INICIAR SESIÓNEl agente Peter Embert caminaba junto al gerente del hotel, un hombre alto delgado, con modales exquisitos, experto en el ramo de la hotelería, cabello corto y canoso y mirada perspicaz, alejándose ambos de la habitación que ocupó Jefferson Smith.
Peter había aparecido con su credencial de inteligencia, algo que no muchas personas sabían sobre su biografía laboral y currículum, junto a J.T y otros tres agentes máscumpliendo acciones de protocolo, con una orden de registro que le permitiría acceder a la famosa habitación. —Muchas gracias por preferir la discreción, señor Embert —decía el gerente del hotel a un agente que le asentía a las palabras—. Estamos bastantes sorprendidos por lo que nos mostró a través de sus cámaras, su equipo de trabajo puede revisar el resto de las nuestras sin ningún problema. —Perfecto. Igualmente, gracias por mantener en silencio este tema. Aún no hemos recibido reporte de desaparición de la señorita Lugano y ya el señor Smith debe compadecer ante un juzgado por denuncias de abuso físico y psicológico en contra de su ex esposa. —El gerente lamentaba lo que oía, negando con la cabeza—. Nuestro equipo solo buscará evidencia o rastros de violencia. Son expertos en este tipo de requisas, dejarán el lugar como si nadie lo hubiese tocado, ni ni siquiera el mismo asesor. —Se detuveron en el extremo del pasillo, ya que se encontraban alejados de la revisión que se realizaban en el lugar—. Permito que luego de esta investigación, si las demás cámaras del hotel nos regalan algo interesante, nos permita acercarnos de nuevo al recinto.—No hay problema, investiguen todo lo que deban. No permitiré que la reputación del hotel se vea manchada con algo así, y sé que ustedes son los mejores. Me ha agradado mucho el enlace que han tenido entre nuestra seguridad y algunos eventos.Peter asintió, mirando hacia la izquierda donde se encontraba la puerta cerrada de la habitación que en ese momento tenía a un equipo dentro revisándola al completo. —En cuanto a ese tema, nosotros sabemos que el personal de seguridad de Smith es totalmente ajeno al de ustedes, pero que también hubo articulación entre ellos. ¿Se trató de personal seleccionado? —Sí, señor —respondió el gerente.—Bien. Hablaremos con cada uno de ellos el día de hoy. Y descuide, sabremos manejar la situación para que no se filtre fuera de las inmediaciones del hotel. Lo que pido recomendarle es no alquilar esta habitación por lo menos un par de días más, ¿podrá colaborarnos en eso?—Es lamentable que debamos hacerlo, pero por supuesto que sí, solo infórmenos de cuándo podríamos ponerla a funcionar y así lo haremos, no hay problemas.—Muy bien. Es un placer trabajar con usted —dijo Peter, dándole la mano. El gerente la estrechó, enérgica. —Para nosotros lo es también. Me retiro. Con su permiso…Peter asintió y caminó hasta el sitio, abrió y cerró la puerta tras de sí. —Jefe —se acercó a él uno de los empleados suyos de protocolo investigativo, un joven asiático que no llevaba más de un año trabajando con la agencia—, efectivamente, esta recámara es compartida, son dos en una, y va incluída dentro del mismo contrato de alquiler. La habitación siguiente, que pertenece a la puerta anterior en este mismo pasillo, se supone debía ser para el personal del asesor, donde ellos instalarse y así estar todos cerca. Fue por allí donde Donald sacó a la presunta desaparecida dentro de la maleta que se vislumbra a través de la cámara. —Eso quiere decir, que sabían de la existencia de nuestro dispositivo.—Así me temo —intervino J.T—, pero aun así, Smith, al dejar ver su rostro, usa dicho moviento como una táctica que se escapa de mi comprensión; además de no considerar la cámara del hotel que logró capturar a Donald. Ya sabemos que el fallo no es de nuestro dispositivo, sino de la información que podría estar manejando la seguridad de Smith, en vista de haber dejado tanta revelación a nuestra mano. Peter hizo silencio por un pequeño instante. Luego, lo rompió, diciendo: —¿Aseguraron que Jefferson sigue en la capital?—Así es —contestó J.T—. ¿Estás listo? —le preguntó ella al tercer hombre de protocolo. Aquel asintió, la mujer apagó todas las luces, persinas y cortinas cerradas previamente, y encendieron lámparas ultravioletas.Nadie se movió para observar todas las cosas que les rodeaban, dándole el vistazo primario a cada objeto y enfocar la vista sobre lo que les pareciera extraño. Todos los presentes estudiaron la escena, la cual parecía impoluta, casi premio Gold en la limpieza, pero sabían que algunas evidencias no podrían ser cubiertas ni siquiera por una exhaustiva lavada. Peter y J.T caminaron lentamente, viendo todo con cada paso que daban, hasta llegar a la cama. Embert presentía algo y tenía la certeza de no ser algo bueno. Caminó alrededor de la cama y la miró exhaustivamente.Se agachó, quitó el cubrecama blanco sorprendiendo a los presentes con el movimiento.—¿Qué hace, jefe? —preguntó J.T. Esa interrogante se respondió sola al mostrarse ante ellos una pequeña mancha en el colchón que evidentemente reveló la luz ultravioleta. Al parecer, la misma había sido lavada intentando ser quitada al completo. Al apagar los focos y encender las luces de la habitación, pudieron comprobarlo: no se veía absolutamente nada bajo el ojo común. Peter suspiró, colocando las manos en jarras, haciendo que su chaqueta negra se abriera de par en par con el movimiento. —Joder —susurró para sí. Salió de la habitación buscando privacidad y así ppder hacer una llamada. ***No había sonido alguno, ni un pájaro cantando, ni el aire acondicionado encendido, tampoco algún reproductor de audio u otro aparato cercano, nada… nada más allá de las respiraciones de George y Lenis, durmiendo sobre el gran colchón desordenado del abogado.
