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Capitulo 9

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-16 23:54:52

El deseo.

Cerró el dossier con violencia y lo arrojó al otro extremo del escritorio. Las hojas volaron por el aire como mariposas asustadas.

—Maldita sea.

Se pasó las manos por el rostro. La barba le picaba. No había dormido. No había comido. Y ahora, además su querido hijo le soltaba la bomba que tenía que trabajar codo a codo con ella durante semanas. Supervisarla. Verla cada día.

Cada maldito día.

Brian apoyó los codos en el escritorio y enterró la cara entre las manos. Así lo encontró su secretaria cuando llamó a la puerta.

—¿Señor Thornes? ¿Está bien?

—Sí —respondió él, enderezándose al instante, recuperando la máscara de hielo—. ¿Qué pasa?

—La ingeniera Lee está aquí. Dice que trae los informes que pidió.

El corazón le dio un vuelco. Ya está aquí.

—Déjela pasar dentro de cinco minutos —dijo, con una voz que sonó mucho más calmada de lo que se sentía— Y no quiero interrupciones.

—Sí, señor.

La secretaria se retiró. Brian se levantó del asiento fue hacia el dossier y las hojas esparcidas las recogió una por una, colocándola dentro de la carpeta camino hacia sue escritorio dejando el dossier en la primer cajon, se sentó y arreglo su corbata. Se pasó una mano por el cabello. Ajustó los gemelos. Pareces un adolescente antes de una cita, se burló su conciencia.

—Cállate —murmuró.

Y entonces, la puerta se abrió.

Ella entró. Llevaba los informes en una carpeta azul, sujeta contra el pecho como un escudo. Su cabello castaño claro enmarcaba su rostro en forma de corazón. Sus enormes ojos negros, ocultos bajo espesas pestañas, recorrieron la oficina con rapidez antes de fijarse en él.

—Señor Thornes —dijo, con esa voz que era hielo y fuego a la vez— Tengo los informes que pidió.

—Dejelos sobre el escritorio —respondió él, sin levantarse.

Ella se acercó. Deposité la carpeta con cuidado. Y entonces, en lugar de retirarse como Brian esperaba, se quedó mirándolo fijamente.

—¿Algo más? —preguntó.

—No. Puede irse.

Pero no se fue.

—Señor Thornes —dijo ella, con un tono que Brian ya empezaba a reconocer como peligroso— Lo que vio en la oficina de Nathan…

—No vi nada —la interrumpió Brian, demasiado rápido— Y aunque hubiera visto algo, no es asunto mío.

—Exacto —respondió ella, con una sonrisa que era puro desafío— No es asunto suyo.

El silencio se instaló entre ellos. Eléctrico. Tenso.

Brian la miró. Ella lo miró de vuelta. Y en sus ojos negros, Brian vio algo que no esperaba: no era odio. No era desprecio. Era… curiosidad. La misma curiosidad que él sentía. La misma pregunta sin respuesta.

¿Qué pasaría si…?

—Eso es todo —dijo Brian, rompiendo el hechizo repitiendo las mismas palabras — Puede retirarse.

Lee asintió. Dio media vuelta. Caminó hacia la puerta. Y justo antes de salir, se giró.

—Señor Thornes.

—¿Qué?

—La próxima vez que entre a una oficina, tal vez debería llamar antes. No vaya a ver algo que no pueda olvidar.

Y se fue. La puerta se cerró con un clic suave.

Brian se quedó mirando la madera durante un largo minuto. Su corazón latía con fuerza. Sus manos, apoyadas sobre el escritorio, temblaban ligeramente.

—Demasiado tarde —murmuró, solo para sí mismo— Ya vi algo que no puedo olvidar.

Y lo peor de todo, pensó mientras abría la carpeta azul y respiraba el perfume que ella había dejado en el aire, era que no quería olvidarlo. No quería olvidar cómo se había reído con Nathan. No quería olvidar cómo lo había desafiado a él. No quería olvidar la forma en que sus ojos negros lo miraban como si pudieran ver a través de todas sus máscaras.

Estás en problemas, Brian, se dijo.

Y por primera vez en veintinueve años casi treinta no tenía ni idea de cómo solucionarlos. Afuera, en el pasillo, Lee caminaba hacia su oficina con las mejillas ardiendo.

Dentro, Brian Thornes respiraba hondo y fingía que el mundo no se le había puesto patas arriba en menos de veinticuatro horas. Pero ambos sabían la verdad. El huracán ya había llegado. Y ninguno de los dos estaba preparado.

Tres horas después de su tenso encuentro en la oficina de Brian, Lee estaba por fin concentrada en su trabajo.

