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Capítulo 50 primera parte

Autor: Ranacien
last update Fecha de publicación: 2022-04-12 12:00:51

Lenis, Peter y George, de pie en medio de la sala del apartamento del abogado, se quedaron mirando entre sí, pero mayormente ambos hombres la observaban, expectantes, ante lo que ella podría decirles en cualquier instante.

Lenis miró a uno, luego al otro, estando en medio de los dos.

—Lo que ustedes me han hecho —miró a Peter—, van a pagarlo algún día. Lo sé.

Peter hizo una mueca de aburrimiento, como si se estuviese diciendo a sí mismo: “lo que faltaba”.

—Mira, Lenis —intervino el agente de seguridad—. Sí, te estábamos utilizando para encontrar a nuestro padrastro, pero si escuchaste bien lo que George te contó, podrás entender las razones…

—Nada de lo que me hicieron tiene justificación —lanzó en interrupción, girándose para verle mejor, frente a frente.

—Quizás no, pero así lo hicimos y pedimos perdón, pero parece que estás empeñada en seguir sufriendo lo que nosotros “te hicimos”, estando aún ese desgraciado de tu ex marido suelto, el imbécil de Turgut haciendo de las suyas también, peligrando tu vida y la vida de todos. —George escuchaba muy quieto las palabras del rubio, mientras Lenis, casi paralizada, con el corazón rebotando como loco en su pecho, le escuchaba de igual manera—. Sé que has sufrido demasiado, incluso, pareces haberte llevado la peor parte de las mierdas que hizo Ferit, pero ya está, ya entendimos quién eres, cómo fue que llegaste a trabajar en el consorcio, de dónde vienes, por qué cambiaste de nombre y comenzamos a protegerte. ¿Puedes tú ahora intentar entendernos, Lenis?

—¡Estoy intentándolo!

—¡Pues, parece que no! Porque aquí estás, echándonos en cara que pagaremos tarde o temprano el súper daño que te hicimos. Si es así, ¿qué castigo se merecen entonces las personas que te lastimaron durante años? ¿Eh? —George quería detenerlo, pero no lo haría porque estaba tan de acuerdo con él, que el apoyo era valioso, era lo primero en su lista; a pesar de que Lenis parecía sentir, como balas, las palabras del agente—. Max te dejó trabajar con otro nombre y apellido, has comparecido ante un juez con semejante secreto del cual Jefferson tiene conocimiento y tu abogado sabe que debe blindarse el doble cuando le toque defenderse de tu demanda, pero aun así te defiende y puedo jurar que lo haría sin descanso.

»Puse a disposición para ti el mejor hombre que tengo en la agencia, ¿y todo por qué, porque queremos seguir utilizándote? No, Lenis. Todo porque sabemos que eres una más de nosotros. Si me conocieras un poco, sabrías que mi deber es protegerte. Protegernos a todos. —Gesticuló con las manos y miró a George, arrugando el entrecejo, suspirando como muestra de cansancio y regresando la vista a Lenis, quien intentó no arrugar el rostro, tragando el dolor de garganta que un fuerte nudo le estaba provocando.

Ella miró a George y se percató de lo mismo que Peter: el abogado los había dejado solos, retirándose del sitio.

Lenis dio unos pasos, aletargada, y logró sentarse en el sillón más grande de la sala. Peter se dejó caer en uno monoplaza frente a ella.

El agente colocó sus antebrazos sobre sus muslos, postura que lo obligó a inclinarse hacia delante. Entrelazó las manos y la miró.

—Siento por todo. Además, de la forma en la que te hablé…

—Siempre me has hablado así, ahora no vengas a discuparte —interrumpió ella, con la mirada perdida. Necesitaba calmarse, porque de no ser así, terminaría llorando como una mujer débil ante uno de los jefes más toscos de los tres; así pensaba ella, y no permitiría volver a sucumbir al llanto.

Peter suspiró, su rostro estaba serio, agujereándola casi con su mirada.

—Bueno, dije lo que tenía que decir, ahora habla tú. Parece que tienes mucho qué decir. Aquí estoy —dijo Embert.

Lenis parecía perdida en un mundo aparte. El agente pudo haberla provocado para que hablase de una vez por todas, pero decidió ser paciente. Además, hubo alguien que alguna vez le aconsejó que lo fuese. La misma persona le había dicho que no se olvidara que en el fondo, quien investiga algo durante años, suele tener como virtud la paciencia. Él tenía que recordar esas palabras en momentos así de cruciales para no estropearla.

