LOGINY el había visto esas miradas antes. Se las había lanzado a Cristóbal durante tres meses enteros, mientras fingía que solo le corregía los informes por profesionalismo. Las había recibido de vuelta, con esos ojos azules que decían "bésame de una vez, cobarde".
Y ahora las veía cruzar la sala como dardos envenenados entre su padre y su mejor amiga. Qué bonito, pensó Nathan, llevándose la copa a los labios con una sonrisa de suficiencia. Qué bonito y qué patético al mismo tiempo. Nathan comenzó a recordar cada detalle de la conversación y sobre todo lo que se podía leer entre lineas Lee acababa de soltarle una andanada a Brian. Algo sobre cazafortunas y facturas pagadas por ella misma. Y Brian, el hombre de hielo, el que no se inmutaba ni en una fusión millonaria, había parpadeado dos veces seguidas. Dos veces. Nathan llevaba veintinueve casi treinta años viendo a su padre parpadear en situaciones de estrés. Lo hacía cuando algo le descolocaba. Cuando algo le importaba. Le importa, pensó Nathan con una mezcla de asombro y diversión. A mi padre, el ogro, le importa una ingeniera insolente de treinta años con cara de no necesitar a nadie. Y entonces, como si la conversación en su cabeza hubiera sido una señal, Brian se levantó de su mesa y se acercó a la de ellos. —Nathan —dijo, con esa voz grave que usaba para las malas noticias—. ¿Un momento? —Claro, padre —respondió Nathan, tan campante. Brian lanzó una mirada asesina a Lee. Ella se la devolvió con una sonrisa tan dulce que podría endulzar el café más amargo. —Usted —dijo Brian, señalándola con un dedo—. No sé qué pretende con mi hijo, pero… —¿Pretender? —Lee se reclinó en la silla, cruzó los brazos y levantó una ceja—. La única que pretende algo aquí es usted, señor Thornes. Pretende que soy una interesada sin conocerme. Pretende que su hijo es un pobre inocente al que hay que proteger. Y pretende que tiene derecho a opinar sobre mi vida porque firma mis cheques. Brian apretó la mandíbula. —Trabaja para mí. —Trabajo para la empresa. No para usted. Hay una diferencia sutil, pero importante. Nathan se quedó mirando el intercambio como si fuera el partido de tenis más entretenido de su vida. Revés de Lee. Acentazo de Brian. Ventaja Lee. —Lee —intervino Nathan, con su mejor tono de conciliador falso—, quizá podríamos… —No te metas, Nathan —dijeron los dos al unísono. Se miraron. Fulminantes. Elásticas chispeando en el aire. Nathan levantó las manos en señal de rendición. —Vale, vale. Me callo. Pero no se callaba. Por dentro estaba gritando. Porque conocía esas miradas. Las conocía perfectamente. Eran las mismas que él y Cristóbal se lanzaban antes del primer beso. La misma tensión eléctrica. La misma rabia que en realidad era deseo disfrazado. La misma necesidad de acercarse un centímetro más. Dios mío, pensó Nathan, mi padre tiene un huracán delante y no lo sabe. Brian dio media vuelta y regresó a su mesa con pasos militares. Lee lo siguió con la mirada, y sus mejillas, esas mejillas que Nathan conocía tan bien, estaban ligeramente sonrosadas. Colorada, pensó él con deleite. La reina del hielo está colorada. Nathan dejó la copa sobre la mesa y se reclinó en la silla con una sonrisa que solo podía describirse como malvada.Porque en ese momento, en su cabeza, algo hizo clic. Un plan. Un plan gloriosamente retorcido. Mi padre cree que Lee es una cazafortunas, pensó Nathan. Lee cree que mi padre es un arrogante insoportable. Los dos se miran como si quisieran comerse vivos. Y los dos son tan orgullosos que prefieren morderse la lengua antes que admitirlo. Así que... ¿por qué no avivar las llamas? La idea era tan simple como brillante. Si Brian estaba ocupado malinterpretando a Lee, si estaba demasiado pendiente de sus movimientos, de sus sonrisas, de sus idas y venidas… no tendría tiempo para vigilar a Nathan. No estaría pendiente de con quién se reunía Nathan después del trabajo. No le preguntaría por qué llegaba tarde a casa los viernes. Tiempo, pensó Nathan. Solo necesito tiempo a solas con Cristóbal. Cristóbal. El chico que había esperado tres años enteros. Tres años siendo un secreto. Tres años