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Capítulo 26 segunda parte

مؤلف: Ranacien
last update تاريخ النشر: 2022-03-07 12:00:36

El abogado la encerró con su brazo anclado aún en la cintura y la otra palma apoyada en la pared.

La miró, penetró en su mirada… De nuevo la miel y la escarcha se encontraban.

George apoyó la frente sobre la de ella y cerró sus ojos. Exhaló al mismo tiempo que ella y dejó que el resto de su cuerpo se acercara aún más.

«Lenis…», susurró él en su mente.

«Ahh, Lenis, Lenis, Lenis…», exhaló desde lo más profundo de su cerebro.

Él inclinó su cabeza y dejó un tierno beso en su barbilla, luego en la base de la misma, más abajo, en el cuello… Besos, más besos que bajaban y se encontraban de pronto en la clavícula, en el medio de su pecho, entre sus senos…

Lenis mantenía las manos a cada lado de su cuerpo, con los puños apretados por la tensión y el miedo.

Abiertos, cerrados los puños, y de nuevo abiertos… Al percibir aquel beso entre sus senos, sintió que todo su cuerpo vibraba como jamás había pasado.

Subió sus manos, enterró sus uñas en la masa oscura del cabello de George, desordenando con sus caricias cada mechón, rascando con esmero aquel cuero cabelludo.

El abogado ya no sostenía su cintura. Sus palmas estaban apoyadas en la pared tras ella. La sensación de aquellos dedos en su cabello se estaba volviendo abrumadora.

Lenis tomó la cabeza de aquel hombre y apretó ligeramente, la impulsó un poco hacia arriba, acercándola a sí misma, subiéndola.

Encontró sus ojos, miró su boca y lo besó.

George se enderezó de inmediato y profundizó aquel beso que ella le estaba dando. Jamás pensó que Lenis tomaría la iniciativa, y ese hecho le estaba volviendo loco.

La pegó a su cuerpo y abrió sus bocas con su lengua, enterrando la suya y conociendo mejor la de ella, comenzando una batalla sin igual, de muerte lenta.

El abogado y la secretaria comenzaron a desesperarse. Él la cubrió con todo su ser y sin premeditarlo, dejándose llevar, la subió a su regazo, pegando la parte baja de su anatomía con la de ella, haciendo círculos con su entrepierna, empujándola más a la pared, besándola fuertemente y fuertemente deseándola más y más, cada vez más.

Lenis jadeó de placer al sentir el miembro erecto de George. Jamás pensó que aquello en verdad podía sentirse tan placentero. Lo deseaba como nunca, lo deseaba dentro de sí como nunca antes había deseado algo en su vida; ni siquiera escapar de la futura muerte se comparaba con aquello. Se estaba dando cuenta que cuidarse de algo así podía nublar los pensamientos, pero desear compartir un momento de la vida tan importante e íntimo, correspondido, podía desaparecer el mundo entero.

George actuó rápido. Sosteniendo bien las piernas de aquella mujer alrededor de sus caderas, la llevó hasta su recámara y sin dejar de besarla, depositó a ambos sobre el colchón.

Velozmente, sin poder separarse por mucho tiempo de ella, se desabotonó el chaleco de su traje de tres piezas, la camisa blanca, la corbata, mientras se quitaba los zapatos y lanzaba todo a cualquier parte de su habitación.

Él pensaba que no, pero sí la había dejado de besar para poder desnudarse, así que ella comenzó a seguir cada uno de sus movimientos, con los pensamientos asomándose por encima de las ansiedades, las dudas y los miedos. ¿En verdad estaba a punto de hacer el amor con ese hermoso hombre, con el mismo con el que discutió hace un momento? Sus manos empezaron a cerrarse y abrirse automáticamente.

Él lo notó y se detuvo. Solo cargaba puesto los pantalones, mostrando aquel perfecto torso y una V sobre la pretina que parecía esconder algo delicioso.

Intentando tragar para calmar la sed que tenía, la miró, apoyando los codos a cada lado de ella. Sus piernas estaban dentro de las de Lenis. Las de ella, separadas, pero ya no lo rodeaban.

George suspiró y la contempló. Sacudió uno de sus rulos porque atravesaba su cara, necesitaba verla mejor.

No hablaron por lo que pareció un largo rato, aunque necesario. Él esperó que ella calmara un poco su ansiedad, porque sabía con qué tipo de mujer estaba tratando. Se sentía responsable por cada sensación que le regalaba; buena, mala, molesta, por cada cosa que ella sintiera y solo Dios sabía lo mucho que deseaba hacerla sentir más allá de bien.

—Eres sumamente hermosa, Lenis.

Ella miró a cualquier punto, al techo, a la pared del frente, calibrando rápidamente en la situación que se encontraba, sopesando la experiencia que le estaba dando a su mente, a su cuerpo, preguntándose a sí misma si lo que quería no la dañaría.

Lo miró. Él pudo ver —con la piel erizada al completo— cómo aquellos ojos grises se llenaron de agua, y también cómo pasaron de estar acuosos y temerosos, a determinados y seguros.

Y por estar contemplando el fuego creciente dentro de ellos, no vio el momento en el que las manos de Lenis dejaron de hacer sus regulares ejercicios solo para abrazarle y tocar con alevosía aquella gran espalda que él se gastaba.

Pero luego, él sintió sus uñas, aguerridas e incitadoras… Tuvo que besarla.

Profundamente la besó.

Disfrutó de ese beso como nunca.

Adiós a la camisa rosada de Lenis. También a la falda, preciosa, que cargaba puesta.

