FAZER LOGINMaximiliano se había levantado temprano. Esa noche, como las dos anteriores, no había podido dormir bien. Gracias a Dios, el dolor de cabeza había amainado, de hecho, ya no lo sentía. La reunión que tuvo anoche le había sentado fatal.
En la madrugada del jueves recibió una llamada de Peter informándole que su secretaria había sido informada de todo lo que ellos tramaban. El propio Miller se lo había contado. También, el agente de seguridad le informó lo que Max temía: que a ella no le había sentado bien la noticia, que de hecho, Lenis ya no se encontraba en el apartamento de George, sino más bien hospedada en el hotel, reserva hecha por su guardaespaldas, T.C, gastos a cargo del abogado.
También había sido informado de la estrategia de salida por la que T.C optó al llevarse a Lenis, gracias a que Donald, la mano derecha del gobernador, se encontraba afuera del complejo de edificios, corroborando lo temido: que Smith seguiría creando un escenario de intimidación.
Max quiso verla, por lo que atravesó la ciudad rumbo al hotel, pero lo único que logró fue encontrarse en la recepción con Peter, George y T.C, quienes le informaron que se encontraba dormida.
Él sabía que a Lenis no le sentaría bien ser engañada de aquella forma, como se suponía que a nadie debía gustarle enterarse de una realidad así, sin embargo, él pensaba que ella entendería todas las razones, cada acción, y hasta se sumaría al plan de traer a Turgut de regreso. El abogado logró, a medias tintas, contarle a él lo que había sucedido entre los dos en el apartamento. Max esperaba una reacción fuerte y molesta de ella, pero no esa.
Estaba preocupado por Lenis y toda la situación. Por supuesto que ese jueves no se celebró ninguna junta y no recordaba cuándo fue la última vez que había sucedido algo así en su consorcio. No le importó. Tenía plena confianza que su hermosa y eficiente secretaria superaría sus reveses, entendería la situación y regresaría a su puesto lo antes posible, es decir, que todo saldría bien, que ella estaría bien.
Salió a trotar a primera hora del viernes para aligerar tensiones. Se duchó y pidió a su personal de cocina que le prepararan algo bastante nutritivo, puesto que el día anterior no había engullido casi nada.
Vestido con traje marrón claro de tres piezas, atuendo listo para trabajar, bajó las escaleras de su casa y se dirigió al comedor, cuando Gladis, su Ama de Llaves, una mujer de sesenta años de piel clara, cabello corto y abundantes canas, se acercó a él con una extraña expresión.
No había terminado de bajar todos los escalones y Gladis de emitir palabra, cuando el celular de Max sonó.
Él detuvo su descenso para mirar la pantalla. Peter le llamaba. Miró la hora. Eran las 07:00 AM.
—¿Peter?
—Lenis se ha escapado —anunció con apuro, su jefe de seguridad.
Max cerró los ojos y exhaló profuso. Maldijo por lo bajo y negó con la cabeza, abriendo los ojos y mirando a la nada.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo se le escapó a T.C?
—De la manera más simple: saliendo por la puerta principal del hotel. En la condición en la que ella estaba, no pensábamos que… —Max escuchó que el agente se interrumpió para exhalar bastante aire, como liberando la presión que sentía.
—¿Y George?
Peter bufó.
—Está hecho una furia, aunque ya más calmado.
Max se dio cuenta que su Ama de Llaves intentaba que se le prestara atención.
El CEO frunció el ceño, no era propio de Gladis querer interrumpirle una conversación.
—Espérate un momento —le dijo a Peter. Silenció el micrófono y le preguntó a la señora qué se le ofrecía.
—Señor, afuera hay una joven que dice ser su secretaria.
Maximiliano quedó de hielo.
—¿Cómo dice? ¿Lenis está aquí?
—Sí, señor. La señorita Lenis Evans está del otro lado del portón principal. Fui notificada por Seguridad.
Max no dijo nada por un par de segundos. Se preguntó por qué Lenis no había tocado el timbre del porche y había preferido en vez de eso, llegar por el lado del estacionamiento.
—¿Vino en carro? ¿Algún taxi la espera? —Él quería entender cómo es que George, Peter y su gente la daban por desaparecida, cuando era todo lo contrario: ella estaba allí esperando que la dejara entrar. Bien pudieron verse en la oficina.
Si un taxi la esperaba, podría indicar que le había traído algo urgente, algo del consorcio, tal vez un documento por firmar…
—¿Señor?
—Eh… —Max removió su cabeza—. ¿Cómo me decía?
—Ella se encuentra sola, sin vehículos.
El CEO arrugó mucho el entrecejo.
—Déjala pasar. La esperaré en la sala.
—¿Su desayuno, señor?
—Tápalo, lo comeré más tarde. Primero la atenderé a ella, debe ser importante.
Gladis asintió y se retiró para cumplir con la orden.
