Share

Capitulo 6

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-09-20 11:42:45

Carter

El olor a limpieza industrial y miedo humano de la oficina del gerente aún le colgaba de la ropa, pero debajo, persistente como un latido fiel, estaba su aroma. El de ella. Un hilo dorado en la oscuridad del aparcamiento, una sinfonía de vainilla silvestre, lluvia en tierra seca y algo único, inconfundiblemente suyo, que le llamaba con una fuerza que le hacía temblar los músculos.

Caster caminaba con movimientos fluidos y silenciosos, una sombra entre los coches, siguiendo ese rastro. No debería estar haciendo esto. Cada paso era una traición a la promesa que se hizo a sí mismo hacía décadas. No quería una compañera. No quería ese dolor desgarrador, esa vulnerabilidad que te ataba el alma a otra persona solo para que pudieran romperla.

Su mente intentó, como siempre, sepultar esos recuerdos. Los había empujado a lo más profundo y oscuro de su psique, a una bóveda sellada donde ni siquiera su hermano Liam, ni su mejor amigo Ethan, habían podido llegar. Eran suyos. Su cruz, su cicatriz invisible. El motivo por el que su lobo llevaba años aullando de soledad, y él, el hombre, se había dedicado a ignorarlo.

—No otra vez —murmuró para sí mismo, apretando la mandíbula—. No voy a pasar por esto otra vez.

Pero ahora… ahora ese hilo de aroma desenterraba algo más que instinto. Despertaba un miedo antiguo, más profundo que el de cualquier pelea.

—No corras —había sido su primer pensamiento al verla escapar—. Nunca debiste correr.

Lo sé, gruñó su lobo dentro de su cráneo, la voz ronca y llena de necesidad. Pero la presa que huye aviva la caza. Es nuestra.

—Ella no es una presa —forcejeó Caster consigo mismo, apretando los puños—. Es una mujer. Humana. No tiene ni idea de lo que provoca en un cambiaforma, mucho menos en un Alpha. Corrió porque me asusté. Porque soy un monstruo para ella.

La racionalidad era un débil escudo contra la marea de su naturaleza. Sus instintos habían tomado el mando desde el momento en que su piel rozó la suya. Ahora lo guiaban, lo impulsaban a través del estacionamiento, hasta que la vio.

Se detuvo en la penumbra, entre dos furgonetas. Allí estaba. Apoyada contra su coche viejo, tan pequeña y vulnerable que algo se le encogió dentro del pecho. La observó. Vio cómo sus hombros se encogían, cómo una mano se llevaba a la cara para limpiarse una lágrima que brilló bajo la luz de un farol. Escuchó.

El susurro llegó hasta él, claro a pesar de la distancia y el viento.

—Por favor, Santa… realmente, realmente necesito un milagro de Navidad.

Una parte cínica y herida de Caster quiso reírse. ¿Santa? ¿Milagros? Él, que había aprendido a la fuerza que los milagros no existían, que los dioses eran sordos al dolor de su especie, sintió un destello de amargo desdén.

—¿Milagros? —masculló, con una sonrisa torcida—. No existen, pequeña. Créeme. He vivido lo suficiente para saberlo.

Pero entonces, captó el tono. No era un simple deseo. Era un lamento, un hilo de voz cargado de una desesperación tan profunda y un dolor tan familiar que le resonó en los huesos. Era el sonido del alma justo antes de romperse. Su compañera estaba destrozada.

—¿Qué te han hecho? —susurró, sintiendo una punzada en el pecho—. ¿Quién te ha hecho tanto daño?

En ese instante, algo se quebró dentro de él. No fue el instinto del lobo, no fue el ardor del Alpha. Fue algo más profundo, más humano, o quizás simplemente más esencial. Un impulso que enterró el miedo bajo una ola de necesidad abrumadora. No podía dejarla allí, llorando en la oscuridad.

Ella estaba triste. Su compañera estaba sufriendo. Y él, que había jurado nunca volver a acercarse a ese precipicio emocional, supo con una certeza aterradora que tenía que ir hacia ella. Que debía consolarla, protegerla, hacer que ese dolor desapareciera, aunque fuera el último acto de cordura que realizara.

—No puedo dejarla —admitió en voz baja, sintiendo cómo su lobo se agitaba con aprobación—. Aunque debería. Aunque esto me destruya.

Pero con esa certeza llegó otra verdad, aún más aterradora: Una vez que la tuviera cerca, que la tocara de nuevo, que respirara su esencia sin barreras… no sabría si podría contenerse.

—Una cosa a la vez —se dijo, respirando hondo—. Primero, acercarme. Después… ya veremos.

La batalla estaba servida. El hombre, armado con el miedo a un pasado agonizante. Y la bestia, armada con un deseo primitivo y un nuevo, incipiente y feroz instinto protector.