escuchando "todavía no estoy listo", "mi padre no lo entendería", "dame un poco más de tiempo". Y Cristóbal había esperado. Con una paciencia que Nathan no merecía. Con una fe inquebrantable en que algún día Nathan dejaría de tener miedo. Pero ya no tenía miedo. O sí, un poco. Pero el miedo ya no mandaba. Lo que mandaba era el amor. Y las ganas. Y la certeza de que si seguía esperando el momento perfecto, se iba a morir esperando. Así que, continuó Nathan en su cabeza, si mi padre está ocupado persiguiendo a Lee, o siendo perseguido por ella (todavía no sé cómo va a terminar eso), yo puedo… desaparecer. Una cena romántica. Un fin de semana fuera. Una noche en la que por fin pudieran ser Nathan y Cristóbal sin máscaras, sin miradas furtivas, sin miedo a que alguien los viera. Y luego, cuando todo estuviera listo, cuando Cristóbal hubiera dicho que sí (porque iba a decir que sí, tenía el anillo en el bolsillo y todo), entonces Nathan se plantaría delante de Brian y le diría: "Padre, este es el hombre que amo. Se llama Cristóbal. Y vamos a casarnos." Brian podría enfadarse. O no. Nathan ya no lo sabía. Pero lo que sí sabía era que ya no iba a esconderse más. Y si para conseguir ese momento de libertad tenía que convertir a su padre en el protagonista involuntario de una comedia romántica de manual… pues que así fuera. —Nathan —dijo Lee, sacándolo de sus pensamientos—. ¿Por qué sonríes así? Me das miedo. —¿Yo? —Nathan parpadeó con inocencia—. No sonrío de ninguna manera. —Sonríes como si hubieras encontrado la manera de estafar al sistema. Bingo, pensó Nathan. —Solo estoy feliz, Lee. Feliz de tener una amiga como tú. Y un padre como el mío. Y… otras cosas. —¿Otras cosas? —Lee entrecerró los ojos. —Cosas —repitió Nathan, evasivo— Cosas bonitas, interesantes ... Miró por encima del hombro de Lee hacia la mesa de Brian. Su padre estaba hablando con los socios, pero sus ojos grises se desviaban hacia ellos cada pocos segundos. Cada vez que lo hacían, se encontraban con la nuca de Lee. O con el perfil de su rostro. O con la curva de su cuello cuando ella giraba la cabeza. Estás perdido, papá, pensó Nathan con ternura. Y no lo sabes. Luego miró a Lee. Ella estaba bebiendo vino, fingiendo que no notaba las miradas. Pero sus dedos temblaban ligeramente alrededor del tallo de la copa.El salón de belleza se llamaba Éclat y era, según Nathan, "el único sitio de Houston donde no te harían parecer un payaso".Lee llegó a las diez en punto, con el pelo recogido y la cara lavada. En la puerta la esperaba una mujer menuda, de pelo plateado y sonrisa de depredador.—¿Lee? —preguntó—. Soy Margot. Nathan me ha hablado mucho de ti.—No me digas. Seguro que ha dicho que soy una causa perdida.—Ha dicho que eres brillante, que no te gusta perder el tiempo y que odias los vestidos con lentejuelas. —Margot sonrió—. Me cayó bien al instante.Lee no pudo evitar reírse.Margot la llevó al interior. El salón era amplio, luminoso, con espejos por todas partes y un aroma a flores frescas. En una sala contigua, colgados de un perchero, estaban los vestidos.Lee se detuvo en seco.Había seis. Seis vestidos distintos, todos preciosos, todos caros.—Nathan dijo que te los probaras todos —dijo Margot—. Hasta que encuentres el que te haga sentir poderosa.—Nathan dijo eso.—Nathan dijo much
Sábado. Ocho de la mañana.Lee estaba en la cocina, con el pelo recogido en un moño desordenado y una taza de café humeante entre las manos, cuando el teléfono empezó a vibrar sobre la encimera. Miró la pantalla. Videollamada de Nathan.Aceptó.—¡Buenos días, soltera favorita! —la voz de Nathan sonó demasiado alegre para ser tan temprano.—Son las ocho de la mañana un sábado, Nathan. ¿A qué viene tanta energía?—A que estoy en el aeropuerto. —giró la cámara. Detrás de él se veían las grandes ventanales de la terminal, aviones despegando, gente con maletas—. Vuelo en cuarenta minutos.Lee se enderezó de golpe.—¿Ya? ¿No se supone que tu vuelo salía a las once?—Lo adelanté. No podía esperar más. —la cámara volvió a su cara. Tenía los ojos brillantes, las mejillas ligeramente sonrosadas—. Lee, no he dormido nada. Nada. Me he pasado la noche mirando el techo y repasando lo que voy a decirle.—¿Y qué le vas a decir?—Todavía no lo sé. —se rio, nervioso—. Pero va a ser algo bonito. Algo qu
