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Capítulo 31 primera parte

Author: Ranacien
last update publish date: 2022-03-12 12:00:42

Un par de horas después de la discusión entre George y Lenis, ella, definiendo que los muebles de la terraza ya habían surgido de calmante para toda molestia, se fue un momento a su habitación solamente para buscar su celular y regresar a contemplar el paisaje y tomarse de esa forma el tiempo necesario para  seguir calmándose, para pensar y canalizar mejor las cosas.

Esa noche, evidentemente, no dormiría en la habitación de George. Nuevamente dormiría sola en la recámara de huéspedes. Podía comprender la molestia de su abogado, también la de su amante. Sobre todo, después de las palabras y frases que lanzó en medio de su rabia, frases que se quedarían grabadas a partir de ahora en su memoria: “no querer perderla”, un buen ejemplo.

Él no quería perderla.

Alguien no quería perderla.

¿Cuándo pensó ella que algo así le sucedería? Casi no lo podía creer.

Lenis se había acostumbrado a echar a un lado la congoja. Endureció muchas veces su alma y su corazón, así como aprendió a congelar por momentos su memoria, simplemente para que los recuerdos no le impidiesen avanzar en la vida. Sin embargo, aún le faltaba aprender a lidiar con el cansancio, a perfeccionar esa técnica que no muchos pueden lograr poner en marcha y ahora, debía también aprender a sobrellevar un nuevo sentimiento, como lo era el amor, el siempre poderoso amor.

Lenis estaba enamorara de George J. Miller, algo que le daba vueltas la cabeza, no podía creerlo, pero se aferraría solo al hecho en sí, trataría de no dejarse comer las neuronas con los miedos de qué pasaría si sus sentimientos no llegaran a ser correspondidos; porque luego de tanto sufrimiento, ese era el mayor temor.

Negó con la cabeza.

Pensamientos, pensamientos, pensamientos.

Dudas.

Se había enamorado de su abogado, el mismo abogado de su jefe, El Gran Jefe. Estaba enamorada de ese hombre precioso de cabello negro y ojos miel, de gustos divinos, profesional y exitoso, inteligente y directo, de rostro serio, ese mismo que solía usar trajes de tres piezas confeccionados a su medida, dueño de un importante bufete en la ciudad. Lenis pensaba en todo eso, lo describía, porque necesitaba hacer un inventario de todo lo que sabía hasta ahora del hombre que la había enamorado y así, no cometer los mismos errores del pasado; aunque la mayoría de esos errores no eran de su propiedad.

Lenis miró la pashmina. La había puesto a un lado para colocarse la chaqueta tipo suéter que la protegería del viento al momento de devolverse a la terraza. Aquella preciosa tela perteneció a la madre de George y por un momento, recordando la fotografía que él le había mostrado de ella, se imaginó haberla conocido, siendo su nuera, recibiendo su bendición para arrancar con una relación normal, sana, apasionada y llena de amor, tal vez con hijos, descendencia…

Lenis no sabía cuántos años de muerta llevaba la señora. Tampoco sabía, ahora que lo recordaba, cómo Maximiliano, Peter y George se habían conocido. Ella imaginaba lo que todo el mundo podía imaginar: que los negocios los habían reunido. Sabía que era normal hacerse ese tipo de preguntas.

Suspiró, sentada sobre la cama de la habitación de huéspedes. Dormiría esa noche allí, pero no tenía sueño. Miró la puerta. Quería acercase a él, pedirle disculpas por alterarlo, por perturbarle su paz pareciendo desagradecida, después de todas las molestias que él se había tomado para protegerla, pero no lo haría de inmediato, sabía que ambos necesitaban tiempo a solas, un largo espacio de horas para pensar mejor las cosas. Además, Lenis no cambiaría su manera de pensar con respecto a enfrentar a Jefferson. Aquel sujeto infernal era todavía su marido, ya la demanda de divorcio estaba en proceso, la primera audiencia (y esperaba que fuese la única) sería la semana siguiente. «¿Qué pierdo con enfrentarlo?», se volvió a preguntar, porque, a pesar de las repercusiones legales que Jefferon pudiera crear en su contra para defenderse de la demanda o de lo que fuese, ella pensaba que no había sido mala idea decirle lo que le dijo, sobre todo decírselo a la cara. A parte de tener que reforzar la defensa en la venidera reunión, ella confiaba plenamente que ese sujeto por fin se saldría por completo de su vida. No veía la hora de que eso sucediera.

