LOGINEl reporte impreso de las proyecciones del trimestre pesaba más de lo normal entre las manos de Ava. Se obligó a mantener la vista sobre las cifras de su computadora, intentando concentrarse en las cuentas para ignorar las náuseas que le revolvían el estómago desde que había llegado a la oficina a las ocho de la mañana. Llevaba una semana entera tratando de convencerse de que el retraso de su período era consecuencia de los veintiún días de estrés, las noches sin dormir y la preocupación constante de adaptarse a su nuevo puesto como Directora de Proyectos en Vanguardia Group. Había estado bajo demasiada presión. Eso debía ser todo. Era lo único que se repetía una y otra vez para no pensar en la posibilidad que llevaba días intentando apartar de su cabeza.
—Señorita Vega, el Director Ejecutivo la espera en la oficina presidencial de inmediato. Solicita el desglose de los costos de infraestructura —anunció la secretaria a través del intercomunicador, interrumpiendo sus pensamientos.
Tragó saliva, intentando deshacerse del sabor amargo que tenía en la boca. Se levantó con la espalda recta, alisó la falda y salió de su oficina rumbo al ascensor del ala ejecutiva. Cuando llegó al piso cuarenta, recorrió el pasillo alfombrado hasta la puerta de la oficina presidencial. Sin embargo, antes de que pudiera llamar, unas voces que llegaban desde el interior la hicieron detenerse.
—Te lo repito, Damian, la cena benéfica del sábado no es negociable. La hija de los Chamberlain es una mujer de tu posición, educada en el extranjero y con un apellido impecable. Ya es hora de que dejes de llenar las portadas de los tabloides de chismes con modelos de turno que solo quieren tu fortuna y sientes cabeza bajo nuestras condiciones —declaró una voz femenina, aristocrática y de una severidad cortante.
Reconoció de inmediato a Eleonora Callahan, la madre de Damian. Su fama de mujer exigente, obsesionada con las apariencias y con el lugar que ocupaba cada persona en la sociedad era conocida incluso fuera de los círculos más exclusivos.
—Madre, ya hemos tenido esta conversación un centenar de veces —respondió Damian desde el interior, con una calma fría que contrastaba con su actitud habitual—. No voy a asistir a ninguna cena de compromiso que hayas organizado para mí. No voy a casarme, no voy a firmar ningún acuerdo y tampoco tengo el menor interés en convertirme en padre. Los niños y las ataduras familiares no forman parte de mis planes. Prefiero donar la mitad de mis acciones a la beneficencia antes que meterme en esa jaula.
La respuesta le cayó como un balde de agua helada. Hasta ese momento había conseguido mantener sus sospechas apartadas, pero aquellas palabras hicieron que regresaran con más fuerza.
—Eres un Callahan, Damian. Tu obligación es mantener el apellido y proteger el patrimonio familiar. No voy a permitir que lo pongas en riesgo por tus caprichos de soltero —sentenció Eleonora.
La puerta se abrió por completo y la mujer apareció en el pasillo. Se detuvo apenas un instante al encontrarse con ella y la recorrió de arriba abajo con una mirada rápida, como si estuviera tratando de ubicarla. No dijo nada. Simplemente continuó hacia el ascensor privado con la misma seguridad con la que había llegado.
Las palabras de Damian seguían dando vueltas en su cabeza. No quería hijos. No quería casarse. Ni siquiera parecía dispuesto a considerar la posibilidad de una familia. Si lo que temía era cierto, podría verla exactamente como Eleonora había descrito a esas mujeres: como alguien que quería acercarse a su fortuna. El orgullo se le cerró de golpe. No pensaba darle una sola razón para creer eso.
Al levantar la vista, encontró a Damian dentro de la oficina, junto a su escritorio. La seriedad que había mantenido durante la conversación con su madre había desaparecido y en su lugar apareció aquella sonrisa pícara que tanto le gustaba usar cuando quería ponerla nerviosa.
—Vaya, Vega. Disculpa el pequeño espectáculo familiar —comentó, clavando sus ojos claros en ella—. Como puedes ver, mi madre está obsesionada con los anillos y los herederos. Por suerte, tú y yo tenemos la misma alergia a las cadenas. ¿Traes los balances que te pedí?
