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Durante las semanas siguientes, me limité a cumplir mi horario y a ocuparme estrictamente del trabajo. Fuera de ese ámbito, no respondía a ninguna pregunta ni petición de Víctor. Aunque solo me pidiera que le pasara un vaso de agua o que sostuviera una puerta, fingía no verlo.Con el tiempo, todos a nuestro alrededor notaron mi frialdad.Algunos le recomendaron cambiar de supervisora, pero Víctor se negó rotundamente.Él sabía que se lo merecía. Era el castigo por los ocho años durante los que me había ignorado.La diferencia se hizo todavía más evidente cuando Tomás Ramos, un egresado de mi universidad que había cursado la misma carrera unos años antes que yo, empezó a trabajar en la empresa.Habíamos tenido al mismo asesor y trabajado en la misma línea de investigación, así que teníamos mucho más de qué hablar entre nosotros que con el resto.Por mucho que Víctor intentara intervenir, yo siempre lo dejaba fuera de la conversación. Al ver que cada vez prestaba más atención a Tomás, co
Mientras Víctor me buscaba con desesperación, yo ya me había adaptado a una nueva vida en la empresa de mi ciudad natal.El ambiente de trabajo era cordial, mis superiores valoraban mi experiencia y mis capacidades, y yo ya no tenía que sacrificarme para proteger una relación que no podía salir a la luz.Al tercer mes, cuando mi vida por fin se había estabilizado, Víctor apareció frente a mí.Durante ese tiempo, mis padres me habían contado algunas noticias sobre él.Supe que había despedido a quienes hablaban mal de mí en la empresa, que había enviado a Leonor al lejano proyecto de Monteluz y que había revelado públicamente la relación que habíamos mantenido.Pero lo único que me importaba era que se negaba a alejarse de la casa de mis padres y les estaba causando muchas molestias.Por eso acepté reunirme con él.En apenas tres meses, Víctor parecía haberse convertido en otra persona.No quedaba nada del hombre impecable de antes. Aunque seguía vestido con pulcritud, el cansancio y la
Víctor se tambaleó y soltó al compañero, avergonzado.El hombre corrió hacia Leonor para pedirle que intercediera por él, como si fuera su última esperanza.Leonor forzó una sonrisa y trató de persuadirlo.—Víctor, no seas tan severo. Quizá no lo hizo con mala intención. Despedirlo sería demasiado. Podrías enviarlo por un tiempo al equipo del proyecto de Monteluz.Antes de que terminara, la mirada helada de Víctor cayó sobre ella.—Si vuelves a interceder por él, tú también quedarás fuera de la empresa.Era la primera vez que Víctor le hablaba con tanta dureza.Leonor se quedó paralizada y sus ojos se humedecieron.Al comprender que Víctor no cambiaría de opinión, el empleado arrojó al suelo las bolsas de comida. Luego miró a Leonor con resentimiento.—Tanto presumir de ser la esposa de Víctor y ni siquiera eres capaz de hacerte escuchar.La palabra esposa hizo que Víctor endureciera el gesto.—Leonor no es la mujer que amo. Siempre la he visto como una amiga. Yolanda es mi verdadera p
Víctor se desplomó junto a la cama con el vestido sucio apretado entre las manos y dejó que el remordimiento lo devorara.En ese momento, oyó que se abría la puerta principal.Levantó la cabeza de golpe, esperanzado.—¿Yolanda? ¿Eres tú? ¿Volviste?Abrió la puerta, pero al ver quiénes eran, se quedó sin palabras.Sus compañeros entraban uno tras otro, cargados con bolsas de comida.Al verlo salir, la sonrisa de Leonor, que iba al frente del grupo, se congeló por un instante.Aun así, bajo las miradas cómplices de los demás, se acercó, se aferró a su brazo y lo llevó aparte para preguntarle en voz baja:—¿No habías ido a celebrar la boda con Yolanda? ¿Por qué regresaste tan pronto?Víctor se frotó el entrecejo, exhausto, sin reparar en su incomodidad.—Yolanda desapareció. La boda se canceló.Leonor pareció alegrarse por un instante, aunque enseguida volvió a fingir preocupación.—¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Yolanda sigue enojada? Todo es culpa mía. Si no hubiera ocupado su lugar como
Víctor se quedó rígido, como si acabara de oír algo imposible.—¿Renunció? ¿Por qué tramitaron su salida sin informarme?La persona de Recursos Humanos pareció confundida.—Anoche le envié la carta de renuncia de Yolanda para que firmara el acuse de recibo. Usted mismo lo firmó.Víctor recordó de inmediato el documento que había recibido.Alguien de Recursos Humanos le había mencionado de pasada que había llegado un escrito de Yolanda, y él dio por sentado que ella pretendía competir con Leonor por el ascenso. Convencido de que ya la había hecho cederle el puesto de gerente a Leonor, firmó el acuse sin revisar el contenido, creyendo que estaba autorizando su traslado. Jamás imaginó que se trataba de una carta de renuncia.Hasta ese momento se había sentido satisfecho por lo dócil y comprensiva que ella se había mostrado. Ahora comprendía que aquella aparente obediencia no era más que resignación o, peor aún, la determinación de alguien que por fin había decidido marcharse. La conclusió
Después de abandonar aquella casa asfixiante, cancelé el boleto que había comprado, conseguí un asiento en el primer vuelo disponible y fui directamente al aeropuerto.No quería permanecer ni un minuto más en esa ciudad marcada por mi humillación.Durante todo el trayecto, el celular no dejó de vibrar: no paraban de llegar mensajes del grupo de chat de la empresa y notificaciones de Víctor.Entré al grupo con una necesidad casi autodestructiva y la pantalla se llenó de fotografías.Todas mostraban momentos íntimos y dulces entre Víctor y Leonor.Solo entonces reparé en que él la había colmado de atenciones.El collar que llevaba era una edición limitada que yo había deseado durante mucho tiempo. En la muñeca lucía una pulsera de diamantes. Hasta el anillo de bodas parecía haber sido elegido especialmente para ella. Todo lo que él me había negado había terminado en manos de Leonor.Abrí la conversación con Víctor.No había consuelo ni disculpas, solo explicaciones superficiales y órdene







