FAZER LOGINClaudia tomó de la mano a Max y lo acercó a la otra chica.
—Max, ella es mi gran amiga Susana Williams.
Ambos estrecharon sus manos, mirándose fijo al rostro.
Maximiliano pudo darse cuenta que Susana tenía unos impresionantes ojos verdes que parecían casi irreales.
—Es un placer, Susana.
—El placer es mío.
Claudia sonrió pícara y con un tinte de triunfo en sus facciones, caminando en derredor a ellos hasta posicionarse a espaldas de la chica.
Un poco alejada de ella, le guiñó un ojo al recién llegado y se fue a prepararle su trago favorito.
***
Jefferson se encontraba bajo la ducha con las manos pegadas a los azulejos del baño del hotel, ojos cerrados y cabeza gacha, dejando que el agua le empapara al completo.
Eran las siete de la mañana del sábado. Debía salir de viaje a las diez en un vuelo sumanente corto hacia la capital. Su puesto de trabajo lo esperaba desde hace varios días.
Abrió los ojos para comprobar si el rastro de sucio que llevaba encima se había desvanecido por completo, observando cómo un vestigio de líquido rojo se mezclaba con el agua y desaparecía en círculos a través del drenaje.
Cerró los ojos de nuevo sin mover un solo músculo. Estaba cansado, la noche anterior había estado llena de adrenalina pura.
Subió el rostro para dejarse golpear por la fuerza del agua, cayendo como cascada de la lujosa mampara, haciendo crujir su cuello porque le dolía, necesitaba que la tensión dismimuyera.
Lenis estuvo en su cabeza todo el tiempo, nunca salió de allí. Hubiese preferido que ella le cortara los dedos en el momento que la tocó luego de la audiencia, para así sentir dolor físico, algo provocado por ella misma y que no fuese esa fea rabia que sentía y que parecía estarse saliendo de control.
Se enderezó, comprobó que el piso de la bañera blanca estaba limpio y miró sus manos, estaban limpias también, no había mucho rastro de heridas, a excepción de una pequeña y molesta marca en uno de los nudillos de la mano derecha, por lo que el ungüento que se aplicó antes de dormir le había funcionado mejor de lo que pensaba, incluso, mejor de lo que había visto en ocasiones anteriores.
Escuchó desde allí que su teléfono sonaba.
Suspiró, cerró el grifo del agua, enrolló su atlética cintura en una toalla y con otra más pequeña, comenzó a secar su rubio cabello. Luego, salió del baño directo a su móvil.—¿Qué pasa? —preguntó, justo al contestar su móvil.
—Todo quedó listo —informó Donald desde el otro lado de la línea.
—Ok. ¿Te aseguraste que todo está bien?
—Afirmartivo.
—¿Alguien oyó algo?
—No lo creo —aseguró su sobrino—. Tío, ha llegado correspondencia de última hora.
Él frunció el ceño.
—¿Algo importante?
—Es un reporte de seguridad. Al parecer, han dado con una información que podría interesarle.
Él movió sus cejas e hizo una mueca con la boca hacia abajo, asintiendo.
—Genial, suena prometedor. ¿Estás seguro que los hombres del jodido Embert ya no están en el hotel?
—Me aseguré de ello. Esta misiva es nuestra.
—Muy bien. Me voy a vestir. Ordena el desayuno para el comedor de la piscina. Invita a quién esté a cargo de la información y desayunemos allí.
—Enseguida. —Y la llamada se cortó.
Por alguna razón, sintió que, a pesar de su desafortunado divorcio, la ciudad le despedía con regocijo.
«Ojalá pueda regresar más pronto de lo planeado», pensó.
***
—Buenos días, señorita Evans. Espero haya descansado bien —dijo Gladis, al ver a la secretaria entrar en el área de comedor para tomar el desayuno de ese sábado.
Lenis iba vestida con un jean blanco de tubo, un suéter Cashemire azul mar y unas sandalias de corcho con cintas gruesas del mismo color del suéter.
Ya eran las 9:30 AM. Afuera, hacía un agradable sol, aunque con brisa que en cualquier momento de la tarde podría convertirse en llovizna.
—¿El señor Bastidas me acompañará hoy? —preguntó Lenis, tomando asiento en una de las sillas de madera gruesa y acolchadas de pana verde oscuro, ubicada al costado de uno de los extremos del gran mesón.
La señora Gladis no respondió de inmediato, mientras acomodaba los últimos detalles de la mesa.
—¿Sucede algo? —indagó Lenis.
—El señor no pasó la noche en casa.
—Ah... —Lenis lanzó una risita. Gladis parecía haber dado aquella información con algo de vergüenza. Lenis pensó que debía aclarar cualquier malinterpretación que se formara a partir de allí—. Gladis, no tiene importancia, no se sienta apenada por dar información privada de su jefe. Bueno, ni siquiera podría llamarse «privada» —dijo, sonriendo.
La señora Gladis se encogió ligerísimamente de hombros, miró el suelo, luego a ella.
—El señor Bastidas llevaba un buen tiempo sin salir.
