INICIAR SESIÓNLenis encegueció a George con una sonrisa, luego que él soltara su cabello.
El abogado le correspondió mostrando sus dientes como nunca, sosrpendiendo a Lenis de lo hermoso que él se veía cuando mostraba sus perfectos dientes por alegría, cuando lo hacía sinceramente, de par en par, cuando se daba a sí mismo.
Aún a horcajadas sobre él, con la inmensidad de la ciudad, algo lejana, pero cubriéndolos, estrechó su boca contra la de él en un beso abrazador que hizo que las pieles de ambos se erizara.
La secretaria echó sus manos tras la espalda de George, encontró el borde de la franela blanca y la subió, ayudándola él a ella también con el cometido de quitarse por completo la prenda.
Y así, como un coctel bajo la luna, las telas salieron de sus cuerpos, cayendo al suelo una a una, algunas a la par de otras, hasta quedar desnudos…, hasta que el abogado, con su mirada penetrante, seria y ardiente, tomó su miembro con una mano y lo acomodó en aquel centro tan deseado por él, tan anhelante de ella, entrando…, entrando profundo, disfrutando el viaje de cómo una estructura humana puede generar, con tan solo un movimiento, hacer sentir la gloria.
Luego, un duro empuje de él, comprendiendo por fin lo que estaba sucediendo.
Lenis echó para atrás su cuerpo y comenzó a bambolear sus perfectas caderas, mientras George se mordía los labios, viendo cómo la tez de esa hembra con la que se acostaba, llevaba la piel a punto de explotar.
Movimientos y gruñidos, jadeos y gritos…, el sudor batallaba contra el viento nocturno, evaporando algunas gotas que se atrevieron a caer sobre ellos, provocando una escampada, haciéndose invisibles ante el resto del planeta, o haciendo que el planeta alrededor no fuese nada.
George se ancló al trasero de Lenis, que en ese momento, mientras ella se desinhibía sobre él, permanecía empalada hasta el fondo por el falo de ese lujurioso macho.
La secretaria se anclaba a lo que fuese. Mirándo a los ojos, enterraba las uñas en el cuero cabellodo de él, o se sostenía de sus musculosos hombros, aunque por momentos también, de uno de los posabrazos, colocaba una pierna sobre el cojín blanco para un mejor movimiento, añadiendo más velocidad.
Lenis se desconectó, se levantó, giró su cuerpo y vuelta a empezar, de espaldas sobre él, quien se volvió loco, disrutando de todo un espectáculo, gozando por la forma en la que esa mujer se lo follaba con verdadera excitación, buscando su propio placer.
Él la acercó a su pecho, amasó sus senos sin que ella se detuviese, agarró su cabello, arrugñandolo en un puño, colocó su boca en el oído de Lenis para jadear con ella, volverla loca, darse cada vez más, sin parar de moverse, de saltar, ¡de vibrar!
Las respiraciones estaban demasiado aceleradas, parecía que ambos iban a volar, sentían el cielo cerca, las estrellas parecía bajar, estaban a punto, a punto de acabar, de llegar, ¡de explotar!
Lenis no aguantó más, desquició sus movimientos y gritó al viento sin importarle nada, y George no se quedó atrás, sintiendo cómo las paredes íntimas de Lenis se lo llevaban lejos, succionándolo, volviéndolo loco a él también, buscando, buscando, socavando, apurando el paso y… acaban… acaban… acabando.
Él dejó caer su cuerpo sobre el espaldar del sillón, ella sobre el pecho de aquel. Ambos cerraron los ojos y se hizo el silencio.
La sed era tan alta, que no se atrevieron a hablar, aunque pudiesen hacerlo.
Ambos se quedaron conectados por varios minutos, intentando normalizar la respiración. George pasó sus brazos alrededor de la ciuntura de ella, sobando todo lo que encontrara a su paso.
Si decirle nada, él acaricició el esternón, los sensibles senos, haciéndola sisear un poco. Pasó sus manos sobre su cuello, acomándole el cabello —que parecía empapado de sudor— a un costado y plantó besos en la parte libre de la nuca, dusfrutando de su piel, ella de él, provocando que Lenis liberara tenues sonrisas por lo agradable que se sentía todo lo que él le estaba haciendo.
Como si nada, George apretó la mandíbula y exhaló profuso aire, haciendo sentir a Lenis cómo su miembro volvía a endurecerse.
La mujer abrió los ojos y movió su cuerpo para poder mirarle. Los ojos de George parecían haberse iluminado, pero ella sabía que no era por lo que había pasado entre los dos, sino por la expectativa y el deseo de lo que pasaría a continuación.
Entonces, afilando la mirada y combatiendo ese eterno sonrojo que a ella, la pena, le echaba sobre sus mejillas, se despegó de él en todos los sentidos y se giró por completo, poniéndose de pie.
Él frunció el ceño y le hizo una pregunta silenciosa.
Ella le acarició el cabello con una mano, como si él fuese una mascota muy adorada en aquel hogar. Y si ella se ponía a pensar en algo parecido, no se escaparía de su próxima realidad.
La secretaria se agachó lentamente, tomó un cojín y lo tiró al suelo en medio de los pies descalzos, sin quitarle ojos de encima a ese hombre que la esperaba y que iba transformando su cara, de extrañeza a contentura, al darse cuenta de lo que ella, en breve, le haría.
Agachada, mirando para arriba, acercó sus manos y boca al miembro sensible, con olor a ella y nuevamente erecto y atravesó con él sus labios, saboreándose a cabalidad y sonriendo, estando ocupada para hacerlo al ver cómo los ojos de George se reviraban por la exquisita sensación que ella le provocaba.