Con el corazón golpeando como un tambor de guerra, Caster salió de las sombras. Ya no era el cazador sigiloso. Cada paso hacia su coche era una declaración, un acercamiento inevitable al borde del abismo. El aroma de ella se intensificó, envolviéndolo, desarmándolo. Antes de que su mente pudiera encontrar otra excusa, antes de que el miedo pudiera echar el freno, su cuerpo ya estaba en movimiento.

Su brazo se cerró alrededor de su cintura con la suavidad de un rayo y la fuerza de una trampa de acero, sacándola del asiento del conductor y atrayéndola contra él. El universo se redujo a dos puntos: el calor de su cuerpo tembloroso contra el suyo, y el sonido de su jadeo entrecortado.

El contacto fue un electroshock, un terremoto en su sistema. Su lobo aulló de triunfo. ¡MÍA!

Y Caster, el hombre, sumido en el torbellino de sensaciones, solo pudo pensar, con un pánico que se mezclaba con un éxtasis culpable: Dios mío… ahora sí que estoy perdido.

—Tranquila —murmuró contra su oído, su voz ronca y tensa—. Solo quiero hablar. Nada más.

Acércate. Corre. Lo necesito.

Las emociones atravesaban la mente de Faith más rápido de lo que podía procesarlas. ¿Cómo era posible estar en medio de un estacionamiento oscuro, en peligro, y sentir al mismo tiempo que sus pezones se endurecían y un calor húmedo e intenso inundaba su interior?

—¿Qué me está pasando? —se preguntó, con el corazón desbocado—. Esto no es normal. Esto no soy yo.

Luchó contra ese instinto traicionero y la necesidad física que crecía en ella, forcejeando con todas sus fuerzas para liberarse. Pero él solo la sujetó con más firmeza, atrayendo todo su cuerpo contra la pared de músculo sólido de su pecho y abdomen. Su espalda estaba pegada a su torso, y el aliento de él, cálido e irregular, le acarició la oreja al inclinar la cabeza.

—No te haré daño —su voz era una grava áspera, pero en su tono había una firmeza que, de manera absurda, transmitía cierta seguridad.

—¿No es eso lo que dicen todos los psicópatas antes de empezar? —replicó ella, con el pánico aguzando su mente—. "Tranquilízate, confía en mí..." hasta que ya es demasiado tarde. ¡No soy estúpida!

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • El Regalo que no Pedi. El Aroma de un Milagro   Capitulo 25

    Zoey soltó una carcajada.—Eso no se lo contó Caster a los chicos...—dijo— Bueno no así. Dice que eres la humana más valiente que ha conocido. Que no te rendiste. Que luchaste hasta el final.Faith se sonrojó.—No me sentí valiente —murmuró—. Me sentí aterrada.—Eso es lo mismo —dijo Zoey, con una sonrisa suave—. El valor no es no tener miedo. Es tener miedo y seguir adelante de todos modos.Faith la miró, y en sus ojos grises brilló una comprensión profunda.—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tuviste miedo? ¿Cuando supiste que Liam era tu compañero?Zoey asintió, y su sonrisa se volvió más melancólica.—Mucho. Pero no fue el vínculo lo que me asustó. Fue lo que significaba. Dejar mi vida atrás. Dejar mi familia. Dejar todo lo que conocía. Y luego… —hizo una pausa, acariciándose la barriga— … el embarazo. Eso me aterró de verdad.Faith la miró, y en sus ojos grises brilló una mezcla de curiosidad y aprensión.—¿Por qué? —preguntó, con un hilo de voz.Zoey suspiró.—Porque no fue una elección —adm

  • El Regalo que no Pedi. El Aroma de un Milagro   Capitulo 24

    Entonces, Zoey soltó un ruido.—¿En serio? —dijo, con una voz que mezclaba exasperación y diversión—. ¿Vais a quedaros todo el día en vuestro reto de miradas? Porque yo tengo cosas mejores que hacer. Como conocer a mi cuñada.Se apartó de los hombres y caminó hacia Faith con paso decidido, a pesar de su barriga. Le sonrió, una sonrisa cálida y genuina, y le tendió la mano.—Hola —dijo—. Soy Zoey. La mujer de Liam. La que te ha estado esperando desde que Caster llamó a mi marido anoche.Faith tomó su mano, sorprendida por la calidez.—Faith —dijo—. Encantada.Zoey la miró de arriba abajo, y su sonrisa se ensanchó.—Eres preciosa —dijo —Aunque eso ya lo sabía. Caster no ha parado de hablar de ti desde que te encontró. Y yo la verdad me alegro no ser la única humana ahora.Faith se sonrojó, apartando la mirada.—No sé si eso es bueno o malo —murmuró.Zoey soltó una carcajada.—Bueno . Muy bueno. Créeme. Nunca le había visto así. Ni siquiera cuando… —hizo una pausa, y su expresión se volv

