo izquierdo. Lenis estaba boca abajo con la cara hacia el borde de la cama. Su cabello negro y ondulado, desparramado sobre la almohada y solo parte de su espalda iba arropada por el blanco edredón. Lo mismo sus piernas.
«Dios, qué hermosa es…», pensó, mordiéndose los nudillos de una mano, viendo la forma de su cuerpo, la curva de su trasero, la silueta de las largas piernas de Lenis Evans, un tanto estiradas en ese momento, quietas, como si esperaran ser pintadas o fotografiadas.
El abogado comenzó a deslizar poco a poco el edredón, lentamente, sin querer despertarla de aquella forma. Solo quería hacer un poco de trampa, verla desnuda antes de no aguantarse y seducirla con la idea de un nuevo encuentro carnal, porque sabía que así sería.
La gruesa tela fue bajando, deslizándose y descubriendo el hermoso trasero desnudo de Lenis… Se detuvo.
Frunció el ceño.
Se sentó y miró mejor la parte baja de su trasero derecho, donde había una cicatriz larga y horizontal que bajaba y se perdía.
«No había visto esto…», pensó.
Sintió una presión en el pecho, como si se tratara de un mal presentimiento que quisiera perturbarlo. Tenía miedo de tocar aquella zona, pero a la vez, sí deseaba palpar la cicatriz.
Estiró la mano y la acarició levemente con la yema de su dedo índice.
Lenis se removió y suspiró. Se estiró y se giró un poco. Al verle, sonrió.
—Buenos días —saludó ella con la voz pastosa, pero se interrumpió, arrugando el entrecejo—. ¿Qué hora es?
—¿Eh? —George se había quedado mirando a la nada, pensando.
Ella sonrió otro poco y allí notó su completa desnudez.
George vio cómo ella se sentaba y alcanzaba el edredón para cubrirse, pero tales movimientos le ayudaron a reaccionar.
Él detuvo el movimiento de la tela con su mano y miró a Lenis.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? —Intuía malas noticias, lo presentía.
Lenis tenía muchas cicatrices emocionales, pero físicas, una sola.
—Y no disfraces nada —le pidió George.
Ella se quedó en silencio absoluto, seria, pensando en aquella petición, pensando si decirle o no.
—¿Me lo pide el abogado, o me lo pides tú?
Silencio. Él tragó grueso.
—Depende de la respuesta.
Lenis sonrió triste, apenas una mueca que también indicaba resignación.
—Fue algo que Jefferson me hizo la primera vez que me encontró luego de un escape que pensé sería fructífero. Me dolió, fui atendida y me curé. No hace falta que cuente más.
—¿Cómo fue? —preguntó él, luego de apoyar los codos sobre sus rodillas y tocarse el tabique, cerrando momentáneamente los ojos, calmándose.
«Esto es muy malo, algo muy malo», pensó él.
—¿Por qué deseas saberlo? —Ella tragó y se tapó con el edredón, cubriendo por completo su desnudez. Él la miraba, insistente, mirada imperturbable. Lenis suspiró—. A él le gustan las cosas… un poco rudas… No quiero hablar de esto, George, por favor —suplicó.
Él asintió y se acercó a ella, abrazándola desde atrás, apretándola y oliendo su cuello y su cabello. Le haría caso porque estaba seguro que se volvería loco si ella le daba detalles de cómo fue que su esposo le había grabado, con algún objeto claramente punzante, una línea infernal que a partir de ahora él tenía que luchar por no recordar constantemente.
—Tengo los documentos listos —le informó él—. Quiero mostrártelos. No tienes que firmar nada todavía, solo tu nombre debe figurar tanto en la demanda por acoso, como en la petición de divorcio. Por ahora será así.
Ella se giró y se acostó de lado, mirándole, mientras él acariciaba cualquier parte que su mano encontrase.
—¿Cuándo vas a enviárselos?
—En cuanto Peter me dé la información sobre su paradero. Tengo algunas cosas que contarte también y… no le enviaré los documentos con ningún asesor legal o alguna empresa, con nadie más. Se los daré yo mismo.
Ella expandió sus ojos.
—¿Qué?
—Tiene que ser así, Lenis. Soy tu abogado personal. Además…, sé por qué lo hago.
Ella se quedó en silencio y miró a cualquier punto de la habitación, imaginando la cara del imbécil de Jefferson recibiendo soberanos documentos y de la mano de su abogado personal.
—Hazlo… —Ella tuvo una idea. Más que una idea, un deseo—. Hazlo en público. Intenta hacerle llegar mi demanda cuando él esté rodeado de gente.
Él ladeó la cabeza y luego de unos segundos de apreciación, entrecerrando sus ojos, observándola, asintió.
—De acuerdo.
Ella regresó de su ligero y corto escape mental. Al enfocar la mirada de nuevo en George, le dijo:
—Entonces, que empiece todo esto.
—Terminará en un abrir y cerrar de ojos, ya verás. —La tomó de la barbilla y pidió con eso que le mirase fijo—. Y terminará bien, Lenis. Te lo juro.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







