로그인Hoy habra varios capítulos por la tarde. Les leo.
La habitación de Gemma estaba ordenada cuando ambos entraron. La muchacha dejó el botiquín sobre una pequeña mesa y se volvió hacia Elio, que ya se había acomodado en el borde de la cama con una familiaridad que comenzaba a resultarle irritante. —Puedes sentarte en la silla —comentó ella mientras abría el botiquín. —La cama es más cómoda. Además, soy un hombre herido —respondió Elio mientras desabrochaba los primeros botones de su camisa. Gemma suspiró y se acercó con unas gasas limpias. Elio apartó la tela lo suficiente para mostrarle el vendaje. Cuando ella lo retiró con cuidado, descubrió que la pequeña herida estaba cerrando sin dificultades y que no había señales de sangrado reciente. —No tienes nada, Elio. Está cicatrizando perfectamente —declaró mientras examinaba la piel que rodeaba el corte. —¿Estás segura? —preguntó él. Mientras ella volvía a colocar una gasa limpia, Elio bajó la mirada. El uniforme de Gemma se ceñía a su cuerpo y no pudo evitar fijarse en sus pechos f
—¡Matthias! ¡Esta es la mesa del comedor! —exclamó ella entre jadeos, conteniendo un grito cuando los dedos largos y calientes de él se deslizaron de inmediato entre sus muslos, encontrándola completamente empapada y temblando por el contacto inesperado.—Lo sé, pastelito. La compré yo —contestó con absoluta tranquilidad, mientras se desabrochaba el pantalón y liberaba su erección dura y palpitante—. Y ahora mismo vas a disfrutarla conmigo.Sin dejarla replicar, Matthias se metió entre sus piernas, hundiendo dos dedos largos en el interior de su se-xo apretado mientras su boca devoraba sus labios en un beso salvaje. Davinna arqueó la espalda sobre la mesa, con los cubiertos tintineando ligeramente a su alrededor, y se aferró con desesperación a sus hombros. Él aceleró el ritmo de sus dedos, frotando su clítoris con una presión experta que la hizo perder el aliento.—¡Matthias... ah, Dios..! —suplicó ella, sintiendo cómo las olas de un orgasmo violento y eléctrico se acumulaban en la b
A las cinco de la tarde, el comedor principal del Palazzo Angelini había adquirido el aspecto de un restaurante exclusivo. Alessandra había supervisado personalmente la distribución de la vajilla, los cubiertos y las copas, mientras el chef y dos ayudantes terminaban de organizar los platos que presentarían durante la degustación. Davinna observaba los preparativos con entusiasmo, vestida con un cómodo vestido de tono azul pálido que se ajustaba delicadamente bajo su pecho y caía sobre la redondez de su vientre.Matthias llegó unos minutos después, todavía vestido con la camisa oscura que había utilizado durante la reunión con Claudio. Se detuvo en la entrada del comedor y contempló la mesa, las pequeñas tarjetas con los nombres de los platillos y el considerable número de personas que parecían estar esperando su llegada. Su primera reacción fue preguntarse cuánto tiempo tendría que permanecer allí probando comida, pero entonces descubrió a Davinna conversando animadamente con Alessan
Claudio dejó escapar un suspiro de impaciencia y tomó el documento que su abogado acababa de colocar frente a él. Leyó varias cláusulas antes de levantar nuevamente la mirada. No le agradaba lo que estaba viendo. Había esperado que Matthias exigiera una participación directa en la empresa o que utilizara las acciones como garantía de algún acuerdo comercial, pero descubrir que todo quedaría a nombre de Davinna resultaba mucho más humillante. Su hija menor, aquella a la que durante años había considerado incapaz de comprender los negocios familiares, se convertiría en propietaria de la mitad de Allen Holdings.—Esto es absurdo. Davinna no tiene experiencia administrando una empresa de esta magnitud —declaró Claudio mientras dejaba los documentos sobre el escritorio—. No sabe absolutamente nada de nuestras operaciones ni de los compromisos que tenemos con los inversionistas.La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Matthias. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre e
La Dolce Vite continuaba recibiendo clientes cuando el teléfono de Davinna comenzó a sonar sobre la mesa de trabajo. Acababa de terminar la decoración de una pequeña tarta de pistacho y estaba explicándole a Chiara algunos cambios que quería realizar en los pedidos de la semana. Se limpió las manos con un paño antes de revisar la pantalla y sonrió al reconocer el nombre de Alessandra, la organizadora encargada de los preparativos de su compromiso. Habían hablado varias veces durante los últimos días, aunque todavía quedaban algunas decisiones importantes por tomar, entre ellas la selección definitiva del banquete.—Alessandra, buenos días. ¿Ocurrió algo? —preguntó Davinna mientras se apartaba de la mesa para buscar un lugar donde pudiera conversar sin interrumpir el trabajo de los demás.—Nada malo, señora Allen. Solamente quería recordarle que todavía tenemos pendiente la degustación del menú. El chef necesita conocer sus preferencias para comenzar a coordinar los ingredientes y las
La mañana siguiente comenzó con una discusión en el dormitorio principal de los Angelini.Davinna permanecía frente al vestidor, intentando cerrar el último botón de una blusa blanca que hasta hacía unas semanas le quedaba perfectamente. Había probado otras dos prendas sin conseguir sentirse cómoda y comenzaba a sospechar que pronto tendría que renovar buena parte de su guardarropa. Su vientre había adquirido una redondez que ya resultaba imposible disimular, aunque aquello no le molestaba tanto como la idea de permanecer encerrada en la residencia mientras otras personas se ocupaban de su pastelería.Matthias la observaba desde la cama, apoyado contra las almohadas, con el cabello negro desordenado y una expresión de profundo desagrado. Había despertado con náuseas nuevamente y el olor del café que alguien había llevado al dormitorio terminó por arruinarle el humor.—¿Adónde demonios vas tan temprano, pastelito? —preguntó mientras apartaba la taza que descansaba sobre la mesita, proc