Entonces, M ax activó el micrófono de su celular.
—Lenis está acá conmigo —le informó a Peter—. ¿Será que ha ido a trabajar, o que? —susurró como para sí—. Te mantendré informado. —Cortó la llamada.
Al cabo de unos minutos, una Lenis de cara limpia, sin una sola gota de maquillaje, con un jean azul claro de tubo, una franela blanca manga corta, una zapatillas al estilo bailarina de color negro y el cabello suelto y desparramado alrededor de su rostro, cayendo en cascada, salvaje, como él jamás le había visto, hizo acto de presencia en la escalinata de dos niveles que daba la bienvenida a la gran sala de su casa.
Max pudo haberla saludado de inmediato, acercarse a ella con toda la cortesía de siempre, pero las circunstancias, más la rareza de tenerla allí, lo increíble que se veía, aunado al reporte que acababa de recibir vía telefónica sobre su escapada y el semblante de ella, le detuvo de hacer cualquier movimiento.
—Lenis… —solo pudo decir el dueño del lugar.
Ella cargaba una dura expresión. El gris de sus ojos era de un color pesado, oscuro. No llevaba bolso alguno, pudo notarlo porque sus manos, carentes de objetos, se empuñaban a cada lado de su cuerpo.
Max tragó grueso y se puso serio.
Ella dio algunos pasos, bajando la escalinata y acercándose lentamente a él.
Cuando estaban lo suficientemente cerca, ella miró sus ojos, acción que tardó más de lo debido.
La señora Gladis se había quedado cerca, esperando la oportunidad de poder preguntar qué se le ofrecía a la chica, cuando escuchó una sonora manotada que casi hace eco en la sala.
La señora de servicio abrió la boca de par en par y puso los ojos como platos. Lenis Evans, la secretaria de su jefe, le había cruzado la cara con una fuerte cachetada.
Max quedó completamente en shock. Se enderezó poco a poco, demasiado sorprendido por el arrebato de la mujer.
Ella también respiraba acelerado y claramente luchaba por no llorar.
—Renuncio —escupió ella, con la voz más firme que pudo.
Se dio media vuelta, pero Max no la dejó irse, tomándola del brazo. A ella no le hizo falta exigirle con palabras que la soltara, pudo haberlo matado con la mirada que lanzó, así que la soltó, pero la sangre ya estaba circulando caliente por sus venas.
—¿Quién te crees que soy? —lanzó él bien cerca de su cara—. ¡Gladis, váyase!
La mencionada obedeció inmediatamente.
Lenis lo miró directo a los ojos, parecía verlo todo de color rojo.
—Le diré lo mismo que le dije a George: jamás conocí personas tan miserables como ustedes tres —gruñó cada palabra—. Ese plan de ustedes se les acabó. Jamás volverán a verme.
Ella se giró de nuevo, pero una vez más, Max se lo impidió.
—¿A dónde crees que vas?
Ella se zafó de inmediato.
—¡Me voy lejos de este circo! Debía estar ya lejos en este momento, pero no podía irme sin verle la cara al jefe más mentiroso sobre la faz de la tierra…
—Todo tiene una explicación —interrumpió él.
—¿Qué más explicaciones me darán? George me lo ha contado todo. ¡Todo! Lo ha contado con lujo de detalles, sin obviar pelos ni señales. Y no paro… no paro… no paro de recordar cuando lo conocí a usted. —Él apretó la mandíbula, ella gesticulaba con las manos, demostrando su molestia—. No paro de recordar el momento en el que decidí sincerarme y usted me dijo que conocía a Ferit Turgut por las noticias… ¡por las estúpidas noticias! —Lo señaló—. Y su madre… Es que no lo puedo creer. Yo, que había pensado en nuestro almuerzo, que su madre era una mujer muy respetable y valiente, resultó ser otra…
—¡Deja a mi madre fuera de esto! —le interrumpió de nuevo.
—No, no la dejaré por fuera, porque es tan parte de este macabro plan, como lo son cada uno de ustedes —dijo, bastante exaltada, dando unos cortos pasos hacia atrás, sin dejar de mirarle.
Ambos hicieron silencio por un momento que pareció largo pero invensible. Lenis estaba llorando y ni siquiera se había dado cuenta.
Maximiliano llevaba fuego en la mirada, pero todo su semblante luchaba por camuflar la compasión que sentía por ella y la culpa que sentía por sí mismo.
