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Capitulo 10

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-16 23:55:26

Pero era tarde. La labradora de treinta kilos se abalanzó sobre Brian con la energía de un torrente. Sus patas delanteras golpearon sus muslos. Su lengua colgaba feliz. Su cola movía el aire como una hélice.

Y Brian Thornes, el hombre que había construido un imperio desde cero, el que negociaba fusiones multimillonarias sin pestañear, el que hacía llorar a directores financieros con una sola mirada…

Retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Con los brazos levantados en defensa. Con los ojos abiertos como platos.

—¡Quítela! —exclamó, con una voz que no era la suya. Era más aguda. Más… humana.

—¡Lulu, quieta! —ordenó Lee, corriendo hacia ellos.

Pero Lulu no entendía de órdenes en ese momento. Solo entendía que el hombre alto se movía de manera divertida. Y eso, para una labradora, significaba una sola cosa:

¡Juego!

Así que Lulu saltó de nuevo. Brian esquivó hacia la izquierda. Lulu giró. Brian tropezó con la pata de la silla. Cayó de espaldas contra la estantería. Los manuales técnicos llovieron sobre él como una cascada de aburrimiento encuadernado.

—¡Señor Thornes! —gritó Lee, intentando agarrar a Lulu por el collar.

—¡No se acerque! —respondió él, con una mano extendida como si fuera un vampiro rechazando un ajo— ¡El perro! ¡El perro me va a…!

—¡Es una perra! ¡Y no va a hacerle nada, solo quiere jugar!

—¡No me interesa jugar!

Lulu, que no entendía de miedos irracionales, vio la oportunidad perfecta. Brian estaba en el suelo. Su humano estaba cerca. Y había una nariz que olfatear.

La labradora se lanzó sobre el pecho de Brian. Sus patas delanteras se plantaron en su camisa blanca de mil dólares. Su lengua intentó lamerle la cara.

—¡No! —Brian giró la cabeza, protegiéndose el rostro— ¡Lee, por lo que más quiera!

—¡Lulu, abajo! —gritó Lee, abalanzándose sobre el caos.

Y allí fue cuando todo se desmoronó. Lee intentó agarrar a Lulu del collar, pero la perra se movió. Lee perdió el equilibrio. Cayó hacia adelante. Directamente sobre Brian. Su rodilla aterrizó entre sus piernas. Su mano, en un intento desesperado por apoyarse en algo, encontró un punto de apoyo firme.

Demasiado firme. Demasiado cálido. Demasiado entre sus piernas.El tiempo se detuvo.

Brian dejó de forcejear con Lulu. Sus ojos grises se abrieron como platos y se encontraron con los de Lee, que estaban a cinco centímetros de los suyos.

—Oh, no —susurró ella.

—Oh, sí —respondió él, con la voz extrañamente ronca.

La mano de Lee seguía donde no debía. Literalmente, en la entrepierna de Brian Thornes. Y Brian, para su propia vergüenza, no hizo el más mínimo movimiento por apartarla.

Lulu, ajena al drama humano, consideró que la batalla estaba ganada. Se tumbó encima de ambos, apoyando su pesada cabeza en el pecho de Brian, y soltó un suspiro de satisfacción canina.

—Lulu —dijo Lee con voz temblorosa—. Te voy a castrar.

—Es hembra —la corrigió Brian, con una sonrisa que era puro nervio.

—Entonces te voy a ovariohisterectomizar.

—Eso no es una palabra.

—Ahora lo es.

Ninguno de los dos se movió. La mano de Lee seguía donde no debía. El peso de Lulu los aplastaba contra el suelo. La respiración de Brian acariciaba el flequillo de Lee. Y en ese preciso instante, con la peor sincronización del universo, la puerta de la oficina se abrió.

Nathan entró. Vio la escena.Parpadeó dos veces.

Lee encima de Brian. La mano de Lee en la entrepierna de Brian. Lulu encima de ambos. Brian con la camisa arrugada, el cabello despeinado, y una expresión que oscilaba entre el horror y algo que Nathan no quería nombrar. Nathan levantó ambas manos como si lo estuvieran asaltando.

—No he visto nada —dijo, con una calma absoluta.

Y entonces, con la rapidez de un felino, sacó el móvil del bolsillo, enfocó, disparó una foto y cerró la puerta de un portazo. El sonido del obturador virtual resonó en la oficina como un disparo.Desde el pasillo, se escuchó la risa ahogada de Nathan alejándose.

—¡NATHAN! —gritaron Lee y Brian al unísono.

Pero ya era tarde. La foto existía.El caos estaba consumado. Y Lulu, la perra labradora color miel, movía la cola feliz porque, por fin, había logrado que sus dos humanos favoritos estuvieran juntos.Aunque fuera en el suelo. Aunque ella estuviera encima. Aunque la mano de Lee siguiera en un lugar que ninguna empleada debería tener sobre su jefe.

—Señor Thornes —dijo Lee, con la voz quebrada entre la vergüenza y la risa contenida—. Si le digo que esto fue un accidente…

—No la creería —respondió él, y por primera vez en todo el día, esbozó una sonrisa genuina—. Pero voy a fingir que sí.

—¿Podría…? —ella movió ligeramente la mano, sin atreverse a apartarla del todo—. ¿Podría apartarse para que yo pueda…?

—No puedo apartarme. Su perra me tiene inmovilizado.

