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Capítulo 55 segunda parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-18 05:02:17

—¿Estoy metida en un problema, abogado? —preguntó Seda al otro lado de la línea.

George sonrió.

—Negativo, señora Seda. La llamo por un asunto personal.

La mujer, quien se encontraba de pie moviéndose de un lado para el otro en el salón improvisado, construido con toldos y tarima de la más fina en el jardín de su mansión a las afueras de la ciudad, vestida con un lindo atuendo veraniego color blanco con detalles floreados, pero de mangas largas y talle largo, ya que el mes y el clima fresco lo ameritaba, le hizo señas a unas personas para que continuaran ellos con la organización, mientras atendía la llamada.

La dama de cabellos rojos se apartó del sitio, dirigiéndose al interior de su hogar, caminando hacia un solario cerca de las puertas que conectaban el camino hacia la futura fiesta de beneficencia.

—Ok, ahora podemos hablar —informó ella, mientras se sentaba en uno de los sillones de mimbre con cojines amarillos de su solario—. Cuéntame, ¿qué pasó con mi hijo?

George sonrió de medio lado, le causó gracia la pregunta.

—No la llamo por su hijo, la llamo por mi novia.

La extrañeza en Seda fue tan alta, que tuvo que sonreír y al mismo tiempo, fruncir el ceño.

—¿Y quién es tu novia? ¿Y yo qué tengo que ver?

George negó con la cabeza, él sabía que ella tenía conocimiento sobre quién le estaba hablando, pero existía la posibilidad de que el término «novia» no fuese una palabra común en su vocabulario. Al menos, el vocabulario que ella (y mucha gente) pensaba que él usaría.

—Lenis Evans —solamente respondió—. La Secretaria de Max.

—Oh… —Seda cubrió su boca con una sola mano. Entre tantas cosas en la cabeza, se le había olvidado por completo el tema Lenis Evans—. Muy bien, dime —pidió, con la voz más formal que pudo encontrar.

—Sé que usted la invitó a su cumpleaños y a la recaudación de fondos de esta noche. Además, comprendo que usted tiene conocimiento sobre lo que ella vivió.

—Parcialmente.

—Pues, le agradezco mucho que la enviara invitación, aunque en un principio yo no quería que ella fuera…

—¿Y eso por qué?

—Señora Seda, no me lo tome a mal, no es nada personal. De hecho, mis razones son netamente externas y no tienen que ver con usted.

—Ok. Continúa.

—Bien. —Suspiró—. Lenis insistió en ir. Ella piensa que le hará bien ser parte del motivo de la celebración; más allá del cumpleaños, por supuesto. Me atrevo a adelantarle que por un lado, ella se siente apenada por no haberle podido colaborar con la organización. Claro, tengo entendido que no era una ayuda absoluta, sino más bien…

—Una colaboración organizativa —completó ella.

—Exacto, una colaboración orgnanizativa. Imagino que es lo mismo a lo que está dedicada mi asistente personal en este momento, ¿no es así?

Seda suspiró sin que se notara demasiado grosero.

—Eso es correcto —acordó ella entre dientes—. ¿Por qué no mejor llegas al grano, muchacho? Tengo demasiadas cosas qué hacer.

—Sí claro, por supuesto. Le cuento que Lenis no la está… pasando demasiado bien con todo el asunto de Ferit y nuestra implicación, ¿sí me entiende?

Seda cerró los ojos un breve momento y al abrirlos, miró a la nada, asintiendo levemente.

—¿Ella me quiere denunciar?

—¿Perdón? No —respondió George, sin entender cómo podría ser posible esa denuncia—. A ver, creo que no estoy siendo claro. Lenis, mi novia, sí, quiere conversar con usted al respecto. Tal vez no sea algo agadable, se lo aseguro, pero ella echó a un lado lo que le hizo sentir el que usted participara en nuestra mentira, solamente para poder asistir a ese evento suyo.

»Según ella, el tema de la recuadación le anima. Y según yo… sí, es cierto, le doy la razón. Yo quiero que ella se anime, quiero que se mejore, que se contente, ¿me explico? —Seda no dijo nada, pero guardaba una sonrisa bien escondida en alguna parte de su mente—. Quiero que Lenis supere todo, que se sienta feliz, que no finja más nunca ante nadie por miedo al maltrato o al rechazo. Y quiero que usted la ayude.

La madre de Maximiliano sonrió por fin, recostándose al espaldar de la silla, cruzando sus piernas, sintiéndose en armonía con esa conversa.

—Iremos a la fiesta de esta noche —continuó él—. Por supuesto, cuente con mi colaboración económica, como siempre, usted sabe. Y ahora más. —George escuchó una ligera risa a través del auricular—. ¿Sí me esuchó, señora Seda?

—Por supuesto que sí, muchacho. ¿Me permites decirte algo?

