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Capítulo 65 primera parte

Autor: Ranacien
last update Data de publicação: 2022-04-30 02:25:40

—¿Vendrás a la reunión? —escuchó George la pregunta a través de su teléfono celular. 

—No es buena idea, Peter. Quiero ir. Quiero ver a ese imbécil tras las rejas, pero Lenis… —George giró su rostro hacia la mencionada, quien se encontraba trajinando en la cocina del apartamento oficial del abogado, el mismo que quedaba cerca de su bufete. 

Según lo que George estaba observando, ella se encontraba mucho mejor. Habían pasado cinco días después de lo ocurrido, ya era jueves de la semana siguiente y no quería dejarla sola. Sabía que si se lo decía, ella no tendría problemas, la conocía, pero en el fondo, a George lo que verdaderamente era preocupada es que ella se encontraba «muy» bien, extrañamente bien, no quería perderla de vista tan pronto.

—El peor enemigo de Lenis está acá con nosotros, ya no tiene poder en las calles. El gobernador lo ha dejado solo en esto, no lo apoyará. —George movió las cejas para arriba e hizo un gesto de ligera sorpresa, pero que no le sorprendía en realidad—. Su sobrino también lo hemos capturado… 

—¿Su qué? 

Peter suspiró. 

—Tienes que venir, te aseguro que Lenis no corre nigún peligro. Pondré a T.C a vivir en la entrada de tu departamento. —Hubo un brevísimo silencio—. ¿Le darías alojo?

George arrugó mucho las cejas. 

—¿A quién? —Abrió los ojos de par en par—. ¿A T.C? ¿Aquí en el apartamento?

Peter rió un poco. Ambos hombres (de hecho, todos) sabían que no era momento de hacer bromas, pero cada uno de  ellos conocía el humor negro del otro y lo utilizaban en los momentos más tensos, como una manera de evadir las severas molestias de lo que les podría estar ocurriendo. George lo agradecía, así que colocó cara de aburrimiento y se alejó un poco más de la cocina. 

—No te pases de idiota —le dijo el abogado al agente de seguridad. Luego suspiró—. ¿Tiene que ser ahora?

Piter exhaló profuso aire. 

—Coney está por venir. 

George entendió entonces lo que podía estar por suceder y pensó bien en las consecuencias de la presencia del abogado de Jefferson nuevamente en el lugar donde el rubio ex asesor del gobernador se encontraba detenido.

—Ese maldito consiguió cárcel política para ese imbécil —gruñó George y sintió cómo Lenis, dejó de hacer lo que estaba haciendo y lo miró desde la distancia. 

Él también la miró, pero el abogado se alejó en definitiva, sin emitir lectura alguna en su rostro, dirigiéndose a su despacho en ese piso para poder hablar mejor. 

—Tienes que estar aquí cuando la policía traslade a Smith —decía Peter—. Sí, al parecer lo trasladarán a la cárcel preventiva destinada a funcionarios. No tiene escapatoria, la cárcel será su nueva casa, pero… 

—Él no merece tantos privilegios —completó el dueño del apartamento—. ¿Ha dicho algo sobre Turgut? 

—No hablará más sin la presencia de su abogado, como siempre. —Peter suspiró—. ¿Qué harás entonces?

—Necesito saber qué juez le dio la orden a Coney —susurró para sí mismo—. ¿A qué hora llegará? 

—En un par de horas —informó el agente. 

George asintió.

—Llamaré a mi asistente para que me averigüe lo del juez, necesito hablar con él antes de ir para La Nave. 

—Ok. Entonces, ¿me llamarás?

—Correcto —respondió el abogado. Hubo un silencio en la línea. George esperaba que Peter dijera algo más—. ¿Qué sucede? 

—¿Cómo está ella? —preguntó, tras un par de segundos de silencio.

George se ahorró bufar y respondió sin evasivas. 

—Ella está muy bien, creo que lo está llevando estupendo. —Serio, apretó los párpados, pasándose una mano por su cara. 

—Ok, me alegro. Espero mejore. De verdad, espero siga así. Deberías proponerle a Seda encontrarse con ella. —George se extrañó por un momento que Peter le dijera eso—. Las mujeres siempre necesitan a una amiga, ¿no? 

George exhaló una risa carente de gracia, no podía creer que Peter dijera eso. Pudo imaginar al cavernícola de su amigo rascarse la cabeza mientras soltaba esas palabras. 

Pero George lo pensó por un momento, no era mala idea. 

—No es mala idea, lo intentaré. 

—Bien. Entonces, cuando llegue Seda a tu departamento, te vienes para acá de una. —Ahora sí bufó el abogado—. Sí, sí, George, coño, te quiero aquí. Te necesito aquí, esto está muy tenso.  

—Joder… Ok, está bien. Te llamo. —Y colgó.

George cerró los ojos de nuevo, miró el techo y se enderezó. Sentía un dolor de cuello y espalda, estaba muy adolorido desde que sucedió todo; desde que vio cómo Donald se llevaba a su novia prácticamente a rastras y lograba sacarla de las inmediaciones de la mansión. 