—Llámala por su nombre. Se llama Lulu.

—Lulu —dijo Brian, con una voz que parecía probar un sabor nuevo— Lulu, por favor, levántate.

La labradora movió la oreja. Y se quedó donde estaba.

—No te escucha —dijo Lee.

—Ni falta que hace —respondió Brian—. Ya veo quién manda aquí.

—Siempre he sabido quién manda. Y no es usted.

Brian la miró. Ella lo miró de vuelta. Y a pesar de la situación absurda, a pesar de la mano en su entrepierna, a pesar de la perra que los aplastaba y la foto que Nathan tenía en el móvil…

Brian Thornes se rió. No una risa cortés. No una risa de compromiso. Una risa de verdad. Profunda. Cálida. Humana. Lee lo miró asombrada.

—¿Se está riendo?

—Parece que sí —dijo él, aún riendo—. Hacía años que no me reía así.

—¿Y decide hacerlo ahora? ¿Conmigo debajo de usted?

—Técnicamente, usted está encima de mí. Y su mano…

—¡No diga nada de mi mano!

—No iba a decirlo.

—Sí iba.

—Vale, sí iba. Pero me contuve. ¿Eso no cuenta?

Lee soltó una risa nerviosa. Luego otra. Y otra. Y de repente, estaba riendo a carcajadas, con la cara enterrada en el hombro de Brian, mientras Lulu los lamía a ambos alternativamente.

—Esto es una locura —dijo Lee entre risas.

—Completamente —respondió Brian—. Pero no desagradable.

Ella levantó la cabeza y lo miró. Sus rostros estaban muy cerca. Demasiado cerca. Los labios de Brian estaban a unos centímetros de los suyos.

—Señor Thornes…

—Brian —la corrigió él, en voz baja—. Si va a tener la mano ahí, al menos llámeme Brian.

Lee tragó saliva.

—Brian —dijo, probando el nombre en su boca—. ¿Cree que podríamos levantarnos sin que esto sea más incómodo de lo que ya es?

—No lo sé. Pero podemos intentarlo.

—De acuerdo. A la cuenta de tres. Una…

—Dos… —continuó él.

—Tres.

Lulu, como si hubiera entendido perfectamente el plan, se levantó de un salto y salió corriendo hacia su cesta, donde se tumbó con la inocencia de quien acaba de causar el caos más glorioso de la historia corporativa.

Lee y Brian se quedaron solos en el suelo. Ella aún encima de él. Su mano aún donde no debía.

—Voy a apartar la mano —anunció Lee.

—Buena idea.

—Ahora.

—Sí.

Pero no lo hizo. Y él no la apartó.

Se quedaron allí, mirándose, durante cinco segundos interminables. Hasta que Lee cerró los ojos, respiró hondo, y retiró la mano como si estuviera tocando fuego. Se levantó de un salto. Se ajustó la blusa. Se pasó una mano por el cabello.

Brian se incorporó más lentamente. Se sacudió la chaqueta. Y se llevó una mano al pecho, donde Lulu había dejado una mancha de baba y pelos color miel.

—Su perra me ha arruinado la camisa —dijo, sin verdadera queja en la voz.

—Se la pago —respondió Lee, sin mirarlo a los ojos.

—No hace falta.

—Insisto.

—Yo también.

El silencio volvió a instalarse. Pero ya no era un silencio hostil. Era un silencio cómplice. Cargado de algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.

—Los datos —dijo Brian al fin, rompiendo el hechizo—. Los necesito.

—Se los enviaré por correo. En una hora.

—Bien.

Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.

—Lee.

—¿Sí?

—Lulu es una excelente perra.

—Lo sé.

—Pero la próxima vez que venga a su oficina, tal vez podríamos dejar la puerta cerrada.

—La próxima vez —respondió ella, con una sonrisa pícara—, tal vez usted debería llamar antes de entrar.

Brian sonrió. Una sonrisa pequeña. Privada. Solo para ella.

Y salió. En el pasillo, se encontró con Nathan, que estaba apoyado en la pared con el móvil en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—No digas nada —le espetó Brian.

—No voy a decir nada —respondió Nathan, levantando las manos—. Solo voy a disfrutar de este momento en silencio.

—Borra esa foto.

—Nunca.

—Nathan.

—Padre. Usted tiene baba de perro en la camisa. Y la sonrisa de un hombre que acaba de pasar el mejor momento de su semana. No voy a borrar nada.

Brian negó con la cabeza, pero no pudo evitar una última mirada hacia la puerta cerrada de Lee. Dentro, Lee estaba sentada en su silla, con las manos aún temblando, y Lulu a sus pies, moviendo la cola como si hubiera ganado la lotería.

—Has sido un desastre —le dijo Lee a su perra, acariciándole la cabeza—. Un desastre glorioso.

Lulu ladró una vez. Y luego se durmió, satisfecha.

Afuera, en el pasillo, Nathan envió la foto a Cristóbal con un mensaje que decía:

"Mi padre acaba de tocar fondo. Y creo que está enamorado. Esto es mejor que el teatro."

Cristóbal respondió con diez emojis de carcajada y un: "Necesito ver a Lulu. Es mi héroe."

Y así, entre caídas, perrazas y manos en lugares prohibidos, el huracán Brian-Lee había pasado de categoría 1 a categoría 5.

Y recién empezaba.

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