—Bueno, es normal que no lo haya hecho, me consta que el trabajo lo mantiene muy ocupado. De hecho, me alegra mucho que logre divertirse de vez en cuando.
—¿Ah sí? —preguntó la ama de llaves, totalmente extrañada de oír eso.
—Por supuesto. A ver... A ver, señora Gladis, el señor Bastidas es mi jefe y estoy acá porque... porque necesitábamos aclarar algunos asuntos y porque él me ayudó en un momento rudo, le estoy muy agradecida. Me complacería enormemente que no se malinterprete mi tiempo de estancia acá.
—Por supuesto, señorita. Disculpe, por favor, no quise entrometerme. Lo que pasa es que nos preocupamos por él.
—Pero, ¿por qué? ¿Pasa algo malo?
En ese momento, el rugido de un motor irrumpió con la conversación entre la Ama de Llaves y la secretaria del dueño de la casa.
Un Maximiliano con un rastrojo de barba de un día, el cabello un poco rebelde, cayendo un mechón corto castaño y ondulado en su frente, sueter y jean negro y una chaqueta marrón en una de sus manos, entró al área de comedor con un rostro apacible: parecía descansado, a pesar de haber dormido afuera.
—Buenos días —saludó él, mientras se sentaba en su silla de siempre, a la cabecera de la mesa.
—Buen día —correspondieron ambas mujeres.
—Enseguida traigo sus cafés —anunció la señora de servicio, yéndose rápidamente a la cocina, llevándose consigo la chaqueta de su jefe.
El silencio reinó por un momento, Lenis no sabía muy bien qué decir.
—Pensé que desayunarías fuera —fue el comentario que ella emitió.
Él la miró.
En ese momento llegaron sus cafés y unas tostadas untadas con mantequilla, junto a un pequeño plato con mermelada y lonjas de queso. Aquello era solo el abreboca, ya la secretaria lo sabía.
Gladis los dejó nuevamente solos.
—Buen provecho —dijo Lenis— y gracias nuevamente por esto. —Señaló la mesa.
Max le dio un sorbo a su café y lanzó una mueca de mucho agrado.
—No tienes porqué agradecer.
—Anoche... La verdad es que pensé que me levantaría muchísimo más tarde.
—¿Y eso por qué? —preguntó el dueño de la casa.
—No podía dormir. —Ella suspiró y le dio un mordisco a una tostada.
—Ayer fue un día pesado para ti, es normal, es la adrenalina haciendo estragos. —Sonrió tras decir aquello.
Otro sorbo al café, mientras seguían esperando el resto de la comida.
Y como si la llamaran con la mente, la señora Gladis, con la ayuda de unas de las jóvenes del servicio, llevaron panqueques con plátano y crema, fresas, jugo de naranja, leche descremada, más queso y más mantequilla con mermelada.
Lenis alzó las cejas, se le hizo agua la boca. Maximiliano, quien fingía no verla directo a la cara, lo notó.
—Gladis, muchísimas gracias por este delicioso desayuno —dijo Max—. Lenis se ve encantada —bromeó con ironía.
La mencionada sonrió y negó con la cabeza.
—Aún no han probado los panqueques, no canten victoria —comentó Gladis, con una sonrisa. Adoraba cuando su jefe estaba de buen humor. Parecía que la salida surtió en él un efecto algo reparador.
—No creo que sea necesario probar algún bocado para saber que todo está delicioso, señora Gladis —halagó Lenis, haciendo sonrojar a la cocinera, quien disminuyó las palabras con un gesto de la mano, pidiendo permiso para rerirarse.
—Ella es muy modesta —le dijo Max a Lenis, empezando a comer.
Durante algunos minutos, en la estancia solo se escuchó el sonido de los cubiertos chocando contra los platos al picar y pinchar los alimentos. Lenis fue quien rompió el vació de conversa entre los dos.
—Voy a irme —anunció y Max la miró, cambiando su rostro de risueño a serio.
—¿Perdón? No te escuché bien, disculpa.
Lenis descansó los cubiertos en el borde del plato y limpió su boca con la servilleta antes de hablar.
—Me voy. Hoy mismo. Ya resolví dónde quedarme.
Max se quedó por un momento paralizado.
—¿Tan pronto? Pensé que te lo ibas a pensar un poco más. ¿Pasó algo?
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—No, nada nuevo, Max. Pero ya me siento mucho mejor, he decidido que debo buscar un lugar y si no comienzo ahora, se hará mucho más difícil. El año está por terminar, se viene mucho trabajo en el consorcio, quiero estar en la comodidad de un lugar que sea mío. Y no pretendo ofender, agradezco todo y... —ella exhaló— aún guardo muchos sentimientos pesados y dudosos sobre ese plan de ustedes. Se me hace difícil olvidar todas las veces que intenté decir la verdad de mi vida y no poder hacerlo por haber estado escondida, por temor a que me sucediera algo malo, a que Jefferson me encontrata y decidiera volver a encerrarme, mientras ustedes lo sabían todo de mí.
