LOGINEstás perdida también, Lee. Y tampoco lo sabes.
Nathan se sirvió más vino, alzó la copa en un brindis silencioso y pensó: Que empiece el juego. Porque él ya había elegido su bando. Y ese bando era la felicidad. La suya, la de Cristóbal, la de Lee y, aunque Brian todavía no lo supiera, la suya también. Si todo salía bien. Solo había un pequeño detalle que tenía que solucionar. Una vía de escape por si Brian descubría que Nathan lo había manipulado para que se fijara en Lee… el huracán no iba a ser el que él imaginaba. Pero eso, pensó Nathan con una sonrisa maliciosa, era un problema para el Brian del futuro. El Brian del presente tenía que empezar a enamorarse. Y Nathan iba a asegurarse de que así fuera. Aunque tuviera que empujarlo al huracán con sus propias manos. Media hora después. El aire nocturno de Houston golpeó a Lee en el rostro cuando salieron del restaurante. Húmedo. Caliente. Como si la ciudad también estuviera tramando algo. Nathan caminaba a su lado, con la mano colocada de manera casual en la parte baja de su espalda. Un gesto que habían hecho un millón de veces. Amistoso. Protector. Sin dobles intenciones. Pero esa noche, Lee notó el peso de esa mano como si fuera la primera vez. —¿Estás bien? —preguntó Nathan, notando su tensión. —Sí —mintió ella— Solo quiero llegar a casa. Ver a Lulú —Mentira. Quieres llegar a casa, ponerte el pijama, y pensar en él. — Nathan le discutió — La pobre Lulu no tiene nada que ver. —En nadie. Nathan no voy a pensar en nadie y menos en tu odios padre que por cierto es nuestro jefe. —Claro. En nadie. Por eso llevas diez minutos mirando el suelo como si hubieras perdido algo. Lee levantó la cabeza para responder con un insulto cariñoso, pero en ese momento el móvil de Nathan vibró con insistencia. Una videollamada. La pantalla iluminó la noche con un nombre que Lee reconoció al instante. Cristóbal 💙 La sonrisa que se dibujó en el rostro de Nathan fue tan instantánea y tan genuina que a Lee se le escapó una sonrisa propia. Eso era amor. Eso era lo que él sentía por su chico. Y nadie, ni Brian Thornes ni todo Houston, podría negarlo. —Contesta —dijo Lee, empujándole el brazo— No seas cruel. Nathan aceptó la llamada con un desliz. La pantalla mostró la cara de Cristóbal, con sus ojos azules brillando bajo una luz tenue. Estaba en casa, probablemente en el sofá, con una taza de algo caliente entre las manos. —Hola, guapo —dijo Nathan con una voz que Lee nunca le había oído usar con nadie más. —Hola —respondió Cristóbal, sonriendo con timidez—. ¿Cómo va la cena? Antes de que Nathan pudiera responder, Lee metió la cabeza en el encuadre como una vecina entrometida. —¡Cristóbal! —exclamó con una sonrisa enorme, mientras hablaba con el hombre que le sonreía y le lanzaba un beso — ¿Cuándo vas a venir a verme? Llevo siglos sin verte, Nathan está gruñón peor que un oso... —Lee… —Cristóbal se rió, sonrojándose ligeramente— Controla a la fiera por mi hasta que regrese... —Estoy siempre con él. Alguien tiene que cuidar de tu novio, que es un desastre. —Oye —protestó Nathan—. Yo no soy un desastre. —El mes pasado olvidaste tu propia fiesta de cumpleaños. —Eso fue porque… —Y tuviste que volver a casa porque se te olvidó apagar la plancha. —¡La plancha ni siquiera estaba enchufada! —Porque yo te llamé para recordártelo. Cristóbal se reía en la pantalla, una risa suave que a Nathan se le clavaba en el pecho como una daga de felicidad. Así era estar enamorado. Así era sentirse completo. Nathan suspiró, apartando a Lee de la pantalla con un manotazo teatral. —Déjame hablar con mi chico, entrometida. Ya