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Capítulo cuatro

Auteur: Glossy fox
last update Date de publication: 2026-10-17 23:07:41

En principio

Durmió con la ropa puesta, con la llave girada y una silla trabada bajo el

picaporte de todos modos, y se despertó antes de que hubiera luz, con la muñeca

en silencio y la mente en alboroto.

Para cuando la campana marcó las siete ya se había lavado, se había trenzado

el pelo dos veces y había decidido qué estaba y qué no estaba dispuesta a decir.

Voss llegó con una bandeja de pan y carne fría que ella no tocó y con una mirada

que sugería que tampoco él había dormido. La acompañó por el Castillo a un ritmo

pensado para parecer sin prisa.

Los corredores eran más anchos que cualquier camino de Marlow’s Ford y más

fríos que el patio. Banderas carmesíes colgaban de soportes de hierro, y cada

pocos pasos un sirviente se aplastaba contra la pared para dejarla pasar y miraba

al suelo con gran concentración.

—Un consejo —dijo Voss sin volver la cabeza—. El Rey escucha mejor cuando

cree que está ganando.

—¿Eso es un consejo o una advertencia?

—A mi edad, suelen ser lo mismo.

El rey Osric Varrow la recibió en un salón solar en lugar de en un salón de

audiencia, cosa que no había esperado y que desconfió de inmediato. Era una

habitación larga y cálida, con una chimenea en un extremo y una mesa de mapas

en el otro, y un brasero en el rincón quemaba algo dulce y resinoso, de la clase de

cosa que quemaría un templo. Los ojos se le humedecieron un poco. El resto de la

habitación era sobrio. Un hombre que no necesitaba trono para demostrar lo que

era.

Era más grande de lo que ella había imaginado y más viejo, plata en el pelo

oscuro, ojos ámbar bordeados por un anillo más oscuro que ya había visto el día

anterior en el rostro de su hijo. Vestía lana oscura sencilla y guantes de cuero

suave, aunque la habitación estaba caliente. Se levantó cuando ella entró, que fue

lo primero que falló en su plan, porque se había preparado para detestar a un rey

que permaneciera sentado.

—Elowen —dijo—. Perdona a un hombre viejo por decirlo. Llevo unos días

practicando el nombre y quería oír cómo sonaba en la habitación. —Wren —respondió ella—. Nadie me ha llamado por el otro en doce años.

—Entonces Wren será, y me disculpo por la formalidad del Decreto. Mis

escribas insisten en el nombre completo. Insistirían en el nombre completo aunque

estuviera indultando a un perro. —Hizo un gesto hacia una silla—. Siéntate, por

favor. ¿Vino? Has hecho un largo camino.

—No, gracias.

—Muy bien. Yo tampoco me fiaría de mí.

Era encanto, y era un buen encanto, fácil y consciente de sí mismo, con las

ironías tenues ya incorporadas de modo que rechazarlo resultaba grosero. Se

sentó porque permanecer de pie habría parecido miedo. Al otro lado de la

habitación, junto a la ventana, Kaelen Varrow estaba de pie con los brazos

cruzados y de espaldas a la luz, de modo que ella no podía leerle el rostro. No

había dicho una palabra. No miró su muñeca, lo que le dijo que estaba pensándola.

—No te insultaré fingiendo que no sé lo que piensas de mí —dijo Osric,

acomodándose en la silla de enfrente con el cuidado de un hombre a quien las

articulaciones le desagradaban—. Di una orden hace doce años que le costó todo a

tu familia. Hice lo que creí necesario. Tienes derecho a odiarme por ello, y solo te

pediría que odies desde dentro de estos muros, donde puedo mantenerte con

vida.

La habitación quedó en silencio. El brasero chisporroteaba. Por un instante la

dulzura del aire se espesó, y las paredes se acercaron y se oscurecieron, y en

algún lugar sobre ella un tablón crujió bajo unas botas. Wren cruzó las manos

sobre el regazo para que nada en ellas temblara, y el momento pasó.

Era un discurso muy bueno. Había admitido el crimen en la primera frase y

ofrecido protección en la segunda, de modo que la gratitud y el rencor quedaban

trenzados y no podían deshacerse. Alguien había escrito discursos así para aquel

hombre durante treinta años, o él mismo los había escrito.