»Cuando decidí denunciar y buscar los servicios de George, cuando le conté todo, tenía miedo de que te enteraras, tenía miedo de perder mi trabajo por ser una empleada conflictiva. Él me recomendó que te lo dijera, por Dios. —Lenis se echó a reír sin una pizca de gracia—. Apuesto que, no solo lo sabían todo de mí, sino que hasta más cosas de las que yo puedo saber, ¿o no es así?
Maximiliano quedó verdaderamente sorprendido. Estuvo seguro que Lenis le había perdonado del todo, pero tal parecía que no.
Él asintió con una extraña sensación en el estómago.
Ella continuó:
—Me alegro mucho que hayas logrado salir de casa. Anoche vi cuando te fuiste. Imagino que saliste a soltar una cana al aire, ¿no?
«¿Qué...? ¿Qué fue eso?», se preguntó él, al extremo de extrañado.
—No sé qué decirte al respecto, Lenis, disculpa. Salí con una amiga anoche, normal. Tenía tiempo que no la veía, estaba estresado...
—No, no, no, discúlpame tú si se me malinterpretó. No tienes que darme explicaciones... A ver, Maximiliano, me encanta, en serio, que tengas de vez en cuando tus disfrutes. Sé que eres un hombre solitario, un lobo solitario. Quizás es por eso que Peter, George y tú, más allá de lo que ya los conecta, se llevan tan bien. No puedo hablar mucho de Peter, pero créeme que de George sí y me consta que es tan solitario como tú. Y eres mi jefe, trabajo codo a codo contigo y siempre me pregunté si tenías pareja, porque...
—Porque te parezco aburrido —completó él, con un rostro de resignación, junto a una exhalación nasal.
«Ojalá pudiese demostrarte lo tan "aburrido" que puedo llegar a ser», pensó Max.
Ella sonrió y negó.
—Espero que este tema no sea una pasada de mi parte. Me quise atrever a abrirme en confianza contigo luego de todos estos días acá. —Ella miró hacia la puerta de aquella sala, por donde se habían ido Gladis y la muchacha—. ¿Sabías que tu personal de servicio cree que tú y yo tenemos algo?
«¿Qué está pasando aquí?», se preguntó Max.
—Lenis, ¿hice algo malo? Bueno, a parte de... Es decir..., estás...
Ella se puso seria de repente y siguió comiendo su desayuno.
—No pasa nada malo, Max. Solo es... —Lenis lo pensó muy bien antes de intentar explicar lo que le sucedía.
Había decidido irse de allí, por lo que llamó a un hotel y reservó habitación por una semana, algo económico, que sus ahorros le permitiesen costearse. No quería trabajar para Max mientras seguía durmiendo bajo su techo y sabía que el personal lo iba a malinterpretar, confirmado por la misma Gladis hace minutos.
Además, no había perdonado por completo, aún seguía manteniendo rabia en su interior, algo que ya no quería sentir, deseaba erradicar todos esos dañinos sentimientos. Y anoche, cuando vio a Max salir y esa mañana, cuando supo que ni siquiera durmió allí, esa rabia se había convertido en algo raro, como se suele sentir la injusticia, ya que muy dentro de su alma Lenis creía injusto —y hasta incorrecto— que su jefe se fuera de juerga mientras ella seguía dolida por lo que él le había hecho; un sentimiento absurdo, Lenis lo entendía, pero lo estaba sintiendo y lo peor era que no sabía bien cómo canalizar todo eso.
Lo mejor para ella era salir de esa casa enorme, preciosa, siendo bien atendida por todos, pero tenía que irse de allí en definitiva.
—¿Me explicarás qué tienes? —pidió Max, a la espectativa de que ella dijera alguna cosa que aclarara el panorama.
Lenis dejó de comer y se tocó la frente con la yema de sus dedos.
Exhaló profuso aire y dejó caer sus hombros.
—No logro perdonarlos —confesó con amargura, terminando por cubrir su cara con las manos por un par de segundos. Max apretó la mandíbula—. Ya lo dije. —Lo miró con los ojos brillosos—. Lo mejor es que me vaya.
Él cayó por dos segundos.
—¿Te irás también del consorcio?
Ella frunció el ceño.
—¿Vas a despedirme?
—No.
—Entonces, seguiremos trabajando codo a codo.
—Mira, Lenis... —Él bufó. Quería decirle muchas cosas. Miró a la nada y negó con la cabeza, lamentándose de toda esa situación—. Solo espero que logres perdonar. Y quiero que no te olvides que a pesar de lo que sientas o creas, cuentas conmigo. —Se levantó de la silla y dejó la servilleta de tela a un lado del plato—. Jacinto vive en una de las casas del jardín. Pídele que te lleve a dónde tú quieras.
—No, llamaré un Uber.
—Pídele que te lleve —reiteró en demanda, con el rostro endurecido. —No discutamos por eso. Fue un placer tenerte acá, Lenis. Nos vemos el lunes en la oficina a primera hora. Con permiso... —dijo él, retirándose a sus aposentos.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







