FAZER LOGINDe todas las cosas malas que había experimentado en su vida, Lenis había aprendido a rescatar las buenas, a conservarlas y utilizarlas sin caer en feas nostalgias. Una de esas cosas era la cultura de su padrastro, quien había nacido en Turquía, por lo que ella aprendió a hablar turco y se le hizo fácil, como casi todos los idiomas que se había propuesto a aprender en la vida. Éste en específico lo aprendió a hablar muy rápido, pero más que curiosidad, quería saber qué cosas decía él cuando se dedicaba a hablarle a su madre en su idioma.
Entonces pensó en ella, a su madre. Estando en la terraza ya en la tarde del sábado y mientras contemplaba el paisaje de flores, edificios, laguna y cielo de colores, con un nuevo atardecer a la vista y sola en el apartamento de George, se cubrió con la pashmina que él le había regalado, una prenda de su difunta madre, una de las razones por las cuales Lenis recordó a la suya.
Jefferson era quien la ponía en contacto con ella, pero de eso ya había pasado más de un año. No sabía cómo podía estar, pero suponía que Turgut habría resuelto algo bueno para ambos en el extranjero. Lenis era una de esas personas que aseguraban que las malas noticias siempre se saben primero.
Miró su celular. George no le había escrito ni llamado. Peter no le había respondido las llamadas y mensajes. Lenis estaba ansiosa porque sabía que podría venirse una guerra con su esposo. George se había ido a entregarle los documentos en (al parecer) una reunión en uno de los tantos hoteles de la ciudad; Peter les había dicho que era ahí donde se encontraría Smith.
No podía creer que ese infeliz tuviese un hijo. George se lo había contado, enfatizando en la edad del niño, por lo que Lenis, aparte de maltratada y encerrada, había sido engañada. No era que no supiera que él tenía mujeres, pero jamás se imaginó algo así.
Ya habían pasado un par de horas desde que el abogado salió. Lenis quería dejar de pensar en lo que estuviese sucediendo allá afuera, por lo que entró a la sala, cerró bien las puertas —ya que estaba haciendo viento— y configuró con su celular, el equipo de sonido que estaba ubicado en una pared cercana a las puertas de vidrio.
La hermosa e impresionante tonada de la canción Gesi bağları interpretada por Jehan Barbur llenó el espacio entero y comenzó a introducirse en los poros de Lenis, como siempre sucedía desde que la escuchó por primera vez.
Se quitó la pashmina colocándola sobre uno de los sillones de la sala y fue caminado por todo el lugar, como si danzara, mirando la decoración sencilla y lujosa de aquel departamento.
Madera por doquier, pero también aspectos minimalistas, le daban a entender a Lenis que por allí pasó la madre de George, pero él también, y lo hacían dejando huella con una vanguardia apreciativa y disfrutable.
La voz inigualable de Jehan provocó que Lenis recordara su niñez, a su madre de joven, sus estudios, su primera vez con un chico..., saltando al momento de saber que su madre se había casado con aquel hombre de negocios, brincando hacia el día que ese mismo sujeto le presentó a Jefferson, su “amigo”.
Cerrando los ojos, parada frente al pasillo de habitaciones, recordó cómo a ella le había gustado Jefferson Smith, algo que no le había contado a George ni pensaba hacerlo; la vergüenza era demasiada como para revelarla.
Recordó también la gran decepción y el sentimiento de soledad cuando supo que su madre se iría junto a Ferit luego de explotar el gran escándalo.
Jefferson tenía razón, su madre no debía quererla. O tal vez, era Lenis quien llevaría más razón al pensar que Ferit la había embrujado a tal punto, de convertirse en una madre terrible, abandonando a su hija a la suerte de un demonio como el asesor del gobernador.
Lenis empujó una de las puertas blancas que hasta ahora no conocía, de todas las que rodeaban el pasillo de habitaciones.
Un despacho se presentó ante sus ojos y «¿cómo no?», se preguntó, ya le parecía extraño que George J. Miller no se llevara el trabajo a casa.
