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Capítulo 2

Author: Margarita Juárez
Me sequé las lágrimas y tomé un taxi de regreso a casa.

En cuanto encendí el celular, aparecieron varios mensajes de Víctor:

"Solo lo hice para evitar sospechas. Deja de armar un escándalo. Hoy estuviste demasiado alterada. Casi arruinas todo lo que hemos protegido durante ocho años".

Por una vez había escrito más de una frase, pero todo el mensaje estaba destinado a obligarme a ceder.

La situación me pareció tan absurda que no pude evitar responderle:

"¿Quién está armando una escena? Cuando pusiste a Leonor en mi lugar el día de nuestra boda, ¿por qué no te importó humillarme? Cuando me insultaron, ¿por qué no les reprochaste a ellos que me trataran así? ¿De qué lado estás?".

Poco después, respondió:

"Estoy haciendo lo que más nos conviene a todos. Todo esto es para evitar sospechas".

Sonreí con amargura y volví a preguntar:

"¿Y si yo quiero hacer pública nuestra relación?".

Un instante después, Víctor me envió una larga nota de voz. Su voz sonaba más tensa que nunca.

"Yolanda, no seas impulsiva. Sabes que todos creen que Leonor es la novia. Si ahora revelas la verdad, solo conseguirás humillarla delante de todos…".

Ya no pude seguir escuchando.

Sentí un nudo en la garganta.

En nombre del bien común, sacrificaba mis sentimientos, pero ese mismo bien común dejaba de importar en cuanto peligraba el orgullo de Leonor.

No era que no se diera cuenta de mi humillación. Simplemente, cuando tenía que elegir a quién proteger, yo siempre quedaba en último lugar.

Mientras permanecía inmóvil, llegaron varias notas de voz más. No abrí ninguna. Me limité a escribir con rabia:

"No voy a disculparme con quienes me insultaron. Si quieres mantener las distancias, hazlo para siempre. Se acabó lo nuestro".

Antes de que acabara de escribir el último mensaje, apareció una notificación del banco: acababan de salir veinte mil dólares de la cuenta que compartía con Víctor.

Enseguida llegó otro mensaje suyo:

"Sé que eres demasiado orgullosa para dar tu brazo a torcer, así que esta vez te ayudé. No volverá a ocurrir".

Con parte de ese dinero, había comprado docenas de regalos para todos nuestros compañeros, cada uno acompañado de una disculpa en mi nombre.

Era la primera vez en ocho años que intervenía públicamente en mi nombre, pero yo solo me sentí aún más humillada.

Con las manos temblorosas, escribí:

"¿Recuerdas para qué era ese dinero?".

No respondió, así que insistí con una llamada.

El celular sonó durante tanto tiempo que pensé que nadie contestaría. Cuando alguien atendió por fin, nadie me saludó; parecía que Víctor había contestado por accidente. Entonces escuché la voz de Leonor.

—Gané la apuesta. ¿Lo ves? Te dije que Yolanda no es de las que reconocen un error con facilidad.

Víctor soltó una risa cariñosa.

—Está bien, ganaste. Entonces usaré lo que queda del dinero de Yolanda para comprarte el collar que llevas un mes pidiéndome.

Leonor resopló con fingido disgusto, aunque cierta inquietud se filtró en su voz.

—¿Yolanda no se enojará y te dejará cuando lo descubra? Al fin y al cabo, era el dinero que ustedes habían ahorrado para el pago inicial de la casa.

Víctor guardó silencio durante dos segundos.

—No lo hará. Durante estos ocho años, las cosas siempre han sido así. Ella no puede vivir sin mí.

La seguridad con que lo dijo me quitó las ganas de seguir escuchando.

Las lágrimas me cayeron sobre las manos.

Mis ocho años de paciencia no habían logrado que me amara. Solo habían conseguido convertirme en objeto de sus apuestas.

El dinero que acababa de perder era mi aporte para el pago inicial de la casa en la que tanto había soñado vivir con él.

En su momento, Víctor me llevó a recorrer cada habitación y, con los ojos llenos de ilusión, planeó nuestro futuro.

Una sería nuestro dormitorio y otra, el cuarto del bebé. Quería una cocina abierta desde la que pudiera verme en todo momento, porque eso lo haría feliz.

Me había prometido:

—Has sufrido demasiado por mí todos estos años. Te daré una boda inolvidable y el hogar más acogedor que puedas imaginar.

Ahora había puesto a Leonor en mi lugar durante la boda y también había sacrificado por ella el hogar que habíamos planeado. El dinero que quedaba en la cuenta ya no alcanzaba para completar el pago inicial de la casa que Víctor y yo habíamos pensado comprar, pero sí para comprarme un boleto de regreso a mi ciudad natal.

Colgué, presenté mi renuncia a Recursos Humanos y acepté la oferta de trabajo que había recibido allí.

Así, salí para siempre de su futuro.

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