—No me has dicho por qué estoy aquí —dijo ella.

—La paz.

—La gente ha empezado guerras en nombre de la paz.

—Así es. —Sonrió, un poco pesaroso—. El Concordato se está deshilachando,

Wren. Thornwood da refugio a tu gente y el Consejo lo resiente. Hay hombres en

las tierras fronterizas que atacan nuestros puestos bajo un estandarte de ceniza

gris, y Greywater está perfectamente contento de venderles el acero. Cien fuegos pequeños, y nadie para apagarlos. La Luna, en su sabiduría, te ha nombrado

compañera de mi hijo. Si te colocas a su lado en Hollowfang, esos fuegos pierden

su razón de arder.

—La Luna me nombró.

—En la Lectura, hace tres semanas. Yo solo leí el nombre.

—¿Y si me niego?

—Entonces me dolería mucho —dijo Osric—, y el Concordato se pondría muy

ruidoso. Y la Luna, me dicen, es particular. Una compañera tomada por la fuerza

no es compañera en absoluto.

Ella lo anotó. Era la primera cosa verdadera que había dicho sin prepararla

antes, y se le había escapado como algo que no había pretendido entregarle.

—Entonces esta es mi condición —dijo ella—. La que trajo el capitán. Nadie me

toca, me marca ni me mueve a ningún sitio contra mi voluntad. Ni tu hijo. Ni tú. Ni

el Consejo. Lo quiero por escrito, de tu puño y letra.

—Padre. —La voz de Kaelen llegó desde la ventana, plana y callada—. Es una

extraña que ha entrado del camino y quiere un derecho de veto sobre la Corona.

—No soy una extraña para ti —dijo Wren sin volverse—. Te dijeron mi nombre

antes que a mí.

Un silencio. La boca de Osric se movió, y ella pensó que podría haber sido el

principio de una risa.

—Tu palabra es un comienzo justo —le dijo a ella, ignorando a su hijo—. La doy

ahora, delante de testigos. Voss, tómalo nota. Wren Ashenmoor no será tocada,

marcada ni trasladada contra su voluntad mientras sea huésped en esta casa.

—Volvió una mano enguantada con la palma hacia arriba—. Lo escrito es asunto

más largo. Los escribas del Consejo querrán asistir, y querrán discutir por las

comas. Pero lo acepto en principio, y puedes sujetarme al principio hasta que

lleguen las comas.

Era limpio. Le daba lo que pedía y conservaba la palanca en su propia mano.

Ella reconocía un trato con una bisagra oculta cuando se lo estaban vendiendo, y

sabía también que no podía permitirse rechazarlo. No todavía.

—En principio —dijo ella.

—En principio. —Entonces esperaré las comas.

Pensó, absurda, en Elias, que se habría reído a carcajadas con aquello, y el

pensamiento se esfumó antes de que pudiera doler.

—Eres muy parecida a tu padre —dijo Osric en voz baja, y por primera vez su

rostro hizo algo que ella no pudo categorizar, un destello de sentimiento real,

desprotegido y desaparecido casi de inmediato.

Kaelen se apartó de la pared. —Le estás dando a un rehén un derecho de veto.

—Le estoy dando a una invitada una cortesía.

—Es lo mismo, y ella lo sabe. —Cruzó la habitación en tres zancadas, y por

primera vez ella lo vio de pleno a la luz. Alto, de pelo oscuro, duro de mandíbula,

con los mismos ojos ámbar que su padre y nada del calor que el hombre mayor

afectaba. La miró, por fin, y fue como quedar de pie en el viento—. Yo la llevaré a

sus habitaciones.

—No harás tal cosa —dijo Osric con suavidad—. Lo hará Voss. Tú y yo tenemos

una conversación que terminar.

La mandíbula de Kaelen se tensó. Sostuvo su mirada un momento más de lo

que había pretendido, pensó ella, y luego se dio la vuelta y salió por la otra puerta

sin decir otra palabra, y el pestillo cayó detrás de él con fuerza suficiente para

hacer inclinarse las llamas del brasero.

Osric miró la puerta y suspiró. —Eso lo saca de mí. Lo siento.