La oficina tenía muchos adornos en varios estantes, muchos libros en otros. El suelo estaba alfombrado de color beis y las paredes pintadas de blanco perla, aunque algunas de ellas cubiertas de madera con cuadros abstractos que le daban un aspecto único al sitio.
Un escritorio ordenado, pero con carpetas y una gran MAC apagada estaban allí, en medio de aquel espacio. El Wifi en uno de los estantes, el aire acondicionado apagado en la pared cercana a la ventana, olía a limpio y a perfume de hombre. Mientras ella terminaba de darse una ducha y después del almuerzo que ambos compartieron, George había estado haciendo contactos desde allí, dejando rastros de su presencia por doquier, pero aún ella no había conocido ese rincón del apartamento, hasta ahora.
Lenis se sentó en una de las sillas frente al escritorio, no detrás, no en el gran sillón, jamás lo haría; ese era el aposento del hombre que le estaba devolviendo la vida, no tocaría ese trono, no lo mancharía con juegos femeninos, solo se limitaría a contemplarlo desde la barrera y admirarlo todo el tiempo que Dios le diese para lograrlo.
Cerró los ojos y suspiró. Recostó su espalda en el espaldar recordando la mañana de ese mismo día sábado. También el almuerzo…
«George vio mi cicatriz», pensó y lamentó, sintiendo un nudo en la garganta al recordar su estupefacción, luego la consternación en aquel rostro, después la clara señal de pensar en qué hacer con esa información, aunque escueta, porque ella no le había dado detalles. No sería fácil decirle a Miller que el mismo día que ella logró hacerle la única denuncia por maltrato a Smith, fue el mismo donde éste tomó una navaja y penetrando su cuerpo con su asqueroso miembro, le había hecho una herida en el glúteo derecho. Solo le contó una verdad a medias: que los gustos de ese hombre eran rudos.
«Ya no estoy con él, ya estoy fuera de su vida, estaré bien después de la denuncia, irá preso y no pasará nada», se dijo a sí misma mentalmente, y era lo que se decía siempre cada vez que caía o estaba a punto de caer un par de pisos bajo tierra.
George, luego de jurarle que todo el asunto de Smith acabaría pronto, le hizo el amor con toda la dedicación posible, destruyendo en el acto, poco a poco las dudas y los miedos, aunque fuese solo por ese momento.
El abogado llegó al piso, abrió la puerta y escuchó la música sonar quedándose paralizado por completo. El corazón casi estalla dentro de su pecho por la impresión sentida.
Conocía la canción, su madre la escuchaba, decía gustarle mucho. Abrir la puerta y percibir en el altavoz del equipo la tonada, fue como viajar en el tiempo, sintiendo de súbito todo el dolor que sufrió con su madre, su enfermedad, la falta de atención, las decisiones tomadas, la culpa que él mismo batallaba por no sentir al haberla prácticamente abandonado por sus discusiones y desacuerdos, y toda la debacle económica en la que cayó por una confianza que él ni su madre jamás debieron tener.
La rabia era fuerte, la sentía a flor de piel en ese instante y habían pasado días de no percibirla. Desde el momento que conoció a Lenis Evans, a pesar de la desconfianza hacia ella, el conocerla le había ayudado a calmar el enojo que parecía definirlo. Y durante las pasadas horas sobre la cama, dentro de la tina, en el mueble de la sala, en la cocina…, era obvio que las molestias por la vida se habían amainado, aunque le pidió un poder a Dios para no arrancarle la cabeza al desgraciado de Jefferson.
George venía de ver la cara del rubio, lo vio en el hotel al lado del gobernador y de la hija del contratista, disfrutando con dinero y prestigio, como si nunca le hubiese hecho daño a nadie, como si jamás le hubiese provocado una herida tan tétrica a la mujer que amaba y que en ese momento lo esperaba en casa… Se detuvo.
«Lenis…», susurró en su mente.
Caminó de prisa, llevado por una fuerza alterna que pretendía atravesar su piel.
La encontró en el despacho y se detuvo de nuevo. Tragó grueso. Miró a su alrededor rápidamente, buscando indicios de que ella no hubiese visto nada comprometedor. Aún tenía cosas que contarle. Ya le había hablado del hijo de Jefferson, pero en esa parte de la casa, en ese despacho, ahí mismo en las gavetas del escritorio, George había guardado mucha información sobre sí mismo, su madre y Ferit Turgut. No quería que Lenis se topara con esa información por nada del mundo. Así no. Todavía no.
