ANMELDENEn cuanto cruzaron el umbral de la terraza desierta, la delicadeza se esfumó. Él la acorraló contra la fría pared de piedra y la besó. Fue un beso voraz, hondo y hambriento que le cortó la respiración a Megan de golpe; las piernas le temblaron de tal manera que tuvo que aferrarse con fuerza a su cuello, enterrando los dedos en su cabello castaño para no colapsar. Jamás en su vida había sentido una intensidad tan destructiva. Las manos del desconocido recorrieron su cuerpo con una urgencia posesiva, delineando sus curvas, subiendo a presionar sus senos por encima de la tela, mientras sus labios bajaban en una línea de fuego por su cuello, mordiendo con una devoción salvaje que la hizo gemir sin control.
Él deslizó una de sus manos grandes por el muslo de ella, levantando con lentitud el vestido corto. Al rozar su intimidad y notar la evidente humedad que la empapaba, una sonrisa de absoluto triunfo y deseo puro se dibujó en sus labios.
—Ya estás lista para recibirme —le susurró contra el oído, con el orgullo vibrando en su voz ronca.
Megan, lejos de dejarse intimidar por su arrogancia, bajó su propia mano con decisión, cruzando la barrera de la tela hasta encontrarse con la anatomía de él: una rigidez imponente y palpitante que delataba su urgencia.
—Y tú estás así desde que me viste —replicó ella con la misma moneda, recordándole el poder que ella también ejercía sobre su cuerpo.
El juego de orgullo mutuo encendió aún más la hoguera. Él le levantó una pierna, acomodándola con firmeza en su cadera mientras maniobraba con la otra mano. Sin embargo, antes de que pudiera empujar, Megan le detuvo el pecho, mirándolo con fijeza felina tras el antifaz.
—Protección —exigió con voz firme, una orden que no admitía discusión.
El hombre soltó un gruñido bajo de desaprobación, contrariado por la interrupción, pero la disciplina de su naturaleza se impuso ante la petición. Sacó un pequeño envoltorio del bolsillo, y en segundos, la tensión volvió a estallar.
Cuando finalmente entró en ella, el universo entero se detuvo. Ambos soltaron un jadeo unísono que se ahogó en el aire de la noche. Megan experimentó un torrente de sensaciones desconocidas, un placer tan agudo que le nubló la mente, mientras él se tensaba al máximo, abrumado por la calidez que lo envolvía. Era un encuentro único; por primera vez, ninguno de los dos lograba reconocer los límites de su propio dominio.
Incapaz de soportar la maravillosa tortura de la lentitud, Megan levantó su otra pierna y lo envolvió por completo con su cuerpo, entregándose a un vaivén frenético y demandante. El orgasmo la reclamó de una forma abrumadora, haciéndola arquear la espalda mientras pronunciaba un gemido que él devoró con sus labios. Al sentir el clímax de ella, el hombre perdió los papeles por completo; el control se le escapó de las manos y se entregó a ella con una fuerza que lo dejó temblando contra su pecho.
Se quedaron así unos instantes, unidos en la penumbra de la terraza, recuperando el aliento. Él comenzó a dejar besos suaves y húmedos en su hombro, saboreando el final del encuentro, cuando una repentina y violenta sacudida interrumpió el encanto.
Bajo sus pies, el suelo vibró con una fuerza descomunal. El crujido de las estructuras de concreto y el tintineo ensordecedor de los cristales rotos dentro del club no dejaron lugar a dudas: estaba temblando. En cuestión de segundos, la música se cortó de golpe, siendo reemplazada por el ulular estridente de las alarmas de emergencia y los gritos de pánico de la multitud en el interior.
La neblina del deseo se disipó instantáneamente, sustituida por una descarga pura de adrenalina. Se separaron con urgencia, obligados por el instinto de supervivencia. Con manos torpes y rápidas por el movimiento telúrico, ambos se arreglaron la ropa como pudieron. Megan se bajó el vestido de un tirón y se calzó los tenis, sin percatarse de que, en la prisa y la oscuridad reinante, su delicada ropa interior de encaje negro había quedado olvidada en el rincón más sombrío de la terraza.
Las puertas de emergencia se abrieron de par en par y las luces rojas tiñeron el lugar. Varios miembros de seguridad aparecieron con megáfonos.
—¡Evacuación inmediata! —bramaban—. ¡Diríjanse a las salidas exteriores!
El desconocido se giró de inmediato hacia ella. A pesar del peligro, sus ojos verdes reflejaron una profunda preocupación. Extendió la mano con desesperación, buscando la suya.
—Tenemos que salir de aquí juntos, ven conmigo —le dijo, intentando protegerla con su cuerpo.
Megan miró su mano. Sabía que una evacuación oficial significaba rescatistas, luces y el riesgo inminente de que su máscara cayera, revelando a la gobernadora de Tierra Escarlata en un escándalo mayúsculo. No podía permitírselo.
Aprovechando un violento empujón de la multitud que obligó al hombre a dar un paso atrás para no perder el equilibrio, Megan le dedicó una última mirada cargada de misterio. Se soltó de su alcance y, mezclándose con la masa de personas que corría hacia la calle, se dejó arrastrar por la corriente. Para cuando él logró estabilizarse y gritar buscándola en medio del caos, Megan ya se había fundido con la oscuridad, desapareciendo sin dejar rastro.
