LOGINAva había aprendido a esconder muy bien aquello que no quería que nadie descubriera. Sin embargo, nunca imaginó que tendría que ocultar algo tan grande en el fondo de su bolso. Caminó por el pasillo de ejecutivos de Vanguardia Group, manteniendo un paso firme para no delatar la agitación que le oprimía el pecho. Dentro del bolso llevaba el empaque rectangular que había comprado en la farmacia de la esquina hacía veinte minutos.
Entró al baño de empleados del ala este, un espacio de mármol gris que a esa hora se encontraba desierto. Una punzada de asco le subió por la garganta. Ava avanzó hacia el último cubículo, atrancó el cerrojo y se apoyó contra la puerta. El nudo que llevaba sintiendo en el estómago desde hacía horas ya no podía confundirse con una simple molestia. Las náuseas habían pasado de ser una sospecha incómoda a convertirse en una certeza que amenazaba su habitual compostura.
Con dedos trémulos, rompió el cartón de la caja. Sacó el dispositivo de plástico blanco y repasó las instrucciones una vez más antes de comenzar. No había espacio para el pánico. Necesitaba mantener la cabeza fría y concentrarse en lo que estaba haciendo. Cumplió cada paso con cuidado, fijándose únicamente en sus movimientos para no permitir que las posibilidades que ya se agolpaban en su cabeza terminaran por desbordarla. Al terminar, colocó el objeto sobre la repisa, con la ventana de resultados hacia abajo. Las instrucciones indicaban que debía esperar tres minutos.
Se cruzó de brazos, clavando la vista en el suelo. El silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido suave del extractor de aire. Pensó en su madre, Viviana Vega, y en su eterna capacidad para transformar cualquier problema en un drama financiero donde ella era la víctima y Ava, la solución. Imaginó la reacción de Viviana si descubriera que su hija llevaba en el vientre el boleto dorado hacia la fortuna de un Callahan; usaría a esa criatura para presionar a Damian sin pensárselo dos veces. Luego recordó las palabras de Eleonora Callahan en el pasillo presidencial, su obsesión con el apellido, el linaje de los Chamberlain y las apariencias. Pero, sobre todo, recordó la respuesta de Damian. Él no quería contratos, ni anillos, ni herederos. Detrás de su picardía y su seguridad había una negativa absoluta a convertirse en padre.
El tiempo se cumplió. Ava extendió la mano y tomó el dispositivo, girándolo hacia la luz blanca del techo. En la pequeña pantalla, dos líneas paralelas de un color rosa intenso aparecieron con una claridad imposible de ignorar. El suelo bajo sus tacones pareció inclinarse. Ava parpadeó, esperando que fuera una ilusión provocada por el cansancio, pero los dos trazos continuaban allí, cambiando en un instante todo aquello que había creído tener bajo control. Estaba embarazada del heredero del imperio Callahan, su jefe directo.
Una damisela desamparada se habría echado a llorar, lamentando su suerte o pensando en cómo utilizar aquel plástico para asegurar una pensión millonaria. Pero Ava poseía un carácter rígido, endurecido por los años de manipulación de Viviana y forjado en la necesidad de salir adelante sola. Su orgullo y su pragmatismo aparecieron antes que el miedo. Ella no se arrodillaría ante nadie.
Miró su reflejo en el dispensador de toallas. No iba a ser la mujer que se humillara ante un hombre rico para mendigar una paternidad que él aborrecía. Tampoco permitiría que Eleonora Callahan la arrastrara por los tribunales acusándola de trepadora, ni le daría a Viviana la oportunidad de convertir aquel embarazo en otra de sus formas de conseguir dinero. La decisión se formó con una claridad casi dolorosa: guardaría el secreto. Continuaría trabajando, ahorraría cada centavo de su excelente sueldo como Directora de Proyectos, ocultaría el crecimiento de su vientre bajo camisas holgadas y chaquetas oscuras y presentaría su renuncia antes de que la verdad fuera evidente. Criaría a ese niño sola, bajo sus propios términos y sin deberle nada a nadie.