La secretaria lo miró, su rostro se mostraba determinado, curioso y un poco a la defensiva.

—¿Quién fue el de la idea de utilizarme para el plan? —Con esa pregunta, Lenis dio inicio al interrogatorio.

Peter no respondió de inmediato.

—Fuimos los tres —contestó, definitivo.

—¿Los tres se sentaron un día y dijeron: “engañémosla”? ¿Se repatieron los roles, o cómo hicieron?

—Lenis, si me lo permites, te daré un consejo: aleja de tu vida el rencor y la ironía, sobre todo cuando hables conmigo.

Ella rió sin nada de gracia. Negó con la cabeza.

—¿Y lo que has sentido tú durante tanto tiempo por mi padrastro, cómo se llama? ¿A caso eso no es rencor?

—Sí, es rencor del más puro, pero ya yo estoy manchado y no tengo salvación. En cambio tú sí, y tus manchas aún pueden ser lavadas. —Lenis apretó los dientes y apartó la mirada—. ¿Qué más quieres saber?

La mujer, otra vez miró a la nada, pero poco a poco fue enfocándose en las cosas que tenía a su alrededor. Ambos se encontrabran ajustando cuentas en terreno ajeno, y ella lo sentía tan incorrecto…

—Fue George, ¿cierto? —Peter bufó y restregó sus párpados con la yema de sus dedos—. Igual, no me lo dirás, porque lo proteges a él también, al igual que a mí —ella susurró—, igual que a todos. —Peter no dijo nada al respecto—. Hasta la madre de Max estaba involucrada… —susurró ella para sí, pero Peter la escuchó. De igual manera, él no dijo nada sobre eso.

En vez de repicarle de cualquier manera, volvió a inclinarse hacia adelante y le preguntó:

—Si estás segura de lo que dices, ¿qué haces aquí?

Lenis no le diría que ansiaba perdonar al abagogado, regresar a sus brazos y apoyarse en él mientras acomodaba su vida. En vez de eso, prefirió lanzarle una razón de la cual había pensado también, más sin embargo, aún sentía insegura dentro de su cabeza.

Lenis Evans giró su rostro para que sus palabras llegaran de forma directa.

—Estoy aquí, porque también quiero encontrar a Ferit Turgut.

***

Lenis atravesó las puertas de vidrio que separaban la terraza de la sala.

La noche apenas caía, se sentía un poco de frío y los vientos suaves chocaban contra ellos sin parar.

Lenis se cubrió de aquella temperatura con su chaqueta negra, la misma que había llevado para la audiciencia y que solo le sirvió para cubrirse de la lluvia que estaba cayendo afuera al momento de llegar al bufete más temprano.

La chaqueta era hermosa, de tela gruesa y botones al frente, un par de grandes bolsillos y el tamaño ideal para cubrir toda su ropa: su suéter azul marino y parte de su jean.

Caminó hacia la izquierda y divisó desde lejos a George de espaldas a ella, de pie, mirando el horizonte. El viento nocturno le removía un poco el cabello negro que siempre mantenía impoluto y parecía estar bebiendo algo fuerte, suponía ella que era su eterno whisky.

Caminó, sigilosa. Subió el escalón correspondiente y se acercó a él.

Entonces, lo observó durante un minuto y pudo ver a George en su mayor esplendor, en su estado natural: con aquella visión que parecía tan suya, pensando indetenidamemente y canalizando al mismo tiempo cada pensamiento para que no le afectase nada, con un plan de cómo actuar, siempre con un plan de cómo proceder a continuación, así como solía ser siempre él en su profesión, todo bajo un adorado silencio, dentro de esa privacidad que la vida le había enseñado a atesorar.

Lenis se preguntó si ella podría caber algún día dentro de ese mundo, luchando de veras por apartar el mal que él le había hecho y todas sus consecuencias.

Lo quería. No sabía que él podía o no quererla de vuelta, tampoco cuánto tardaría en perdónalo, pero estaba segura que lo deseaba a él en su vida, pronto, antes de que las palabras y el anhelo se los llevara un ventarrón creado por la incertudembre y el dolor, y antes de que ese mismo dolor se conviertiera en una práctica diaria y volviese a escapar nuevamente de todos, hasta de ella misma.

El abogado pareció haber sentido algo y se volteó.

Quedó impactado.

La chaqueta negra le regalaba una elegancia sublime, y el brillo en el gris de los ojos de Lenis se mezclaba con la iluminación de la ciudad, que a esa hora les alcanzaba.