Ella volteó al escuchar la respiración acelerada de George y sonrió. Para él, aquel brillante gesto fue suficiente.
¡Adiós malestares!
Caminó rápido hacia ella. A Lenis no le dio tiempo ponerse bien de pie cuando el abogado la tomó en brazos y la besó.
No hizo falta saludar. Lenis quedó sin aliento y tuvo que sostenerse de los brazos de George para no caer. El abogado la besaba con energía, maestría, como si no la hubiese visto desde hace muchos años.
George apartó una silla con su pie y la subió a su regazo, apartó algunos objetos clocados sobre la madera del escritorio y la sentó allí sin dejar de besarla.
Comenzaron a desnudarse mutuamente, aunque Lenis no tenía que hacer demasiado, solo cargaba un ligero vestido azul celeste y sus bragas. Además, iba descalza, era mejor concentrarse en la ropa de ese hombre quien luchaba por quedarse sin ninguna prenda encima, al menos, no en los lugares estratégicos.
George desabrochó su pantalón, sacó su miembro, metió las manos por debajo del vestido de Lenis, apartó las bragas mientras se introducía profundo en su interior con su gran extremidad, exhalando desesperado y sintiendo la gloria al estar bien enterrado en las carnes de Lenis Evans.
—¡Por Dios! —jadeó él, sin dejarse de impresionar por lo que sentía cada vez que tenía sexo con ella.
George comenzó a moverse dentro y fuera. Necesitaba aquello, parecía necesitar atravesarla. Tomó el cuello de Lenis y sin apretarlo demasiado, agarrándole una pierna también, le dio con ganas, haciendo jadear en grito a la mujer que se dejaba hacer todo de él.
George salió de repente, la bajó y la penetró desde atrás. Fuerte, tomándola del cabello, acercando su cara a la suya para besarla y probar esos carnosos labios que le volvían loco. El abogado sintió la presión alrededor de su miembro y la vio temblar, revirar los ojos, jadear más…, ella acababa y él se sentía un súper héroe al completo. Todo se había puesto resbaloso, algo que en definitiva hizo que estallara una galleta en su cabeza, ¡se volvió loco!
Dio, dio, dio, dio sin detenerse, empujó jadeando, sudando, haciendo sonar la hebilla de su pantalón, uniéndose al sonido del choque de cuerpos, contundentes, ardiendo en fuego…, hasta que no pudo más y sin premeditarlo, empezó a vaciarse a mares, vibrando, con esa voz gutural que estaba matando de placer a Lenis, quien tenía la cara pegada a la mesa, con los ojos cerrados y una sonrisa increíble en su preciosa cara.
George, con sus últimos empujes, dejó caer su rostro sobre la espalda de Lenis y se quedó quieto, ambos recuperando el aliento.
Él sacó su miembro lentamente y quiso ver el espectáculo, pero el escenario tenía gente: una m*****a cicatriz que parecía saludarle.
Acercó su mano lentamente, como lo hizo en la mañana sobre su cama, y la tocó.
Lenis se puso seria y su mirada se perdió por un instante, pero supo que George se había arrodillado y decidió mirarle. Lo encontró llevando su rostro al trozo de carne marcado y ella quedó pasmada, lo vio todo con su mejilla aún pegada a la madera y al sentir los labios de él sobre el rastro de navaja, cerró los ojos, apretó los párpados, el nudo en la garganta era potente como ningún otro, pero no lloraría; como casi siempre, no lo haría. Pensó que ya había llorado demasiado delante de él.
George cerró sus ojos también y la besó muchas veces, lentamente ahí mismo, sobre aquella línea. Lo hizo de principio a fin para luego mirar la entrepierna mojada de esa mujer, abrirla con los dedos, acercar sus labios, nariz y lengua y perderse entre ese mundo sideral hasta hacer que ambos conocieran de veras el glorioso, beatificado y reparador éxtasis.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