Bueno, intentándolo. Los informes que le había pedido Brian eran solo el comienzo. Ahora tenía que revisar los datos de la última simulación del explosivo plástico, cotejar las variables y preparar una presentación para el comité de seguridad. Nada que no hubiera hecho mil veces.

El problema era que no podía dejar de pensar en él. En la forma en que la había mirado cuando ella dijo aquello de "no vaya a ver algo que no pueda olvidar". En el silencio eléctrico que había quedado flotando entre ellos. En la manera en que sus dedos habían tamborileado sobre la carpeta azul como si estuvieran contando los segundos para que ella se fuera.

Concéntrate, se ordenó a sí misma, clavando los ojos en la pantalla. Su oficina era pequeña pero funcional. Una mesa, dos sillas, una estantería llena de manuales técnicos, y en el rincón, una cesta azul marino con una manta mullida.

La cesta de Lulu. Su labradora color miel, de tres años, con ojos de cachorro eterno y una energía que solo podía describirse como terremoto amistoso. Lee solía traerla a la oficina los días que sabía que iba a cerrar tarde. Lulu dormía plácidamente en su cesta, soñando con perseguir ardillas.

Hasta que alguien llamaba a la puerta.

—Señorita Donald —dijo una voz grave al otro lado de la puerta— Soy Brian. Necesito los datos de la simulación. El informe que me dio está incompleto.

Lee suspiró. Por supuesto que estaba incompleto. Ella misma había omitido una página a propósito, solo para tener una excusa para volver a verlo.

Mentirosa, se reprochó. Lo hiciste porque eres masoquista.

—Adelante —dijo, enderezándose en la silla.

La puerta se abrió. Brian Thornes entró en su oficina como quien entra en territorio enemigo. Con paso firme, pero con los ojos escaneando cada rincón en busca de trampas.

Lee se puso a la defensiva al instante. Los hombros tensos. La barbilla levantada. Las manos apoyadas en la mesa como si necesitara un ancla.

—¿Qué datos le faltan? —preguntó, con una voz que sonó más cortante de lo que pretendía.

—Las variables de presión en la tercera fase. No están en el archivo que me entregó.

—Sí que lo están. Las puse en el apéndice C.

—No hay apéndice C.

—Pues lo hubo. Quizá alguien lo extravió.

—¿Me está acusando de extraviar documentos, Lee?

—No la acuso. Solo sugiero que a veces las cosas desaparecen cuando pasan por ciertas manos.

Brian enarcó una ceja. Dio un paso al frente. Ella se levantó de la silla, como si necesitara estar a su misma altura para el combate verbal.

—Cuide su lengua —dijo él, con voz baja y peligrosa—. Sigo siendo su jefe.

—Y yo sigo siendo la única que entiende esos datos —respondió ella, cruzando los brazos—. Así que tal vez debería tratar con un poco más de respeto a la persona que le impide que el proyecto explote, literalmente.

—No me faltó el respeto.

—Me llamó cazafortunas anoche.

—Eso fue antes de saber…

—¿Antes de saber qué? —Lee se acercó un paso, desafiante—. ¿Antes de saber que soy competente? ¿O antes de saber que no me dejo intimidar por hombres con trajes caros y complejos de superioridad?

Brian apretó la mandíbula. Sus ojos grises echaban chispas.

—Usted es…

—¿Qué? —ella levantó la barbilla—. Dígalo. Diga lo que piensa de mí. Ya que es tan bueno opinando sin conocerme.

—Es insoportable.

—Gracias. Usted también.

—Y malhumorada.

—Observador. ¿Algo más?— dijo Lee en un tono algo irónico

—Y tiene una sonrisa que… — Brian se detuvo a tiempo, mientras se pasaba una mano por el pelo en señal de frustración por lo que estuvo a punto de decir. Sabía bien. Que no se había detenido lo bastante pronto.

Lee parpadeó. Por un segundo, el desafío en sus ojos se transformó en algo más suave. Algo más vulnerable.

—¿Que tengo una sonrisa qué? —preguntó, con la voz apenas un susurro.

Brian abrió la boca para responder. Para mentir. Para decir "molesta" o "irritante" o cualquier otra palabra que no fuera la verdad.

Pero nunca llegó a decir nada. Porque en ese momento, Lulu despertó.

La labradora color miel se incorporó en su cesta con un bostezo sonoro. Movió la cola. Olfateó el aire. Y detectó un olor nuevo en su territorio.

¡Un hombre! Un hombre alto. De pie. Cerca de su humana.

Y Lulu, que era la perra más amable del mundo pero también la más entrometida, saltó de la cesta y se lanzó hacia Brian con la alegría de quien acaba de encontrar a su nuevo mejor amigo.

—¡Lulu, no! —gritó Lee.

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