Mag-log inGeorge no había podido conciliar el sueño. Se sintió varias veces tentado a buscarla, pedirle disculpas, abrazarla toda la noche y amanecer con ella, pero prefirió no hacerlo de inmediato, sabía que necesitaban espacio. Además, la molestia, amainada, aún seguía dando vueltas dentro de él.
Con su pantalón de pijama puesto, ninguna camisa que lo cubriera y el edredón tapándolo a medias, miró el techo por lo que pareció demasiado rato.
Fue dibujando sus pensamientos y deseos sobre aquel lienzo verde agua encima de él, imaginando a Lenis entre sus brazos, recordando todo lo que había experimentado junto a ella, así como también, esos momentos a futuro, algo que jamás pensó querer vislumbrar con alguien. Él anhelaba (como nunca) vivir con Lenis todas las fechas emblemáticas que existiesen (un anhelo muy oculto, no se lo diría), esas mismas celebraciones que no había podido disfrutar desde hace mucho tiempo. George sabía que lo que venía sería difícil. Contarle quién era él, por qué aceptó ayudarla, intentar que ella entendiera de buena manera la razón por la cual la invitó a almorzar aquella vez, contarle todo sin mencionarle la palabra “plan”, explicarle quiénes eran Max y Peter para él, cómo se fueron conociendo y hablarle sobre su deseo, el gran objetivo de vida, para que ella también se sumara en esa especie de proyecto y le apoyara en todo. Imaginó lograr hacer justicia y llevarse a Lenis de viaje para celebrar. Recordó en ese momento hacer una llamada para la casa de la playa, llevaba meses sin saber cómo se encontraban por allá, aunque sabía que su secretaria manejaba los pagos de nómina y el abono para su mantenimiento. George quería llevarse a Lenis para aquella casa, sumergirse con ella en todas las aguas que le rodeaban. Quería ver brillar el gris de sus ojos cuando le mostrara el hermoso paisaje que rodeaba aquella vivienda y decirle que aquello era suyo, que se lo regalaba, pedirle que experimentara de cerca lo que es la libertad, mientras él, viéndola disfrutar del sol, del viento y de la arena, experimentaría lo que es la felicidad.
Pasó su mano por el rostro y suspiró, rascándose el pecho y restregándose un poco los ojos. Necesitaba dormir, tenía trabajo pendiente, faltaba agregar datos para la defensa a celebrarse en audiencia la semana entrante.
Entonces, su teléfono vibró. Peter lo llamaba. Miró la hora, aún no era de madrugada, pero le extrañó que le llamase.
—Hey, ¿qué sucede?
—¿Qué pasaría si te digo que Lenis está buscando a su madre? —preguntó el agente desde el otro lado de la línea.
—¿Cómo así?
—Llamada rastreada.
George se quedó en silencio por unos segundos.
—Pásamela.
—¿Para evidencia?
—Aún no tengo por qué, debo escucharla primero. Envíala por la data privada.
—Ok. —Hizo una pausa—. ¿A Max también?
George lo pensó por un instante.
—Te aviso.
La llamada se cortó.
George esperó —con impaciencia apenas controlada— que Peter le enviara la grabación a través de una data compartida en una aplicación creada por la agencia de seguridad. Allí solían enviarse toda información que necesitaba ser protegida.
Se irguió un poco y abrió una de las gavetas al lado de su cama. Sacó de ella unos audífonos y los conectó a su dispositivo móvil. La notificación que esperaba entró a su teléfono.
Escuchó atentamente...
Miró los datos anotados dentro de las casillas del formato que había sido adjuntado al archivo de audio, tal cual guión de película, sin dejarse ningún detalle, sobre todo en el espacio de anotaciones adicionales, donde se ubicaba la investigación que los empleados de Peter habían realizado.
El abogado volvió a escuchar para detallar los tonos de voces, afinando su oído y su preparación al respecto con la voz de Lenis; en ese caso Lisa, porque así la había llamado la receptora.
Luego de terminar de oír por segunda vez aquella corta grabación, el abogado se quedó quieto, muy quieto ahí sobre el colchón, de donde (casi sin darse cuenta) se había sentado y colocado sus antebrazos sobre las rodillas, teléfono en mano, con el cable de los audífonos —que ya se había sacado de las orejas— colgado entre sus piernas.
Su cara no era seria, pero tampoco analizadora. Mucho menos risueña o molesta. De nuevo aparecía aquella expresión de juego, infinito y profesional; la cara de las apuestas.
Con mucha calma, inició aquel ejercicio que aplicaba cada vez que necesitaba darle lógica a alguna cosa o situación, como un episodio paranormal frente a los ojos de quien no cree en fantasmas.
«Lenis llamó desde su propio celular a la hermana de su padre biológico. Está bien, comprendo», fue el primer pensamiento que surgió de él.
Pero comenzaron a surgir más:
«Claramente, su tía es una hija de puta», aclaró para sí mismo, a partir del maltrato que aquella señora le profirió durante la llamada.
«Lenis preguntó por su madre, lo que significa que no sabe dónde se encuentra. Nunca lo supo…», resolvió él en su cabeza y no por lo que dijo la secretaria, sino por la entonación de su voz. Le creyó.
