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Capítulo 42

Author: Ranacien
last update publish date: 2022-04-01 12:00:23

Unos brazos fuertes cubrían a Lenis desde atrás. George y ella estaban acostados en el suelo en medio de la sala de estar del apartamento del abogado, justo en frente de las puertas de la terraza. 

El aire acondicionado estaba apagado, por lo que George abrió las corredizas de vidrio colocándolas de par en par para dejar entrar el viento de la tarde, uno que describía un excelente clima que un piso diez y el comienzo del tercer trimestre del año le regalaba a la ciudad, sobre todo en esa parte, la cual era el pulmón de la metrópolis donde ambos hacían vida. 

Ellos habían decidido no hacer nada más que venerarse los cuerpos, las mentes, y sin quererlo de tajo, pero siendo plenamente conscientes, venerarse el corazón. 

Ambos estaban desnudos, arropados hasta la cintura con una de las sábanas color verde agua que George guardaba en una de las gavetas de su habitación. El abogado había arrimado los sillones, despejando el área, pero había recostado su espalda en los asientos del mueble de tres plazas, y Lenis se había acostado entre sus piernas, boca arriba y fue desde ese momento donde él supo que esa pose era una de sus favoritas. De esa forma, abrazados así, ambos podían hacer tres cosas a la vez: abrazarse, contemplar el cielo y disfrutar del clima, todo al mismo tiempo. 

George había colocado el equipo de sonido, enlazado al bluetooth de su teléfono, y una lista de música se había desplegado desde que se acomodaron en la sala, y no se detuvo durante el baño juntos, cuando cocinaron y comieron, haciendo el amor, dándose besos, abrazándose una y otra vez, entre risas pícaras y deseos saciados por sus cuerpos. 

Lenis cerró los ojos con la letra de la canción que estaba escuchando. Ella quería decirle que le fascinaba ese cantante, que entendía la letra, reafirmar y comentarle que ciertamente él parecía adorar la música turca tanto como ella y que le alegraba muchísimo el que tuvieran algo en común, pero decidió callar y seguir escuchando, porque la tonada se le había metido por la piel y en ese momento, las lúgubres, sensuales y tristes trompetas de la canción, navegaban dentro de sus venas y rellenaban su sistema de una variedad de sentimientos…, fuertes sentimientos…, sentimientos de todo tipo: alegres, opacos, rojos vivos o descoloridos, pero con impresionantes grises y deliciosas mieles por doquier.

Ella estaba enamorada de él. «Estoy enamorada», en varias ocasiones lo pensó.   

El talentoso cantante Cem Adrian interpretaba uno de sus temas más aclamados: Beni seni cok sevdim (te amé tanto), el cual hablaba de un amor del pasado, pero que en la actualidad y a través de los años, sería protegido como una ostra protege a su tesoro más preciado.

Çok derin, derin, derin…

(Tan profundo, profundo, profundo, profundo)…

Derinlerimde ellerin bir armağan gibi tanrı'dan bana… 

(En el fondo, tus manos son como un regalo de Dios para mí).

Cuando la canción terminó, ella sonrió y así, con su espalda pegada al pecho de él, subió la cara y dejó un beso en la barbilla del abogado, donde existía un rastrojo de bello que le confería dureza y hermosura. 

Él frunció el ceño al sentir el beso, ella le había sorprendido. 

Y antes de que ella retirara la cara, él la atrapó con su mirada.

De todas las veces que se habían contemplado, esa fue la más significativa para ambos. Se miraron con intensidad, una de la que al principio pudieron renegar, pero que ahora comenzaban a adorar, del mismo modo que él ya la adoraba a ella y ella a él. 

George la tomó de la nuca y la besó. 

Profundo, profundo, profundo, como la canción.

Respiró, insondable, con ella en su boca, y no se apartó de ese preciado lugar por varios segundos. 

Al despegarse, George lo supo. Contempló ese brillo espectacular en el claro de los ojos de Lenis y supo que ella lo quería. Él nunca se había sentido tan bien como en ese momento. Entendió perfecto que una cosa era amar a alguien, dejarse llevar por eso, y otra muy distinta (y más poderosa) era sentirse amado.

«Te amo, Lenis», susurró dentro de su mente. Algún día se lo diría. Solo esperaba que «ese día», ella pudiese agraciadamente escucharle.

Lenis abrió los ojos, pero no despertaba de un sueño. Eran recuerdos frescos los que no la abandonaban.    

Sentada sobre el colchón de una cama que había sido testigo de mucho llanto, esas mismas ganas de llorar regresaron de nuevo, pero esta vez no con la fuerza con la que habían salido todos los días, sino con una resignación ligera, avocada Lenis en intentar ocultarla.

