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Capitulo 6

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-09-11 02:16:07

En ese momento, el coche de Nathan apareció en la entrada del restaurante. El aparcacoches bajó con las llaves en la mano.

— Aquí tienes señor Thornes — le indico el joven mientras le entregaba las llaves respetuosamente

—Gracias. —Respondió Nathan al chico mientras miraba a su amiga por un segundo luego su mirada se dirigió a la pantalla de su móvil.

Mientras tanto Lee se alejaba un poco para darle privacidad a su amigo. Busco en su bolso el móvil para pedir un Uber, podía caminar a la siguiente parada del metro pero no le apetecía nada caminar, había sido un día agotador en la oficina y quería llegar a casa y comprobar a Lulú la había llevado el fin de semana a revisión y el médico le había informado que tenía que someterla a una cirugía menor, tenía una de sus muelas en la estado y tenía que extraerla. Y el día anterior le realizaron l a intervención y aunque estaba bien. Lulú era su bebé y estaba algo ansiosa por llegar a casa.

—Ya llegó mi auto —dijo Nathan, lanzando un beso a la pantalla— Tengo que dejarte. Voy a llevar a la reina de hielo a su castillo.

—¡No me llames reina de hielo! —exclamó Lee, acercándose y golpeándole el hombro.

—Pues deja de comportarte como una.

Cristóbal se reía entre dientes, con los ojos brillantes.

—Cuídalo, Lee —dijo antes de colgar.

—Siempre —respondió ella, con una sonrisa genuina.

Nathan guardó el teléfono, abrió la puerta del coche a Lee con un gesto exagerado de mayordomo antiguo, y ella subió riéndose.

—Eres un payaso.

—Pero un payaso guapo —dijo él, rodeando el coche para sentarse al volante.

El motor rugió. Las luces se encendieron. Y el coche se perdió en la noche de Houston.

Mientras tanto, en la puerta del restaurante…

Brian Thornes no había perdido detalle. Había visto la mano de Nathan en la espalda de Lee. Había visto la sonrisa de ella, cómplice y cálida, como si compartieran un secreto. Había visto cómo se inclinaban el uno hacia el otro mientras esperaban el coche, como dos personas que se conocen hasta en los silencios.

Y luego había visto unos minutos antes hablando a su hijo contestando una videollamada. No podía oír las palabras, pero sí las expresiones. La forma en que Nathan se transformaba al mirar la pantalla. La forma en que Lee se entrometía con una confianza que solo se tiene aquellas personas que se conocían bien. La forma en que Nathan le lanzaba un beso a alguien antes de colgar.

¿A quién le ha mandado un beso?, se preguntó Brian, con el ceño fruncido. Luego Nathan había llamado a Lee "reina de hielo". Y ella se había reído. Y se habían subido al coche. Y se habían ido.

Juntos. De noche. Solos. Brian apretó las mandíbulas con tanta fuerza que sus muelas protestaron.

—Brian —dijo Whitmore a su lado, que había salido a despedirse— ¿Todo bien?

—Perfectamente —respondió él, con una sonrisa que era puro hielo.

Whitmore y Rodríguez intercambiaron una mirada de "mejor no preguntar" y se despidieron rápidamente. Brian se quedó solo en la puerta del restaurante, con el calor pegajoso de Houston pegándose a su traje de mil dólares.

Ella no anda detrás del dinero de Nathan, se repitió, pero eso no significa que no ande detrás de algo.¿De qué, entonces? ¿De él? ¿De su hijo? ¿De los dos? No lo sabía. Y eso le enfurecía más que cualquier certeza.

Brian sacó el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta. Desbloqueó la pantalla. Buscó un número que tenía marcado como "Seguridad Corporativa" y pulsó llamar. Al otro lado, una voz grave respondió a los dos tonos.

—Dígame, señor Thornes.

—Quiero toda la información que tengamos sobre una empleada —dijo Brian, con la voz más fría que el acero— Lee. Ingeniería. Proyecto especial.

—¿Algo en particular que deba buscar?

—Todo. Desde su fecha de nacimiento hasta lo que desayunó esta mañana. La quiero en mi oficina a primera hora.

—Señor, la privacidad de los empleados…

—No me importa la privacidad —lo cortó Brian—. Me importa saber si esa mujer es una amenaza. Para mi hijo. Para mi empresa. Y para mí.

Colgó sin esperar respuesta. Guardó el teléfono. Ajustó los puños de la camisa. Y subió al coche que lo esperaba con el motor encendido.

Mientras el vehículo se alejaba del restaurante, Brian se permitió un segundo de honestidad. Un segundo en el que no era el CEO implacable, ni el padre sobreprotector, ni el hombre de hielo.

