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Capítulo 12

last update Data de publicação: 2022-11-24 01:00:07

Sofía miró el anillo que le ofrecía Gonzalo y las palabras no salían de su boca. Sentía un nudo en su garganta que no le permitía hablar. Un torbellino de emociones se agolpaba en su pecho, y no le dejaban respirar.

— Sofía... ¿vas a darme una respuesta? — preguntó angustiado ante la actitud de la joven, hasta que finalmente Sofía logró articular palabras.

— Gonzalo... no me esperaba esto. Es tan repentino. — decía ofuscada.

— ¿Y cuál es tu respuesta, Sofía?

Sofía levantó sus grandes ojos con una mirada desesperada y miró a Gonzalo.

— Cariño, te amo, no tengo duda de eso, pero...

— Pero, no quieres casarte conmigo... ¿Sofía, por qué te cuesta tanto aceptar? Si estás segura de lo que sientes y hemos luchado para estar juntos.

— Y podemos estar juntos, pero no hace falta que estemos casados para eso... no quiero presiones en mi vida.

— Pero yo necesito que te comprometas en esta relación.

— No hace falta estar casados para estar comprometidos. Yo te amo, Gonzalo, pero no quiero sentirme atada. Podemos ser felices así hasta que sienta que hace falta algo más. ¿Por qué no podemos tomarlo con calma? No quiero dar ese paso aún. Tenemos tiempo, mi vida, dejemos que las cosas sigan su cauce. Poco a poco.

— Sofía...— Gonzalo tomó la mano de ella entre las suyas y puso la joya en su palma, y con voz grave le habló mirándola a los ojos — Sé que para ti este anillo significa una atadura. Lo ves como una imposición, pero para mí no es así. Este anillo representa mi amor incondicional, mi compromiso hacia ti, mi deseo de entregar todo en esta relación. El día que te conocí comencé a vivir realmente, porque hasta ese momento nunca me había enamorado de verdad. Tú llegaste y entraste en mí. Llegaste a partes de mi corazón que nunca habían sido tocadas por nadie, y este anillo pone en tus manos la llave de ese lugar. Te adentraste en el lugar más secreto de mi alma y me gustó lo que sentí al tenerte allí, porque me sentí renovado, me sentí feliz como nunca lo había sido. No es mi intención presionarte. sólo quiero que tengas presente que te amo de una forma totalmente nueva para mí.  Por favor, consérvalo contigo, y si en algún momento, sientes que estás lista para aceptar lo que te ofrezco, póntelo. No tienes que decirme nada. Te doy mi palabra de que no volveré a preguntarte,  hasta que tú quieras. Igualmente, yo me sentiré comprometido contigo y si esto va a funcionar, quizás algún día aceptes ser mi esposa — dijo con la voz ronca y mirada triste— te voy a seguir amando igual  y más cada día.

— Gonzalo, no quiero verte así...— gimió en voz muy baja— Podremos ser felices, te prometo que no va a hacer falta que estemos casados, sólo nos necesitamos el uno al otro. No hace falta nada más..Yo estoy comprometida en nuestra relación, jamás dudes eso. Hemos enfrentado a nuestros gigantes por esto que tenemos y mira lo bien que nos ha ido, pero me gusta así. Me gusta saber que estamos juntos porque lo deseamos, no porque hay un papel que nos obliga.

— Te amo, Sofía. Si eso es lo que estás dispuesta a dar, será lo que tendré, porque no puedo hacerme a la idea de no tenerte aunque sea de esa forma — la miró a los ojos con pasión silenciosa— Sólo no me culpes por desear tenerte de forma absoluta.

— Me tienes, amor,  me tienes. No dudes de lo mucho que te amo.

Tomó el anillo en su estuche, lo miró y lo guardó en la pequeña cartera que llevaba colgada de su brazo.

— Siempre lo tendré conmigo,  que no lo lleve puesto, no hará que te ame menos, Gonzalo. Te has convertido en una razón para mi vida,  me has llenado de tanta felicidad que sólo pensar en que algo cambie me aterra. Seremos felices, ya lo verás— No necesitamos estar casados para serlo.

— Yo soy feliz sólo con verte, preciosa.— una sonrisa triste se asomó a los labios de Gonzalo— Eres lo más hermoso que ha ocurrido en mi vida.

— Volvamos a la fiesta, cariño.— lo tomó del brazo— Van a pensar que huimos.

Regresaron caminando despacio. Cada uno llevaba pensamientos diferentes en sus cabezas, pero ambos tenían sonrisas tensas en sus rostros.

La noche transcurrió y poco a poco, tanto Sofía como Gonzalo, se sintieron mejor y pudieron disfrutar de la fiesta.