Con determinación, envolvió el dispositivo en papel higiénico y lo sepultó en el fondo del bolso. Abrió el cerrojo, caminó hacia el lavabo y se humedeció las sienes con agua fría. El contacto gélido estabilizó su pulso. Se miró al espejo, acomodó un mechón suelto de su moño y se enderezó el saco gris. Su armadura de hielo seguía intacta. Nadie en ese edificio sabría jamás lo que llevaba bajo la ropa.
Ava sujetó la manija de la puerta principal y la empujó hacia afuera, dispuesta a regresar a su escritorio.
El impacto fue directo.
Su frente chocó contra una superficie firme cubierta de tela fina, y el impulso la obligó a dar un paso en falso hacia atrás, perdiendo el equilibrio por el mareo residual. Un par de manos grandes y cálidas se cerraron alrededor de sus hombros con firmeza, sosteniéndola justo antes de que cayera.
Ava levantó la vista, encontrándose a centímetros con el rostro de Damian Callahan. Su saco estaba abierto y sus ojos claros la observaban con una genuina preocupación que rompió su distancia habitual. El perfume a madera que emanaba de él la envolvió por completo.
—Te estaba buscando por todo el piso —dijo Damian, con su voz profunda y arrastrada. Una sonrisa asomó apenas en sus labios, pero desapareció al notar su palidez—. La secretaria me dijo que entraste aquí hace casi veinte minutos y no respondías a los memorandos urgentes del presupuesto. No pensé que la burocracia te hiciera esconderte.
Ava intentó zafarse con un sutil empujón hacia atrás, pero Damian mantuvo los dedos firmes sobre sus brazos, obligándola a sostenerle la mirada. La intensidad de su escrutinio la hacía sentir desnuda.
—Tuve un contratiempo personal, señor Callahan. Ya vuelvo a mi oficina —respondió Ava, forzando un tono plano y cortante—. No hay necesidad de que vigile mis minutos en el sanitario.
Damian frunció el ceño, perdiendo el aire de burla. Inclinó la cabeza para observar sus facciones con una atención que a Ava le heló la sangre. Su mirada azul descendió por sus mejillas y se detuvo en el temblor casi imperceptible de sus labios y en las gotas de agua que brillaban en su frente. Dejó caer una mano desde el hombro hasta su frente, rozando la piel con el dorso de los dedos en un gesto inusitadamente protector.
—Ava, estás blanca como un papel —sentenció él, dejando de lado la formalidad. Su tono bajó a un registro ronco e íntimo—. Y estás temblando. ¿Qué te pasa?
Ella dio un paso atrás con brusquedad, rompiendo el contacto físico de un tirón. Cruzó los brazos sobre el vientre casi por reflejo, intentando recuperar la compostura mientras evitaba su mirada.