El llanto de Megan se fue apagando lentamente, transformándose en una respiración acompasada contra el pecho de Camilo. El peso de los años de desconfianza, el fantasma de la traición y el blindaje de la corona se habían disuelto en el suelo de aquella suite, junto a las hojas esparcidas de una renuncia que nunca se firmaría.Camilo la estrechó con una delicadeza inusual, rodeándola con sus brazos como si protegiera el tesoro más valioso de su existencia. Con un movimiento suave, le levantó la barbilla, obligándola a clavar sus ojos en el brillo profundo de sus esmeraldas. Ya no había máscaras, ni uniformes, ni mentiras entre ellos.—Te lo prometí, Megan —susurró el general, con esa voz ronca y pausada que ahora transmitía una paz absoluta—. Conmigo estás a salvo. No hay pasado que pueda tocarte en este territorio.Megan esbozó una sonrisa de medio lado, la primera sonrisa verdaderamente libre y auténtica que reflejaba su rostro en mucho tiempo.—Es una insubordinación gravísima dejar
El viernes por la mañana, el aire en el palacio se cortaba con un cuchillo. La Fase 2 de la estrategia había dejado a Megan en un estado de vulnerabilidad absoluta; sus noches eran insomnios continuos pensando en la devoción silenciosa del general, y sus días eran una tortura de distancia. El terreno estaba preparado, las defensas agrietadas. Era el momento de la estocada final.La tormenta estalló a las nueve en punto. El viejo Saúl entró al despacho de la gobernadora con el rostro pálido y las manos temblando de verdad, sosteniendo una carpeta roja de alta prioridad. No era una actuación; el consejero jefe ignoraba que su propia hija, Morgan, había diseñado este colapso junto al general.—Gobernadora... Megan... —tartamudeó Saúl, dejando caer la carpeta sobre el escritorio de caoba—. Esto es una catástrofe para la seguridad del territorio. El General Superior Camilo acaba de radicar una solicitud de baja inmediata y traslado definitivo fuera de Tierra Escarlata.A Megan se le detuvo
El lunes amaneció con un cambio sutil, casi imperceptible para cualquiera que no fuera Megan, pero sísmico para ella. La fase de "vacío absoluto" había terminado. Camilo ya no era el soldado robótico y distante de los últimos días; había vuelto a ser el estratega impecable, pero con un giro que la desconcertaba aún más: su protección se había vuelto una presencia constante, silenciosa y absoluta.Durante la inspección de las obras en el Sector Cuatro, donde el atentado del acueducto aún mantenía los ánimos caldeados, Megan se sintió custodiada como nunca antes. No era el despliegue aparatoso de la Guardia; era Camilo, moviéndose como una sombra a su espalda.Cuando una viga mal sujeta se desprendió, Megan ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que el estruendo terminara, el cuerpo del general ya estaba frente a ella, cubriéndola con su propia espalda mientras desvió los escombros con una precisión casi inhumana. En cuanto el peligro pasó, Camilo no esperó un agradecimiento, n
El jueves por la mañana, el regreso de la gobernadora al palacio de Tierra Escarlata fue recibido con el más alto protocolo. Megan cruzó el umbral del ala presidencial vistiendo un impecable traje sastre color gris sutil, con la barbilla en alto y los ojos miel fijos al frente. Por dentro, su corazón era un motor fuera de control. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas ensayando sus respuestas, blindando su mente y preparándose para el inevitable choque contra el general. Esperaba que Camilo la mirara con ese reproche doloroso, que intentara acorralarla en el pasillo o que, al menos, dejara caer una de sus sonrisas canallas para recordarle que seguían unidos por un pacto.Megan estaba lista para la guerra contra la insistencia de Camilo. Pero no estaba lista para el vacío.Cuando dobló la esquina del corredor principal, la imponente silueta del General Superior ya estaba apostada junto a la entrada de su despacho. Camilo vestía el uniforme negro reglamentario de servicio, perf
El silencio volvió a instalarse en la sala tras la cruda confesión de Morgan. Fiel a su promesa, la hija de Saúl desenterró cada detalle de aquella vieja traición que había congelado el alma de la gobernadora. Camilo escuchó sin interrumpir una sola vez, con la mandíbula apretada y las esmeraldas de sus ojos oscureciéndose hasta convertirse en dos pozos de furia fría y profunda comprensión.Ahora todo tenía un sentido perfecto y doloroso. El pánico de Megan no era soberbia imperial; eran las cicatrices de una mujer que había sido destruida por el hombre que juró amarla. Juan Pablo la había quebrado usando la mentira y la falsa proximidad; por eso, cuando Camilo le ofreció una verdad tan desnuda, ella huyó para salvarse del abismo.Camilo exhaló un suspiro largo, pasándose una mano por el rostro.—Ella espera que yo actúe igual que ese infeliz —analizó el general con voz ronca—. Piensa que, si baja la guardia, usaré sus sentimientos para arrinconarla y quitarle el control.—Exacto —asi
La obsesión de Camilo no conocía límites cuando se trataba de proteger —o descifrar— a su objetivo. Tras colgar con Saúl, el general se encerró en una habitación segura del subsuelo del palacio, lejos de cualquier red de comunicación rastreable. Sacó de un compartimento oculto un dispositivo antiguo, analógico e indetectable, y marcó un número de doce dígitos que solo él conocía.Al otro lado de la línea, la llamada fue atendida al segundo tono. Nadie en el territorio, ni el Estado, ni la inteligencia del palacio, sabía de la existencia de ese contacto: un viejo fantasma de la contrainteligencia militar que operaba en las sombras más profundas del extranjero.—General —respondió una voz distorsionada y neutral—. Hacía años que no usaba esta frecuencia. ¿Cuál es el objetivo?—Necesito un rastro —ordenó Camilo, con su voz ronca y severa—. Investiga el pasado de la gobernadora Megan. Quiero nombres, amigos, conocidos, parejas... cualquier anomalía emocional o civil que haya quedado sepul