Ella lo sacó, se echó a reír…, volvía a introducirlo, lo estimulaba y excitándose ella también durante cada movimiento, llevó a George al cielo de nuevo, o nuevamente acercó las nubes a ellos, matándolo a placer.
Las manos de él viajaron al cabello ondulado de la mujer y se quedaron ahí en el momento más álguido de todos.
—Lenis… —Ella no se detenía, quería sentir su esencia derramándose en su boca—. Lenis, preciosa, no lo hagas. —Ella no le obedeció en ningún momento y él tampoco puso gran empeño para detenerla. Las palabras se las había llevado el viento—. Oh…, por Dios… —Una fuerte sensación que subió desde los pies hasta el cerebro experimentó a George y le hizo ganar espasmos que se convirtieron en lava ardiente, rellenando el interior de Lenis como un delicioso dulce.
Las venas en los brazos de George se marcaron.
Él casi saca sangre de sus propios labios al apretarlos.
El sudor emanó como río sobre su frente, luego un mareo momentáneo, un gruñido y todo terminó, respirando fuerte como si acabara de salir del agua y no pudiera ver nada a su alrededor.
Lenis se enderezó y limpió sus labios con la yema de sus dedos y sonrió, aunque no podía pretender que no estaba excitada, cuando su cuerpo seguía encendido en llamas.
Él abrió los ojos, casi asustándola por la determinación que había en ellos.
El abogado elevó el dedo índice y lo removió, diciendo:
—Eso fue… —casi no podía hablar— espectacular. —Tragó grueso para calmar la sed.
Ella sonrió de medio lado y se colocó de pie nuevamente. Ofreció su mano y él la tomó, preguntándose qué podría querer: no era más que una invitación al interior del apartamento.
El dueño de aquel lugar no lo pensó dos veces. Abandonaría aquel paisaje con su brisa, si adentro podría disfrutar de ella todas las horas que pudiese.
Imnotizado, se dejó guiar, contemplando a Lenis totalmente desnuda, caminando delante de él. Aún no salía de su asombro. No solo había vivido para ver a una Lenis Evans desinhibida, también descalza, algo que le costaba mucho a él conseguir.
Así mismo como se lo propusieron, incluso más allá de lo esperado, hicieron el amor toda la noche en la habitación de George, también en la preciosa ducha que él se gastaba, y durmieron juntos, relajados, bien pegados, como si uno fuese el salvavidas del otro y viceversa.
***
Peter estacionó la camioneta negra mate a las afueras de “La Nave”, como le decían él y sus compañeros de trabajo al gapón donde se ubicaba la agencia de seguridad.
Al entrar y cumplir —como siempre— con los protocolos para ingresar, encontró a la agente Jaya Thakur sola, frente a una serie de pantallas y computadores.
—Hey —saludó él—, aquí estoy, ¿qué pasó?
La mujer, vestida de jean, una gran y gruesa chaqueta negra para protegerse del frío del lugar, botas militares y el cabello negro recogido en una cebolla, tomó un sorbo de su té helado y se giró hacia su superior, entregándole una hoja.
—Este es el reporte de Jefferson, entrada y salida del hotel.
Peter leyó y asintió.
—¿Qué sucedió? ¿Llegó a la capital?
—Afirmativo —respondió ella, entregándole otra hoja—. Este es un reporte de terceros —es lo que ellos le llamaban a personas que no eran el objetivo, más sí acompañantes neutrales o colaterales— de la señorita Fedora Lugano, su acompañante la noche anterior. Vea por usted mismo lo que escribí en el informe.
J.T activó un vídeo en la pantalla más grande.
Ambos vieron a la mujer, hija de un contratista (la misma dama que acompañaba al asesor del gobernador en la cena de hotel donde recibió la solicitud de divorcio y la demanda por acoso), llegar al hotel en un taxi, bajar de él, luego se otra cámara la mostró llegando a la de recepción y después retirándose de allí hacia el área de los asensores para luego subir.
Posterior a esas grabaciones, se activó otra cámara ubicada en el pasillo donde se encontraba la puerta de la habitación del ex esposo de Lenis, quien abrió, dejando visible parcialmente su perfil, hasta que la mujer entró y la puerta se cerró.
—Muy bien —dijo Peter—, ¿pero qué queremos ver, qué se grabó?
—Ciertamente nada, jefe —Peter arrugó las cejas—, porque la señorita Lugano nunca salió de la habitación, ni tampoco del hotel.
Embert elevó las cejas y susurró un “vaya, vaya”, mientras la agente seguía reportando.
—Tuvimos fallas en la grabación posterior a la nuestra, estoy investigando por qué, pero en las demás tomas, ella nunca abandona el sitio y me percaté que no hubo interferencia, daños en la imagen o cambio de la misma.
Peter siguió mirando la pantalla, extrañado por el fallo en la grabación y que no sucediese igual en las demás cámaras.
—¿Cómo son esas habitaciones? —indagó él.
J.T ubicó rápidamente planos de la estructura y descubrió que algunas de las recámaras de ese piso eran compartidas.
Corrió a revisar el sistema de cámaras, hasta encontrar la de un pasillo aledaño y que apuntaba a la puerta de la habitación anterior.
Entonces, con horror y al mismo tiempo sorpresa, ambos vieron cómo Donald sacó una gran maleta con ruedas de allí y la fue llevando, con un poco de dificultad por el peso, hacia el exterior de otra parte del pasillo.
—Envía ya una comisión al hotel —comandó Embert.
—Enseguida, señor. —Ella tecleó y avisó a las personas indicadas, imprimió los documentos pertinentes y se preparó para ser parte de aquel operativo, sintiendo la sangre correr veloz por sus venas gracias a la emoción proveniente de aquella misión.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







