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El Error Que Puse En Cuatro
El Error Que Puse En Cuatro
作者: El Cañonero

Capítulo 1

作者: El Cañonero
—Ya, detente... no me beses, ay...

Aproveché que mi amigo se había alejado y abracé a la hermana menor de su esposa. La encerré entre mis brazos y le recorrí con las manos esas curvas peligrosas.

Temblaba entre mis brazos. Mis caricias fueron quebrando su resistencia, y su rechazo inicial se volvió solo indecisión. No tardó en mojarse entre mis brazos.

Cuando ya iba a hacerla mía, el deseo le nubló el juicio. Abrió la boca y dijo:

—Amor...

Me quedé helado. Recién entonces me di cuenta de que la que tenía entre los brazos no era la mujer que yo creía. ¡Era la esposa de mi amigo!

Y ella, caliente a más no poder y sin reconocer siquiera quién era yo, se me repegó con gusto...

***

Hacía unos días, en la fiesta de cumpleaños de mi mejor amigo, Marcos Bracho, le eché el ojo a la hermana menor de su esposa, Lila Saavedra.

Era joven, provocadora, tetona y de cintura de avispa, toda una diablilla.

Marcos, que es buen amigo, me invitó al día siguiente a comer a su casa. Yo pensé que con unas copas encima, una vez que se caliente el ambiente, todo sale seguro.

Estaba emocionado. En la mesa, Marcos no paraba de ayudarme a hacerle tomar copa tras copa a Lila.

—Lili... échate uno, hoy hay que celebrar...

Las dos hermanas no sospechaban nada de lo que tramábamos entre amigos, y Tania Saavedra, la esposa de Marcos, también se bebió lo suyo.

Al ver a Lila pasadita de copas y tan atractiva, se me paró. No podía apartar la mirada de su escote en V. “Qué grandes... qué blancos...” Tragué saliva de pura emoción y me apuré a echarme medio vaso para darme valor.

Después de la tercera ronda, ya estaba medio aturdido. Alcancé a ver a Marcos ir al baño, y una mujer salió tras él. Ahí me di cuenta de que mi amigo y su esposa se habían ido. ¡Era mi oportunidad!

Lila... je, je, je...

Me paré, caminé tambaleándome hasta ella, la abracé y me la llevé al cuarto de huéspedes.

—Preciosa, hace un buen rato que quiero cogerte... ¡esta noche déjame ser tu hombre!

La mujer que tenía entre los brazos estaba tan ebria que casi no se enteraba, así que me puse a manosearla como chango en celo.

En tres movimientos le quité la ropa estorbosa. Nunca imaginé que fuera tan blanca, tan jugosa. Los pechotes redondos como platos eran demasiado tentadores. No me aguanté y hundí la cabeza entre ellos. Lila por fin reaccionó. Soltó unos gemiditos:

—Mmm... ah... espera, ah...

Me dejó hecho gelatina. Si la oía gemir dos veces más, me rendía solito. Era un manjar de revista, ¡coger con ella sería una locura!

Su aroma dulce de mujer me llenaba la nariz y me aceleraba la respiración. Las manos se me fueron solas a apretarle la cintura delgada y suave.

Un vientre así de plano y firme... ¿cómo se vería tensándose? Se me ocurrió una maldad. Con una mano le agarré el pecho blanco y con la otra bajé hacia su vientre. Lila habló con un tono todavía más coqueto:

—Ay... despacito...

Esa hermanita no estaba nada mal. Imaginaba que la esposa estaría aún mejor, porque la hermana mayor se veía más sexy.

Pero a la mujer de un amigo se le respeta, así que me conformé con Lila. Escuchar los gemidos suaves de ella me prendía. Le besé enseguida los labios rojos como cereza. Eran dulces y suaves. Me sacaron un gemido contenido a mí también:

—Mmm... qué golosa...

Esta mujer sabía besar hasta borracha. Su lengua dulce se metió sin querer en mi boca y empezó a enredarse con la mía.

Cada tanto empujaba mi lengua contra el paladar, respondiéndome al beso, y me dejaba con la boca seca, con ganas de tragármela entera. Me rodeó el cuello con los brazos y dejó escapar un sonido nasal.

El beso fue tan rico que me separé de su boca y ladeé la cabeza para chuparle la orejita.

—Putita... te está gustando, ¿no? Ya estás bien flojita...

Con la mano izquierda le rodeaba el hombro a la preciosura, y con la derecha ya tenía la mano metida bajo su ropa, acariciándole los muslos blancos y tersos.

Lila, con los ojos perdidos y mordiéndose los labios a medias, dejaba escapar gemidos sin parar. Estaba claro que ya estaba reaccionando.

Eso me prendió todavía más. Pensé que esta noche iba a ser puro placer.

Su trasero redondo cayó en mis manos. La vi con la boquita abierta, jadeando rápido, y los pechos suaves subiendo y bajando sin descanso.

Con el pie izquierdo le separé las piernas y levanté la rodilla para frotarle la concha. Le aparté el sostén y empecé a amasarle y frotarle los pezones hasta que se le pusieron duros. Poco a poco sentí que la rodilla del pantalón se me iba humedeciendo. Supe que la mujer que tenía enfrente ya estaba lista para que la penetrara.

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