«Pero, ¿por qué ahora quiere saber sobre el paradero de ella?», fue la primera pregunta dentro de su razonamiento.
Pensó en varias respuestas: un anhelo de hija, nostalgia, algo pasaba que él no sabía, la futura audiencia… Él bien comprendía que en la declaración que Lisa Díaz efectuaría ante la defensa de su esposo, se debía mencionar a su progenitora como parte del relato de vida, pero él, como abogado, no le recomendaría buscar a su madre, porque ciertamente, para este caso en específico, no se necesitaba; ni para él, ni para la defensa. La denuncia a tratar no iba hacia aquella mujer, primordial era concentrarse en los cargos y demandas imputados contra Smith, nadie más.
«Lenis asegura que su tía sabe dónde se encuentra su madre, por lo que esa mujer puede saber dónde se encuentra Turgut…» Con ese pensamiento y su gran salto al corazón, la mente de George quedó en silencio.
Quiso ir tras Lenis y preguntarle de una vez, sin tanto protocolo, por qué marcó el número de su tía, por qué esta noche, por qué hoy. Y lo más importante: ¿por qué no le dijo que lo haría? Él era su abogado, él era su hombre de confianza, ella tenía que contarle a él, a pesar de lo que sea, ese deseo por buscar… lo que fuese, a quién fuese.
Pasó las manos por su cabeza, deteniéndose por un momento. No le gustaba nada aquello, nada.
«¿Será que la discusión es la culpable de esta decisión?», también se interrogó.
Algo no andaba bien. Algo le decía que Lenis quería saber de su madre, pero no tenía otra alternativa más que hacerlo así, contactando a la persona más indeseable de su familia. La tía de Lenis había entrado, a partir de ese momento, en el lado más humano y terrenal de sí mismo.
—Qué hija de la gran… —Interrumpió lo que diría sobre aquella dama. Ya lo había pensado con todas sus letras, no hacía falta hacerlo a viva voz. No le gustó para nada que Lenis tuviese que recurrir a un maltrato para saber sobre el paradero de quien le había dado la vida.
Exhaló bastante aire y pasó las manos por su cara una vez más…, por su cabello también.
Se levantó, arrojando su celular sobre el colchón.
Caminó por aquí y por allá, dando vueltas por el espacio que era su habitación, yendo al baño, luego al armario. Se colocó un suéter gris, regresó a la cama… Necesitaba saber por qué Lenis hizo aquella jodida llamada, por qué no le contó al respecto. Lo que más le desesperaba era esa ansiedad que le apretaba el pecho, llenándole de una especie de esperanza malévola… Malévola, porque ya no quería utilizarla, no quería que su plan fuese aprovecharse de ella. Sabía que la mejor oportunidad para sincerarse con Lenis había pasado, no podía contarle aquello que le ocultaba así como si nada. Sin embargo, quería hacerlo, porque tarde o temprano ella se enteraría y de ese modo no podían ser las cosas, él estaba bien consciente de eso, Max y Peter se lo decían todo el tiempo. Aun así, creía que ésta era la oportunidad de oro, percibía, con un pálpito, que se encontraba a tan solo pasos de saber dónde diablos se escondía ese estafador hombre infernal de Ferit Turgut.
Se detuvo frente a la puerta, palma sobre el picaporte… Retiró la mano y se dio la vuelta, se rascó el cabello. Tenía que pensar bien las cosas.
—¿Qué diablos te pasa, George? ¡Reacciona! —se dijo en un apretado susurro.
No se conocía a sí mismo. ¿Cómo acercársele a su clienta y revelarle, como tonto, que su teléfono celular está intervenido y que se enteró de la llamada, de lo que dijo, ¡de todo!?
Tenía que pensar, pensar cada cosa muy bien.
Mientras lo hacía, sentado sobre la cama con los codos sobre las rodillas y dedos cruzados sobre su boca, ceño fruncido, su mente fue maquinando la estrategia. Las coordenadas caían como lluvia sobre sí, se precipitaban a un lado, en plena testa, detrás o delante de ella. Y frente a sus ojos, se mostró la única solución que encontró. Tenía que sacarle información a Lenis Evans de cualquier manera.
Cerró los ojos… No podía creer que lo hiciera.
De la seriedad y el cálculo, su rostro se fue transformando poco a poco. Sus ojos se fueron entrecerrando, una estereotipada sonrisa se fue mostrando, pero de mentira, todo de mentira. No sabía hasta cuándo le duraría esa actuación, pero debía endurecer su corazón. Se había enamorado, y él era consciente que el amor solía cegar a la gente. También, entumecía los sentidos, a veces dañaba brújulas de forma irreparable. A pesar de no haber amado así nunca a nadie antes, él no vivía bajo una piedra.
Las acciones de Lenis (la famosa llamada), podían acercarlo de un momento a otro al dichoso encuentro justiciero, no podía perder esa oportunidad.
Sin saber muy bien cómo lo haría, se levantó y salió, por fin, de la habitación.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







