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Capitulo 5

Auteur: Monn Star
last update Date de publication: 2026-09-15 22:13:15

Y lo haría. Después de recoger los pedazos de su futuro, cuidadosamente planeado y brutalmente destrozado.

—No me rendiré —murmuró, con una determinación que nacía de la pura desesperación—. No voy a dejar que él gane. No voy a dejar que ningún hombre vuelva a destruirme.

Pero eso significaba cuatro años más. Dos de investigación, dos de escritura. Y mientras tanto, algún hijo de puta estaría disfrutando del trabajo que era suyo por derecho, del futuro que le había robado.

Con un suspiro que salió como un gemido, Faith sacó por fin las llaves. La oscuridad del aparcamiento las hacía invisibles, y maldijo en silencio. Haber perdido ese ordenador era un golpe brutal. No solo lo quería; lo necesitaba con una urgencia que le dolía en el pecho. Para buscar trabajo, para escribir, para reconstruir su vida desde los cimientos. La oferta del Black Friday había sido su única tabla de salvación. Y se le había escurrido entre los dedos.

—¡Maldita sea! —masculló, golpeando el techo del coche con la palma de la mano—. Si solo él no hubiera llegado primero. El Sr. Alto, Oscuro y Aterrador. No había forma de disputarle ese último equipo. Su sola presencia emanaba una intensidad que ahogaba el aire a su alrededor. Él parecía incluso más desesperado que yo. Y yo estoy jodidamente desesperada.

Al desbloquear la puerta, una imagen invadió su mente sin permiso: esos ojos azules, no como un cielo, sino como el centro de una llama, fijos en ella con una ferocidad que paralizaba. El bajo gruñido que creyó oír, un sonido que no parecía del todo humano, que le erizó la nuca. Tenía que estar loco. O psicótico.

—¿O quizás… algo más? —susurró, sin querer siquiera considerar la posibilidad.

Se estremeció, no solo por el frío. Al menos había conseguido algunos suministros baratos: una libreta, lápices, carpetas. Pequeños parches para un barco que se hundía. Gracias a Jan, su estudio sobre los grizzlies estaba muerto. Su especialidad eran los grandes mamíferos; tendría que encontrar otra especie, otro ecosistema, otros cuatro años de su vida…

Cuatro años perdidos. Todo porque un hombre le prestó un poco de atención, fingió un mínimo de interés. ¿Qué tan patética podía ser?

—¿Qué tan patética soy? —se preguntó en voz alta, con un nudo en la garganta—. ¿Por qué sigo creyendo en la gente? ¿Por qué sigo esperando que alguien sea… bueno?

Parpadeó con fuerza, ahogando otro sollozo. Fue su estupidez. Su error. Ahora tenía que encontrar la forma de calmar este pánico que le helaba la sangre. Pero ¿cómo? No tenía recursos. No tenía red de seguridad. Solo tenía… rabia. Una rabia fría y silenciosa que empezaba a solidificarse bajo el miedo.

Negándose a dejarse doblegar, sacudió la cabeza. Superar obstáculos era lo único que había hecho bien en la vida. Derrumbarse no era una opción.

—Eres fuerte, Faith —se dijo, apretando los dientes—. Siempre lo has sido. Y esto no te va a romper. No ahora. No por él.

Se giró para sentarse al volante, su cuerpo a medio entrar en el vehículo, cuando ocurrió.

Un brazo surgió de la oscuridad como un relámpago, envolviéndola con una fuerza brutal. No era un agarre, era una posesión. Masculino, musculoso, tan poderoso que la arrancó del asiento antes de que su cerebro pudiera procesar la palabra "peligro". Fue lanzada contra un cuerpo duro como el roble, una pared de calor y tensión que la inmovilizó al instante.

—¡¿Qué—?! —jadeó, su corazón desbocado, su mente gritando en pánico.

No necesitaba mirar. Era él.

Lo supo por el calor que irradiaba, quemándola a través de sus ropas. Lo supo por las vibraciones que parecían emanar de su piel, una corriente eléctrica y primitiva que resonó en lo más hondo de sus entrañas, repitiendo y amplificando la sacudida que había sentido con aquel breve contacto en la tienda. Un instinto ancestral, sepultado bajo capas de lógica y desilusión, rugió dentro de ella.