Y cuando la vio en ropa interior, se quedó sin aliento.

Volvió a besarla sintiendo su piel contra la de él y con maestría, le arrebató el brasier y el bikini.

Sus senos eran… «Wow», pensó él. «Son perfectos, ¡no puede ser!», volvió a pensar.

Posó su boca sobre uno de aquellos bien formados pezones y lo saboreó, mientras sus manos no dejaban de recorrer todo lo que pudiese del cuerpo de aquella mujer.

Lenis bajó las manos y las metió entre ellos dos. George no se detendría esta vez. Solo la ayudó, satisfaciendo lo que ella pedía: desabrocharse el pantalón.

Cuando se lo quitó por completo, incluido el bóxer, George pudo ver cómo sus mejillas se habían sonrojado y aquello le fascinó. Suprimió una sonrisa para que ella no malinterpretara nada. Se estiró, abrió una gaveta ubicada en una de las mesas al lado de su cama, rompió rápidamente un empaque con sus dientes y se colocó el preservativo, nunca dejando de mirarla, no podía perderse ese espectáculo, el mismo que disfrutó cuando se posicionó y fue entrando poco a poco al cálido cuerpo de Lenis.

Fácilmente pudo haber muerto. George pensó que aquello podía llamarse cielo, pero no había sitio en el paraíso para describir lo que sintió al penetrar a Lenis. Y lo mejor para él fue que, entre más profundizaba, con cada paso que daba, sus mejillas se sonrojaban mucho más; pero no por pena, vergüenza, pudor… Él sabía perfectamente que era por la gran excitación, parecía que todo el deseo se arremolinaba en su rostro dispuesto a escaparse de una sola pinchada.

La penetró de una estocada.

—Ahh… —Lenis jadeó por la sorpresa.

Ella no lo imaginó. Sus experiencias sexuales no habían sido tan agradables. Sentir el miembro de George dentro de su cuerpo, estirándola, disfrutar de la sensación que significa el tener a un hombre como George encima, ver cómo la miel de sus ojos se intensificó cuando después de la primera estocada, Lenis apretó el abrazo de sus piernas y comenzó a acariciar con sus pies la parte trasera de los muslos de él y un poco su trasero… Aquello fue la gloria y más para una mujer que había conocido el terror sobre las sábanas.

Las lenguas se volvieron a encontrar y George no pudo seguir estando quieto. Comenzó a moverse, provocando que aquella habitación se calentara más de lo normal.

Los jadeos describían por sí solos el momento. Lenis enterró sus manos en la espalda de él, en el cabello, masajeó, empuñó, se dejó llevar, y George intentaba refrenar sus instintos de atravesarla durísimo. Solo se limitaba a penetrarla con maestría, fuerza, vigor, con el mayor de los deseos.

Él giró y permitió que ella estuviese encima. Los movimientos no cesaron. Lenis rotó sus caderas, saltó un poco, estiró su cuerpo hacia atrás dejando caer la cabeza, liberada como jamás lo pensó hacer en su vida. El abogado contempló aquel derroche de belleza, mordiéndose los labios, alcanzando los pezones con los dedos, luego con su boca, motivando a Lenis a que se rindiera tributo a sí misma sobre la entrepierna de él, como la vida misma ya le había enseñado, pero como no le había permitido disfrutar.

Lenis saltó, jadeó, saltó, saltó, saltó, giró, bamboleó… ¡Oh, dios! George pensó que morirían sentados los dos en plena faena, apoyando su frente entre sus calientes senos mientras la penetraba sin parar y ayudaba a que ella encajara su cuerpo cada vez más.

Él removió su cabeza de lado y lado, como una negativa incrédula, con la frente aún pegada a ella, quien buscaba desesperada su liberación. George seguía negando porque sabía que le faltaba muy poco y no quería llegar, no hasta hacerla acabar a ella, oírla gritar y sentir su humedad cubrirle por completo.

Los ojos de Lenis se cerraron, sus pies comenzaron a hormiguearle y sintió cómo ambos cuerpos se ponían de acuerdo para apurar el paso.

Las malas experiencias, el desasosiego, las vejaciones, el escape, las malas noches y las terribles imposiciones del destino se borraron en ese momento, no eran nada, la vida no fue nada dura o fácil, confeccionada o prístina, la luz comenzó a brillar para Lenis, emanaba del subconsciente y se proyectaba en el ahora, ese que temblaba haciéndola explotar en mil pedazos y cayendo en los protectores brazos de George, que la atraparon justo a tiempo, justo en el momento en el que ella no pudo más.

Encima de Lenis de nuevo, urgente, con las cabezas al otro lado del colchón, la penetró sin contemplación, jadeante, una y otra vez, escuchándola gritar de placer por las fuertes estocadas que ese hombre le propinaba.  

Todo el cuerpo de George se tensó, vibró de pronto y con un jadeo ronco y una voz gutural repleta de sensualidad, su simiente fue liberada a propulsión, espasmódica, y su alma también, de la misma forma, ralentizando luego, estocando fuerte y ralentizando otra vez, jadeándole al oído mientras acababa.

Todo se detuvo.

El silencio regresó, a diferencia de las fuertes y aceleradas respiraciones de ambos.

George levantó su cara para observar a Lenis. Ella mantenía los ojos cerrados, pero de alguna forma, supo que él la observaba.

Así que abrió los ojos y… ¡Pum! La explosión que surgió del nuevo encuentro entre el ámbar y el gris pudo haber tenido un ruido muy particular.

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