Eran casi las dos de la tarde cuando Nathan apareció en la puerta de la oficina de Lee con dos bolsas de papel y una sonrisa de conejo en la cara.Lee levantó la vista de la pantalla con una expresión que alternaba entre la gratitud y la sospecha.—¿Qué es eso?—Comida —respondió Nathan, entrando sin permiso—. He pensado que estarías enganchada a los datos y no habrías comido. Acerté, ¿verdad?Lee miró su taza de café vacía. Las dos manchas de café en su camisa blanca. Las ojeras.—Acertaste —admitió.Nathan dejó las bolsas en la mesa, apartó los papeles y comenzó a sacar tuppers. Ensalada de quinoa. Pollo al horno. Verduras asadas. Pan integral. Y una botella de agua con gas.—¿Eres mi madre o mi mejor amigo?—Soy tu mejor amigo. Las madres dan más cariño y menos datos.Lee sonrió. Cogió el tenedor que Nathan le tendía y empezó a comer. Él hizo lo mismo.Comieron en silencio unos minutos. El buen silencio de los que se conocen tanto que no necesitan palabras.Pero Nathan no había ven
Nathan puso cara de no entender.—¿Una trampa? ¿Yo? ¿Por qué iba a tenderle una trampa a mi mejor amiga?¿ Y a tí padre? Eso sería antipedagógico.Brian entrecerró los ojos.—El año pasado dijiste que no podías asistir porque tenías una cita. El anterior, porque estabas de viaje. Y el anterior, porque…—Porque me daba pereza. Pero este año he decidido ser un buen hijo y delegar en personal capacitado. Te estoy avisando con varios días de antelación.—¿Y Lee es personal capacitado para ir a una gala benéfica?—Es más capacitada que yo. Y además, usted estará allí para supervisar. ¿Qué podría salir mal?Todo, pensó Brian. Todo podría salir mal.—No voy a ir con ella, ambos sabemos que aunque ella me interesa. Comenzamos con mal pie y no soy alguien con el cual ella pasaría una velada.—No tiene que ir con ella. Solo tienen que estar en el mismo sitio. Al mismo tiempo. Cenando. Charlando. Representando a la empresa.—Eso es ir con ella.—Eso es coincidir en un evento social. La diferencia
La oficina de Lee olía a café recalentado y a falta de sueño. Eran las ocho de la mañana. Llevaba media hora frente a su ordenador, pero los números de la pantalla se le mezclaban como letras de otro idioma. Se restregó la cara con ambas manos, se frotó los párpados, y suspiró."No dormí bien, pensó. No dormí nada."El sueño seguía ahí, enquistado en su memoria como una escena de película que se repite en bucle. Las manos de Brian. Su boca. La forma en que la había mirado.—Concéntrate —se ordenó en voz baja.La puerta se abrió sin llamar. Nathan entró como una exhalación, con una sonrisa de oreja a oreja y una energía que a esas horas resultaba sospechosa.—¡Buenos días, sol! —canturreó.Lee lo miró por encima de la pantalla.—Estás radiante. ¿Qué te ha pasado? ¿Has ganado la lotería?—Mejor —dijo Nathan, dejándose caer en la silla frente a su escritorio— He hablado con Cristóbal.—¿Y?—Y hemos diseñado… —hizo una pausa dramática— Un plan.Lee arqueó una ceja.—¿Qué tipo de plan?Nat
Nathan guardó el teléfono después de despedirse de Cristóbal. Todavía tenía los ojos húmedos, pero la sonrisa no se le borraba de la cara.Se quedó un momento saboreando el momento pronto, muy pronto estaría con Cristóbal y si todo salía bien quizan dentro de un año estarían casados."Todo ha cambiado", pensó. Pero no lo suficiente.Porque aunque Brian ya sabía la verdad, aunque lo había aceptado, seguía siendo su padre. Y los padres, por muy bienintencionados que sean, tienen una habilidad especial para aparecer justo cuando menos los necesitas.Un día voy a estar en el sofá con Cristóbal, viendo una película, y mi padre va a llamar a la puerta para "tomar un café". Y yo voy a tener que levantarme, y arreglarme el pelo, y fingir que no estábamos en medio de un momento importante."No. No podía permitirlo."Nathan se levantó camino por su cocina. Lavo la taza donde había bebido el cafe... Apoyó las manos en la encimera y pensó.Necesito que mi padre esté ocupado. No un par de horas.







