로그인La sala de juntas del piso cincuenta y cinco de Industrias Sterling era un santuario diseñado específicamente para intimidar y aplastar egos. Las paredes estaban revestidas de caoba oscura importada de Brasil, los inmensos ventanales de cristal blindado ofrecían una vista panorámica de una capital envuelta en nubes grises y lluviosas, y la mesa central, una pieza única de mármol negro pulido, parecía un altar preparado para un sacrificio inminente.
A las doce en punto del mediodía, la atmEl baño principal era inmenso, revestido en mármol negro y con una bañera de piedra volcánica. El agua caliente ayudó a lavar el olor a pólvora y sudor frío que se había adherido a su piel, pero no logró borrar las imágenes de la emboscada.Cuando Isabella salió, envuelta en una gruesa bata blanca, encontró a Dante sentado en el borde de la cama. Ya se había cambiado la camisa sucia por una simple camiseta negra de algodón y unos pantalones de chándal. Sobre la mesa de noche había un botiquín de primeros auxilios abierto.Ella caminó hacia él y se sentó a su lado. Dante tomó una gasa empapada en antiséptico y, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con el hombre que había ejecutado a tres sicarios una hora antes, comenz&oacu
El trayecto duró poco más de dos horas, pero para Isabella, el tiempo se había deformado.La limusina blindada había sido reemplazada en un helipuerto clandestino por un helicóptero negro sin marcas, que los llevó directamente hacia la cordillera. Aislada del mundo por los auriculares con cancelación de ruido, Isabella observó las montañas nevadas recortándose contra el cielo nocturno. Dante no la había soltado en ningún momento. La mantenía pegada a su costado, su brazo rodeándola como un escudo de titanio, su mirada escaneando el horizonte negro como si esperara que el cártel apareciera volando entre las nubes.Finalmente, aterrizaron en una plataforma oculta entre un bosque de pinos centenarios. A escasos metros, excavada casi en la ladera de la montaña, se erguía una mansi
El sonido de un golpe sordo contra la puerta del baño hizo que Isabella retrocediera hasta chocar contra el espejo.—Está encerrada aquí —dijo uno de los sicarios al otro lado de la madera—. ¡Abre la maldita puerta, niñata, o la echo abajo a tiros!Isabella apretó las tijeras con ambas manos, respirando agitadamente. —¡La policía ya está en camino! —gritó ella, intentando proyectar la voz firme de la Vicepresidenta, aunque le temblaba el cuerpo—. Si me tocan, Industrias Sterling los cazará hasta debajo de las piedras.Una risa áspera respondió desde el pasillo de la suite. —Tu marido te echó a la calle anoche, reina. No le importas a nadie.El sonido de una bota golpeando la cerradura res
La lluvia golpeaba con violencia los ventanales de la suite ejecutiva en el piso veinte del Hotel Continental.Isabella estaba sentada en el suelo, rodeada de carpetas y con la tableta encriptada sobre la mesa de centro. No había dormido. Sus ojos estaban enrojecidos, pero su mente trabajaba con la precisión de un reloj suizo. Estaba armando el dossier final que enviaría al FBI con toda la ruta del dinero de Valeria y Astrid Van Der Berg.El dolor en su pecho por la desconfianza de Dante seguía allí, latiendo como una herida abierta. Cada vez que recordaba la mirada de decepción en los ojos de plata de su marido, el aire le faltaba. Pero la Reina de Hielo se negaba a romperse antes de terminar su trabajo.El teléfono sobre la mesa vibró. Era Julián.—Bela, ¿cómo estás? —la voz del abogado sonaba cansada pero protectora.—Terminando el informe, Julián. Lo enviaré a tu servidor cif
A las nueve de la mañana, la sala de juntas de Industrias Sterling era un escenario preparado para un golpe de estado.Víctor Thorne estaba de pie junto a la cabecera, revisando unos documentos con una sonrisa contenida. Valeria Santoro ocupaba el asiento a la derecha de la presidencia, el lugar que hasta ayer le pertenecía a Isabella. Llevaba un traje sastre color crema y una expresión de victoria absoluta. El reloj corría, y la silla de la Vicepresidenta de Estrategia seguía vacía.Las puertas de cristal se abrieron.Dante Ferrara entró. No llevaba el habitual traje de tres piezas. Vestía un pantalón negro y una camisa oscura sin corbata, con las mangas arremangadas sobre los antebrazos tensos. Sus ojos de plata estaban inyectados en sangre, rodeados de sombras oscuras por no haber dormido un solo segundo. No irradiaba la fría autoridad de un CEO; irradiaba la energía inestable y letal de un lobo herido.
El lujoso bar del Hotel estaba casi vacío a la una de la madrugada. En un reservado oscuro, Emilio Valcázar brindaba con una copa de whisky puro.Frente a él, Valeria Santoro revisaba su teléfono con una sonrisa triunfal que iluminaba su rostro perfectamente maquillado.—Mis contactos en el vestíbulo de Sterling acaban de confirmarlo —anunció Valeria, dejando el teléfono sobre la mesa de caoba—. Isabella Montenegro abandonó el edificio principal hace una hora con una maleta. Se registró bajo un nombre falso en el hotel de la cadena en el distrito financiero. Está sola.Emilio soltó una carcajada baja y satisfecha. —Te lo dije, Valeria. Dante es un animal territorial. Solo tenías que sembrar la du