Voss le abrió la puerta. Ella se levantó, ofreció al Rey una inclinación de cabeza

exactamente tan profunda como exigía la cortesía, y salió al corredor. Habían

recorrido quizá veinte pasos cuando se alzaron voces detrás de ellos,

amortiguadas por la madera, una baja y furiosa y otra baja y nivelada, y el pestillo

de la puerta del solar, que ella habría jurado que había quedado trabado, se movió

y se abrió un dedo.

—Treinta días —dijo Kaelen, con una voz que aún no le había oído, despojada

de su hielo—. Treinta días, padre, y esperas que sea gentil.

—Espero que seas convincente.

La mano de Voss cerró la puerta y la empujó hasta cerrarla del todo. El silencio

que siguió fue muy completo.

—¿Treinta días hasta qué? —preguntó Wren. —No sabría decirlo, señora.

Era la segunda vez que Garrick Voss le mentía, y se le daba mal.

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    ColmillohuecoTardaron cuatro días en llegar a la Fortaleza, y Wren pasó la mayor parte de ellos contando las cosas que no podía superar. Doce jinetes, luego once cuando uno se separó con un mensaje. Tres puertos de montaña, cada uno con un puesto de la Corona. Cuatro noches en guarniciones al borde del camino, donde le daban una cama, un plato de estofado y un guardia al otro lado de la puerta.Voss cabalgaba un tramo por delante de ella y nunca se volvía. La segunda mañana se rezagó el tiempo suficiente para decirle, con la voz de un hombre que lee de un libro de cuentas, que su condición había sido enviada por delante por un jinete rápido. Aún no había respuesta.—¿Eso significa que no?—Significa que aún no.Ella le dio vueltas a aquello durante dos días, y nunca tomó forma.La tercera noche, en el comedor de una guarnición que olía a lana mojada y cebollas, oyó a dos soldados jóvenes discutir en voz baja al otro lado de una pared. Uno dijo que el príncipe había pasado una semana

  • El Heredero Oculto Del Rey Alfa   Capítulo dos

    La Tercera SalidaEl capitán leyó el resto con la misma voz que llevaba lejos, y Wren permaneció de pie a través de cada palabra sin moverse.Elowen Ashenmoor, la última de la línea de los Guardianes, había sido nombrada por la Luna como pareja destinada de Kaelen Varrow, heredero del Rey Alfa. Debía ser recibida en el Castillo de Hollowfang bajo la protección de la Corona y unirse en pareja antes del Concordato, en señal de paz entre las casas. La palabra paz apareció dos veces. La palabra consentimiento no apareció en absoluto.Cuando terminó, nadie habló. Un niño preguntó algo y lo silenciaron. Orla Fenn la miró desde el otro lado del verde con una expresión que por fin tenía sentido, y Wren comprendió que la lástima había sido por esto. El pueblo había sabido que se acercaba un ajuste de cuentas. Solo no había sabido de quién.Garrow llegó hasta ella antes que el capitán. Lo dijo de prisa, como quien extrae una astilla. El mensaje de la Corona había llegado una semana atrás. Doce

  • El Heredero Oculto Del Rey Alfa   Capítulo uno

    Día de MercadoPara cuando la campana del vado sonó a media mañana, Wren Hale había vendido todos los ramos de tanaceto que había traído y contado el verde dos veces.Era un hábito, nada más. Once puestos en la hierba pisoteada, los muchachos del molinero discutiendo por un cajón de nabos, el viejo Tobin dormido contra el pozo con el sombrero sobre la cara. Dos carreteros habían llegado por el camino de Thornwood al amanecer y se habían ido de nuevo antes de que se levantara la niebla. Ella había anotado hacia dónde se había dirigido cada uno. Anotaba la mayoría de las cosas. Su puesto estaba al final de la fila, donde el sendero hacia el molino corría detrás, y el hueco en la cerca del establo estaba a once pasos de su bota izquierda. Lo había medido a pasos la semana en que llegó.—Tienes esa mirada otra vez —dijo Orla Fenn, sentando a su hijo en el borde de la mesa—. Como si estuvieras escuchando la lluvia.—Es otoño. Siempre estoy escuchando la lluvia. —Wren giró la mano del niño

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