INICIAR SESIÓN—Buenas tardes —saludó Lenis a la mujer con la que se topó en la entrada del edificio.
Ambas damas compartieron una mirada entre sí, pero nada de gran importancia.
Lenis saludó al recepcionista.
—Señorita Evans, qué bueno verla por acá —dijo el joven vestido con uniforme marrón oscuro con el emblema del complejo en su camisa y en su sombrero.
—Gracias. Espero te encuentres bien. ¿No sabes si el señor se encuentra en casa?
—Sí, señorita. Llegó hace algunas horas. El señor Embert también se encuentra allí.
Lenis se le quedó mirando, pero con su mente puesta rápidamente en otro lugar, en ideas y deseos que no cabían en esa recepción.
—¿Ah sí? ¿Tiene mucho rato allí?
—¿El señor Embert? Algunas horas, sí.
—Muy bien.
—¿La anuncio?
—No, no hace falta. Gracias.
El muchacho dudó por un momento, pero ella también era inquilina, a pesar de no haberla visto durante algunos días, por lo que le parecía ilógico avisarle al señor Miller que ella iba subiendo, si ambos vivían juntos.
Lo dejó pasar y siguió en sus tareas de recepcionista, mientras Lenis se acercaba al área de ascensores.
Cuando Lenis llegó, la mujer que se había topado con ella, regresó y parecía un poco apurada, o al menos, el aliento se le había escapado.
Lenis arrugó el rostro y sonrió, extrañada y divertida, porque la dama en cuestión parecía jocosa.
—Se me quedaron las llaves del carro dentro del apartamento —explicó la mujer recién devuelta.
Lenis asintió y miró al frente.
El asensor llegó y ambas se montaron.
Usualmente, aquel complejo era callado y tranquilo. Los habitantes no solían toparse mucho entre escaleras o asensores porque, por obra del destino, no solían coincidir. Casi siempre por trabajo, ocupaciones varias, viajes, o porque aquellos apartamentos, en su gran mayoría, pertenecen a personas que los usan solo fines de semana u ocasiones alternas en el año. A Lenis, a pesar de haber frecuentado el edificio durante tan poco tiempo, conocía bien estas características y le pareció una novedad encontrarse con una inquilina.
Lenis alzó la mano en señal de saludo.
—Soy Lenis Evans —le dijo a la otra persona, quien se sorprendió un segundo, para luego entender la cortesía y entrechar la mano.
—Cindy D’Vigo. ¿Tienes tiempo viviendo acá?
Lenis, ya con las manos desligadas, sonrió triste.
Miró a la nada, luego al frente, después, al marcador del piso encima de las puertas.
—Viví poco. Ahora… intentaré volver.
La hermosa mujer de cabellos caoba y amable sonrisa, se intrigó.
—¿Buscas piso acá? Oye, ¿no serás tú parte de la familia Worth? —Cindy sacó de su bolso de mano, un pequeño maletín de cuero marrón que combinaba con sus botas hasta la rodilla, colocadas por encima de un jean azul claro y una franela negra de mangas cortas. Tecleó rápidamente en la pantalla y dijo—: Quedamos en vernos mañana domingo —acotó, extrañada.
—No, no, no, creo que hay una confusión. —En ese momento el asensor llegó a su piso—. Bueno, fue un placer… —Las palabras de Lenis falsearon al ver que la dama que la acompañaba en el viaje, también se bajaba en el mismo piso.
Lenis miró rápidamente a su alrededor. Cada edificio tenía dos apartamentos por piso, a parte de las escaleras de emergencia y el cuarto de basuras que solo consistía en un pequeño cuarto con un bajante donde los inquilinos depisitaban los desechos guardados en bolsas. Por eso, la enormidad de cada departamento; como casas.
Cindy caminó hacia un pasillo que estaba ubicado al sureste del área de elevadores. En diagonal norte: la puerta del apartamento de George.
El celular de Lenis empezó a vibrar dentro del maletín blanco.
—Pensé que eras tú quien venía a ver mi apartamento —le dijo aquella dama con un poco de risa acumulada por haberse confundido, pensando que igualmente había subido para verlo—, pero puedes echarle un vistazo sin problemas, no me gusta hacer esto con previa cita y bueno, ya el apartamento está casi prometido, pero aún no es seguro…
—Disculpa —Lenis la cortó, sacando el dispositivo móvil y viendo que se trataba de T.C.
Lenis apretó el botón rojo y oscureció la pantalla, suspirando.
Cindy notó que no quiso contestar.
—¿Problemas? —preguntó, sonriendo pícara.
Lenis sinrió por las enlucubraciones de la recién conocida.
—Espero que no —respondió la secretaria—. Fue un placer conocerte, Cindy.
Lenis giró su cuerpo y caminó hacia la otra puerta, pero la mujer con las botas hasta las rodillas, la detuvo.
—Espera…, ¿vives allí? —Cindy preguntó aquello con un deje de risa.
