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Capítulo 3

Author: Cece Walken
last update publish date: 2026-09-30 11:37:45

El sonido de los tacones de Ava contra el mármol pulido del vestíbulo de Vanguardia Group era lo único que ocupaba su cabeza aquella mañana. Habían pasado exactamente tres semanas desde la noche del penthouse y la desastrosa mañana que le siguió. Tres semanas en las que apenas había dormido, dedicando cada minuto libre a enviar currículums y a esquivar las constantes peticiones de dinero de Viviana, quien, de manera casi milagrosa, había conseguido una prórroga para su supuesta deuda después de derramar unas cuantas lágrimas frente al casero.

Ava se había jurado que aquel nuevo empleo como Directora de Proyectos Financieros sería su boleto de salida definitivo de aquel apartamento. Su armadura estaba más rígida que nunca. Vestía un traje de sastre gris oscuro perfectamente entallado, llevaba el cabello recogido en un moño impecable y mantenía una expresión de absoluta indiferencia que apenas conseguía esconder el nudo de nervios que tenía en el estómago.

—La junta de bienvenida para los nuevos directores comienza en cinco minutos en el piso cuarenta, señorita Vega —le indicó la recepcionista, entregándole una tarjeta magnética con una sonrisa ensayada.

Ava asintió con un leve movimiento de cabeza y se dirigió al ascensor de cristal. Mientras este comenzaba a subir, observó cómo la ciudad se hacía cada vez más pequeña bajo sus pies. Se repitió mentalmente lo mismo que llevaba haciendo desde que había aceptado el puesto: ser eficiente, pasar desapercibida, ahorrar cada centavo y mudarse antes de que terminara el mes. Nada de distracciones. Nada de errores.

La sala de juntas del piso cuarenta era una demostración de poder. Una mesa enorme de madera de nogal ocupaba el centro, rodeada por ventanales que mostraban el horizonte y una docena de ejecutivos maduros que conversaban en voz baja. Ava tomó asiento en uno de los extremos y abrió su tableta para revisar las notas que había preparado antes de llegar.

El puesto de Director General aparecía como vacante en el organigrama, aunque el anterior responsable se había retirado de la gestión directa hacía meses y había dejado el control en manos del nuevo Director Ejecutivo, un inversionista mayoritario del que Ava solo sabía que tenía experiencia reorganizando empresas y que había llegado con la intención de cambiar varias cosas dentro de Vanguardia Group.

—Buenos días a todos —anunció el vicepresidente senior, un hombre de cabello canoso que se puso de pie al frente de la mesa—. Agradecemos su puntualidad. Daremos inicio a la presentación de la estrategia del último trimestre, presidida por nuestro nuevo Director Ejecutivo.

La puerta de doble hoja de la sala se abrió con un golpe seco.

Ava no levantó la vista de inmediato. Estaba concentrada en corregir un margen en su pantalla, pero el ambiente cambió de repente. Las conversaciones cesaron y los pasos que se acercaban resonaron por la sala con seguridad hasta detenerse en la cabecera de la mesa.

—Siento el retraso, caballeros. El tráfico de la avenida principal estaba insufrible —dijo una voz profunda, arrastrada y con un toque inconfundible de picardía.

El corazón de Ava se detuvo. Esa voz. La vibración de esas cuerdas vocales se le instaló directamente en la base de la nuca, desencadenando una cascada de recuerdos que creía haber enterrado bajo llave. Levantó la mirada con lentitud, sintiendo cómo los músculos de su cuello se tensaban al encontrarlo allí.

Damian Callahan lucía impecable en un traje de tres piezas azul marino hecho a la medida, una camisa blanca impecable y una corbata oscura que contrastaba con el desaliño con el que ella lo recordaba en su dormitorio. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con precisión, pero esos ojos claros mantenían la misma fijeza que Ava recordaba demasiado bien. Ya no era el hombre que había despertado a su lado entre sábanas oscuras; era el dueño del tablero de Vanguardia Group.

Damian recorrió la mesa con una mirada profesional, asintiendo ante los rostros de los ejecutivos veteranos, hasta que sus ojos se toparon con el extremo inferior izquierdo. Con ella. Ava sostuvo la respiración, congelando sus facciones para no mostrar el más mínimo rastro de pánico. Esperaba ver sorpresa en él, quizás incomodidad. Pero Damian no pestañeó. Al contrario, una sonrisa perezosa y sumamente pícara se dibujó en la comisura de sus labios, un gesto tan sutil que solo ella fue capaz de descifrar. El nuevo jefe de la firma la había reconocido al instante.