El viento removía su cola de caballo y algunos mechones de pelo que chocaban contra su lindo rostro.

George casi no podía respirar. Sintió endurecerse allá debajo, al mismo tiempo que su boca se secaba, como si no hubiese tomado, hace tan solo segundos, su tercer trago.

Ella se detuvo por completo, manteniendo las distancias. Su expresión facial decía «expectativa», «reto», pero al mismo tiempo, «miedo».

Con sus manos, ella sostenía las solapas de la chaqueta, cruzadas delante de su cuerpo, cubriendo cualquier prenda superior que tuviese puesta.

—George… —ella respiraba con dificultad—, si vuelves a hacerme daño, por más mínimo que sea, esto se termina para siempre.

Él se puso serio.

—Soy un ser humano, Lenis. Tengo que decirte que me equivocaré muchas veces.

—Lo sé, al igual que yo, pero prefiero mil veces que cometamos juntos los errores, a algo mucho peor.

George dejó de respirar.

Dejó el vaso sobre la baranda de bloques con un ruido seco, caminó de prisa hacia ella y se estampó, uniendo su boca con la suya, atrapándola entre sus brazos.

Lenis gimió por el arrebato, abriendo su boca para dejarlo entrar, sintiendo como si sus poros explotasen tal cual fuegos artificiales, colocando sus brazos alrededor del cuello del abogado, quien parecía luchar contra la chaqueta lujosa que ella cargaba puesta.

Lenis cortó el beso y se apartó. George quedó totalmente desubicado por la interrupción.

—¿Qué sucede? —preguntó él, con un hilo de voz, casi sin aire, bastante asustado. Tenía miedo de que ella se hubiese arrepentido de ir hasta allí.

Lenis se enderzó y trató de calmar su agitada respiración. Se había excitado, se sentía al borde de un ataque por al anhelo que sentía por ese hombre, quien no se había dado cuenta de un detalle.

Lenis lo miró seria, sus ojos —como flechas— hacia el rostro de George, quien fue transformándolo al darse cuenta que la chaqueta estaba abierta.

Lenis tomó sus manos y separó las solapas de la prenda, abriéndola como una hoja de papel y descubriendo unos esplendorosos, deseosos y naturales magníficos pechos.

El abogado abrió la boca de par en par y se quedó sin aire.

—Le… —Él quiso hablar, pero parecía un adolescente, la sorpresa fue bárbara, no se esperaba aquello de ninguna manera. Pasó una mano por su cabeza y por su rostro sin dejar de comérsela con la mirada—. ¿Qué…?

Ella se acercó y colocó un dedo sobre sus labios, silenciándolo con un suave sonido de su boca.

Él apartó la mano de allí, tomándola por la cintura y besándola nuevamente, más profundo, posando —con demasiada excitación— una mano sobre uno de sus pechos, apretándolo con la misma intensidad del beso y de súbito, rodeándola con ambos brazos e incitándola a que se subiera a su regazo, ella obedeciendo de un salto y rodeándolo con sus piernas.

George los llevó hasta el mueble de madera barnizada y cojines blancos de tres plazas, sentándose con Lenis sobre su regazo, a horcajadas y sin despegar sus bocas.

Lenis lo besaba en el cuello, él también. Esos mismos besos arrastrándose por todos lados, al igual que las manos que parecían quemar y quemarse con cada exploración.

La mujer echó una mano hacia atrás y como si de malabares se tratara, se fue quitando las sandalias de corcho, desatando rápidamente las cintas azules de tela gruesa.

Hizo lo mismo con el otro calzado, haciendo que ambos cayeran, como cualquier cosa, sobre el piso entarimado en donde se encontraban.

George sobó el trasero de Lenis pensando en lo mucho que lo había extrañado, permitiéndose tener todo tipo de pensamientos crudos y atrevidos, jurándose a sí mismo hacerle cada cosa que su cabeza enlucubrara.

Cuando Lenis comenzó a desabrochar su jean azul claro y de pretina baja, él la detuvo.

—Espera… —exhaló él. Subió ambas manos hasta la cabeza de la secretaria y poco a poco, liberó su cabello de la cola, haciendo que aquella cascada negra cayese desparramada y preciosa sobre sus hombros y pecho. Él negó, incrédulo, sonriendo de medio lado, en desquicie, mordiendo su labio inferior—. Así está mejor. —Y plantó de nuevo un beso en esa boca que lo esperaba ansiosa, para abatir su lengua en duelo como si al día siguiente la vida misma se acabara.

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