Ava había aprendido a esconder muy bien aquello que no quería que nadie descubriera. Sin embargo, nunca imaginó que tendría que ocultar algo tan grande en el fondo de su bolso. Caminó por el pasillo de ejecutivos de Vanguardia Group, manteniendo un paso firme para no delatar la agitación que le oprimía el pecho. Dentro del bolso llevaba el empaque rectangular que había comprado en la farmacia de la esquina hacía veinte minutos.Entró al baño de empleados del ala este, un espacio de mármol gris que a esa hora se encontraba desierto. Una punzada de asco le subió por la garganta. Ava avanzó hacia el último cubículo, atrancó el cerrojo y se apoyó contra la puerta. El nudo que llevaba sintiendo en el estómago desde hacía horas ya no podía confundirse con una simple molestia. Las náuseas habían pasado de ser una sospecha incómoda a convertirse en una certeza que amenazaba su habitual compostura.Con dedos trémulos, rompió el cartón de la caja. Sacó el dispositivo de plástico blanco y repasó
El reporte impreso de las proyecciones del trimestre pesaba más de lo normal entre las manos de Ava. Se obligó a mantener la vista sobre las cifras de su computadora, intentando concentrarse en las cuentas para ignorar las náuseas que le revolvían el estómago desde que había llegado a la oficina a las ocho de la mañana. Llevaba una semana entera tratando de convencerse de que el retraso de su período era consecuencia de los veintiún días de estrés, las noches sin dormir y la preocupación constante de adaptarse a su nuevo puesto como Directora de Proyectos en Vanguardia Group. Había estado bajo demasiada presión. Eso debía ser todo. Era lo único que se repetía una y otra vez para no pensar en la posibilidad que llevaba días intentando apartar de su cabeza.—Señorita Vega, el Director Ejecutivo la espera en la oficina presidencial de inmediato. Solicita el desglose de los costos de infraestructura —anunció la secretaria a través del intercomunicador, interrumpiendo sus pensamientos.Tra
El sonido de los tacones de Ava contra el mármol pulido del vestíbulo de Vanguardia Group era lo único que ocupaba su cabeza aquella mañana. Habían pasado exactamente tres semanas desde la noche del penthouse y la desastrosa mañana que le siguió. Tres semanas en las que apenas había dormido, dedicando cada minuto libre a enviar currículums y a esquivar las constantes peticiones de dinero de Viviana, quien, de manera casi milagrosa, había conseguido una prórroga para su supuesta deuda después de derramar unas cuantas lágrimas frente al casero.Ava se había jurado que aquel nuevo empleo como Directora de Proyectos Financieros sería su boleto de salida definitivo de aquel apartamento. Su armadura estaba más rígida que nunca. Vestía un traje de sastre gris oscuro perfectamente entallado, llevaba el cabello recogido en un moño impecable y mantenía una expresión de absoluta indiferencia que apenas conseguía esconder el nudo de nervios que tenía en el estómago.—La junta de bienvenida para l
Ninguno de los dos había pronunciado una palabra desde que abandonaron el hotel.Ava permanecía sentada en el asiento trasero, con las piernas cruzadas y la mirada fija en las luces de la ciudad que desfilaban al otro lado de la ventana. Damian estaba a su lado, demasiado cerca para que pudiera ignorar su presencia y demasiado callado para que ella encontrara una excusa que justificara mirarlo. El aroma a madera y tabaco de su loción se mezclaba con el cuero del automóvil, mientras el suave rugido del motor llenaba el espacio entre ambos.De vez en cuando, Ava observaba su perfil bajo las luces intermitentes de las avenidas. Sus ojos claros permanecían fijos al frente, como si estuviera tan concentrado en mantener el control como ella en fingir que lo tenía.La tensión que había nacido en la terraza del hotel seguía ahí, creciendo con cada minuto de silencio.El vehículo se detuvo finalmente frente a la imponente estructura de la torre residencial. El chofer abrió la puerta en silenci
El reloj de la pared de la cocina no solo marcaba las ocho de la noche; parecía contar los segundos que le quedaban de paciencia. Ava Vega apretó los dientes, manteniendo la vista fija en la taza de café frío que reposaba sobre la mesa de formica gastada. A su lado, el tintineo constante de unas uñas postizas contra el cristal de un teléfono celular se le clavaba directamente en los oídos.—Solo te estoy pidiendo un adelanto, Ava. No es para tanto —dijo Viviana Vega, sin apartar los ojos de la pantalla de su teléfono, donde deslizaba el dedo por un catálogo de ropa de marca—. Además, es una inversión. Si voy bien vestida a la cena de mañana, el señor Martínez se llevará una mejor impresión de mí. Y si a mí me va bien, a ti te irá mejor.Ava soltó una risa seca, sin una pizca de gracia. Se enderezó en la silla de madera y cruzó los brazos sobre el pecho. Tenía veintiséis años, un título universitario en administración que le había costado sudor y lágrimas, y una cuenta bancaria que tem







