MasukBrian Thornes entró.
Y la escena que vio fue la siguiente: su hijo Nathan sentado en el sillón ejecutivo, con una expresión de sorpresa mal disimulada. Y Lee, la ingeniera insolente, sentada directamente sobre sus piernas, con las mejillas encendidas, el cabello ligeramente desordenado y una mano aún aferrada a la chaqueta de Nathan. El silencio fue atómico. Brian se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos grises recorrieron la escena una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó hasta el punto de crujir. —¿La interrumpo? —preguntó, con una voz que helaría el infierno. Lee y Nathan se miraron. Y entonces, para sorpresa de Brian, Lee se rió. No una risa nerviosa. Una risa de verdad. Una risa que decía "estoy furiosa pero también esto es ridículo". —No se preocupe, señor Thornes —dijo Lee, sin moverse de las piernas de Nathan—. Solo estaba estrangulando a su hijo. Cosas de amigos. Nathan la empujó suavemente. Lee se levantó por fin, ajustándose la blusa y lanzándole una mirada asesina a su amigo. Brian no dijo nada. Pero sus nudillos, agarrando el marco de la puerta, estaban blancos. —Venía a informarme sobre el proyecto —dijo al fin, entrando en la oficina con pasos medidos—. Me han dicho que usted estará al mando, Lee. Y que yo supervisaré directamente. —Así es —respondió Nathan, enderezándose en la silla—. ¿No es maravilloso? —Maravilloso —repitió Brian, con una sonrisa que era puro acero. Lee cruzó los brazos y miró a Nathan con una mezcla de odio y admiración. El muy cabrón lo había hecho. La había metido en una trampa perfecta. —Necesito que me entregue los informes de la semana pasada —dijo Brian, dirigiéndose a Lee—. En mi oficina. En una hora. —Sí, señor —respondió ella, con una dulzura fingida que chirriaba. Brian la miró un segundo más. Luego miró a Nathan. Y luego, sin añadir nada, salió de la oficina. La puerta se cerró. El silencio duró tres segundos. —Eres un hijo de puta —susurró Lee. —Lo sé —respondió Nathan, sonriendo de oreja a oreja—. Pero un hijo de puta efectivo. Lee se dejó caer en la silla, enterró la cara entre las manos y gimió. —No voy a sobrevivir a esto. Tu padre me va a despedir. O me va a matar. O las dos cosas. —No te va a despedir —dijo Nathan, levantándose y acercándose a la cafetera—. Te va a mirar. Mucho. Con esos ojos grises que tiene. Y tú vas a mirarlo de vuelta. Y luego va a pasar algo. —No va a pasar nada. —Claro que no. Por eso estás sonrojada ahora mismo. —Es calor. —Es deseo reprimido. —¡Nathan! Él le tendió una taza de café. Ella la aceptó con las manos temblorosas. —Mira —dijo Nathan, sentándose en el borde del escritorio frente a ella—. Yo sé que te estoy pidiendo mucho. Y sé que mi padre es… mi padre. Pero te prometo una cosa. —¿Qué? —Si haces esto por mí, si me ayudas a ganar el tiempo que necesito para estar con Cristóbal, para pedirle que se case conmigo y para que por fin podamos dejar de escondernos… te daré algo que llevas años buscando. Lee alzó la vista. —¿El qué? Nathan sonrió con malicia. —El santo grial. Lee se quedó helada. —No sabes de lo que hablas. —Oh, sí que sé. La edición limitada del manga que salió solo en Japón en los noventa. La que tienes en tu lista de deseos desde que te conozco. La que has intentado comprar en catorce subastas diferentes y siempre pierdes. —¿Cómo…? —Lee abrió los ojos como platos. —Soy tu mejor amigo, Lee. Te conozco. Y conozco tu faceta Otaku. La que escondes debajo de esa armadura de "ingeniera seria y mujer independiente". Lee se quedó mirándolo con la boca abierta. —Tienes ese manga —susurró. —Lo tengo. Y es tuyo si me ayudas. —Eso es chantaje emocional. —Es chantaje