Leny podía jurar que aquella dama estaba casi segura que se había equivocado de piso.
La secretaria la miró y Cindy vio que sus ojos cobraron un brillo casi enceguecedor.
—No, actualmente no vivo allí, pero… intentaré regresar —le dijo al seretaria, como una confidencia silenciosa hacia otra fémina que tal vez pudiese entenderla, sintiendo una emoción llenarle el pecho porque ya había llegado, ya estaba allí y no daría marcha atrás.
La cara de Cindy se transformó de inmediato. Ese rostro jovial y sincero, casi en broma y contento, pasó a estar serio en cuestión de segundos, tan huraño y seco, que a Lenis solo le faltó echar un paso hacia atrás por la sorpresa. O el susto.
—¿Viviste allí? —preguntó Cindy en un hilo de voz—. ¿Con el abogado George J. Miller?
Lenis arrugó el entrecejo, intentando no dejar de sonreír, sin mucho éxito. Parecía que la mujer que se dirigía al otro apartamento había visto un fantasma.
—¿Sí? —respondió Lenis—. Ehh… —Miró hacia la puerta de George, imaginando que, si aquella era dueña de la única vivienda que compartía el piso diez con Miller, claramente debían conocerse. Sin embargo, prefirió preguntarlo directamente—. ¿Conoces a George?
Cindy, al escuchar la pregunta, despertó de su veloz viaje mental, tratando de imaginarse a George con la mujer que tenía de frente.
—Mmm…, no mucho, no vivo en el país desde hace varios años —mintió D’Vigo—. Bueno, te dejo, debo ir por mis llaves, voy tarde a un compromiso.
—Oye —atajó Lenis. Por alguna extraña razón, tal vez por esa carencia de amigas, sintió empatía con la mujer de las botas—. Si logro regresar, ¿te gustaría compartir un café conmigo?
Cindy tragó grueso como si en verdad pudiese hacerlo, preguntándose cómo lo logró, ya que la información de que aquella dama había vivido allí parecía haberle cerrado la garganta casi por completo.
—Muchas gracias por la invitación. Y sí, me encantaría, pero estoy vendiendo el piso y no vivo acá.
Lenis hizo una mueca de haber entendido, pintada con un ligerísimo lamento por pensar que podría tener a alguien de su mismo género con quien conversar. Había pasado mucho tiempo que ella no extañaba eso, la amistad, la confidencia con alguien que no fuese una casera octogenaria, un jefe, un abogado, un agente o un guardaespaldas.
—Bueno, que te vaya bien —deseó Lenis—. Ojalá logres una buena venta.
Cindy asintió, ya no pudo hablar más. Se giró, se alejó y se perdió por el pasillo que la dirigía a su apartamento.
La secretaria sonrió de medio lado, una mueca triste, y caminó hacia la puerta de George J. Miller, batallando con la ansiedad, los nervios, las rabias que necesitaba erradicar y los recuerdos. No se había olvidado que él no estaba solo y esperaba poder hablar también con quien lo acompañaba.
Suspiró y exhaló bastante aire, cuando su móvil volvió a vibrar.
Contestó.
—¿Señorita Evans? —escuchó.
—Sí, T.C, ¿quién más podría ser? —susurró para no ser descubierta antes de tocar el timbre.
Ella no sabía en qué parte del apartamento podría encontrarse George. Además, de seguro ya las cámaras frontales la abrían captado y la secretaria no estaba por saber si por alguna extraña casualidad, él las estuviese viendo, o quizás lo hiciera el paranoico de Peter Embert.
—¿No leíste la nota que te dejé? —preguntó ella.
—Señora, sé que usted tiene autonomía, pero yo cumplo órdenes. Me obliga a cambiar mis métos de vigilancia una próxima vez. Si el señor Embert se entera…
—El señor Embert se encuentra acá con George. Aún no lo he visto, pero estoy a punto de toparme con él y con el señor Miller, por supuesto. Así que quédate tranquilo, yo abogo por ti.
T.C exhaló profuso aliento.
—Pero ¿por qué no me pidió llevarla, señorita Evans? Ya mismo voy saliendo para allá.
—No hace falta, T.C. —Ella tragó, un poco asustada—. Bueno, aún no hace falta. —En ese momento fue cuando ella comenzó a tener nuevas dudas de lo que estaba haciendo.
—Si requiere que la ayude en algo, solo llámeme —le dijo él con un tono de voz que claramente le decía que, si no salían bien las cosas, contara con él.
Ella sonrió, agradecida por el apoyo.
—Disculpa haberme ido así, pero era necesario. Entiéndeme, por favor.
El guardaespaldas suspiró.
—Estaré atento a su llamada, señorita Evans.
Ambos colgaron y Lenis entonces, miró la gran puerta de madera.
Tocó el timbre.
George arrugó mucho las cejas al escuchar que alguien tocaba su puerta principal. Generalmente le avisarían desde recepción que alguien estaba de visita.