hablaste con él el domingo. —Pero solo cinco minutos —se quejó Lee, cruzando los brazos como una niña pequeña. —Pues hoy te toca mirar desde fuera. Cristóbal, en la pantalla, estaba más sonrojado que nunca. Sus mejillas habían pasado de rosa a fresa madura. Nathan lo adoraba. Lo adoraba entero, pero especialmente así, cuando la timidez le ganaba la partida. —Mira qué bonito te has puesto —dijo Nathan, acercando la pantalla a su rostro—. ¿Eso es por mí? —Eso es porque Lee no tiene filtro —respondió Cristóbal, riendo—. Y porque tú tampoco. —Los Thornes somos famosos por nuestra falta de filtro. Pregúntale a mi padre. El nombre de Brian flotó en el aire un segundo. Cristóbal enarcó una ceja con una mezcla de curiosidad y preocupación. —¿Tu padre estaba en la cena? —Estaba. Y se ha encontrado con nuestra querida Lee. Ha sido… cinematográfico. —Nathan —lo regañó Lee. —¿Qué? Es la verdad. Mi padre la ha mirado como si fuera un problema matemático que no puede resolver. Y ella le ha respondido como si él fuera un paquete de procesado que sobra en la nevera. Cristóbal soltó una risa nerviosa. —¿Y eso es bueno o malo? —Todavía no lo sé —respondió Nathan, con una sonrisa misteriosa—. Pero prometo mantenerte informado.El salón de belleza se llamaba Éclat y era, según Nathan, "el único sitio de Houston donde no te harían parecer un payaso".Lee llegó a las diez en punto, con el pelo recogido y la cara lavada. En la puerta la esperaba una mujer menuda, de pelo plateado y sonrisa de depredador.—¿Lee? —preguntó—. Soy Margot. Nathan me ha hablado mucho de ti.—No me digas. Seguro que ha dicho que soy una causa perdida.—Ha dicho que eres brillante, que no te gusta perder el tiempo y que odias los vestidos con lentejuelas. —Margot sonrió—. Me cayó bien al instante.Lee no pudo evitar reírse.Margot la llevó al interior. El salón era amplio, luminoso, con espejos por todas partes y un aroma a flores frescas. En una sala contigua, colgados de un perchero, estaban los vestidos.Lee se detuvo en seco.Había seis. Seis vestidos distintos, todos preciosos, todos caros.—Nathan dijo que te los probaras todos —dijo Margot—. Hasta que encuentres el que te haga sentir poderosa.—Nathan dijo eso.—Nathan dijo much
Sábado. Ocho de la mañana.Lee estaba en la cocina, con el pelo recogido en un moño desordenado y una taza de café humeante entre las manos, cuando el teléfono empezó a vibrar sobre la encimera. Miró la pantalla. Videollamada de Nathan.Aceptó.—¡Buenos días, soltera favorita! —la voz de Nathan sonó demasiado alegre para ser tan temprano.—Son las ocho de la mañana un sábado, Nathan. ¿A qué viene tanta energía?—A que estoy en el aeropuerto. —giró la cámara. Detrás de él se veían las grandes ventanales de la terminal, aviones despegando, gente con maletas—. Vuelo en cuarenta minutos.Lee se enderezó de golpe.—¿Ya? ¿No se supone que tu vuelo salía a las once?—Lo adelanté. No podía esperar más. —la cámara volvió a su cara. Tenía los ojos brillantes, las mejillas ligeramente sonrosadas—. Lee, no he dormido nada. Nada. Me he pasado la noche mirando el techo y repasando lo que voy a decirle.—¿Y qué le vas a decir?—Todavía no lo sé. —se rio, nervioso—. Pero va a ser algo bonito. Algo qu
