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Capitulo 7

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-12 00:19:46

Se levantó de la cama con la torpeza de un adolescente. Arrancó las sábanas con un gesto brusco. Las amontonó en el suelo junto con el pijama. Se metió en la ducha y abrió el agua helada.

El agua cayó sobre su espalda, sus hombros, su pecho. Pero no logró enfriar lo que ardía por dentro.

Era solo un sueño, se dijo. Una reacción fisiológica. Llevo meses sin tocar a una mujer. Años casi. Es normal. Es biología.

Pero la imagen de Lee —sus piernas alrededor de su cintura, su boca diciendo su nombre— seguía allí. Incrustada. Imposible de lavar.

Una hora después, con las sábanas ya en la lavadora (programa de agua caliente, ciclo intensivo, Dios mediante) y el pijama en el cesto de la ropa sucia, Brian se plantó frente al espejo del baño.

Se miró. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Una barba de tres días que debería haberse afeitado la noche anterior. Y una expresión que no reconocía. Algo entre la furia y la vergüenza.

—Esto te ha pasado —dijo en voz alta, señalándose con el dedo índice— porque llevas demasiado tiempo sin estar con una mujer.

El espejo no respondió. Porque los espejos no responden, y además porque era una mentira y Brian lo sabía.

No era solo la abstinencia. Era ella. Esa mujer específica. Esa ingeniera insolente que le había plantado cara, que se había reído de sus acusaciones, que tenía más orgullo que todo el departamento de ventas junto.

—Es solo deseo físico —continuó, como si necesitara convencerse—. Atracción primaria. Nada más. No significa nada.

Pero entonces recordó la forma en que ella había dicho su nombre en el sueño. "Brian". No "señor Thornes". No "usted". Brian. Como si tuvieran derecho a llamarse así.

Y algo se retorció en su pecho.

—Maldita sea —murmuró, apoyando las manos en el lavabo— Maldita sea, una noche de buen sexo, nada más. Concentrate en este proyecto luego una semana de vacaciones en el Caribe y ligar con alguna mujer que solo quiera sexo de vacaciones. Un lige, lejos de casa de las cámaras de la prensa para liberar estrés y listo. Ella estará fuera de mi sistema.

Se afeitó. Se vistió. Eligió el traje más serio que tenía: gris marengo, corbata negra, gemelos de plata. Armadura completa. Porque hoy iba a tener que verla. Iba a tener que mirarla a los ojos después de haber soñado con desnudarla.

Y tenía que estar preparado, hasta que terminarán el proyecto y estuviera en alguna isla en el Caribe tenía que completarse como el adulto que era y no el adolescente cachondo de esta mañana. Suspiro con un poco de suerte el informe sobre ella estaría en su oficina. Lo leería. Encontraría algo. Algo que justificara esta obsesión. Algo que demostrara que ella no era quien decía ser. O algo que le diera una excusa para seguir pensando en ella.

Porque lo malo, pensó Brian mientras se ajustaba la corbata frente al espejo, no era que hubiera tenido un sueño erótico con una empleada. Lo malo era que quería volver a tenerlo.Y esa noche. Y quizá la siguiente también.

Brian Thornes cerró los ojos un segundo, respiró hondo, y se prometió a sí mismo que hoy iba a ser un día profesional, eficiente y perfectamente controlado.

El problema era que, por primera vez en veintinueve años, no estaba seguro de poder cumplir su propia promesa. Salió de casa con el amanecer.La lavadora aún centrifugaba las sábanas. Y en su cabeza, una y otra vez, la voz de ella: Brian.

8:30 am

La oficina de Nathan olía a café recién hecho y a conspiración.

Lee estaba sentada en la silla frente a su escritorio, con las piernas cruzadas y una expresión que alternaba entre la diversión y la sospecha. Acababa de llegar, aún con el abrigo puesto, y Nathan ya la había atrapado con una sonrisa de esas que significaban problemas.

—Dime —dijo ella, dejando el bolso en el suelo—. ¿Qué has hecho?

—Nada —respondió Nathan, demasiado rápido—. ¿Por qué siempre piensas que he hecho algo?

—Porque tienes la misma cara que tenías cuando escondiste el informe de calidad para que tu padre no viera los errores.

—Eso fue una vez.

—Tres veces, Nathan. Y todas me culpaste a mí.

Nathan se rió, apoyando los codos en el escritorio.