—Bien —continuó Damian, apoyando las manos sobre la madera de la mesa y entrelazando los dedos—. Comencemos con el informe de auditoría. Quiero ver los números de la nueva división de proyectos. Señorita... Vega, creo que ese es su departamento, ¿verdad?

El uso de su apellido en su boca sonó como una provocación directa. Ava tragó saliva, sintiendo la mirada de toda la sala sobre ella. Apretó los dedos alrededor de su bolígrafo digital y enderezó la espalda, recuperando su faceta más cortante.

—Así es, señor Callahan —respondió Ava, con una voz tan fría y profesional que pareció congelar el ambiente—. Los datos preliminares están cargados en la red interna. Si me permite compartir la pantalla...

—No hace falta —la interrumpió Damian, ladeando la cabeza con diversión evidente ante la rigidez de la joven—. Prefiero una explicación directa. Los números fríos no me dicen nada si no hay una estrategia sólida detrás. Detesto la burocracia.

La reunión se extendió durante la siguiente hora. Cada vez que Ava exponía un punto, Damian encontraba la manera de cuestionarla, no porque hubiera algo incorrecto en su trabajo, sino porque parecía disfrutar escuchándola defenderse con aquel carácter firme y pragmático que tanto lo había cautivado en la terraza. Ava respondió a cada pregunta con precisión, rehusándose a bajar la guardia o a dejarse intimidar por la fijeza de sus ojos claros, que no dejaban de recorrerla cada vez que los demás ejecutivos se distraían con las gráficas.

Al concluir la sesión, los directores comenzaron a recoger sus pertenencias y abandonaron la sala entre comentarios sobre la forma de llevar la reunión del nuevo jefe. Ava guardó su tableta con prisa, deseando mezclarse con la multitud y desaparecer en su cubículo del piso inferior.

—Señorita Vega —la voz de Damian resonó con fuerza cuando ella ya alcanzaba la puerta—. Quédese un momento, por favor. Necesitamos ajustar unos detalles de su presupuesto.

Los últimos ejecutivos salieron, cerrando la puerta tras de sí. El silencio regresó a la estancia, roto únicamente por el zumbido sutil del aire acondicionado. Ava se giró despacio, manteniendo la distancia física y cruzando los brazos sobre el pecho.

Damian caminó lentamente alrededor de la mesa, desabrochándose el botón de su saco con aquella familiar despreocupación. Se detuvo a dos metros de ella, apoyándose contra el borde de la madera y cruzando los tobillos. La sonrisa de suficiencia volvió a su rostro.

—Vaya, Vega —murmuró, bajando el tono de voz a ese registro íntimo que la hizo estremecer—. Así que el mundo sí es un pañuelo. ¿Vamos a fingir no te escapaste de mi cama al amanecer?

Ava no cambió su expresión de hielo. Lo miró directamente a los ojos, sin dar un solo paso atrás.

—Eso fue un evento aislado y privado, señor Callahan —declaró ella con firmeza—. Aquí soy su empleada. Exijo que mantengamos esto estrictamente en el plano profesional. Lo que pasó fuera de estas paredes no existe.

Damian soltó una carcajada baja, un sonido ronco que resonó en el pecho de Ava. Se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo sutilmente su espacio.

—Ponerse límites a sí misma es una cosa, Vega. Pero intentar ponérmelos a mí en mi propio edificio... eso es muy optimista de tu parte. Me encantan los retos difíciles.

Ava abrió la boca para replicar, dispuesta a cortarlo con una de sus frases mordaces, pero un vuelco violento en el fondo de su estómago la obligó a callarse. Una oleada de náuseas repentinas y sofocantes la golpeó con tanta fuerza que tuvo que dar un paso atrás y apoyarse en la pared lateral para no perder el equilibrio. El mareo nubló su vista por un segundo.

Damian frunció el ceño, perdiendo parte de su arrogancia al notar el cambio repentino en su rostro.

—¿Ava? ¿Estás bien? —preguntó, dando un paso hacia ella con genuina extrañeza.

—Estoy perfectamente —mintió ella con voz ahogada, recuperando la postura a base de pura fuerza de voluntad. Miró el reloj de su tableta y luego la fecha en la esquina inferior—. Solo... necesito aire. Con su permiso.

Salió de la sala de juntas a paso rápido, ignorando el llamado de Damian. Al entrar al ascensor, con el corazón desbocado y las náuseas persistentes, Ava miró el calendario digital de su pantalla. Un frío le recorrió la espalda al hacer la cuenta exacta de los días que habían pasado desde aquella noche. Su período llevaba una semana completa de retraso.

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