FAZER LOGINGeorge y Lenis entraron en silencio al apartamento. El abogado caminó sin decir una palabra hasta su despacho y se encerró allí. Lenis aún sentía los efectos de lo que había ocurrido frente al consorcio, pero no había pensado hasta ese momento en la repercusión legal de sus actos.
Aún eran apenas las 19:00 horas, no era tiempo de cenar, pero decidió que ambos necesitaban un momento a solas, así que se puso a cocinar la cena, darse una ducha y ponerse algo ligero, relajarse y pensar.
Lenis creía que enfrentar a Smith supondría ver —como una película— cada uno de los terribles momentos vividos junto a él, pero no fue así. Solo sintió un demencial y enloquecido asco. Pudo presenciar lo que no sería de nuevo su vida al ver otra vez su cara. Él era la evidencia de los pasos que ella nunca más daría, a pesar de no haber elegido esa vida. La denuncia tendría que ser una buena cosa, en definitiva.
Pero su abogado estaba molesto con ella. Y ahora dudaba si habría sido buena idea tener intimidad con quien debía defenderla ante la justicia. Sabía que Smith atacaría por donde fuese y de enterarse que ella y Miller tienen historia, esa sería un arma muy buena a utilizar. Necesitaba hablar con George para definir qué hacer y cómo actuar en dado caso.
Luego de la ducha y la cena, guardando la de George dentro del horno, caminó con tiento hacia el despacho, de donde él aún no había salido.
Tocó dos veces, luego otras dos más. No recibió respuesta y se preguntó si se había quedado dormido, si estaba al teléfono o peor, si las consecuencias eran tan altas, que aún no quisiera hablar con ella. Necesitó aclarar las cosas.
Abrió despacio y ante sus ojos se fue presentando un George sentado en su silla tras el escritorio, separado del espaldar, serio, mirándola entrar con su eterno semblante indescifrable, ambos brazos sobre la mesa. Con la mano izquierda sostenía su estilográfica plateada de lujo, con la que pareció que había dejado de jugar, puesto que no la sostenía en modo escritura. La mano derecha estaba libre, pero muy cerca de un vaso de talle corto, el cual contenía un líquido ambarino que estaba a punto de acabarse.
—George, yo… quiero decirte… —Ella cerró la boca de inmediato al ver que él se lo pedía con la mano levantada en señal de hacer silencio.
La secretaria vio cómo el abogado se levantó de su silla, tomó el vaso y fue a recargarlo en el pequeño espacio de bar ubicado en uno de los estantes de madera a la izquierda de él.
Ella se acercó tan solo un poco. Él le dio la espalda mientras llenaba el cristal de whiskey. Luego, volteó y la encaró.
—Si vuelves a arriesgar tu vida como lo hiciste hoy, buscaré otro abogado para que te defienda. —Lenis contuvo la respiración al escuchar la directa y gruesa voz de George. Su mirada iba repleta de mil cosas, o al menos, fueron mil cosas las que ella sintió al mirarle—. No trabajo con personas que no se cuidan a sí mismos. Si vuelves a hacer algo así, no te voy a defender.
Ella frunció el ceño. En definitiva, allí no estaba el amante que le había hecho el amor incontables veces en un par de días. Ante ella, solamente se presentaba el abogado de difícil carácter, a quien solo le falta echar fuego por los ojos.
Él se acercó más a ella, acercando ambos rostros. El olor a licor inundó las fosas nasales de Lenis, quién reprimió la urgencia de mover sus párpados y apartar la cara para respirar mejor.
—No voy a defender a una persona que tenga malos objetivos en la vida. Hace rato parecías no tener ninguno bueno.
—George, entiendo que estés molesto, pero debo explicarte…
—No debiste haberlo enfrentado así, Lenis. Debiste haberme hecho caso y no salir del edificio hasta que él se largara —dijo con los dientes apretados—. Parece que se te olvidó de un plumazo todo lo que ha pasado. Recuerda que en tu casa falleció la mano derecha de ese desquiciado. ¿Olvidaste quiénes se encargaron de encubrirte? —Los labios de Lenis se separaron por el asombro. Sus ojos no podían tan siquiera pestañear. El nudo en la garganta amenazaba con matarla y la respiración iba como tren en marcha—. Mírame a los ojos, Lenis. ¿Por qué hiciste es…? —Se paró en seco y la contempló por un momento, aumentando la rabia dentro de sí—. ¿Te vas a poner a llorar ahora?
Lenis pasó sus dedos por sus mejillas rápidamente, no se había dado cuenta que estaban mojadas.
Se giró para darle la espalda. Se sentía indignada, sublevada… Secó su rostro lo mejor que pudo, avergonzada por nuevamente dejarse ver en esa guisa.
George sentía una presión en el pecho, la misma que lo impulsó a correr hacia la oficina de Max al enterarse del posible peligro en el que estaba Lenis. En ese momento frente a ella, allí en el despacho de su apartamento, solo podía sentir rabia, molestia, desacuerdo, necesitaba sacudirse todo eso y no parecía poder controlarse.
—¿Por qué lloras? —repitió la odiosa y apretada voz de George.
Ella se volteó con la cara seca, aunque sus ojos rojos, y se irguió mirándole fijamente.
—Esto no lo aguantaré, George.
—¿Qué no vas a aguantar? —Dejó el vaso sobre el estante de madera con un golpe seco, lo que provocó que un poco de líquido se derramara—. ¿Qué es lo que no aguantarás? ¿Lo que tú y yo tenemos? ¿Vas a terminar con esto, te vas a ir? —Se señaló a ambos con una especie de sonrisa extraña y desquiciada, no era más que la rabia haciendo que mostrase los dientes—. ¿Estás arrepentida de haberte acostado conmigo? ¿Te quieres mudar? Ve y busca un piso, habla con Peter, has lo que quieras, despídeme. Prefiero mil veces perderte… ¡Prefiero mil veces perderte de cliente que de otra manera! —Agarró el vaso y lo lazó contra una de las paredes haciéndolo estallar en pedazos.