Sofía se apartó por un momento y miró a su alrededor, viendo a Gonzalo que bailaba con Alejandra. Por su mente sólo pasó un pensamiento: "eso es todo lo que hace falta, que nos amemos". Pero algo dentro de sí le inquietaba.

Los días pasaban con normalidad. Sofía dividía su tiempo entre su trabajo y Gonzalo.

Cada vez pasaba más noches en el apartamento de él y se sentía satisfecha de esa forma.

Gonzalo por su parte, sentía que la tranquilidad volvía a su vida. La felicidad con Sofía le hacía enfrentar sus días con nueva vitalidad y comenzó a acostumbrarse a tenerla en sus mañanas  y a disfrutar el tiempo que pasaban juntos.

Tantas veces como podían y sus trabajos se lo permitían, se escapaban a pasar los fines de semana en ciudades que ambos deseaban visitar. Lograron crear una rutina realmente agradable y cómoda para ambos. Se amaban con ansiedad cada vez que se veían, como si el tiempo que pasaban separados los desesperara por la necesidad uno del otro.

Al llegar al hospital esa tarde, Sofía fue abordada por Ana María, quien la cogió por un brazo con ojos enormes.

— ¡Sofía, por fin llegó el colirio para nuestros ojos! Nombraron nuevo jefe de Neurocirugía y cuando vino a presentarse, casi me muero. ¡Tía, es  un dios del Olimpo que  bajó a la Tierra!

— ¿Entonces ya no es David, el de Traumatología? Porque hace poco me juraste que ese iba a ser el padre de tus hijos algún día.

— ¡No, por favor, David está guapísimo, como para ser  mi primer exesposo, pero es que esto es otro nivel!

— A ver cuánto te dura este "crush" con el nuevo.

— Tú lo dices porque tienes la vista nublada con tu geronto pero créeme cuando te digo que este tipo te va a bajar las medias.

— Habla por ti, yo estoy feliz con Gonzalo. A ver, que unas gotas de colirio no le sobran a nuestros ojos cansados, claro— sonrió pícara con un guiño— ¡Vamos a trabajar, pesada!

Ese mismo día tuvo la oportunidad de conocer al nuevo jefe de Neurocirugía, y cuando lo vio por primera vez, le dio la razón a An. ¡El tío era de revista! Cuando llevó a un paciente a la sección para un estudio mayor, le dijeron que requeriría la autorización del jefe, así que se dirigió a su oficina para conseguirla. Tocó a la puerta y esperó a que le permitiesen entrar. Abrió y allí estaba el hombre. Sacaba unos libros de una caja y los colocaba en un estante. Se volvió a mirar quién entraba y sonrió.

— Adelante doctora, disculpa... no sé tu nombre. Soy Ángelo Rojas— se acercó a Sofía con la mano extendida y una gran sonrisa en sus labios. Miró aquellos ojos azules enmarcados en un rostro perfecto. Cabello oscuro un poco largo, alto, fornido, el típico protagonista de novela. Y se lo imaginó en escena, caminando en cámara lenta por una playa, con el viento moviendo su cabello y una sonrisa luminosa.

— Sofía Montemayor, residente asignada en Emergencias. Doctor, necesito su firma para un estudio — se apresuró a decir, un poco turbada por el hombre, sintiéndose tonta al mirarlo y tomar la mano que le ofrecía el médico.

— Por favor, Sofía, llámame Ángelo, me enferman las formalidades. Sí, ya me dijeron que tengo que autorizar los estudios. Realmente, creo que podrían utilizar mejor mi tiempo y mis conocimientos. A veces me siento como una estrella de cine firmando autógrafos por el pasillo— hablaba con cordialidad el hombre. De unos treinta y tantos años, era sin la menor duda el hombre más atractivo que Sofía había visto en mucho tiempo.

— Es el precio de la fama y en tu caso, de llegar a la cima en tu carrera. Ojalá algún día yo pueda aspirar a un prestigio como el tuyo.  Me apasiona la neurocirugía, por eso estoy haciendo la especialización.

— Estaré encantado de ayudarte en lo que esté a mi alcance. A ver, dime, ¿dónde quieres mi autógrafo?

Poco faltó para que Sofía respondiese con una expresión propia de Ana María "¡donde te apetezca, guapísimo! Se llamó al orden mentalmente y le extendió el folio en una carpeta.

Ángelo la firmó, y se la devolvió a Sofía, con una sonrisa encantadora.

— ¿Algo más en lo que pueda servirte, Sofía?

— No, por ahora. Gracias, doctor.

— ¡Ángelo! Recuérdalo.

— Así será... Ángelo.  Nos veremos luego — salió de prisa de la oficina preguntándose por qué le había hecho sentir tan extraña.

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Último capítulo

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