—Será mejor que te calmes —le dijo él con un tono de voz contundente—. Es lo que debes hacer. Y conversemos, aquí nadie va a pelear, y menos en mi casa. Todo esto podrá parecer terrorífico, pero no lo es. No pretendas dibujarnos como seres infernales, aquí nadie te ha hecho daño —ella no lo podía creer, su expresión así lo decía—, al contrario, te hemos protegido y ayudado desde un principio. —Ella bufó, asombrada e incrédula—. ¿Qué? ¿A caso me equivoco? Has tenido trabajo, protección con la mejor seguridad del continente, reinserción, luego de haber pasado por lo que pasaste. Tuviste desde un principio la ayuda y asesoría de uno de los mejores abogados del país —Lenis escuchaba sin poder evitar explotar en llanto nuevamente—, todo esto te convidó a decidir seguir adelante con la denuncia a Jefferson —él fue bajando el tono, suavizándolo, mientras se acercaba a ella—, ¿o es que se te olvidó cómo ese hombre te dejó la cara? No creo que se te haya olvidado nada. ¿A caso te hemos dado la espalda en algún momento?
Ella no paraba de llorar.
—No puedo creer que me diga todo eso…
El celular de Max comenzó a sonar, pero ni él quiso contestar y ella pareció no haber escuchado el repique.
—Ustedes —siguió ella— hicieron todo esto, planearon joderme, solamente por…
—Al principio, sí —admitió él, eliminando el espacio entre los dos—, pero lo mejor es que te calmes primero, Lenis. —Ella tragó el nudo de su garganta y limpió un poco su cara—. Cálmate, por favor. Hablemos. Si quieres seguir con la renuncia al cargo de asistente, no hay problema, te entiendo, pero hablemos primero.
Ella quiso alejarse de él, pero se sentía dentro de una nebulosa bastante confusa, no lograba ver las cosas de manera muy objetiva, solo sentía deseos de castigar, golpear, gritar, insultar, ¡desahogar! Lenis tenía deseos de huir, pero también de desahogar la rabia que le habían causado, de quitarse ese horrendo dolor de encima y al mismo tiempo, desde un rincón coherente de su mente, sabía que huir ya no era una solución viable.
Maximiliano se acercó más y más, y poco a poco la alcanzó hasta posar sus manos de forma delicada en los antebrazos de la mujer, que lloraba sin detenerse, mirándolo por momentos, pero perdiendo su mirada.
Sin Lenis casi darse cuenta, él fue llevándola a las escaleras y a tientas, fue subiendo con ella hasta dirigirla a una de las habitaciones de la planta superior.
Gladis estaba al pendiente de la orden de su jefe, por lo que no se alejó de ellos cuando él le gritó que se fuera, así que pudo ver el momento en el que ellos comenzaron a subir, siguiéndolos, y al entrar a la recámara, ella comenzó a acomodar todo para que la secretaria estuviese cómoda. No sabía de qué trataba todo aquello, pero algo muy malo le habían hecho a esa hermosa joven. Gladis sintió que debía ayudarla.
Lenis se sentó sobre la cama con los brazos cruzados, sus manos sobando sus propios brazos, como si intentara apaciguar un frío que no existía.
Ella aún seguía con la mirada perdida, lágrimas derramándose solas, sin nada de esfuerzo, como goteras de un techo roto en medio de una tormenta.
Él tragó grueso al verla en esa guisa. Su secretaria estaba deshecha y se sintió culpable por haberle causado tal sufrimiento. Pero sabía que, más allá de sentirse engañada, ella sufría el doble por haber sido utilizada por George, sobre todo de la forma en que lo hizo.
Ella sufría por George, Max estaba más que seguro de eso: casi el cien por ciento de esas lágrimas eran para su abogado.
Y no se equivocó, Miller le llamaba. Y no era la primera vez. Sacó su celular y corroboró un gran número de llamadas perdidas de él.
Miró a Lenis y suspiró. No contestó. Guardó su celular en su bolsillo del pantalón y se puso de cuclillas ante ella.
—Lenis, mírame. —Ella obedeció—. ¿Ya desayunaste? —Ella negó con su cabeza. Él miró a su Ama de Llaves, quien entendió la señal, saliendo de la habitación en busca de comida—. Acá puedes recostarte un rato mientras Gladis trae tu desayuno.
—No quiero nada…
—Lo sé —dijo, asintiendo con la cabeza—. De todos modos, intenta comer algo, intenta dormir, o lo que tú desees. Es lo mejor para ti en este momento. —El celular emitió una vibración que, en medio del silencio, fue escuchado a la perfección—. Debo contestar, pero puedes quedarte aquí…
Él ya se ponía de pie, pero ella no lo dejó, tomándolo de una mano.
—No le diga a George que estoy acá —suplicó.
Max la miró por un instante, evitando no dejar ver su preocupación. Sobó el dorso de la mano de la secretaria y apretó su mano.
—Ya él sabe que estás aquí —susurró.
Ella apretó sus párpados y los abrió para decirle, justo directo a sus ojos:
—No quiero verle. Por favor, no permita que venga.
Max penetró en el gris acuoso de los ojos de la secretaria y suspiró.
Asintió, porque no tuvo de otra. Se levantó y salió de la habitación.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