emocional efectivo. Como dije. Lee apretó los labios. Su mente se llenó de imágenes: la portada de ese maldito manga que llevaba años persiguiendo. Las ilustraciones. La edición que solo existía en trescientas copias en todo el mundo. Y luego la imagen de Brian. Sus ojos grises. Su mandíbula tensa. La forma en que la había mirado en el restaurante. Y en el sueño que no le había contado a nadie. —Odio todo esto —dijo al fin, con un suspiro derrotado. —¿Eso es un sí? —Eso es un "si me matan, tú pagas el funeral". Nathan aplaudió como una foca. —¡Eres la mejor, Lee! ¡La mejor amiga del mundo! —Cállate y consígueme ese manga —gruñó ella, levantándose y enderezando su falda—. Y si tu padre me mira una sola vez con esa cara de superioridad moral, juro por Dios que le tiro el café caliente encima. —Por favor, hazlo —dijo Nathan, con los ojos brillando—. Se lo merece. —Y tú también. Lee cogió su bolso, su café y los informes que Brian le había pedido. Antes de salir, se giró en la puerta. —Nathan. —Dime. —Si esto funciona, si tú y Cristóbal son felices… valdrá la pena. Nathan sonrió, pero esta vez era una sonrisa sincera. —Lo sé. Por eso te pedí ayuda. Porque tú siempre haces que las cosas valgan la pena. Lee rodó los ojos, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa.Salió de la oficina con el corazón latiéndole demasiado rápido.Enfrente, al final del pasillo, la puerta de Brian Thornes la esperaba.Y dentro de esa oficina, un hombre que no había dormido bien, que había tenido un sueño prohibido, y que estaba a punto de verla entrar. Que empiece el huracán, pensó Lee.Y cruzó el pasillo. Brian caminó por el pasillo hacia su oficina con las manos temblando. No de nervios lo que vio en la oficina de su hijo nunca le haría perder la cordura estaba furioso. Pero no era una furia limpia, de esas que se podían canalizar en una reunión o en un informe mal hecho. Era una furia sucia. Pegajosa. Que le ardía en el pecho y se le extendía por las extremidades como veneno. Había entrado en la oficina de Nathan para algo rutinario. Quería preguntarle por qué había pedido que el supervisará el proyecto, quería un informe detallado antes de aceptar hacerse cargo del proyecto. Nada importante era algo rutinario cada vez que el asumía algún proyecto de su hijo o su hijo y tomaba alguno de sus trabajos porque el necesitaba ocuparse de algo que tenía mas prioridad. Pero la puerta se había abierto y… Y allí estaba ella. Sentada sobre las piernas de Nathan. Con las mejillas encendidas, y la mano agarrando la chaqueta de su hijo como si fuera algo más que una amiga aunque ellos digan que son solo amigos. Ese no es el comportamiento de amigos. Y Nathan riéndose. Nathan sonriendo. Cómplice. Cercano. Demasiado cercano. Brian entró en su oficina y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. El golpe resonó en el despacho vacío. Se quedó de pie en medio de la alfombra, sin saber qué hacer con las manos, con el cuerpo, con la imagen que se le había grabado en la retina. No es nada, se dijo. Son amigos. Ella es su amiga. Solo eso. Repitiéndose las mismas palabras que había escuchado tantas veces de ellos pero el diablillo de la duda le hacía hervir de rabia. Cuando por fin calmo sus emociones recordó Pñ la forma en que ella se había reído. No una risa cortés, de esas que se usan con los compañeros de trabajo. Una risa de verdad. De esas que significan confianza. Intimidad. Intimidad. La palabra le dio un puñetazo en el estómago. Brian se acercó a la ventana. Apoyó la frente en el cristal frío. Abajo, Houston se extendía gris y bulliciosa, ajena a su tormenta interna. —No es nada —repitió en voz alta, probando