En ese segundo, se dijo la verdad:

No me importa si es una amenaza. Me importa que no puedo dejar de pensar en ella. Pero eso, por supuesto, no iba a admitirlo ni bajo tortura. Así que hizo lo que mejor sabía hacer: controlar. Investigar. Vigilar.

Porque si algo había aprendido Brian Thornes en cuarenta y siete años de vida, era que el conocimiento era poder. Y él necesitaba poder. Para proteger a su hijo.Para proteger su empresa.

Y quizá, solo quizá, para descubrir por qué una ingeniera insolente de treinta años con cara de no necesitar a nadie le había robado el sueño en una sola noche. Brian Thornes llegó a su casa a las once de la noche con la mandíbula tan tensa que parecía esculpida en granito.

La casa estaba vacía. Como siempre. Silencio. Oscuridad. El eco de sus propios pasos en el mármol del recibidor. Se quitó la chaqueta, aflojó la corbata, y se sirvió un whisky doble sin hielo. Lo bebió de un trago. Luego otro.

No ayudó. La imagen de Lee seguía ahí, grabada en la parte de atrás de sus párpados. La forma en que había levantado la barbilla para desafiarlo. La curva de sus labios cuando decía "usted". Esos ojos negros que lo miraban como si él fuera el problema, y no ella.

Maldita mujer. Se duchó con agua fría. Se puso el pijama. Se metió en la cama a las doce y media.

Dio vueltas. A la una, estaba mirando al techo.

A las dos, había contado trescientas ovejas y ninguna de ellas se parecía a ella —pero todas tenían sus ojos negros, así que dejó de contar.

A las tres, finalmente, el sueño lo venció.

El sueño

No empezó como un sueño erótico. Empezó como una discusión. Estaban en su oficina. Ella estaba de pie frente a su escritorio, con ese maldito jersey de cuello alto que le marcaba todo sin enseñar nada. Sus brazos cruzados. Su mirada fija.

—Usted no me conoce, señor Thornes —decía ella, con esa voz que era miel y veneno a la vez—. Usted ve lo que quiere ver.

—Y tú te escondes detrás de esa fachada de mujer independiente —respondía él, levantándose de la silla—. Pero te he visto. La forma en que miras a Nathan. La forma en que te ríes con él.

—¿Y qué? —dio un paso al frente—. ¿Me prohíbe reírme ahora?

—Te prohíbo mentir.

—No miento.

—Entonces, ¿qué eres?

Ella se acercó más. Tanto que Brian pudo oler su perfume. Algo cítrico. Algo peligroso.

—Soy la mujer que le va a demostrar que está equivocado —susurró.

Y entonces, sin saber cómo, él la tenía contra la pared. Sus manos en sus caderas. La nariz enterrada en su cuello. El calor de ella filtrándose a través de la ropa como un incendio forestal.

—Brian… —dijo ella, y era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

Sonó como una advertencia. Sonó como una invitación.Él la besó. Y ella besó de vuelta.

No fue suave. No fue romántico. Fue un huracán. Dientes, lenguas, manos que tiraban de la ropa, cuerpos que se buscaban como si llevaran siglos esperando. Ella se arqueó contra él. Él la levantó como si pesara nada. La oficina se desdibujó, se convirtió en su dormitorio, en su cama, en sábanas de satén negro que se arrugaban bajo el peso de sus cuerpos.

—Brian —volvió a decir ella, pero esta vez su voz era un gemido.

Y él… Él perdió el control por completo.

El sueño se volvió una sucesión de imágenes fragmentadas: el cabello corto de ella despeinado contra la almohada, sus piernas rodeándole la cintura, sus labios mordiéndole el hombro, su nombre saliendo de su boca como una oración profana.

El clímax llegó como una explosión.Dentro del sueño. Y fuera de él.

El despertar

Brian abrió los ojos de golpe. El techo de su dormitorio giraba lentamente. Su respiración era errática, como si hubiera corrido un maratón. Tenía la piel cubierta de sudor. El corazón latiéndole en las sienes.

Y abajo… Abajo había un problema. Un problema pegajoso. Húmedo. Inconfundible.

Brian se quedó mirando el techo durante diez segundos largos, procesando lo que acababa de ocurrir. Luego, con la parsimonia de un hombre que ha visto demasiado en la vida, levantó las sábanas y miró.

Joder.

El pijama estaba arruinado. Las sábanas también. Su cuerpo, a sus cuarenta y siete años, le había gastado la peor broma de su vida adulta. No le pasaba algo así desde los diecisiete años. Desde aquella vez con la novia del instituto en el asiento trasero del coche de su padre. Y ni siquiera entonces había sido tan… intenso.

—No puede ser —murmuró Brian en voz alta, con la voz ronca— No puede ser.

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