Share

Capitulo 4

Penulis: Monn Star
last update Tanggal publikasi: 2026-09-06 21:02:35

Y el había visto esas miradas antes. Se las había lanzado a Cristóbal durante tres meses enteros, mientras fingía que solo le corregía los informes por profesionalismo. Las había recibido de vuelta, con esos ojos azules que decían "bésame de una vez, cobarde".

Y ahora las veía cruzar la sala como dardos envenenados entre su padre y su mejor amiga. Qué bonito, pensó Nathan, llevándose la copa a los labios con una sonrisa de suficiencia. Qué bonito y qué patético al mismo tiempo.

Nathan comenzó a recordar cada detalle de la conversación y sobre todo lo que se podía leer entre lineas

Lee acababa de soltarle una andanada a Brian. Algo sobre cazafortunas y facturas pagadas por ella misma. Y Brian, el hombre de hielo, el que no se inmutaba ni en una fusión millonaria, había parpadeado dos veces seguidas.

Dos veces.

Nathan llevaba veintinueve casi treinta años viendo a su padre parpadear en situaciones de estrés. Lo hacía cuando algo le descolocaba. Cuando algo le importaba.

Le importa, pensó Nathan con una mezcla de asombro y diversión. A mi padre, el ogro, le importa una ingeniera insolente de treinta años con cara de no necesitar a nadie.

Y entonces, como si la conversación en su cabeza hubiera sido una señal, Brian se levantó de su mesa y se acercó a la de ellos.

—Nathan —dijo, con esa voz grave que usaba para las malas noticias—. ¿Un momento?

—Claro, padre —respondió Nathan, tan campante.

Brian lanzó una mirada asesina a Lee. Ella se la devolvió con una sonrisa tan dulce que podría endulzar el café más amargo.

—Usted —dijo Brian, señalándola con un dedo—. No sé qué pretende con mi hijo, pero…

—¿Pretender? —Lee se reclinó en la silla, cruzó los brazos y levantó una ceja—. La única que pretende algo aquí es usted, señor Thornes. Pretende que soy una interesada sin conocerme. Pretende que su hijo es un pobre inocente al que hay que proteger. Y pretende que tiene derecho a opinar sobre mi vida porque firma mis cheques.

Brian apretó la mandíbula.

—Trabaja para mí.

—Trabajo para la empresa. No para usted. Hay una diferencia sutil, pero importante.

Nathan se quedó mirando el intercambio como si fuera el partido de tenis más entretenido de su vida. Revés de Lee. Acentazo de Brian. Ventaja Lee.

—Lee —intervino Nathan, con su mejor tono de conciliador falso—, quizá podríamos…

—No te metas, Nathan —dijeron los dos al unísono.

Se miraron. Fulminantes. Elásticas chispeando en el aire.

Nathan levantó las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Me callo.

Pero no se callaba. Por dentro estaba gritando.

Porque conocía esas miradas. Las conocía perfectamente. Eran las mismas que él y Cristóbal se lanzaban antes del primer beso. La misma tensión eléctrica. La misma rabia que en realidad era deseo disfrazado. La misma necesidad de acercarse un centímetro más.

Dios mío, pensó Nathan, mi padre tiene un huracán delante y no lo sabe.

Brian dio media vuelta y regresó a su mesa con pasos militares. Lee lo siguió con la mirada, y sus mejillas, esas mejillas que Nathan conocía tan bien, estaban ligeramente sonrosadas.

Colorada, pensó él con deleite. La reina del hielo está colorada. Nathan dejó la copa sobre la mesa y se reclinó en la silla con una sonrisa que solo podía describirse como malvada.Porque en ese momento, en su cabeza, algo hizo clic.

Un plan. Un plan gloriosamente retorcido.

Mi padre cree que Lee es una cazafortunas, pensó Nathan. Lee cree que mi padre es un arrogante insoportable. Los dos se miran como si quisieran comerse vivos. Y los dos son tan orgullosos que prefieren morderse la lengua antes que admitirlo.

Así que... ¿por qué no avivar las llamas? La idea era tan simple como brillante. Si Brian estaba ocupado malinterpretando a Lee, si estaba demasiado pendiente de sus movimientos, de sus sonrisas, de sus idas y venidas… no tendría tiempo para vigilar a Nathan. No estaría pendiente de con quién se reunía Nathan después del trabajo. No le preguntaría por qué llegaba tarde a casa los viernes.

Tiempo, pensó Nathan. Solo necesito tiempo a solas con Cristóbal.

Cristóbal. El chico que había esperado tres años enteros. Tres años siendo un secreto. Tres años escuchando "todavía no estoy listo", "mi padre no lo entendería", "dame un poco más de tiempo".