Sus recuerdos la habían dejado en medio de una calle iluminada con luces ambarinas que le decían, silenciosamente, que la amaban. Llevaba soldada la canción de Cem, pero en ese momento la letra era distinta, su coro se mezclaba con el fuerte nudo en su garganta. 

Ella no podía creer un puñado de cosas, pero la más extraña, e igual de inesperada que las otras, era el dolor que un detalle tan simple, como la letra de una canción, podría causarle a una persona.

Ben seni çok sevdim…

(Te amé tanto…)

Sen oku kelimeleri gözlerimden.

(Lee las palabras en mis ojos).

La canción que veneraba a su amor como un regalo divino, de igual forma pregonaba haber amado a quien ya no está, lo que no se tiene, pidiendo ver esa verdad a través de una mirada, tercamente en su ruego por corroborar todo lo entrañable entre un par de retinas.

«Él parecía amarme de verdad... No puedo creer que todo haya sido mentira», se decía, secándose las lágrimas, sin poder parar se recordar aquellos días con George en el apartamento, luego de haber hecho el amor por primera vez. Esos deliciosos días en los que el resto del mundo no importó en absoluto, solo ellos; mismos días en los que ella se dio al completo, en cuerpo y alma, luego de haber vivido un par de años tan desastrosos, donde pensó que todos sus sueños habían sido destruidos.

Por su parte, George J. Miller salió temprano del edificio para desviarse a la laguna artificial del enorme parque que se podía ver desde su terraza. Llevaba tiempo que no iba hasta allí. Solía recorrer el sitio únicamente cuando se encontraba en medio de dilemas o casos sin resolver. El caminar por los alrededores, el paisaje, el clima, la tranquilidad del lugar ayudaban a generarle ideas, así como también, a calmar cualquier angustia.

Se estacionó, se bajó y recostó su cuerpo al barandal que rodeaba la laguna. Recordó a Lenis junto a su cuerpo en medio del salón, su declaración silenciosa hacia ella, lanzada calladamente, como un ultra secreto, directo a sus ojos. Recordó ese poderoso gris que lo había hipnotizado desde un principio, el beso en su barbilla, tan amoroso y tierno, también, el que le regaló él segundos después, rememoró la canción...

Negó con la cabeza. 

Ni en mil años hubiese pensado que se vería sumergido en semejante tesitura, añorando a una mujer y sufriendo con los recuerdos junto a ella, amarrados a una letra de un cantante que nunca se enteraría de quiénes eran ellos y el mismo que él había escuchado tantas veces sin poder imaginar que sería tan significativo.

Pero la canción tenía razón, él había amado a Lenis Evans ese día y los otros. La amaba ahora y la seguiría amando después. Y si ella no estaba dispuesta a escucharle, desearía poder decírselo a través de sus ojos en cualquier momento de la vida, desearía tener ese poder, sin embargo, se castigaba a sí mismo por no haberle dicho en voz alta ese «Te amo» aquella vez.

Suspiró y se devolvió al vehículo para retomar su camino, no quería llegar tarde a su cita.

Mientras, Maximiliano tocaba la puerta de una de las habitaciones de invitados de su gran casa.

—Adelante —dijo Lenis.

Él entró y la vio levantarse de la cama. Ya estaba vestida y... El anfitrión de aquel hogar no encontró palabra alguna, al menos, por diez segundos. Lenis se había esmerado para verse estupenda.

Max la miró a la cara. Ella se había maquillado para ocultar su tristeza, una que ella, inocentemente, pensaba que él no había notado.

Evitó lanzar un suspiro de paciencia delante de ella.

—¿Estás segura que quieres hacer esto hoy?

Ella sonrió triste. 

Fue por su bolso de mano color negro con rojo, el mismo que combinaba con el cinturón rojo en su esbelta cintura, sobre un vestido de tela gruesa manga sisa cuello en V color blanco.

Guardó su teléfono móvil y otras cosas dentro del clutch, y caminó con delicadeza sobre la alfombra de la habitación con sus stilletos negros de suela roja. 

—Sí —respondió ella simplemente, exhalando bastante aire y enderezando su cuerpo, preparándose para caminar de nuevo. 

Pero antes de salir de la recámara, ella dio un giro y miró los alrededores, las cosas que tenía, la habitación entera. Luego, recordó el abrigo negro, ya el tercer trimestre del año había comenzado y afuera, por mucha luz solar que hubiese, parecía hacer frío.

Al bajar las escaleras, ella divisó a Peter de espaldas a ellos, quien se volteó al escucharles. 