Con la chaqueta tipo suéter ya colocada, al igual que la pashmina, salió y se dirigió a la terraza.

En el extremo izquierdo se encontraban, sobre una tarima de un solo escalón, los sillones de la sala exterior. Aquellos eran de madera barnizada y grandes cojines blancos, todo adornado por una pequeña mesa a juego, ubicada en el medio de ellos.

Lenis se sentó en el sillón de tres piezas creando un sonido chirriante, pero no molesto. Se quitó las pantuflas de gamuza que cargaba puestas, subió sus pies para estar más cómoda, se apretó la chaqueta, acomodó mejor su pantalón de pijama y miró el horizonte. Aún no era media noche, por lo que se notaba demasiada vida en la porción de ciudad que se veía desde allí.

Las grandiosas luces que apuntaban al cielo seguían danzando, como casi todas las noches. Y mientras las contemplaba, pensó mucho si hacer o no lo que había estado pensando desde hace un buen tiempo, específicamente desde que decidió denunciar a su agresor, pero sobre todo en ese preciso momento, donde la nostalgia se mezclaba con curiosidad y dicha amalgama presionaba su pecho cada vez que las cosas se ponían difíciles.   

***

Peter deseaba salir un momento de su apartamento. Aquel viaje y toda la investigación sobre Jefferson Smith le estaba provocando un cansancio como nunca antes nada se lo había provocado. Así que tomó su camioneta negra blindada de color mate y se dirigió al galpón de seguridad, donde solía tener la maquinaria tecnológica y a su gente de mayor confianza trabajando el tiempo que fuese necesario y cuando las circunstancias lo ameritaban.

Entró, cruzando todos los protocolos de seguridad, hasta llegar a un espacio bañado de colores gris, negro, azul y blanco, con un par de personas a bordo de aquella “nave”, como solían decirle en ocasiones los empleados de su agencia.

Dentro de la “nave” se encontraban T.C —el guardaespaldas de Lenis— y una de las expertas en informática, J.T (abreviación de Jaya Thakur), una ex militar de descendencia india, quien había sido un gran fichaje para la empresa.

—¿Qué tenemos? —preguntó Peter, luego de saludarles con un escueto “hey”, arrimar una silla y lanzarse sobre ella junto a un suspiro.

T.C y J.T se miraron entre sí. La mujer negó con la cabeza y manipuló la computadora que tenía frente a ella.

—La señorita Evans acaba de tener una conversación por vía telefónica. Querrá escucharla —dijo la agente, con seguridad en su voz.

Peter se mostró muy interesado y dio luz verde para que la experta en informática le siguiera reseñando.

La mujer de casi cuarenta años de edad y buen porte, rostro fino y ojos claros, marcados genes de su tierra, le acercó unas anotaciones. En la agencia, utilizaban un formato en digital donde anotaban la información que emanaba de algún rastreo de llamada, como el nombre de los involucrados, la hora de llamada, su duración, así como un resumen de la conversación y cualquier dato adicional que arrojase la investigación, previa a la llamada o posterior a ella, para (casi siempre) hacer más fácil el trabajo a la hora de entender la conversa. Sucedía muy a menudo que las llamadas no se entendían bien y más que todo era por la carencia de información de los involucrados o del tema del que hablaban. Dicho formato era de gran importancia, siempre bailaba entre lo legal y lo ilegal. Se necesitaba una autorización policial para realizar una grabación de llamada, sobre todo si se trataba de casos judiciales. A pesar que Peter movía sus hilos para que ese estatus se mantuviese legal y así no meterse en líos, debía tener cuidado por si una de las partes involucradas, de enterarse, demandara a cualquier integrante del equipo, a todos, o a la agencia entera.

A Peter no le preocupaba que lo demandaran por rastrear las llamadas de Lenis Evans. La historia de la secretaria, su escapada, el cambio de identidad y su conexión con el estafador de su padrastro, exoneraban a Peter completamente de cualquier crimen tecnológico. De todos modos, las cosas debían hacerse de la mejor manera, de la más profesional, así que las llamadas que estaba grabando eran archivadas en tres lugares: en los servidores de la agencia, en un lugar protegido y codificado de la nube y en físico; éste último, solo cuando lo requiriese el momento. Peter era de la vieja escuela, le gustaba leer dicha información desde su email o desde una planilla que pudiese sostener en sus propias manos, así que T.C mandó a imprimir el formato para mostrárselo.