—Adelante.

Ella balanceó uno de sus pies, enfundado en unas bailarinas del color del vestido que cargaba puesto.

—Me siento apenada por lo que le hicimos a esa muchacha, por todo lo que vivió. Max me contó lo de su divorcio y todo ese meollo, pero al mismo tiempo debo confesar que ella es muy afortunada por tenerte. —George se mantuvo en silencio—. Está bien, la ayudaré, por supuesto que sí, pero… ¿debo esperarme algo especial de ella?

George pensó su respuesta.

—Lenis parece feliz y disfrutar de cada momento, pero es desconfiada y está bastante dolida. Es lo único que le diré.

Seda asintió.

—Muy bien. Eso está bien para mí.

—Entonces, ¿cuento con usted? —quiso corroborar George.

—Afirmativo, abogado.

Él asintió.

—Estupendo. Y Feliz Cumpleaños, señora Seda. Que siga cumpliendo muchos años más —enfatizó la frase completa.

Ella se echó a reír abiertamente.

—Eso espero, querido, eso espero. Muchas gracias, nos vemos en la noche.

La llamada se colgó.

Seda sintió una serie de sentimientos dentro de sí, como una sabiduría mezclada con nostalgia. Ella y George J. Miller no se caían del todo bien, pero no existía el odio. Seda se sentía agradecida tanto con él como con Peter por haber ayudado a su hijo a salir de una penosa debacle, además de colaborar con ella misma, apartándola del «Mal Turgut», como ella le llamaba, agilizando la separación.

Sin embargo, la dama de cabellos rojos entendía los recelos de George por ella no haber acabado la relación con Ferit inmediatamente y sobre todo, por haber vivido la depresión de su hijo, injustamente alejada de él.

George pensaba que Seda abandonó a Maximiliano en un momento muy duro, y ella estaba consciente de ese pensamiento, el cual no desmentiría.

El abogado, en su oficina, marcó el teléfono de Lenis. La secretaria no contestó de inmediato, cosa que le extrañó.

Se encendió una luz roja en el teléfono fijo colocado encima de su escritorio.

Él presionó el botón y la voz femenina de su asistente irrumpió en el tranquilo ambiente.

—Señor Miller, ya me retiro. ¿Desea alguna cosa? —preguntó la chica.

—No, tranquila, puedes irte. Nos vemos el lunes.

—Que pase un fin de semana agradable, señor.

—Igualmente.

El abogado escribió un mensaje de texto en su celular del cual no recibió respuesta.

Frunció el ceño.

Marcó a T.C, aquel contestó.

—¿Señor?

—¿Dónde está Lenis?

—Estamos llegando a la tienda, señor.

George se quedó pensando en dicha información.

—¿Me la puedes pasar, por favor?

Transcurrieron unos segundos y T.C habló:

—Señor, dice la señorita Lenis que en unos minutos le devuelve la llamada.

George no dijo nada por un par de segundos.

—Ok, está bien. —Y la llamada se colgó.

El abogado se quedó sentado esperando la llamada de Lenis que nunca llegó.

***

T.C y Lenis llegaron frente a una tienda que ella no conocía.

—Aquí no es donde pedí venir —comentó la mujer, observando la bella y lujosa presentación de aquel negocio a través de la ventana del vehículo.

—Es una tienda que sugirió el señor Miller.

Lenis suspiró profundo y pareció mirar el cielo.

—Ok, entiendo que es tu jefe, pero la ropa me la colocaré yo. No puedo pagar un vestido de esta tienda. Por favor, T.C, llévame para el almacén que te indiqué.

T.C apagó la camioneta. Lenis alzó las cejas, mientras lo veía bajar, darle la vuelta al carro y abrirle la puerta a ella.

—No me voy a bajar acá —zanjó, mientras miraba la pantalla de su teléfono móvil y se percataba que George la llamaba en ese precioso momento.

—Señorita Evans…

—¿Me puedes llamar Lenis? Creo que ya lo has hecho antes, no sé porqué ahora te empeñas con usar tanta formalidad.

T.C notó que Lenis estaba de mal humor desde el momento en el que se la encontró en el estacionamiento del edificio.

—Está bien. Lenis…, son tiempos difíciles, hay que tener la mayor precaución. El almacén al que deseas ir no es seguro. En cambio, éste es un boulevar con cámaras de seguridad y conozco el protocolo que usan para resguardar el sitio. Mira vestidos acá. Si hay algo que costear, corre por mi cuenta.

Ella abrió la boca, asombrada por tal intento de convencimiento, casi sonriendo de manera incrédula.

—Increíble… —susurró ella, negado con la cabeza—. No sabía que a los agentes de seguridad les enseñaban tantas tácticas de persuasión. Mira, T.C, me bajaré y compraré acá, pero solo porque ya es tarde, ¿queda claro?