  • El Regalo que no Pedi. El Aroma de un Milagro   Capitulo 23

    Caster le mostró el pueblo con calma, sin prisa. Caminaron por senderos de tierra rodeados de árboles, pasaron junto al parque donde los niños jugaban, y se detuvieron frente a la escuela, un edificio de líneas modernas con ventanales enormes y un patio lleno de flores.—Aquí aprenden los más pequeños —explicó Caster—. No solo las materias humanas. También nuestra historia. Nuestras tradiciones. Lo que significa ser un cambiaforma.Faith asintió, mirando el edificio con curiosidad.—¿Y los adultos? —preguntó—. ¿También aprenden?Caster sonrió.—Siempre se aprende algo —dijo—. Pero los adultos ya han vivido lo suficiente para saber quiénes son. Los niños… los niños son el futuro. Ellos son los que mantendrán viva nuestra especie.Faith lo miró, y en sus ojos grises brilló una comprensión profunda.—Por eso te importa tanto el embarazo —dijo, con un hilo de voz—. No es solo tu deseo. Es tu deber. Con tu especie. Con tu manada.Caster la miró, y en sus ojos azules brilló una mezcla de gr

  • El Regalo que no Pedi. El Aroma de un Milagro   Capitulo 22

    Se giró hacia la niña de las trenzas, que la miraba con los ojos abiertos como platos.—¿Me prestas tu caña? —pidió, con una voz suave.La niña asintió, sin decir palabra, y le tendió la caña. Faith la tomó, sintiendo su peso, su textura. Era una caña sencilla, de madera y sedal, pero bien hecha. Sonrió, recordando las tardes junto al arroyo de su abuela.—Lo primero —dijo, en voz alta, para que todos los niños la oyeran— es desenrollar el lío del sedal. No puede haber nudos. Si hay nudos, el pez lo nota. Y se va.Los niños se acercaron, curiosos, olvidando por un momento la burla y el conflicto. Faith desenrolló el sedal con cuidado, mostrándoles cómo hacerlo.—Luego —continuó— hay que buscar una buena carnada. Algo que huela bien. Algo que atraiga al pez. No vale cualquier cosa. Hay que pensar como un pez. ¿Qué le gustaría comer?Los más pequeños se apiñaron a su alrededor, con los ojos brillantes.—¿Qué usas tú? —preguntó uno de ellos, un niño de unos seis años con el pelo rizado.

  • El Regalo que no Pedi. El Aroma de un Milagro   Capitulo 21

    Caster se quedó hablando con el anciano, y Faith, sintiéndose un poco fuera de lugar entre tantas miradas curiosas, se alejó lentamente hacia el río. Necesitaba un momento para respirar, para procesar todo lo que estaba pasando. El valle, el pueblo, la manada, las palabras de Caster sobre el embarazo… era demasiado. Demasiado para un solo día.Caminó sin rumbo hasta que llegó a la orilla del río, donde un grupo de niños estaba pescando. Eran ocho en total: cinco niños y tres niñas. Los más pequeños parecían tener unos seis o siete años; los mayores, quizás once o doce. Estaban apiñados alrededor de unas cañas rudimentarias, riendo y gritando, compitiendo por ver quién sacaba el pez más grande.Faith sonrió. Le recordaba a su propia infancia, cuando pasaba horas junto a un arroyo cerca de la casa de su abuela, intentando pescar truchas con una caña improvisada. Nunca pescaba nada, pero no importaba. Lo importante era la paz, el silencio, la conexión con la naturaleza.Se acercó un poco

  • El Regalo que no Pedi. El Aroma de un Milagro   Capitulo 20

    Faith cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo, el aroma que la envolvía, el latido de su corazón contra el suyo. Todo era demasiado. Demasiado intenso. Demasiado real. Demasiado hermoso.—Está bien —susurró, con la voz temblando—. Vamos.Caster la miró, y en sus ojos azules brilló una luz que no era de este mundo.—¿Estás segura? —preguntó, con una cautela que le resultó entrañable.Faith asintió, con una sonrisa pequeña y frágil.—Sí . Quiero conocer a tu manada. Quiero ver tu mundo. Quiero… —hizo una pausa, y su voz se volvió más firme— … quiero intentarlo.Caster sonrió, una sonrisa lenta y luminosa que le iluminó todo el rostro.—Entonces empecemos —dijo, con una voz cargada de emoción—. Pero primero… —hizo una pausa, y su expresión se volvió más seria— … hay algo que necesito decirte.Faith arqueó una ceja.—¿Más? —preguntó, con una sonrisa cansada—. ¿No crees que ya me has dicho suficiente por hoy?Caster soltó una risa suave.—Solo una cosa más —dijo—. Y es importante.

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status