Como siempre, vestía de chaqueta negra, jean oscuro y botas. Era la primera vez que ambos se veían luego de George haberle contado todo a ella.

El agente llevaba un rostro serio, aunque con un brillo esperanzador en su mirada. 

Lenis no tenía ganas de discutir. Se acercó a él y lo miró fijo.

—Tenemos una conversación pendiente —le dijo ella.

Él no dijo nada, solo la miró por un par de segundos, asintió y suspiró.

—¿Lista? —preguntó Max detrás de ella—. ¿T.C ya está afuera? —le preguntó a Peter. —Aquel asintió—. Vamos, la audiencia comienza en menos de una hora. —Maximiliano reiteró una información que ya ella sabía.

Lenis reinició el paso hacia su izquierda en dirección a la puerta principal. Ella se detuvo un momento para colocarse el sobre todo negro, siendo ayudada por el caballeroso Max, quien después, le abrió la puerta dejando que todos lograran iluminarse por la luz de la mañana. 

Un día antes…

George estaba al borde del desespero, pero esa misma frontera le permitía mantenerse a raya en la demostración de sus sentimientos. 

Miró el reloj. Eran las ocho de la mañana del lunes. Él se encontraba en la casa de su amigo y cliente Maximiliano Bastidas, contemplando a Lenis dormir. 

El dueño de la casa entró en la habitación, cerró la puerta y recostó su cuerpo en ella, quedándose en silencio por un instante, analizando lo que tenía frente a sí.

El abogado estaba sentado en un sillón monoplaza color blanco perla que adornada la recámara, siendo uno de los colores dominantes del recinto. Ambos estaban preocupados por ella, pero la intriga de Max ante su lectura sobre lo que sucedía allí, pesaba más que cualquier otra cosa.

—¿En qué momento pasó? —habló Maximiliano. 

George no quitaba ojos de Lenis, pero escuchaba claramente la voz de su amigo.

—No sé de qué me hablas.

Maximiliano suspiró.

—Suponía que esto se trataba solo de un… gusto por ella.

George se giró para mirarle.

—Max —atajó George, cerrando los párpados, apretándolos, como petición para que no siguiera con el tema—. No sé muy bien cómo voy a resolver lo de mañana, no sé cómo entrarle a Lenis, no sé cómo hacer para que me vuelva a hablar, tan siquiera para que vuelva a mirarme. Lo que menos quiero es explicar cómo fue que… —Él tragó grueso y exhaló aire. Negó con la cabeza e hizo silencio por un momento que pareció largo—. Pensé que la jueza me daría unos días más —dijo, preocupado, restregándose los ojos con los párpados.

—¿Qué? ¿La audiencia es mañana? —George asintió con mucho pesar—. Imposible, Lenis no está en condiciones. Tenemos que buscar un médico…

—Le mostré informes médicos a la jueza, Max. —El mencionado arrugó las cejas. Ningún doctor había revisado a la secretaria, por lo que dicho informe tenía que ser falso. No debía sorprenderse, pero no pudo evitarlo—. No funcionó. Además… Smith cambió de abogado. Fue un desastre, no pude hacer nada. De igual forma, sería estúpido de mi parte darme el lujo de pensar ahora que la jueza Margareth Bader no es un hueso duro de roer. 

Max se quedó pensando en la última información.

—¿Qué abogado se buscó ese «fare» de m****a?

—A Coney.

El rostro de Maximiliano se endureció. No lo podía creer. 

Sonrió sin nada de gracia. 

—Se buscó al desgraciado de Adam Coney… —susurró el CEO. Negó con su cabeza como una señal de incredulidad—. ¿Y Peter lo sabe? 

George asintió. 

En ese momento, Lenis se removió bajo el edredón, paralizando hasta la respiración de ambos caballeros. George estuvo a punto de levantarse y salir de allí; pensaba haber roto un código de privacidad, invadiendo ese espacio que en ese momento le pertenecía a ella, pero los soñolientos —aunque sorprendidos— ojos de Lenis le detuvieron en el acto.

El abogado tragó grueso.

—Lenis, yo… ya me iba…

—No —sentenció ella con la voz pastosa por el sueño. Suspiró profundo y se levantó poco a poco hasta sentarse. Miró al dueño de la casa, quien se había quedado como una estatua, ahí de pie—. Max, si no te importa…

Él reaccionó y asintió rápidamente.

—Claro —pudo él decir. Miró a George y quiso de alguna forma que le mirase a los ojos para, imperceptiblemente, recordarle que estaría cerca, pero el abogado no apartó su mirada de ella. 

El CEO y anfitrión de aquella gran casa dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí, dejándolos solos.

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