Y Cristóbal había esperado. Con una paciencia que Nathan no merecía. Con una fe inquebrantable en que algún día Nathan dejaría de tener miedo.

Pero ya no tenía miedo. O sí, un poco. Pero el miedo ya no mandaba. Lo que mandaba era el amor. Y las ganas. Y la certeza de que si seguía esperando el momento perfecto, se iba a morir esperando.

Así que, continuó Nathan en su cabeza, si mi padre está ocupado persiguiendo a Lee, o siendo perseguido por ella (todavía no sé cómo va a terminar eso), yo puedo… desaparecer.

Una cena romántica. Un fin de semana fuera. Una noche en la que por fin pudieran ser Nathan y Cristóbal sin máscaras, sin miradas furtivas, sin miedo a que alguien los viera.

Y luego, cuando todo estuviera listo, cuando Cristóbal hubiera dicho que sí (porque iba a decir que sí, tenía el anillo en el bolsillo y todo), entonces Nathan se plantaría delante de Brian y le diría:

"Padre, este es el hombre que amo. Se llama Cristóbal. Y vamos a casarnos."

Brian podría enfadarse. O no. Nathan ya no lo sabía. Pero lo que sí sabía era que ya no iba a esconderse más.

Y si para conseguir ese momento de libertad tenía que convertir a su padre en el protagonista involuntario de una comedia romántica de manual… pues que así fuera.

—Nathan —dijo Lee, sacándolo de sus pensamientos—. ¿Por qué sonríes así? Me das miedo.

—¿Yo? —Nathan parpadeó con inocencia—. No sonrío de ninguna manera.

—Sonríes como si hubieras encontrado la manera de estafar al sistema.

Bingo, pensó Nathan.

—Solo estoy feliz, Lee. Feliz de tener una amiga como tú. Y un padre como el mío. Y… otras cosas.

—¿Otras cosas? —Lee entrecerró los ojos.

—Cosas —repitió Nathan, evasivo— Cosas bonitas, interesantes ...

Miró por encima del hombro de Lee hacia la mesa de Brian. Su padre estaba hablando con los socios, pero sus ojos grises se desviaban hacia ellos cada pocos segundos. Cada vez que lo hacían, se encontraban con la nuca de Lee. O con el perfil de su rostro. O con la curva de su cuello cuando ella giraba la cabeza.

Estás perdido, papá, pensó Nathan con ternura. Y no lo sabes.

Luego miró a Lee. Ella estaba bebiendo vino, fingiendo que no notaba las miradas. Pero sus dedos temblaban ligeramente alrededor del tallo de la copa.

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • El Huracán que no pedí    Capitulo 10

    Pero era tarde. La labradora de treinta kilos se abalanzó sobre Brian con la energía de un torrente. Sus patas delanteras golpearon sus muslos. Su lengua colgaba feliz. Su cola movía el aire como una hélice.Y Brian Thornes, el hombre que había construido un imperio desde cero, el que negociaba fusiones multimillonarias sin pestañear, el que hacía llorar a directores financieros con una sola mirada…Retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Con los brazos levantados en defensa. Con los ojos abiertos como platos.—¡Quítela! —exclamó, con una voz que no era la suya. Era más aguda. Más… humana.—¡Lulu, quieta! —ordenó Lee, corriendo hacia ellos.Pero Lulu no entendía de órdenes en ese momento. Solo entendía que el hombre alto se movía de manera divertida. Y eso, para una labradora, significaba una sola cosa:¡Juego!Así que Lulu saltó de nuevo. Brian esquivó hacia la izquierda. Lulu giró. Brian tropezó con la pata de la silla. Cayó de espaldas contra la estantería. Los manuales técnicos llovieron

  • El Huracán que no pedí    Capitulo 9

    El deseo.Cerró el dossier con violencia y lo arrojó al otro extremo del escritorio. Las hojas volaron por el aire como mariposas asustadas.—Maldita sea.Se pasó las manos por el rostro. La barba le picaba. No había dormido. No había comido. Y ahora, además su querido hijo le soltaba la bomba que tenía que trabajar codo a codo con ella durante semanas. Supervisarla. Verla cada día.Cada maldito día.Brian apoyó los codos en el escritorio y enterró la cara entre las manos. Así lo encontró su secretaria cuando llamó a la puerta.—¿Señor Thornes? ¿Está bien?—Sí —respondió él, enderezándose al instante, recuperando la máscara de hielo—. ¿Qué pasa?—La ingeniera Lee está aquí. Dice que trae los informes que pidió.El corazón le dio un vuelco. Ya está aquí.—Déjela pasar dentro de cinco minutos —dijo, con una voz que sonó mucho más calmada de lo que se sentía— Y no quiero interrupciones.—Sí, señor.La secretaria se retiró. Brian se levantó del asiento fue hacia el dossier y las hojas esp

