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El Desfigurado Rostro de mi Venganza
El Desfigurado Rostro de mi Venganza
작가: Vesper Shaw

Capítulo 1

작가: Vesper Shaw
Mi padre había concertado ese matrimonio para mí. Si llegaba a enterarse de que Leon me había humillado de esa manera, ese hombre estaría acabado.

No quería complicarle las cosas a Leon. Si demostraba un arrepentimiento sincero, tal vez consideraría dejar pasar el asunto. Hubo dos segundos de silencio. Luego se escuchó una risa seca y fría por el altavoz.

—¿Quieres una explicación? ¿Por qué tendría que dártela?

Leon hablaba con desprecio, como si se dirigiera a una sirvienta.

—Rosalina, yo decido quién será mi esposa. Tú solo tienes que presentarte en el registro civil y firmar los papeles. ¿Te quedó claro?

—Leon, ¿no te parece un poco absurdo dejar que otra mujer ocupe mi lugar en nuestra boda? —dije con voz firme, a pesar de la furia que crecía en mi interior—. Puede que nunca nos hayamos visto en persona, pero sigo siendo tu futura esposa. Al menos deberías mostrarme un poco de respeto en vez de...

Antes de que pudiera terminar, cortó la comunicación. El pitido de la llamada terminada me perforó el oído. Miré la pantalla del celular, incrédula, mientras se me revolvía el estómago. Ese hombre sí que tenía descaro para colgarme así.

Nicole soltó una risa burlona. Se cruzó de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta.

—Cámbiate el vestido, señorita Moretti. Dado el poder de la familia Scott en Nueva York, deberías agradecer que siquiera te permitan formar parte de ella.

Me recorrió con la mirada de arriba a abajo, desde el suéter sencillo de punto hasta los jeans desgastados. Casi nunca salía de la mansión y mi armario estaba lleno de ropa cómoda para estar en casa, nada elegante. A sus ojos, debía de parecer una chica cualquiera que había tenido la suerte de conseguir un marido rico.

—Quiero que me devuelvas mi vestido de novia —dije con firmeza—. Y no pienso ponerme ese vestido barato tuyo.

Levanté la mano y señalé a una empleada que estaba cerca.

—Si sigues así, haré que el personal de ventas te quite el vestido aquí mismo y te eche a la calle.

Mis palabras solo ensancharon la sonrisa de Nicole. Sus tacones repiquetearon sobre el piso mientras se acercaba hasta quedar frente a mí. Una de sus uñas bien cuidadas casi me rozó la punta de la nariz.

—Déjate de estupideces. Esto es Nueva York. Este es territorio de la familia Scott. ¿En serio crees que alguien aquí se pondría de tu parte?

Alzó la voz con cada palabra y las escupió con tal rapidez que sentí su saliva sobre la piel. Apreté los puños a los costados y las uñas se me clavaron en las palmas. Le sostuve la mirada con dureza, sin vacilar para luego soltar una risa burlona.

—Incluso tu preciada familia Scott debe rendirle cuentas a alguien más poderoso.

Al escuchar eso, Nicole me empujó con fuerza. Retrocedí dos pasos y choqué de espaldas contra el borde metálico de un exhibidor. Un dolor intenso me atravesó el omóplato.

—¿Quién carajo te crees que eres? —chilló con tal estridencia que varias empleadas giraron la cabeza—. Te lo advierto por última vez. Cámbiate el maldito vestido o te juro que no vivirás para ver el amanecer.

Sus amenazas solo consiguieron que sonriera con desprecio. Crecí entre los muros de la mansión y casi nunca había aparecido en público. Nadie se había atrevido a amenazarme así a la cara. La furia me abrasó por dentro. Enderecé la espalda, la miré a los ojos y pronuncié cada palabra despacio y con énfasis.

—Adelante. Inténtalo.

A nuestras espaldas, una empleada gritó. Luego se inclinó hacia su compañera y susurró:

—Dios mío. ¿Está loca? ¿Cómo se atreve a enfrentarse así a la señorita Hill? Todos sabemos que el señor Scott la adora. Esa mujer está buscando que la maten.

—Solo es un vestido —murmuró la otra—. ¿Para qué tanto drama? Si la boda se cancela, ella será quien lo pierda todo.

—Exacto. Entrar en la familia Scott es como sacarse la lotería. ¿A quién le importa qué mujer llegue al altar?

Sus murmullos se hicieron cada vez más fuertes. La sonrisa engreída de Nicole se ensanchó. Inclinó la cabeza y se acomodó un rizo suelto detrás de la oreja.

—¿Ves? —dijo—. No eres nadie; no tienes dinero ni contactos, solo una cara bonita. ¿Y crees que mereces ser la novia? Sigue soñando.

Respiré hondo. La ira seguía ardiendo en mi interior, pero dio paso a una peligrosa determinación. Ya había conocido a personas como ella. Sabía exactamente con qué clase de escoria estaba lidiando.

—Nicole —dije con voz tranquila y firme—, te lo diré por última vez. Quítate mi vestido de novia.

—¡Vete a la mierda! —escupió ella.

Pero no se detuvo ahí. Se arremangó, se abalanzó sobre mí e intentó agarrarme del cabello con ambas manos. Me aparté a tiempo; sus dedos pasaron rozando mi oreja sin atrapar más que el aire.

—¿Qué te pasa? —pregunté—. ¿No sabes discutir sin recurrir a los golpes?

Nicole arremetió contra mí varias veces, pero no acertó ni un solo golpe. Enrojeció de frustración y plantó un taconazo contra el suelo, furiosa.

—¡Maldita perra! ¡Esquívame una vez más y te arrepentirás! ¡Le voy a marcar a Leon ahora mismo!

Siguió provocándome sin descanso. No le devolví los golpes. Me limité a esquivarla. No porque le tuviera miedo, sino porque mi padre me había hecho prometer algo antes de que saliera de la mansión.

—Cada palabra y cada acción tuya representan el apellido Moretti —me había advertido—. No causes problemas allá afuera.

No era muy dada a pelear, al menos no en riñas callejeras. O mantenía las manos quietas o acababa con todo de un solo movimiento. En mi familia me habían enseñado a matar, no a dar manotazos. Al verme retroceder sin parar, Nicole creyó que tenía miedo. Me miró con crueldad.

Agarró un jarrón de una mesa cercana y lo alzó, lista para estrellármelo en la cabeza. En ese momento, una voz rugió desde la entrada de la boutique.

—¡Detente!

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