las palabras. Su voz sonó ronca. Falsa. Porque era mentira. Era todo mentira. Lo que sentía no era nada profesional. No era preocupación paternal. No era deseo de proteger a Nathan de una cazafortunas. Era celos. Celos puros, crudos, inconfesables. Tenía cuarenta y siete años. Había construido un imperio desde un garaje. Había criado solo a un hijo que no era suyo. Había visto guerras corporativas, traiciones, ruinas y resurrecciones. Y nada, absolutamente nada, lo había preparado para sentir un puñal en el pecho al ver a una mujer sentada sobre las piernas de su hijo. No es tuya, le susurró una voz cruel en la cabeza. Nunca lo ha sido. Nunca lo será. Es amiga de Nathan. Compañera de trabajo. Nada más. Pero entonces recordó la noche anterior. El sueño. Las sábanas arruinadas. La forma en que había despertado con el nombre de ella en los labios. Brian. Así le había llamado en el sueño. Y esa mañana, en la oficina de Nathan, ella lo había llamado "señor Thornes". Con distancia. Con ese desprecio educado que lo volvía loco. ¿Por qué a Nathan le regalaba risas y confianza, y a él solo le daba "señor Thornes" y miradas de desafío? —Porque eres su jefe —respondió en voz alta, como si necesitara escucharlo—. Porque eres el padre de Nathan. Porque te tiene manía.Pero era tarde. La labradora de treinta kilos se abalanzó sobre Brian con la energía de un torrente. Sus patas delanteras golpearon sus muslos. Su lengua colgaba feliz. Su cola movía el aire como una hélice.Y Brian Thornes, el hombre que había construido un imperio desde cero, el que negociaba fusiones multimillonarias sin pestañear, el que hacía llorar a directores financieros con una sola mirada…Retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Con los brazos levantados en defensa. Con los ojos abiertos como platos.—¡Quítela! —exclamó, con una voz que no era la suya. Era más aguda. Más… humana.—¡Lulu, quieta! —ordenó Lee, corriendo hacia ellos.Pero Lulu no entendía de órdenes en ese momento. Solo entendía que el hombre alto se movía de manera divertida. Y eso, para una labradora, significaba una sola cosa:¡Juego!Así que Lulu saltó de nuevo. Brian esquivó hacia la izquierda. Lulu giró. Brian tropezó con la pata de la silla. Cayó de espaldas contra la estantería. Los manuales técnicos llovieron
El deseo.Cerró el dossier con violencia y lo arrojó al otro extremo del escritorio. Las hojas volaron por el aire como mariposas asustadas.—Maldita sea.Se pasó las manos por el rostro. La barba le picaba. No había dormido. No había comido. Y ahora, además su querido hijo le soltaba la bomba que tenía que trabajar codo a codo con ella durante semanas. Supervisarla. Verla cada día.Cada maldito día.Brian apoyó los codos en el escritorio y enterró la cara entre las manos. Así lo encontró su secretaria cuando llamó a la puerta.—¿Señor Thornes? ¿Está bien?—Sí —respondió él, enderezándose al instante, recuperando la máscara de hielo—. ¿Qué pasa?—La ingeniera Lee está aquí. Dice que trae los informes que pidió.El corazón le dio un vuelco. Ya está aquí.—Déjela pasar dentro de cinco minutos —dijo, con una voz que sonó mucho más calmada de lo que se sentía— Y no quiero interrupciones.—Sí, señor.La secretaria se retiró. Brian se levantó del asiento fue hacia el dossier y las hojas esp