—¿Qué hora es? —le preguntó a Peter, levantándose del sillón de madera con cojines blancos, ubicados en la terraza exterior.
—Casi las séis de la tarde —respondió el agente, mirando su avanzado y tecnológico reloj de muñeca.
—¿Será la administración? —le preguntó a su amigo, pero en cierto modo, la pregunta iba dirigida a sí mismo.
Peter hizo su mueca otra vez de no saber. George caminó, atravesó las puertas de vidrio y se dirigió hasta la entrada principal de su piso.
La mano de Lenis quedó en vilo, a punto de volver a tocar, cuando la puerta se abrió.
George se paralizó, abrió mucho los ojos.
—¿Lenis? ¿Qué…?
Se suponía que ella debía explicar de inmediato qué hacía allí, pero no pudo. George J. Miller parecía una brisa imponente que estuvo a punto de tumbarla por la impresión.
Su rostro sorprendido por verla.
Esos ojos ámbar cobrando un brillo espectacular al verla.
Su boca abierta ligeramente, congelada, luchando por no sonreír de buenas a primera por… verla, por verla allí, de pie, frente a su puerta.
Y la ropa que cargaba: una franela blanca manga corta cuello en U, un jean claro a la medida, su cabello un tanto desordenado, pero que le confería sensualidad a todo su rostro, era un completo y sexi espectáculo.
Y su nombre en los labios…
«Lenis, Lenis, Lenis…»
Un impreisonado Lenis, anonadado nombre, anhelante, emanando de esa boca que ella tanto había probado.
—Por favor, pasa —dijo George, echándose a un lado. Miró detrás de ella—. ¿Y T.C?
Ella pasó y esperó que aquel cerrara la puerta.
Ambos quedaron uno frente al otro, muy cerca, mirándose a los ojos y detallando también otras partes de sus rostros.
—Le engañé —le respondió ella a él.
—Lenis… —emitió George con un quejido.
—Acabo de hablar con él, no te preocupes.
—Sabes que Peter le reprenderá, ¿no?
—Sí, y también sé que él está acá. Le prometí a T.C que intentaría lograr que Peter no le regañara. Además, no es su culpa, preferí venir sola. —Lenis pudo decir aquello, mirando hacia cualquier otro lugar, pero no pudo despegar sus ojos de George.
El abogado quedó estancado en los ojos grises de ella.
Miró rápidamente su atuendo.
—Estás hermosa —dijo en voz baja, de forma directa y muy sincera.
Estaba encantado con esa cola alta que se había hecho y la forma cómo se le veían los senos dentro de ese suéter color azul intenso. Todo se le veía estupendo.
Miró su maleta blanca. Se atrevió a tomarla.
—Dame, debe estar pesada —dijo, quitándosela sutilmente de las manos.
Ella negó con la cabeza, pero cedió ante la muestra de caballerosidad, algo que siempre le había fascinado de él.
—Gracias.
Él caminó —con el corazón acelerado— hacia la encimera de la cocina y dejó la maleta sobre una de las sillas altas ubicadas alrededor.
Le dio la espalda a Lenis por un segundo, agarrándose de los bordes de la silla. Suspiró, volteándose.
—¿A qué viniste, Lenis?
Ella quedó sin poder hablar por un instante, mirándole a consciencia.
El nudo en la garganta comenzaba a formarse, pero nada más allá que los nervios haciendo estragos con su alma.
A punto de responder, ambos escucharon el carraspeo de una garganta.
—Hola, Lenis.
Ella volteó hacia Peter y se despegó de George, quien apretó los párpados sin poder creer que tuviesen interrupción dentro de su propio apartamento.
—Peter —dijo ella, bajando el escalón que separaba la cocina de la sala, para acercarse a él—. T.C no tiene la culpa de nada, quise venir sola. Yo le engañé para lograrlo. Por favor, no lo vayas a amonestar, te lo pido. Él es un gran sujeto y hace muy bien su trabajo.
Peter colocó cara de incredulidad.
—Si hiciera bien su trabajo, no estarías acá sola.
Ambos compartieron una mirada retadora, mientras George los miraba con los brazos cruzados y las piernas separadas, aún de pie, sobre el escalón de la cocina.
Ella negó, lamentando lo que acababa de escuchar.
—¿Siempre eres así? —le preguntó ella con los ojos entrecerrados.
—¿Cómo? —indagó Peter.
—Insoportable.
George apretó los labios evitando sonreír y mirando para abajo, luego a ellos, divertido porque el grandulón de Peter parecía también haber caído ante los encantos agradables de la secretaria y sin pensarlo, se sentía un poco esperanzado. Más allá de que ella lo fuese a buscar, de que se había molestado para ir a verle, el hecho de que ella hiciera bromas, le daba un sentido bueno a todo lo que había ocurrido alrededor de ellos.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