Ese silencio especial, más el cansancio natural de la noche y todo lo que hicieron, los agotó a tal punto, que se quedaron extra de dormidos hasta bien entrada la mañana. El abogado se removió lentamente, pasó sus manos por su rostro intentando desperezarse y volteó hacia el lado derecho de su cama, encontrando a una hermosa fémina llamada Lenis Evans acostada boca abajo, como ella solía dormir cuando quedaba rendida, desnuda de la cintura para abajo, dejando descubirta su espalda y con el cabello negro, largo y ondulado desparramado sobre… la propia cama, porque George no veía almohada bajo su cara, al parecer, se había caído al suelo al otro lado de la cama.Sonrió de medio lado. Quizo acomodarla. A pesar de ver que nada le incomodaba, le preocupaba que ella desarrollase algún dolor en el cuello o en el rostro, ya que parecía tener parte de las sábanas arrugadas bajo su mejilla. Él sabía que quedarían marcas de la tela sobre la piel.George se echó a reír al pensar en eso, aunque de manera silenciosa. Ella tenía un poco su boca abierta, sus preciosos labios estaban separados ligeramente y la mejilla izquiera presionada, dándole una imagen de comedia, pero aun así —y según él—, poniéndola más bella que nunca con esa especie de puchero que la enternecía, incluso.Él movió su cuerpo para empezar a acomodarla, sin intenciones de despertarla, pero su teléfono vibró. Estiró la mano rápidamente para que la vibración no la molestara y agarró su teléfono de su mesa de noche. Era Peter. Le dio al botón rojo para no contestar allí y así dejar dormir a Lenis. Se levantó y así, completamente desnudo, se dirigió a su despacho. Caminando al sitio, vio que tenía varias llamadas perdidas de Embert. El asunto debía ser muy serio, sabiendo —el agente— con quién estaba él en el apartamento.Entonces, llamó.—Hey, ¿qué sucede?—Te he llamado demasiadas veces —se quejó Peter—. Parece que Jefferson mató a alguien. George detuvo sus pasos ya estando dentro de su oficina, la cara de poker aflorando, automática.—¿Sabes a quién?—Sí. A Fedora Lugano. Ella entró al hotel y no salió. Hay un registro, no es muy bueno, donde Donald saca una maleta grande, parecía pesada, desde una habitación aledaña a la de Smith. Las habitaciones de este piso son compartidas. Pensábamos que habían detectado nuestra cámara, que la habían manipulado, pero no, todo está perfecto. Lo que sucedió fue que nunca sacaron a Lugano por la puerta por la que entró.George se sentó en su silla detrás del escritorio.—¿Ya la reportaron como desaparecida? —No, pero trabaja en la contratista de su padre, eso no tardará en suceder. —Imagino que a esta hora, Jefferson ya sabe que lo van a buscar por asesinato.—Estuvimos interrogando al personal que se articuló con el de él. Tenemos nuestras sospechas, pero lo más probable es que sí, ya él lo sabe, y fue uno de esos empleados quien se encargó de informarle antes de nuestro interrogatorio.George conservó el silencio por un par de segundos.—No le digamos nada a Lenis todavía. Cuando refuerces su seguridad y no le parezca bien, en el momento que me lo reclame le echaré la culpa a tu paranoia.—Joder, sigues siendo el mismo imbécil de siempre. —Miller sonrió y se recostó en la encimera de la cocina, ya se había movido de allí motivado por la ansiedad que le había generado la información—. Una línea menos… —comentó el agente—. Jefferson no se salva de esta, supongo.—No. —Se hizo un breve silencio en la línea—. Es lamentable que haya sucedido algo así, pero…—No lo sientas, Miller. Sí, es lamentable lo de Lugano, pero ese idiota fue quien sacó a Turgut de aquí, a uno de los más grandes estafadores del país y ambos le hicieron mucho daño a Lenis. Merece la cárcel como mínimo y tú eres quien los va a encerrar. Tú.Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