Ahora bien, escuchar lo que conversaban era una tarea exclusiva de la persona encargada de recabar la información y del jefe, para eso los informes, pero Peter —claramente— haría una excepción, como siempre, al mostrársela al guardaespaldas de la chica.

—Evans llamó a un familiar —informó T.C.

El jefe de aquel lugar lo miró con el ceño fruncido.

—¿Cómo que un familiar? ¿Se comunicó con su madre?

—Negativo. Se trata de una tía —informó J.T—. Hemos investigado. Evans llamó a una hermana de su padre biológico. La llamada se efectuó a un teléfono fijo. Lo hemos ubicado. Pertenece a Carmen Díaz, 65 años, se encuentra en el país.

«Una tía…», pensó Peter, mirando la planilla.

Asintió.

—Ponme la grabación —autorizó, y J.T activó el programa encargado de hacer tales records.

Se escuchó un tono de repique, el cual no era el mismo que escuchaba el emisor al hacer la llamada. Aquel era un tono propio del programa que la agencia utilizaba, por lo cual era uno muy distinto al conocido por todos.

Después, la voz de una dama apareció en la grabación.

—Buenas noches, ¿quién llama?

Hubo un silencio antes de escuchar la voz de Lenis.

—¿Tía Carmen? —Lenis sonó esperanzada, pero aun así, su voz estaba claramente teñida de dudas, Peter lo supo por el tacto con el que ella emitió su pregunta.

Ya para entonces, el agente dueño del lugar se estaba preguntando, ¿por qué, si la hijastra de Turgut tenía una tía, no acudió a ella desde un principio para pedir ayuda? Pero la contestación que la señora Díaz le dio a su sobrina, respondió esa interrogante.

—¿Lisa?

—Sí, tía, soy yo.

La señora no habló de inmediato.

—¿Qué haces llamándome? ¿Cómo te atreves? No puedo creerlo.

Peter siguió escuchando atentamente. Se oyó un suspiró en la línea.

—Necesito… Tía, yo…

—No puedo creer que me llames, increíble. ¿Quieres meterme en problemas?

Se hizo un nuevo silencio, esta vez más prolongado.

—Nunca deseé meterte en problemas, tía Carmen, solo quiero hablar con mi madre. Sé que debes saber dónde está.

Peter sostuvo la respiración y escuchó atentamente.

—¡Qué rayos voy a saber yo de tu madre! Esa desconsiderada y malagradecida nos hizo a tu padre y a mí todo el daño que pudo. Hace dos años planté una cruz sobre su cabeza.

Lenis tardó unos segundos en hablar.

—Tía, no puedo creerte todo lo que me dices. Sé que aún debes estarte comunicando con ella. Necesito hablar con mi madre, por favor…

—¿Y crees que soy estúpida, que no debes estarme grabando o no estás acompañada en este momento por gente que pueden fregarme? ¿Para qué quieres hablar con tu madre? ¿Por qué ahora?

Lenis suspiró, mientras Peter se hacía la misma pregunta.

—Tía, dime dónde está ella. Han sido grandes amigas por muchos años. También sé que estuviste con ella cuando se casó con Ferit. Te ha tenido más confianza a ti que a mí durante años. Por favor, dime dónde está.

—Mira, muchacha. Pude haber acompañado a tu madre en muchas cosas, pero no soy cómplice de corrupción o e****a. No es mi problema que ustedes se hayan metido de lleno a vivir con ese turco. Hace dos años te pedí que no me volvieras a llamar, te lo pedí por la memoria de tu padre. Ahora te lo vuelvo a pedir: no quiero que se me vincule con ninguno de esos asuntos. —Y la llamada se cortó, dejando sonidos intermitentes que así lo indicaban y una presión significativa en el pecho de Peter, como un gong dejando el rastro de un golpe suyo.

Peter se quedó mirando a ningún punto en específico, ceño fruncido, preguntándose varias cosas, entre ellas, por qué Lenis querría saber el paradero de su madre a estas alturas; una pregunta que se había formulado varias veces durante la corta llamada.

Tomó el celular y marcó un número.

Luego del tercer tono y que la persona contestara, el agente preguntó:

—¿Qué pasaría si te digo que Lenis está buscando a su madre?

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