ESCAPA.

La orden de su mente fue clara, aguda, lógica.

Pero su cuerpo… su cuerpo, acorralado contra él, recibiendo el olor a tormenta, a bosque salvaje y a poder que emanaba de su piel, no respondía. Un susurro más profundo, más antiguo y aterrador, se alzaba en su lugar:

¿Huir? ¿O rendirse?

—Suéltame —logró decir, su voz apenas un hilo de sonido—. Por favor… suéltame.

Pero él no la soltó. En cambio, bajó la cabeza, su aliento cálido rozándole la oreja, y habló con una voz grave y ronca que le recorrió la espina dorsal como un relámpago.

—No puedo —susurró él, con una honestidad cruda que la desarmó—. Lo he intentado. Dios sabe que lo he intentado. Pero no puedo.

Faith tembló, no de miedo, sino de algo mucho más peligroso.

—¿Quién eres? —preguntó, odiando la debilidad que se filtraba en su voz.

—Alguien que te ha estado buscando toda la noche —respondió él, apretándola un poco más contra su pecho—. Alguien que no puede dejar de buscarte. Alguien que… —hizo una pausa, como si las palabras le costaran— … que cree que eres suya. Aunque sé que eso suena aterrador. Y lo es. Para mí también.

Faith cerró los ojos, sintiendo el latido frenético de su corazón contra el de él. Dos ritmos desbocados, sincronizándose lentamente en la oscuridad del aparcamiento.

—No soy de nadie —dijo, con una firmeza que no sentía—. No pertenezco a nadie.

Él soltó una risa amarga, un sonido bajo y peligroso.

—Eso crees —murmuró—. Yo también lo creía. Pero el destino tiene un sentido del humor muy retorcido, pequeña. Y parece que ambos estamos en su punto de mira esta noche.

Antes de que Faith pudiera responder, antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba pasando, él aflojó el agarre. No la soltó del todo, pero le dio espacio para respirar, para pensar.

—No voy a hacerte daño —dijo, con una solemnidad que sonaba a juramento—. Pero necesito que me escuches. Solo unos minutos. Después de eso, si quieres que me vaya, me iré. Lo juro.

Faith lo miró, realmente lo miró por primera vez desde que la había atrapado. Sus ojos azules brillaban en la oscuridad, intensos y sinceros. Y en ellos vio algo que no esperaba: vulnerabilidad. Un miedo profundo y antiguo que resonó con el suyo propio.

—¿Por qué debería confiar en ti? —preguntó, con la voz temblando—. ¿Por qué debería escucharte?

Él la sostuvo un momento más, luego la soltó por completo, dando un paso atrás. La distancia debería haberla aliviado, pero en cambio, sintió una punzada de pérdida que no tenía sentido.

—Porque —dijo él, con una sonrisa triste— soy la única persona en el mundo que entiende exactamente lo que estás sintiendo ahora mismo. Y porque, aunque no lo creas, estoy tan asustado como tú.

Faith parpadeó, desconcertada.

—¿Asustado? ¿Tú? —soltó una risa incrédula—. Pareces capaz de partir a un hombre en dos sin sudar.

—Puedo —admitió él, sin humor—. Pero eso no me asusta. Lo que me asusta… —la miró fijamente, sus ojos ardiendo con una intensidad que la hizo temblar— … eres tú.

El silencio entre ellos se espesó, cargado de algo que ninguno de los dos podía nombrar. Faith tragó saliva, su mente un torbellino de emociones contradictorias.

—Está bien —dijo finalmente, cruzando los brazos sobre el pecho—. Tienes cinco minutos. Pero si intentas algo—

—No lo haré —la interrumpió él, con una convicción férrea—. Te lo prometo.

Y en esa promesa, Faith sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: una chispa de esperanza. Pequeña, frágil, pero real. La misma chispa que había pedido al cielo momentos antes.

Quizás, después de todo, Santa sí la había escuchado. Aunque el milagro que le había enviado no tenía nada de lo que esperaba.

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