Brian Thornes entró.Y la escena que vio fue la siguiente: su hijo Nathan sentado en el sillón ejecutivo, con una expresión de sorpresa mal disimulada. Y Lee, la ingeniera insolente, sentada directamente sobre sus piernas, con las mejillas encendidas, el cabello ligeramente desordenado y una mano aún aferrada a la chaqueta de Nathan.El silencio fue atómico.Brian se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos grises recorrieron la escena una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó hasta el punto de crujir.—¿La interrumpo? —preguntó, con una voz que helaría el infierno.Lee y Nathan se miraron.Y entonces, para sorpresa de Brian, Lee se rió. No una risa nerviosa. Una risa de verdad. Una risa que decía "estoy furiosa pero también esto es ridículo".—No se preocupe, señor Thornes —dijo Lee, sin moverse de las piernas de Nathan—. Solo estaba estrangulando a su hijo. Cosas de amigos.Nathan la empujó suavemente. Lee se levantó por fin, ajustándose la blusa y lanzándole una mirada asesina a su
Se levantó de la cama con la torpeza de un adolescente. Arrancó las sábanas con un gesto brusco. Las amontonó en el suelo junto con el pijama. Se metió en la ducha y abrió el agua helada.El agua cayó sobre su espalda, sus hombros, su pecho. Pero no logró enfriar lo que ardía por dentro.Era solo un sueño, se dijo. Una reacción fisiológica. Llevo meses sin tocar a una mujer. Años casi. Es normal. Es biología.Pero la imagen de Lee —sus piernas alrededor de su cintura, su boca diciendo su nombre— seguía allí. Incrustada. Imposible de lavar.Una hora después, con las sábanas ya en la lavadora (programa de agua caliente, ciclo intensivo, Dios mediante) y el pijama en el cesto de la ropa sucia, Brian se plantó frente al espejo del baño.Se miró. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Una barba de tres días que debería haberse afeitado la noche anterior. Y una expresión que no reconocía. Algo entre la furia y la vergüenza.—Esto te ha pasado —dijo en voz alta, señalándose con el dedo índice— por
En ese momento, el coche de Nathan apareció en la entrada del restaurante. El aparcacoches bajó con las llaves en la mano.— Aquí tienes señor Thornes — le indico el joven mientras le entregaba las llaves respetuosamente —Gracias. —Respondió Nathan al chico mientras miraba a su amiga por un segundo luego su mirada se dirigió a la pantalla de su móvil.Mientras tanto Lee se alejaba un poco para darle privacidad a su amigo. Busco en su bolso el móvil para pedir un Uber, podía caminar a la siguiente parada del metro pero no le apetecía nada caminar, había sido un día agotador en la oficina y quería llegar a casa y comprobar a Lulú la había llevado el fin de semana a revisión y el médico le había informado que tenía que someterla a una cirugía menor, tenía una de sus muelas en la estado y tenía que extraerla. Y el día anterior le realizaron l a intervención y aunque estaba bien. Lulú era su bebé y estaba algo ansiosa por llegar a casa.—Ya llegó mi auto —dijo Nathan, lanzando un beso a
Estás perdida también, Lee. Y tampoco lo sabes.Nathan se sirvió más vino, alzó la copa en un brindis silencioso y pensó:Que empiece el juego.Porque él ya había elegido su bando. Y ese bando era la felicidad. La suya, la de Cristóbal, la de Lee y, aunque Brian todavía no lo supiera, la suya también. Si todo salía bien.Solo había un pequeño detalle que tenía que solucionar. Una vía de escape por si Brian descubría que Nathan lo había manipulado para que se fijara en Lee… el huracán no iba a ser el que él imaginaba. Pero eso, pensó Nathan con una sonrisa maliciosa, era un problema para el Brian del futuro. El Brian del presente tenía que empezar a enamorarse.Y Nathan iba a asegurarse de que así fuera. Aunque tuviera que empujarlo al huracán con sus propias manos.Media hora después. El aire nocturno de Houston golpeó a Lee en el rostro cuando salieron del restaurante. Húmedo. Caliente. Como si la ciudad también estuviera tramando algo.Nathan caminaba a su lado, con la mano coloca







