MasukPero era tarde. La labradora de treinta kilos se abalanzó sobre Brian con la energía de un torrente. Sus patas delanteras golpearon sus muslos. Su lengua colgaba feliz. Su cola movía el aire como una hélice.Y Brian Thornes, el hombre que había construido un imperio desde cero, el que negociaba fusiones multimillonarias sin pestañear, el que hacía llorar a directores financieros con una sola mirada…Retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Con los brazos levantados en defensa. Con los ojos abiertos como platos.—¡Quítela! —exclamó, con una voz que no era la suya. Era más aguda. Más… humana.—¡Lulu, quieta! —ordenó Lee, corriendo hacia ellos.Pero Lulu no entendía de órdenes en ese momento. Solo entendía que el hombre alto se movía de manera divertida. Y eso, para una labradora, significaba una sola cosa:¡Juego!Así que Lulu saltó de nuevo. Brian esquivó hacia la izquierda. Lulu giró. Brian tropezó con la pata de la silla. Cayó de espaldas contra la estantería. Los manuales técnicos llovieron
El deseo.Cerró el dossier con violencia y lo arrojó al otro extremo del escritorio. Las hojas volaron por el aire como mariposas asustadas.—Maldita sea.Se pasó las manos por el rostro. La barba le picaba. No había dormido. No había comido. Y ahora, además su querido hijo le soltaba la bomba que tenía que trabajar codo a codo con ella durante semanas. Supervisarla. Verla cada día.Cada maldito día.Brian apoyó los codos en el escritorio y enterró la cara entre las manos. Así lo encontró su secretaria cuando llamó a la puerta.—¿Señor Thornes? ¿Está bien?—Sí —respondió él, enderezándose al instante, recuperando la máscara de hielo—. ¿Qué pasa?—La ingeniera Lee está aquí. Dice que trae los informes que pidió.El corazón le dio un vuelco. Ya está aquí.—Déjela pasar dentro de cinco minutos —dijo, con una voz que sonó mucho más calmada de lo que se sentía— Y no quiero interrupciones.—Sí, señor.La secretaria se retiró. Brian se levantó del asiento fue hacia el dossier y las hojas esp
Brian Thornes entró.Y la escena que vio fue la siguiente: su hijo Nathan sentado en el sillón ejecutivo, con una expresión de sorpresa mal disimulada. Y Lee, la ingeniera insolente, sentada directamente sobre sus piernas, con las mejillas encendidas, el cabello ligeramente desordenado y una mano aún aferrada a la chaqueta de Nathan.El silencio fue atómico.Brian se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos grises recorrieron la escena una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó hasta el punto de crujir.—¿La interrumpo? —preguntó, con una voz que helaría el infierno.Lee y Nathan se miraron.Y entonces, para sorpresa de Brian, Lee se rió. No una risa nerviosa. Una risa de verdad. Una risa que decía "estoy furiosa pero también esto es ridículo".—No se preocupe, señor Thornes —dijo Lee, sin moverse de las piernas de Nathan—. Solo estaba estrangulando a su hijo. Cosas de amigos.Nathan la empujó suavemente. Lee se levantó por fin, ajustándose la blusa y lanzándole una mirada asesina a su
Se levantó de la cama con la torpeza de un adolescente. Arrancó las sábanas con un gesto brusco. Las amontonó en el suelo junto con el pijama. Se metió en la ducha y abrió el agua helada.El agua cayó sobre su espalda, sus hombros, su pecho. Pero no logró enfriar lo que ardía por dentro.Era solo un sueño, se dijo. Una reacción fisiológica. Llevo meses sin tocar a una mujer. Años casi. Es normal. Es biología.Pero la imagen de Lee —sus piernas alrededor de su cintura, su boca diciendo su nombre— seguía allí. Incrustada. Imposible de lavar.Una hora después, con las sábanas ya en la lavadora (programa de agua caliente, ciclo intensivo, Dios mediante) y el pijama en el cesto de la ropa sucia, Brian se plantó frente al espejo del baño.Se miró. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Una barba de tres días que debería haberse afeitado la noche anterior. Y una expresión que no reconocía. Algo entre la furia y la vergüenza.—Esto te ha pasado —dijo en voz alta, señalándose con el dedo índice— por
En ese momento, el coche de Nathan apareció en la entrada del restaurante. El aparcacoches bajó con las llaves en la mano.— Aquí tienes señor Thornes — le indico el joven mientras le entregaba las llaves respetuosamente —Gracias. —Respondió Nathan al chico mientras miraba a su amiga por un segundo luego su mirada se dirigió a la pantalla de su móvil.Mientras tanto Lee se alejaba un poco para darle privacidad a su amigo. Busco en su bolso el móvil para pedir un Uber, podía caminar a la siguiente parada del metro pero no le apetecía nada caminar, había sido un día agotador en la oficina y quería llegar a casa y comprobar a Lulú la había llevado el fin de semana a revisión y el médico le había informado que tenía que someterla a una cirugía menor, tenía una de sus muelas en la estado y tenía que extraerla. Y el día anterior le realizaron l a intervención y aunque estaba bien. Lulú era su bebé y estaba algo ansiosa por llegar a casa.—Ya llegó mi auto —dijo Nathan, lanzando un beso a
Estás perdida también, Lee. Y tampoco lo sabes.Nathan se sirvió más vino, alzó la copa en un brindis silencioso y pensó:Que empiece el juego.Porque él ya había elegido su bando. Y ese bando era la felicidad. La suya, la de Cristóbal, la de Lee y, aunque Brian todavía no lo supiera, la suya también. Si todo salía bien.Solo había un pequeño detalle que tenía que solucionar. Una vía de escape por si Brian descubría que Nathan lo había manipulado para que se fijara en Lee… el huracán no iba a ser el que él imaginaba. Pero eso, pensó Nathan con una sonrisa maliciosa, era un problema para el Brian del futuro. El Brian del presente tenía que empezar a enamorarse.Y Nathan iba a asegurarse de que así fuera. Aunque tuviera que empujarlo al huracán con sus propias manos.Media hora después. El aire nocturno de Houston golpeó a Lee en el rostro cuando salieron del restaurante. Húmedo. Caliente. Como si la ciudad también estuviera tramando algo.Nathan caminaba a su lado, con la mano coloca