  • El Huracán que no pedí    Capitulo 8

    Brian Thornes entró.Y la escena que vio fue la siguiente: su hijo Nathan sentado en el sillón ejecutivo, con una expresión de sorpresa mal disimulada. Y Lee, la ingeniera insolente, sentada directamente sobre sus piernas, con las mejillas encendidas, el cabello ligeramente desordenado y una mano aún aferrada a la chaqueta de Nathan.El silencio fue atómico.Brian se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos grises recorrieron la escena una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó hasta el punto de crujir.—¿La interrumpo? —preguntó, con una voz que helaría el infierno.Lee y Nathan se miraron.Y entonces, para sorpresa de Brian, Lee se rió. No una risa nerviosa. Una risa de verdad. Una risa que decía "estoy furiosa pero también esto es ridículo".—No se preocupe, señor Thornes —dijo Lee, sin moverse de las piernas de Nathan—. Solo estaba estrangulando a su hijo. Cosas de amigos.Nathan la empujó suavemente. Lee se levantó por fin, ajustándose la blusa y lanzándole una mirada asesina a su

  • El Huracán que no pedí    Capitulo 7

    Se levantó de la cama con la torpeza de un adolescente. Arrancó las sábanas con un gesto brusco. Las amontonó en el suelo junto con el pijama. Se metió en la ducha y abrió el agua helada.El agua cayó sobre su espalda, sus hombros, su pecho. Pero no logró enfriar lo que ardía por dentro.Era solo un sueño, se dijo. Una reacción fisiológica. Llevo meses sin tocar a una mujer. Años casi. Es normal. Es biología.Pero la imagen de Lee —sus piernas alrededor de su cintura, su boca diciendo su nombre— seguía allí. Incrustada. Imposible de lavar.Una hora después, con las sábanas ya en la lavadora (programa de agua caliente, ciclo intensivo, Dios mediante) y el pijama en el cesto de la ropa sucia, Brian se plantó frente al espejo del baño.Se miró. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Una barba de tres días que debería haberse afeitado la noche anterior. Y una expresión que no reconocía. Algo entre la furia y la vergüenza.—Esto te ha pasado —dijo en voz alta, señalándose con el dedo índice— por

  • El Huracán que no pedí    Capitulo 6

    En ese momento, el coche de Nathan apareció en la entrada del restaurante. El aparcacoches bajó con las llaves en la mano.— Aquí tienes señor Thornes — le indico el joven mientras le entregaba las llaves respetuosamente —Gracias. —Respondió Nathan al chico mientras miraba a su amiga por un segundo luego su mirada se dirigió a la pantalla de su móvil.Mientras tanto Lee se alejaba un poco para darle privacidad a su amigo. Busco en su bolso el móvil para pedir un Uber, podía caminar a la siguiente parada del metro pero no le apetecía nada caminar, había sido un día agotador en la oficina y quería llegar a casa y comprobar a Lulú la había llevado el fin de semana a revisión y el médico le había informado que tenía que someterla a una cirugía menor, tenía una de sus muelas en la estado y tenía que extraerla. Y el día anterior le realizaron l a intervención y aunque estaba bien. Lulú era su bebé y estaba algo ansiosa por llegar a casa.—Ya llegó mi auto —dijo Nathan, lanzando un beso a

  • El Huracán que no pedí    Capitulo 5

    Estás perdida también, Lee. Y tampoco lo sabes.Nathan se sirvió más vino, alzó la copa en un brindis silencioso y pensó:Que empiece el juego.Porque él ya había elegido su bando. Y ese bando era la felicidad. La suya, la de Cristóbal, la de Lee y, aunque Brian todavía no lo supiera, la suya también. Si todo salía bien.Solo había un pequeño detalle que tenía que solucionar. Una vía de escape por si Brian descubría que Nathan lo había manipulado para que se fijara en Lee… el huracán no iba a ser el que él imaginaba. Pero eso, pensó Nathan con una sonrisa maliciosa, era un problema para el Brian del futuro. El Brian del presente tenía que empezar a enamorarse.Y Nathan iba a asegurarse de que así fuera. Aunque tuviera que empujarlo al huracán con sus propias manos.Media hora después. El aire nocturno de Houston golpeó a Lee en el rostro cuando salieron del restaurante. Húmedo. Caliente. Como si la ciudad también estuviera tramando algo.Nathan caminaba a su lado, con la mano coloca

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status