Eran casi las dos de la tarde cuando Nathan apareció en la puerta de la oficina de Lee con dos bolsas de papel y una sonrisa de conejo en la cara.Lee levantó la vista de la pantalla con una expresión que alternaba entre la gratitud y la sospecha.—¿Qué es eso?—Comida —respondió Nathan, entrando sin permiso—. He pensado que estarías enganchada a los datos y no habrías comido. Acerté, ¿verdad?Lee miró su taza de café vacía. Las dos manchas de café en su camisa blanca. Las ojeras.—Acertaste —admitió.Nathan dejó las bolsas en la mesa, apartó los papeles y comenzó a sacar tuppers. Ensalada de quinoa. Pollo al horno. Verduras asadas. Pan integral. Y una botella de agua con gas.—¿Eres mi madre o mi mejor amigo?—Soy tu mejor amigo. Las madres dan más cariño y menos datos.Lee sonrió. Cogió el tenedor que Nathan le tendía y empezó a comer. Él hizo lo mismo.Comieron en silencio unos minutos. El buen silencio de los que se conocen tanto que no necesitan palabras.Pero Nathan no había ven
Nathan puso cara de no entender.—¿Una trampa? ¿Yo? ¿Por qué iba a tenderle una trampa a mi mejor amiga?¿ Y a tí padre? Eso sería antipedagógico.Brian entrecerró los ojos.—El año pasado dijiste que no podías asistir porque tenías una cita. El anterior, porque estabas de viaje. Y el anterior, porque…—Porque me daba pereza. Pero este año he decidido ser un buen hijo y delegar en personal capacitado. Te estoy avisando con varios días de antelación.—¿Y Lee es personal capacitado para ir a una gala benéfica?—Es más capacitada que yo. Y además, usted estará allí para supervisar. ¿Qué podría salir mal?Todo, pensó Brian. Todo podría salir mal.—No voy a ir con ella, ambos sabemos que aunque ella me interesa. Comenzamos con mal pie y no soy alguien con el cual ella pasaría una velada.—No tiene que ir con ella. Solo tienen que estar en el mismo sitio. Al mismo tiempo. Cenando. Charlando. Representando a la empresa.—Eso es ir con ella.—Eso es coincidir en un evento social. La diferencia
La oficina de Lee olía a café recalentado y a falta de sueño. Eran las ocho de la mañana. Llevaba media hora frente a su ordenador, pero los números de la pantalla se le mezclaban como letras de otro idioma. Se restregó la cara con ambas manos, se frotó los párpados, y suspiró."No dormí bien, pensó. No dormí nada."El sueño seguía ahí, enquistado en su memoria como una escena de película que se repite en bucle. Las manos de Brian. Su boca. La forma en que la había mirado.—Concéntrate —se ordenó en voz baja.La puerta se abrió sin llamar. Nathan entró como una exhalación, con una sonrisa de oreja a oreja y una energía que a esas horas resultaba sospechosa.—¡Buenos días, sol! —canturreó.Lee lo miró por encima de la pantalla.—Estás radiante. ¿Qué te ha pasado? ¿Has ganado la lotería?—Mejor —dijo Nathan, dejándose caer en la silla frente a su escritorio— He hablado con Cristóbal.—¿Y?—Y hemos diseñado… —hizo una pausa dramática— Un plan.Lee arqueó una ceja.—¿Qué tipo de plan?Nat
Nathan guardó el teléfono después de despedirse de Cristóbal. Todavía tenía los ojos húmedos, pero la sonrisa no se le borraba de la cara.Se quedó un momento saboreando el momento pronto, muy pronto estaría con Cristóbal y si todo salía bien quizan dentro de un año estarían casados."Todo ha cambiado", pensó. Pero no lo suficiente.Porque aunque Brian ya sabía la verdad, aunque lo había aceptado, seguía siendo su padre. Y los padres, por muy bienintencionados que sean, tienen una habilidad especial para aparecer justo cuando menos los necesitas.Un día voy a estar en el sofá con Cristóbal, viendo una película, y mi padre va a llamar a la puerta para "tomar un café". Y yo voy a tener que levantarme, y arreglarme el pelo, y fingir que no estábamos en medio de un momento importante."No. No podía permitirlo."Nathan se levantó camino por su cocina. Lavo la taza donde había bebido el cafe... Apoyó las manos en la encimera y pensó.Necesito que mi padre esté ocupado. No un par de horas.







