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Capítulo 2

作者: El Cañonero
Pero mientras la besaba, algo se sintió extraño. Lila llevaba puestos los aretes esa noche, y la mujer que tenía entre los brazos no.

Antes me había prendido justamente con los aretes de Lila. Pensaba que tenía las orejas pequeñas y delicadas, perfectas para chuparlas.

En plena duda, la mujer gritó de pronto:

—Amor... ¿hoy por qué se te da tan bien?

¿Amor? Se me pasó la borrachera de golpe. No había manera de que Lila me dijera así. Le eché otra mirada y entendí: la que tenía entre los brazos, encendida y entregada, no era Lila para nada. Era Tania, la esposa de Marcos.

Me quedé tieso, sin saber siquiera dónde poner las manos.

Tania, al notar que ya no me movía, se molestó un poco y me jaló hacia abajo por la nuca con más fuerza. Me restregaba a propósito los pechotes blandos contra mí y, de vez en cuando, me decía obscenidades para provocarme.

—Amor, ¿por qué paraste...? ¿Ya no me quieres coger? Mmm... estás ardiendo y eres tan macizo...

A esa altura, entre el alcohol y los manoseos de antes, Tania ya no estaba en todos sus sentidos. Cuando me detuve, el deseo la empujó a tocarme por todas partes, y la poca cordura que me quedaba estaba a punto de ceder.

Bajé la mano hacia su entrepierna. Su sexo parecía cobrar vida y me apretaba los dedos sin descanso.

Me saqué el miembro, que ya estaba muy duro, me agaché, le separé las nalgas, saqué la lengua y se la pasé despacio por encima.

—No... no me lamas... ah... me muero... por favor...

Le hundí despacio el segundo dedo en su intimidad y empecé a frotarla con suavidad, mientras la lengua seguía deslizándose sin parar por el surco profundo del trasero.

Ella se retorcía de impaciencia, contoneando la cintura fina, y sus pechos se sacudían al mismo ritmo. De pronto dudé. Era la esposa de mi amigo, no estaba bien, ¿o sí? Fui frenando la mano hasta detenerme.

En ese momento ella gimió con voz dulce:

—Amor, no... no pares... no aguanto...

Levanté la cara y la miré. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos grandes y coquetos, algo desenfocados por el alcohol, pero aun así me lanzaba miraditas; sacaba la lengua rojita, se lamía los labios y un hilo de saliva le resbalaba desde la boca hasta el pecho blanquísimo.

Vi que ya tenía la mano traviesa, dispuesta a bajarme el pantalón, y no me quedó más que llamarla:

—Cuñada... soy yo, Iván...

A Tania, que estaba que no aguantaba, se le pasó un poco la calentura. Abrió los ojos como platos y el pecho le subía y bajaba, sacudiendo esos pechotes brincones que no me dejaban apartar la mirada.

—¿Cómo... cómo que eres tú? ¿Y Marcos?

Tania habló con suavidad; a mí se me revolvía todo al escucharla. Tragué saliva, nervioso, y, apoyado a ambos lados de ella, le expliqué:

—Cuñada, perdón... te confundí con Lili...

Mientras le explicaba, del cuarto de al lado llegó un ruido conocido. Era Marcos; por el tono, se notaba que estaba muy caliente:

—Te voy a coger durísimo, qué culo tan apretado... ¡no te hagas la virgen!

—Ay... duele, más suave...

Esa voz era de Lila. Marcos también se había equivocado de mujer. Vaya... La mujer que tenía debajo se retorcía sin poder más y me miraba con ojos dolidos y suplicantes, una mirada capaz de hacer perder la cabeza a cualquiera.

Mientras yo pensaba cómo salir del paso, Tania volvió a cerrar los ojos, me rodeó la cintura con las piernas y me jaló con fuerza contra ella.

—Mi amorcito rico...

Las dos hermanas eran una más golosa que la otra. No me podía contener con una mujer tan lanzada, o sería puto.

Así que elegí seguirle la corriente. De cualquier manera, ya había besado lo que no debía, visto lo que no debía y tocado lo que no debía.

Encendido, le di una palmada en el muslo firme:

¡PLAS!

—Mmm... qué rico, amor...

Ese “amor” me cayó de maravilla. Sentí enseguida que la erección me crecía todavía más. El pantalón ajustado estaba a punto de reventar por las costuras; la erección era descomunal. Apreté la cintura, le agarré el trasero con fuerza, me apoyé contra ella y empecé a entrar despacio...

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