Avanzó con paso firme, manteniendo una distancia prudente entre ambos y obligándose a conservar el tono profesional que necesitaba para sobrevivir en aquel lugar. La molestia le servía para esconder todo lo demás.
—Aquí tiene el desglose, señor Callahan —respondió, dejando la carpeta sobre el escritorio sin permitir que sus dedos se acercaran a los de él—. Si los números están claros, me retiro a mi escritorio. Tengo trabajo pendiente en mi departamento.
Damian arqueó una ceja, claramente sorprendido por la frialdad de su respuesta, pero no tuvo oportunidad de comenzar con uno de sus comentarios. Se dio la vuelta y salió de la oficina presidencial. Apenas las puertas se cerraron detrás de ella, otra punzada le atravesó el estómago y tuvo que esperar unos segundos antes de continuar.
Al regresar al piso inferior, el sonido insistente de su teléfono personal rompió el silencio del cubículo. En la pantalla apareció el nombre de Viviana Vega. Cerró los ojos durante un instante, respiró hondo y contestó.
—¿Qué pasa, mamá? Estoy trabajando —dijo en voz baja para no llamar la atención de sus compañeros.
—¡Ava, por fin respondes! —exclamó Viviana al otro lado de la línea, utilizando aquel tono dramático que su hija conocía demasiado bien—. Necesito que me transfieras dos mil dólares ahora mismo. El tratamiento estético y la ropa que compré para la reunión de la semana pasada vencen hoy en la tarjeta. Si no pago, voy a arruinar mi historial crediticio. Es una inversión para nuestro futuro, Ava. No puedes ser tan egoísta y dejarme desamparada.
Se frotó el puente de la nariz. Sentía el cuerpo cansado y la paciencia al límite. Su madre gastaba dinero en tratamientos y ropa mientras esperaba que ella resolviera todos sus problemas. Y ahora, mientras intentaba entender qué estaba ocurriendo con su propio cuerpo, tampoco podía contar con ella. Las palabras de Damian sobre la paternidad terminaron de llevarla a una conclusión que llevaba días intentando evitar: si estaba embarazada, tendría que enfrentarlo sola.
—No tengo ese dinero, Viviana. Y no voy a pagar tus caprichos —respondió con firmeza antes de colgar, sin esperar los gritos que seguramente vendrían después.
El reloj de la computadora marcó el comienzo de la hora del almuerzo. Se levantó con las piernas ligeramente temblorosas, tomó su bolso de lona negra y bajó en el ascensor hasta el vestíbulo principal. Al salir del edificio, caminó por las calles del distrito financiero a paso rápido, alejándose de las avenidas donde solían reunirse los empleados de Vanguardia Group. No quería encontrarse con nadie. Mucho menos tener que explicar por qué llevaba varios días con la cabeza en otro sitio.
Entró en una pequeña farmacia del vecindario, lejos de las calles más concurridas. Mantuvo la barbilla en alto y el rostro serio mientras se acercaba al mostrador, procurando no llamar la atención del farmacéutico.
—Una prueba de embarazo, por favor.
Pagó en efectivo. El farmacéutico le entregó una pequeña caja rectangular y la guardó en el fondo del bolso, debajo de todo lo demás. Después salió de la farmacia y emprendió el camino de regreso al rascacielos. Durante todo el trayecto intentó pensar en cualquier otra cosa, pero la pequeña caja parecía pesar más con cada paso. Había pasado una semana intentando convencerse de que no era nada. Ahora tenía la prueba escondida en el bolso y, por primera vez, ya no podía seguir fingiendo que aquella posibilidad no existía.