T.C sonrió, triunfante.

Lenis cumplió con su palabra, se bajó de la camioneta y cerró la puerta tras de sí, caminando delante de él.

El guardaespaldas recibió una llamada, era su jefe George J. Miller. Cuando le informó a Lenis que aquel deseaba hablar con ella, Lenis dijo que luego lo llamaba y entró a la tienda sin decir una palabra más.

Algo malo le pasaba, él lo notó. Y el hecho de Miller tener que intentar contactar con ella a través de él, le indicó que algo pasaba «entre» los dos.

En otras ocasiones, T.C tendría que reportar cada irregularidad a su jefe directo, Peter Embert, pero el agente identificó aquello como un conflicto de parejas, no molestaría a nadie por tal motivo, mucho menos a Peter.

Lenis fue atendida de las mil maravillas y ella intentaba ser condescediente y amable con las asistentes de compras, suspirando profundamente para que su mal humor se disipara y así olvidar el engorroso episodio de la mañana en el apartamento de George.

Ella no quería hablar con nadie, ni siquiera con la dependienta. Llevaba rabia en su interior, obstinación. Estaba harta de los conflictos, pero sobre todo, de la desinformación. Lenis era consciente que con una simple conversación, George podría aclararle el palanorama y contarle cómo fueron las cosas entre Cindy y él, pero esos celos que hasta el sol de ese día Lenis no había sentido, mandaban ondas adversas a su cerebro. Si le contestaba a George los mensajes o llamadas, terminaría teniendo una soberana discusión, lo presentía. Lo mejor era dejar que corriera el día y ocupar su mente en mil tareas.

La secretaria encontró el atuendo perfecto.

—Wow… —opinó la dependienta—, se le ve exquisito, señora.

Lenis se observó.

Giró su cuerpo mirando cada detalle, colocándose de puntillas a la altura de unos posibles tacones y pensando en cómo podría quedarle con unos zapatos reales puestos.

La mujer que la atendía le hizo señas a otra dama para que trajera un calzado que combinara con el hermoso vestido.

Mientras, Lenis removía su cabello.

—¿Qué peinado sugieres? —le preguntó la secretaria a la asistente de ventas.

—Si conservará su cabello ondulado, un recogido se le vería magnífico.

Lenis no emitió ninguna opinión al respecto. Solo observaba su cuerpo dentro de aquella ropa una y otra vez.

—Me lo llevo —anunció—. Todo.

—¿Los zapatos también?

Lenis asintió.

Entonces, las encargadas salieron del amplio vestidor para darle privacidad a la clienta y así pudiese quitarse la prenda, la cual estuvo cancelada antes que Lenis llegara a la recepción.

La secretaria no dijo absolutamente nada al respecto, tragándose cada opinión.

T.C esperaba alguna queja o comentario, pero le extrañó sobremanera aquel silencio de su jefa.

—¿Desea almorzar en algún lugar en específico? —le preguntó, ya montados en la camioneta. Lenis no respondió. Se había vuelto a ir a otro lejano lugar—. ¿Lenis?

La mujer lo miró y pensó por un momento a dónde quería ir.  

Su celular volvió a vibrar. Lenis arrugó mucho la cara.

«¿La señora Seda?», pensó. «¿Será algo sobre la fiesta? ¿Se habrá cancelado?»

Miró a T.C. Obviamente, él le habría dicho.

Suspiró y contestó.

—Buenos días, señora Seda.

—Hola, querida. Me alegra escucharte. —Lenis ladeó su boca, mordiéndose la esquina de sus labios—. ¿Te ha llegado la invitación?

—Sí, así es. —Lenis tenía tanto que hablar con ella, pero en ese momento se sentía con cero ánimos de conversar con alguien. Se estaba empezando a sentir cabizbaja, cansada de tanto dar vueltas a cada pensamiento en su cabeza.

—Ok… —dijo Seda con cautela—, ¿pero vendrás?

—Sí, señora Seda, allí estaré. Gracias por la invitación. —Y colgó.

Lenis cerró los ojos dejando su teléfono móvil sobre su regazo, arrepintiéndose de lo que había hecho.

«Qué grosera fui, por Dios…»

No se había sentido tan descortés en toda su vida, pero no tomaría su celular para disculparse, no de inmediato. Intentaría hacerlo en la celebración, buscaría la manera de que ambas mujeres intercambiaran esas palabras tan necesarias que (ella estaba segura) deseaban compartir.

T.C alzó las cejas, coservando su eterno silencio, esperando órdenes.

—Llévame a la plaza principal, por favor. —T.C asintió y encendió el vehículo—. Allá quedan algunos sitios para comer, además, deseo caminar.

El guardaespaldas atendió el mandato, despegó la camioneta color negro mate de la acera y se alejó de aquel concurrido boulevar.

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