El abogado no había descansado, junto con Peter y los mejores de su equipo, para dar con el paradero de Lenis. 

Después de dar con la dirección de la madre de la secretaria gracias al dato que la señora Carmen Díaz le suministró, se reunieron todos en La Nave para arrancar de una vez al destino pautado, encontrando las cabañas recién construídas en aquella gran mansión, sorprendentemente, ubicada en una de las islas pertenecientes al país, para nada lejos de la ciudad. 

Ferit Turgut le había prestado aquel espacio al ex esposo de Lenis para llegar con su mujer. La razón de la alianza aún era desconocida, Jefferson se negaba a cooperar, pero lo cierto hasta los momentos era que el rubio había cometido un secuestro bien preparado y tal vez pensaba enfriar todo, estando ambos (junto a su gente) en aquel caserón, lugar que se encontraba prácticamente solo, sin contar al personal de servicio, para luego viajar al extranjero y perderse. 

El domingo en la mañana, después de recavar la infomación de las manos de Carmen, un día después (horas después) del rapto de Lenis, ya la habían localizado y encontrado junto a Jefferson en una de las habitaciones de aquel espacio aledaño a la casa, pero no encontraron a Turgut, quien era el dueño de la propiedad, y mucho menos a su esposa, la madre de Lenis. Al aprecer, según los interrogatorios que se estaban llevando desde hace días, la pareja no pisaba suelo isleño desde hace un poco más de un año, los encargados de la limpieza solo recibían un sueldo por mantener la propiedad activa, sin hacer demasiadas preguntas. 

«Un día después, horas después… y aún así no dio chance para que él no le hiciera daño a Lenis», se había dicho George en una oportunidad, regodeándose en el lamento, sobre todo bajo los efectos de ese alcohol que se bebió allí mismo en su apartamento junto a Max.

—¿Todo bien? —preguntó Lenis al entrar al despacho y ver a George de pie, con celular en mano, con la cabeza hacia atrás y con los ojos cerrados. 

Él se enderezó. 

«Y ella me lo pregunta», se dijo mentalmente. Asintió con la cabeza. Luego, sonrió. 

—Sí, todo genial… Bueno, debo ir al bufete, tú sabes… —probó, mirándola perpicazmente. Quería saber cómo se sentiría ella si él tendría que dejarla sola.

Lenis se acercó a él y lo miró. 

La mujer no dejaría de sorpenderse de lo bello y guapo que era ese hombre, de lo protector que era, de lo buena persona que podía llegar a ser. Y ahora, luego de todo lo vivido, de lo mucho que la quería. 

Los ojos de Lenis se veían brillosos y claros. Ella llevaba puesta una blusa sencilla de mangas cortas color blanco, en conjunto con un short e iba descalza con el cabello recogido, estando aún rubio, aunque no demasiado claro, ya que el tinte que le habían hechado, no había surtido el efecto deseado. El negro de su cabello solo se había aclarado. Ella tenía pensado cambiarlo, pero cada vez que se miraba, algo le impedía avanzar en la tintura.

Él llevaba un pantalón largo color negro de algodón y cordones al frente, iba también descalzo, combinando todo con una franela blanca cuello en U. Sencillo, así de simple, y a ella le fascinaba. Fresco, sonriente, irónico y juguetón, le enamoraba. Sexy, provocador y atento, con su ceño fruncido mientras la contemplaba, le calentaba, pero estaba empezando a odiar su miedo, esa mirada en constante alerta y ese discurso, ocultando siempre algo, demasiado condescendiente para su gusto. Lenis quería que él se dejase de todo eso, que regresara el George que ella conocía. Lenis deseaba fervientemente volver a la normalidad. 

—Ya estaba por preguntarte qué día irías a trabajar —le dijo ella. 

Él exhaló bastante aire, no le gustó lo que oyó. 

—Me di unos días libres, eso es todo. 

Ella lo siguió mirando, colocando ahora sus brazos alrededor del cuello de él. Entonces, él arrugó un poco su cara cuando uno de sus antebrazos aplastó el hueco entre el cuello y el hombro. 

—¿Qué tienes? 

—Nada —dijo él—, me duele un poco el cuello. —Él la acercó con sus manos a su cuerpo, abrazándola con sus manos en la parte baja de su espalda y dejó un beso en sus labios.  

—Puedo darte un masaje, estás muy tenso, George —le dijo, mientras con las yemas, tocaba los hombros e intentaba aflojarlos un poco, sin mucho éxito. 

—Estoy muy seguro que me encantarán. —Volvió a besarla—. ¿Qué tal si comemos y luego nos relajamos frente al televisor de la sala, cerramos las cortinas y nos comemos un helado viendo una película? —Él movió las cejas para arriba y para abajo, con una sonrisa ladeada. 

Ella no sonrió completamente y penetró en su mirada. 

—Primero me dices que te vas y luego que te quedarás. 

—Sí, debo ir a la oficina, pero no ya. —Ella lo siguió observando—. ¿Qué pasa?

Lenis no habló de inmediato.

—George…, ya para. 

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