Lenis arrugó el rostro y se encogió por aquel arranque. Sus palabras la golpearon, intentaba entenderlas benevolentes y no crueles.
Se quedó petrificada por un pequeñísimo instante, su agitado corazón amenazaba con salirse.
George caminó de prisa y abandonó el despacho, lanzando la puerta con fuerza tras de sí.
Lenis se encogió de nuevo por el ruido y se quedó allí, mirando a la nada, no pudiendo creer todo lo que él le había dicho. Lo único que podía procesar en ese momento fue haberle sacado el tema del asesinato de Carl en su antiguo piso.
Miró los vidrios rotos, la bebida derramada… Tal cual como ese vaso ella se estaba sintiendo, pero sabía que no podía caer en eso y en lo profundo de su alma, confiaba que todo aquello solo se trataba de la furia controlándolo.
«Prefiero perderte de cliente que de otra manera…» repitió su mente en un susurro con la voz del abogado.
Las ganas de llorar eran cada vez más fuertes, pero no podía permitir tal desahogo, no podía.
Miró la puerta y poco a poco fue reaccionando, sintiendo renovadas las defensas ante aquella adversidad. Dentro de su cuerpo, sus emociones volvieron a experimentar la misma determinación que la llevó a enfrentarse con su peor pesadilla.
Salió del despacho y lo buscó hasta encontrarlo en la terraza con las manos recostadas en los bloques barnizados que cercaban el lugar.
Se acercó a él, viendo cómo la gran espalda de George parecía tensa como roca, pero viva, porque su respiración se evidenciaba a leguas al hacerle subir y bajar su anatomía.
—No te pediré disculpas por esto, George. —Él se volteó de inmediato—. Lo hice con toda la consciencia de mis actos. Quise hacerlo, lo quise enfrentar…
—¿Por qué?
—¡Porque estoy cansada de esconderme! Estoy HARTA de tener miedo…
—¿Miedo?
—Sí, miedo, terror… —Él negó con la cabeza, sobó su labio inferior con la lengua—. ¿Qué tienes tú que decir con respecto al miedo? ¿Qué? —Él la miraba intermitentemente entre la nada y su rostro enfurecido—. No tienes idea lo que es el miedo, George.
—No me vengas a dar lecciones de vida, Lenis.
—¡No te permito que me hables así!
—¿De qué manera te estoy hablando?
—Sé que esto tal vez pueda traerme consecuencias legales…
—¿Qué consecuencias legales? ¿De qué rayos estás hablando? ¿Por eso crees que estoy así?
—Me amenazaste con ponerme otro abogado…
—Cualquier abogado te hubiese dicho lo que yo.
—Entonces, sí existen repercusiones legales…
—¡Claro que sí! ¡Claro que existen! Lo que hiciste fue una completa estupidez. Y sé que no eres estúpida, Lenis, se supone que eres una de las personas más fuertes e inteligentes que he conocido, pero la jodida repercusión legal es lo que menos me afectó. ¿Pensaste por un momento en lo que él te hubiese podido hacer? ¿Qué hubiese pasado si ese tipo saca un arma y te dispara?
—Él no me haría nada delante de nadie…
—¿Qué…? ¿Es en serio? —Dio un giro sobre su propio eje, enterrando sus dedos en el cabello. Se giró de nuevo a ella—. Lenis, ese sujeto tiene una demanda por acoso, un cargo político qué defender y no le importó llamar al abogado de quien le denuncia para decirle que está persiguiendo a su cliente. ¡No le importó aparecerse en el consorcio en plena tarde y dejarse ver ante todos, así como no le importó mandarte a Carl y tampoco le costó hacerte la m*****a cicatriz!
Esta vez, Lenis no reprimió sus lágrimas. Intentó hablar con claridad, sin ahogos en la voz, pero los sollozos se volvieron fuertes.
—No puedo creer que me digas todas esas cosas…
—¡Te hubiese matado delante de mí y no le habría importado! ¿Hablas de miedo? ¿Ah, Lenis? ¿Me quieres hablar de miedo? ¡Yo estaba cagado pensando que estaban a punto de hacerte daño y aún ni siquiera se ha celebrado la jodida audiencia! Y me dices que lo hiciste a consciencia… ¡Te pusiste en peligro, te pude haber perdido! —El llanto de Lenis aumentó, sin embargo, los sollozos iban calmándose al darse cuenta de las razones por las cuales George actuaba de aquella forma. Mientras él seguía reclamándole y gritándole cosas, ella se limitó a observarle con tristeza y asombro, sin saber ya muy bien qué hacer con toda la situación—. Si te quieres mudar, hazlo. Si me quieres despedir, mañana tendrás un nuevo abogado. Llama a esa compañera de trabajo tuya para que te lleve con la gente de bienes raíces…
Ella se acercó lentamente y tomó sus manos, algo que no fue fácil, en vista de que él las movía, envalentonado.
—Ya, George, ya, por favor… —rogó con la voz entrecortada.
—No, Lenis. —Sacudió las manos y comenzó a caminar hacia la sala—. No intentes nada, esta noche no. Déjame quieto, déjame solo. —Entró al departamento y se perdió en el pasillo de habitaciones.
Lenis cubrió su cara con las manos y su llanto tomó de nuevo el control de sí misma, sin permitirle moverse para ningún lugar por lo que pareció bastante tiempo.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