Ava había aprendido a esconder muy bien aquello que no quería que nadie descubriera. Sin embargo, nunca imaginó que tendría que ocultar algo tan grande en el fondo de su bolso. Caminó por el pasillo de ejecutivos de Vanguardia Group, manteniendo un paso firme para no delatar la agitación que le oprimía el pecho. Dentro del bolso llevaba el empaque rectangular que había comprado en la farmacia de la esquina hacía veinte minutos.Entró al baño de empleados del ala este, un espacio de mármol gris que a esa hora se encontraba desierto. Una punzada de asco le subió por la garganta. Ava avanzó hacia el último cubículo, atrancó el cerrojo y se apoyó contra la puerta. El nudo que llevaba sintiendo en el estómago desde hacía horas ya no podía confundirse con una simple molestia. Las náuseas habían pasado de ser una sospecha incómoda a convertirse en una certeza que amenazaba su habitual compostura.Con dedos trémulos, rompió el cartón de la caja. Sacó el dispositivo de plástico blanco y repasó
El reporte impreso de las proyecciones del trimestre pesaba más de lo normal entre las manos de Ava. Se obligó a mantener la vista sobre las cifras de su computadora, intentando concentrarse en las cuentas para ignorar las náuseas que le revolvían el estómago desde que había llegado a la oficina a las ocho de la mañana. Llevaba una semana entera tratando de convencerse de que el retraso de su período era consecuencia de los veintiún días de estrés, las noches sin dormir y la preocupación constante de adaptarse a su nuevo puesto como Directora de Proyectos en Vanguardia Group. Había estado bajo demasiada presión. Eso debía ser todo. Era lo único que se repetía una y otra vez para no pensar en la posibilidad que llevaba días intentando apartar de su cabeza.—Señorita Vega, el Director Ejecutivo la espera en la oficina presidencial de inmediato. Solicita el desglose de los costos de infraestructura —anunció la secretaria a través del intercomunicador, interrumpiendo sus pensamientos.Tra
El sonido de los tacones de Ava contra el mármol pulido del vestíbulo de Vanguardia Group era lo único que ocupaba su cabeza aquella mañana. Habían pasado exactamente tres semanas desde la noche del penthouse y la desastrosa mañana que le siguió. Tres semanas en las que apenas había dormido, dedicando cada minuto libre a enviar currículums y a esquivar las constantes peticiones de dinero de Viviana, quien, de manera casi milagrosa, había conseguido una prórroga para su supuesta deuda después de derramar unas cuantas lágrimas frente al casero.Ava se había jurado que aquel nuevo empleo como Directora de Proyectos Financieros sería su boleto de salida definitivo de aquel apartamento. Su armadura estaba más rígida que nunca. Vestía un traje de sastre gris oscuro perfectamente entallado, llevaba el cabello recogido en un moño impecable y mantenía una expresión de absoluta indiferencia que apenas conseguía esconder el nudo de nervios que tenía en el estómago.—La junta de bienvenida para l
Ninguno de los dos había pronunciado una palabra desde que abandonaron el hotel.Ava permanecía sentada en el asiento trasero, con las piernas cruzadas y la mirada fija en las luces de la ciudad que desfilaban al otro lado de la ventana. Damian estaba a su lado, demasiado cerca para que pudiera ignorar su presencia y demasiado callado para que ella encontrara una excusa que justificara mirarlo. El aroma a madera y tabaco de su loción se mezclaba con el cuero del automóvil, mientras el suave rugido del motor llenaba el espacio entre ambos.De vez en cuando, Ava observaba su perfil bajo las luces intermitentes de las avenidas. Sus ojos claros permanecían fijos al frente, como si estuviera tan concentrado en mantener el control como ella en fingir que lo tenía.La tensión que había nacido en la terraza del hotel seguía ahí, creciendo con cada minuto de silencio.El vehículo se detuvo finalmente frente a la imponente estructura de la torre residencial. El chofer abrió la puerta en silenci
El reloj de la pared de la cocina no solo marcaba las ocho de la noche; parecía contar los segundos que le quedaban de paciencia. Ava Vega apretó los dientes, manteniendo la vista fija en la taza de café frío que reposaba sobre la mesa de formica gastada. A su lado, el tintineo constante de unas uñas postizas contra el cristal de un teléfono celular se le clavaba directamente en los oídos.—Solo te estoy pidiendo un adelanto, Ava. No es para tanto —dijo Viviana Vega, sin apartar los ojos de la pantalla de su teléfono, donde deslizaba el dedo por un catálogo de ropa de marca—. Además, es una inversión. Si voy bien vestida a la cena de mañana, el señor Martínez se llevará una mejor impresión de mí. Y si a mí me va bien, a ti te irá mejor.Ava soltó una risa seca, sin una pizca de gracia. Se enderezó en la silla de madera y cruzó los brazos sobre el pecho. Tenía veintiséis años, un título universitario en administración que le había costado sudor y lágrimas, y una cuenta bancaria que tem