—Vale, vale. Sí, he hecho algo. Pero no es malo. Es… estratégico.

—Estratégico como lo de la plancha desenchufada.

—Mira, ¿vas a escucharme o vas a seguir soltando pullas?

Lee sonrió y se reclinó en la silla.

—Las dos cosas. Pero empieza por lo primero.

Nathan respiró hondo. Se puso serio, aunque los ojos le brillaban de una manera que delataba la emoción contenida.

—Voy a pedirle matrimonio a Cristóbal.

—Ya lo sé, no es ninguna novedad.

—Pero necesito tiempo para estar con él. Tiempo de verdad. No horas robadas entre reuniones y llamadas a escondidas. Quiero llevarlo a algún sitio. Una escapada. Una semana pero eso es prácticamente imposible así que me conformaré con tenerlo para mí solo un fin de semana entero sin celulares, laptop trabajo de por medio, solo para nosotros.

Lee enarcó una ceja.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Que necesito que desvíes la atención de mi padre.

El silencio se instaló en la oficina. Lee lo miró como si acabara de pedirle que saltara de un helicóptero sin paracaídas.

—¿Estás de broma?

—No.

—¿Quieres que yo, Lee, la empleada que tu padre cree una cazafortunas, desvíe la atención de Brian Thornes? ¿El hombre que me mira como si fuera una mancha en su traje de mil dólares?

—Esa mancha le gusta —dijo Nathan con picardía—. No has visto cómo te miraba anoche.

—¡Me miraba con odio!

—El odio y la atracción son primos hermanos, Lee. Créeme, lo sé.

Lee se levantó de la silla y empezó a caminar de un lado a otro de la oficina.

—No, no, no. Esto es una locura. Tu padre y yo no duramos dos minutos en la misma habitación sin querer matarnos. Literalmente. Anoche tuvimos que separarnos porque empezamos a lanzarnos chispas.

—Chispas buenas.

—¡Chispas malas! —Lee se giró y lo señaló con el dedo—. Y aunque quisiera ayudarte, que quiero porque eres mi mejor amigo y Cristóbal se merece ser feliz, no voy a servir de carnada para que tu padre me persiga.

Nathan se levantó también. Rodeó el escritorio. Se plantó frente a ella con una sonrisa que era pura malicia.

—Demasiado tarde.

—¿Qué quieres decir con "demasiado tarde"?

—He hablado con gerencia esta mañana. Antes de que llegaras.

Lee entrecerró los ojos.

—Nathan Thornes. ¿Qué hiciste?

—Solo informé —dijo él, con una falsa inocencia que no engañaba a nadie— Dije que, dada tu experiencia y tu brillante desempeño en el proyecto del explosivo plástico, lo mejor era que te encargaras de la supervisión directa de esa área. Y que, por supuesto, tu nuevo superior inmediato para este proyecto sería… mi padre.

Lee se quedó pálida. Luego roja. Luego hizo un sonido que no parecía humano.

—¡¿QUÉ?!

—Es un ascenso, Lee. Deberías estar agradecida.

—¿Agradecida? ¿Agradecida? ¡Nathan, te voy a matar con mis propias manos y luego voy a usar tu cadáver como alfombra en la entrada de mi casa!

Nathan dio un paso atrás, riéndose, pero Lee lo persiguió. Fue una persecución corta porque la oficina no era muy grande. En cuestión de segundos, Nathan tropezó con la pata de la silla y cayó de espaldas en el amplio sillón ejecutivo.

Lee, en su furia, no calculó bien la distancia y cayó encima de él. Literalmente encima. Terminó sentada sobre sus piernas, con una mano agarrada a la solapa de su chaqueta y la otra en el reposabrazos.

—¡Eres un desgraciado! —le espetó, con la cara a centímetros de la suya.

—¡Y tú eres más pesada de lo que pareces! —respondió Nathan, riendo a carcajadas—. ¡Bájate, que me estás rompiendo el traje!

—¡Mereces que te rompa algo más que el traje!

—Lee, por favor, respira. Es solo por un tiempo. Un par de semanas. Tú y mi padre trabajando juntos. ¿Qué podría salir mal?

—¡TODO! —gritó ella, intentando incorporarse.

Pero en ese momento, con la mala fortuna que solo acompaña a las peores comedias románticas, la puerta de la oficina se abrió.

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